jueves, 17 de mayo de 2007

Columna sin sentido

Quería escribir una gran columna que no tuviera nada que ver con mi cumpleaños, ni con el día de la madre, o el día del maestro, o la libertad de expresión.

Quería escribir una gran columna sobre cosas triviales, cotidianas, increíblemente estúpidas para la gran vorágine que nos impide detenernos a observar el color de las cosas, el tamaño de los edificios, el canto de los pájaros por la tarde, los nombres graciosos con los que bautizan las misceláneas y tiendas de abarrotes (Omega 33, los Chicuelos, El tendedero… muy originales).

Quería escribir una gran columna sobre asuntos de importancia nacional como los secuestros, la violencia desmedida que sobrepasa los límites de la imaginación, los gobiernos, el papel de la mujer en el mundo actual, la capa de ozono, la temporada de huracanes, la enfermedad y la miseria.

Quería escribir cualquier cosa que me hiciera llegar a los 3 mil caracteres requeridos en mis textos semanales, sin importar (lo confieso) la forma o el estilo, la ortografía o la gramática.

Quería escribir una columna que no pareciera la auto evaluación trillada que de manera ritual me procuro año con año, analizando, recopilando, subrayando con letras enormes los eventos importantes de mis pasados 365 días, que incluirían, por qué no, ese momento terrible de escuchar las odiadas mañanitas con Pedro Infante (esta vez no pongo tanta objeción para escucharlo, finalmente no seré yo quien frene la emoción de las celebraciones por su 50 aniversario luctuoso). Quería escribir una columna que no me mostrara vulnerable, intranquila, inquieta, soñadora, emotiva, susceptible, irascible. Quería hablar de todo y de nada, de las estrellas y Julio Cortázar, de las ensaladas y la confusión que en estos días me lleva a emocionarme y no entender si por el hecho mismo de ser mujer o por la maravilla de poder reconocerme como tal en las reacciones y confidencias de todas aquellas que de una manera u otra, actúan conforme lo dicta su corazón.

Esta columna definitivamente no hablaría de calorías ni de chismes de farándula; tampoco hablaría del limbo y la injusticia de haberlo sacado del mapa así, sin razón aparente; aunque lo mismo ocurre día a día con programas de televisión, empleos, salarios, vidas.

Hago estas inusuales confesiones y volteo tras de mí: mis perros duermen en la cama, sienten mi mirada y me ven con indiferencia antes de volver a lo suyo; entonces comprendo de lo que sí debo hablar.

Hoy quiero escribir un agradecimiento profundo y sincero a quienes están ahí, diario, cada mes, cada semana, cada cumpleaños. A quienes me leen sin conocerme, a quienes escribo sin conocerles. A quienes me ponen pruebas de vida, a quienes me escuchan, a quienes me hacen crecer y a quienes me hacen llorar; aquellos a quienes detesto, y aquellos con quienes comparto carcajadas envidiables.

Gracias… gracias por ser y estar, por compartir lazos de sangre o de amor. Mis 28 años de vida serán lo que deben ser por todos y cada uno de ustedes. Feliz cumpleaños a mi.


jueves, 10 de mayo de 2007

Las delicias del poder

En el preludio de mis 28 años mi mente, mi corazón y yo hemos pasado por experiencias inéditas, desde ver el fin de Otro Rollo, la boda de Paulina Rubio, al bebé de Luis Miguel, el leer por fin el Principito y haberle entendido y el leer por primera vez a Carlos Fuentes ¡y haberle entendido!, hasta las situaciones más irreales posibles, que comenzaron con mi entrada cuasi triunfal al mundo del poder. Explicaré.

Cuando mi amigo el Negrito se acercó, estando junto a mí en aquella junta, me aseguró, más que preguntarme, que juraba por todo lo visible y lo invisible que de niña yo había sido jefa de grupo en mi salón de clases. Yo, petrificada ante mi pasado tan transparente, sólo pude asentir y levantarme de inmediato ante la concurrencia al recibir mi nombramiento como delegada sindical, mientras dirigía la mejor de mis miradas de odio a aquella que osó ponerme en semejante trance.

Estar en este punto es gracioso sobre todo porque aunque no soy una grilla en potencia, mi antecedente en el destacado sindicato del que hoy soy parte no fue nada encantador. Ante un hecho injusto, yo fui una de las principales voces que se quejaron, y de la misma manera, fui una de las primeras voces a las que callaron otorgándome prestaciones y pagos en fin de semana. Aclaro, mis quejas fueron por las formas y no por el fondo. En fin. A partir de entonces mis pasos por aquella área de mi centro de labores fueron escasos, y la mejor experiencia que de ahí puedo contar me carcajea de solo recordarlo, pero yo no tuve la culpa, todo fue una situación jocosa del destino que propició que por una fotografía mal tomada y un terrible movimiento en falso, una amiga acabara con la única lámpara que quedaba disponible, provocando que los siguientes en la foto salieron a obscuras ante las miradas de horror de los presentes y las carcajadas burbujeantes de mi amiga y las mías.

Pues ahora, con nombramiento y responsabilidad, tengo el deber de cumplir cabalmente mis obligaciones. La primera de ellas ocurrió éste 1 de mayo, bueno, digamos que el 30 de abril, pues ante la opción de ir al desfile o acudir a una velada que reunía a los sindicatos afiliados opté por lo segundo, y no me arrepentí para nada. No, no vayan a pensar que me encantó la pasión de cada discurso ahí pronunciado por hombres y mujeres políticos de cepa. No. La realidad es que fue divertidísimo ser parte de un acto donde primero te empapan del sentir de la causa laboral y luego un trío te canta “No te prometo amor eterno porque no puedo”; donde un destacado miembro del presídium casi llora en tan conmovedor arrebato de orgullo sindical y, terminando éste, el orador –dicho por sus palabras- invitó al respetable a matar el aburrimiento oyendo al Mariachi que entró entonando “El Mariachi loco quiere bailar”. De lo más irreal.

Así, en la agonía de mis 27 años, las experiencias que conforman mi bitácora de vida siguen pareciendo inagotables y surrealistas. Ésta, a partir de ya, es una de ellas.

jueves, 19 de abril de 2007

Un día de abril


Hay días donde nada sucede y hay días donde todo pasa. Tal vez (y no se si es solo una apreciación personal) ocurra con las fechas del calendario lo mismo que con el color de la ropa o la marca de los coches: hasta que uno no se propone ponerle atención al número de carros de un X modelo que circulan a diario por toda la ciudad, es cuando aparecen a borbotones por todas calles y rincones conocidos (y desconocidos), arrojando conclusiones tales como: a) lo económico que es dicho auto; b) la poca originalidad de sus usuarios; o c) ese carro es lo de hoy. El punto es que hasta que uno se propone fijarse en un detalle que podría ser tan poco relevante descubre cosas casi siempre significativas. Así me ocurrió con el 23 de abril.

En mi niñez las fechas no tenían ninguna relevancia hasta que comencé con el maravilloso hábito de escribir un diario, el cuál no registró cosa alguna de mayor trascendencia hasta que, al pasar de los años, fui notando cómo en días específicos se repetía el hecho de algún detalle, algo importante, algo trascendente para mis infantiles y luego juveniles sueños y pensamientos. Así pues, un 23 de abril de 1991 se plasmó en mi Diario volumen 3 el regreso de aquel fabuloso viaje al paradisíaco Oaxtepec con mi grupo de sexto año; mi primer viaje sin familia, únicamente con mis amigos y claro, los maestros chaperones.

Años después, un día 23 de abril de 1996, un grupo de amigas nos encontrábamos muy ocupadas charlando de cosas de suma importancia como los acontecimientos del día anterior y la conciencia social, hasta que la maestra, en plena cátedra, decidió que hacíamos mucho escándalo y por no atender a su clase nos sacó del salón; fue entonces que aquel cuarteto sin ninguna denominación, escuchó al cruzar la puerta el grito de un ente del grupo experto en poner apodos: “¡Sailors!”, en honor al clan de la entonces popular caricatura “Sailor Moon”, con chicas que luchaban “por el amor y la justicia”. Hasta hoy, seguimos recordando esa fecha como el día de nuestro bautizo.

Después supe que el 23 de abril es el día de San Jorge, un nombre tan especial en mi vida que hasta mi muñeco de la infancia lo lleva (el amadísimo “Jorgito”); y con los años, descubrí que el 23 de abril se conmemoran el Día del Scout (sí, alguna vez fui Gacela) y el Día Mundial del Libro, justo en ese día pues, por una de esas casualidades, es el aniversario luctuoso de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Así pues yo, que no me precio de ser una lectora ávida y consumada, coincido con la frase de Jorge Luis Borges: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, razón de más para tener en el Día del Libro una celebración que recalcar en el calendario.

Hay días donde nada sucede y hay días donde todo pasa. Para mí el 23 de abril tiene un encanto especial, como para alguien puede tenerlo el 4 de mayo, el 17 de agosto o el 8 de septiembre. Lo bonito es, sin duda, que aunque no se vive de añoranzas, coleccionar fechas importantes es siempre un alimento para el alma. ¿O no?

jueves, 12 de abril de 2007

Pañuelos al vuelo

“Si amas algo, déjalo libre. Si vuelve es tuyo, si no, nunca lo fue”.

Antes de escribir esta columna me encontraba en mi cama, rodeada de almohadas y tules, envuelta en camisón de seda y, pañuelo en mano, lloraba mi pena sin que el rimel se afectara. ¿Lo creyeron? Seria fácil imaginarme así, cual Dama de las Camelias, cual damicela frágil y buena de alguna vieja cinta en blanco y negro. Mi exacerbado gusto por las historias de amores apasionados e imposibles me permite pensar en casi cualquier cosa que asemeje escenas tales. Pero no. Antes de redactar esta columna yacía en mi cama, con mis dos pequeñas almohadas de Hello Kitty y un edredón que, de tan florido, me regresa de inmediato a la era del technicolor y el sonido estéreo.

Así, envuelta en mi pena y no en camisón de seda, los recortes de mi vida sentimental pasaron vagamente, lejanamente por mi cabeza. Pensaba en todos aquellos momentos, en todas esas relaciones que no fueron, en ese viejo refrán que, ante cualquier pérdida, parece funcionar como el consuelo idóneo, como el antídoto para el dolor: “Si amas algo, déjalo libre…” Pensé entonces en mis conejos de la niñez; los dejé libres unas horas y murieron achicharrados. No eran para mí.

Me acordé de la primera vez que mi corazón latió agitado por un niño de tercero de primaria con quien crucé tal vez 3 palabras en todo el ciclo escolar, pero que el día que falté a clases me mandó con mi hermana una linda gomita que aún conservo. Sin embargo para el siguiente año lo cambiaron de escuela y ahí terminaron mis miradas eternas durante las clases de español. También pensé en ese primer noviazgo que se vio truncado por mi inesperado y sorprendente viaje a Xalapa: justo cuando las amigas de quinto año me habían confirmado la inminente declaración de un chico, que estaba extrañamente ligado a mi árbol genealógico (según nuestras madres), me fue anunciada la mudanza y no tuve más que agradecerle su emotiva nota de despedida, sacar mi pañuelo blanco y decir adiós desde el avión. Por si este duro golpe no bastara, aquel maravilloso chico de sexto de primaria, aquel de sonrisa Colgate y ojos chispeantes con quien tuve un noviazgo fugaz pero letal, anunció que al final de nuestro primer año en la secundaria se mudaría a otra ciudad lejana; así que de nueva cuenta no tuve más que sacar mi pañuelo blanco y, en silencio (el pequeño hombrecito para ese entonces tenía otras muchas nuevas novias) unirme al clan de dolientes por tan sentida pena.

El jueves pasado volví a sacar mi pañuelo blanco, pues el amor de mis amores partió rumbo a tierras extrañas, lejanas, con una maleta repleta de ilusiones. Comprendan pues a esta alma nutrida por novelas rosas; la sola idea de imaginarlo caminando por las calles de Estambul resulta material idóneo para tirarme en la cama a llorar mi mini-tragedia. Sólo que esta vez, a diferencia del pasado, el pañuelo blanco ondeará de nuevo por él; el húmedo pañuelo blanco, en un mes, le dará la bienvenida.

jueves, 29 de marzo de 2007

Decisiones

El fin de semana pasado asistí con singular alegría a vibrar con el Rey de los Deportes en el puerto de Veracruz. Aquello fue un verdadero festín de hits, robos de base y carreras anotadas. Así, entre los niños, los vendedores ambulantes y las cervezas, mi mente se quedó atrapada en la imagen de un solo jugador en el campo, quien según me dijeron, era el mejor pagado del equipo, mencionándome una cifra con múltiples ceros que, me acotaron, no es ni una pequeña parte de lo que gana un jugador de fútbol. Con semejante información lo miré, observé con detalle cada uno de sus movimientos y gestos y mientras la concurrencia lo ovacionaba, me pregunté hasta qué punto ése jugador hace lo que hace por gusto, hasta donde es por el dinero; hasta donde lo hace pensando en toda esa gente que lo aclama o hasta donde llega su decisión personal de estar ahí, de pie, en medio del campo, las luces y la fama.

Uno va por la vida sin darse cuenta que ésta la pasamos tomando decisiones. Decidimos que nos gusta más el verde que el rojo, decidimos que amamos el chocolate y odiamos los espárragos, decidimos que preferimos el romance a las películas de acción y decidimos si amamos, si nos casamos, si cambiamos de casa o si cambiamos de raíz todo nuestro mundo.

Cuando uno es joven, con suerte, aun nos toca ser hijos. Cuando se es joven e hijo sientes que debes vivir tu vida experimentando, yendo en contra completamente de lo que los padres nos indican como lo correcto; la adrenalina ante lo desconocido. Nosotros, consciente o inconscientemente, decidimos si queremos irnos de pinta, si ocultamos la existencia de un novio mayor, o si hablamos con los nuestros sobre lo que nos inquieta y preocupa. Lo que jamás sabemos es hacia dónde nos llevaran nuestras acciones hasta que nos regañan, o la regamos, o nos cachan o lo lamentamos.

Cuando uno es padre, me dicen, las cosas son distintas. Ellos ven a sus hijos, los educan, les muestran lo bueno y lo malo y jamás dejarán de preocuparse por ellos. Saben que debemos crecer, y en algunos casos, nos enseñan a ser responsables por nuestras decisiones y las apoyan, sean cuáles sean.

Hay momentos, sin embargo, donde esas decisiones afectan a los demás. El jugador de béisbol estaba ahí, afectando quizá a una familia que en casa lo extraña. Un hijo que decide caminar con un amigo no tuvo oportunidad de contarlo de nuevo; una hija a la que no le bastan la educación y el amor de sus padres ante el influjo de las malas compañías, y una madre, que ha enseñado a sus hijas a ser responsables de sus actos, lo deja todo para emprender su propia historia de “Los puentes de Madison”, mientras su marido, en casa, sigue sin comprender lo ocurrido.

¿Hasta dónde nuestras decisiones son sólo nuestras? ¿Hasta donde es posible vivir lo que nos toca sin lastimar a alguien más? Al final nada debe ser juzgado, porque ante tales ejemplos uno comprende que hay cosas que deben vivirse; porque la vida es tan frágil que en un suspiro termina todo.

jueves, 22 de marzo de 2007

Una vuelta por las nuevas

Si nos pusiéramos a traducir ciertas palabras en su sentido más literal, diríamos que periódico, o newspaper en inglés, significa “Papel de nuevas”. “Nuevas” es una manera de referirnos a las noticias, buenas o malas, y que en los periódicos, según sus responsables, son dignas de encabezados, notas, artículos, columnas y, por qué no, hasta de aparecer en los anuncios de ocasión. Sin embargo ahora, en este mundo regido por el dios del Internet, las ediciones en línea de la prensa se muestran con tal inmediatez que muchas veces no dicen nada, o muchas veces, también, nos muestran panoramas desconocidos.

En un mero ejercicio periodístico (que se inclina más al ocio), elaboré una lista de las “nuevas” que más llamaron mi atención. Algunas increíbles, algunas dignas de reflexión… la cosa es mirar a la humanidad desde sus muy distintas perspectivas.

*¿Sabían ustedes que el 15 de marzo se celebró el Día Internacional del Consumidor? Pues lo fue, y tras esta buena nueva que celebra a todos aquellos que voluntaria o involuntariamente compramos a diario desde unas papas en a esquina hasta medicinas o un coche, la prensa en ciertas notas fue la encargada de dar a conocer lo que la Procuraduría Federal del Consumidor recomienda como “Los 7 derechos básicos del consumidor” (avalados desde 1985 por la ONU): Derecho a la información, derecho a elegir, derecho a no ser discriminado, derecho a la protección, derecho a la educación (legal), derechos a la seguridad y calidad, y derecho a la compensación. ¡Vaya nueva, eh!

*La sección de estilos sólo me confirma lo que ya es un hecho inminente: ¡el fleco ha vuelto! Luché tantos años por olvidar aquellos copetones enmarañados llenos de gel y spray como para que ahora los diarios me anuncien esta nueva onda que es más vieja que Cleopatra.

*¿Eutanasia? ¿Aborto? Tanto en España como en México estos temas han estado en la mesa de las discusiones, y fuera de toda la óptica política, yo pienso en ambos son asuntos de mucho criterio y que deben profundizar muy bien en sus especificaciones para no hacer cada caso algo colectivo. Los más religiosos discuten que nadie tiene porqué quitarte la vida, y yo supongo que para poder hacer válidas estas decisiones tan personales debe existir algo de peso, una razón que, bien tipificada, dé como resultado el descanso de un enfermo y su familia o evitar traer al mundo un hijo concebido en la violencia, porque en el futuro eso es lo único que conocerá.

*Pero aquí está mi favorita: “Gana niña concurso de tenis malolientes”. Si esto los apantalla esperen a saber que por éste insólito hecho ganó la fabulosa cantidad de 2 mil 500 dólares. Esto me hizo recordar los gloriosos tenis de mi juventud, que tuve guardados por años en el clóset y quienes les cantaba, cuál Gloria Trevi “zapatos viejos, ¡qué hermoso par!”… De saber que existía este concurso, nunca le hubiera hecho caso a mi madre y en vez de estar en la basura, hoy, quizá, me tendrían en la riqueza absoluta…

jueves, 15 de marzo de 2007

Generaciones


En un mundo como éste, no podemos darnos el lujo de sentirnos ajenos al exterior. Imposible. Desde que llegamos a este valle de lágrimas formamos parte de un colectivo, de una generación. Nuestro primer llanto estuvo irremediablemente enmarcado en un contexto político, social, cultural; así hablemos chino, ruso o español una persona de cierta edad siempre tendrá con otra misma de su edad, algo en común. En una época como ésta, globalizada, es cotidiano el que un niño francés se identifique con un mexicano si se encuentran en línea enfrentando alguna misión imposible del videojuego bélico de moda.

Así, se escucha comúnmente que nuestros padres son de la generación de los Panchos para acá, la de mis abuelos quizá fue la de María Victoria y Libertad Lamarque y la mía arranca de Parchís en adelante, pasando por supuesto por el contexto internacional que nos enmarca en Star Wars, la Perestroika y el muro de Berlín.

Todo esto lo reflexioné en cuestión de minutos en medio de una enorme fila que avanzaba lentamente, que no era ni para entrar al banco, ni para comprar tortillas. No. Estaba ahí, mochila al hombro, cargada de ilusiones, con la intención de obtener una firma, un saludo de personas de carne y hueso, como yo, como el de junto, cuya única diferencia radica en las eternas horas de felicidad y entretenimiento que me han brindado. Detallaré.

Este fin de semana llegó a mis manos un volante que invitaba a una convención de Cómics. Prometían que grandes personalidades del doblaje estarían ahí, y sin más, tomé los DVD que atesoro de “Los Simpsons” y llegué al lugar. Aquello fue irreal. Como podrán imaginar, el público que acude a estos eventos es muy especial: en promedio son jóvenes que leen cómics, que conocen sobre el arte oriental, sobre las historias que se leen o se ven; es gente coleccionista, que almacena lo mismo cualquier cantidad de tarjetas como de información en su cabeza sobre fechas, nombres y dibujantes. Y ahí estaba yo, ingresando a ese selecto grupo de fanáticos que recibieron a las estrellas de su interés con una sobre carga de energía y amor.

“Los Simspons” se escapan de cualquier coleccionista estereotipado. Son un icono, un emblema, el contexto que impregna a toda una generación que los vio nacer y a los que nacieron con ellos. Aquí, las voces que los doblaron durante años compartieron sus experiencias, intercambiaron detalles… Yo en lo personal, aquella tarde me sentí como en el capítulo donde un montón de freeks acuden a una convención similar para ver a Luke Skywalker. Escalofríos. Y entonces, con la ilusión de todo aquello, en plena fila, un niño de 14 años osó entablar una plática con quien escribe hablándome de usted y llamándome señora. Mis venas estallaron de la rabia. Luego del trance, comprendí que mientras ese moconete respetuoso nacía, yo disfrutaba de mis primeros capítulos de la serie que nos puso en ese sitio a él y a mí.

Esto del contexto es grandioso: nos une, nos armoniza, nos hermana… ¿No lo creen?

jueves, 8 de marzo de 2007

Con R de Revancha

Esta historia contiene tal cantidad de sentimientos encontrados que raya en los límites del chiste más ruin o el melodrama más lacrimógeno. Antes de pasar al aparatoso asunto, debo por fuerza marcar antecedentes.

Por causas del destino mi abuela materna formó parte de mi familia nuclear los últimos 17 años de su vida. Ella me vio crecer, padeció mi horrible pubertad, compartió con nosotros mudanzas y siempre estuvo ahí, firme y sólida. Ésa fue mi abuela… Bueno, mi abuelita, porque aquel infortunado día que se me ocurrió decirle abuela no tuvo más que encajarme sus largas y afiladas uñitas, dejándome muy en claro que jamás debería llamarla así. Esto verdaderamente me frustró muchísimo, sobre todo cuando en mi afán de limar tal aspereza la llame cariñosamente “Doña Raquelito”… Este arrebato de igualadés me costó de su parte un sonoro azotón en la mesa, desatando la ira de una mujer por naturaleza pacífica que acotó con la misma severidad de su manoteo: “No soy doña Raquelito, ¡soy Tu Abuelita!”. Poco después tuvo un padecimiento que la desconchinfló todita, desde su andar hasta sus funciones intestinales, así que la pobre transitaba sus males entre 2 días de estriñida por 4 de diarreas, hasta que se recuperó y falleció de otra cosa. Decidí pues retomar mi naturaleza y, a modo de revancha, desde entonces a la fecha hago referencia a ella (de manera cariñosa) como Doña Chorrillo. Sin miedo a la vida ni a las falsas alarmas de que vendría a jalarme los pies por tal irrespetuosidad transité feliz y contenta mis días… hasta ahora.

El pasado domingo tuve el inusitado arrebato de querer ver reunida a mi familia sanguínea y a mi futura familia política. La invitación fue hecha y durante la semana todos los preparativos corrieron sin mayores sobresaltos. Llegó el día y para las 3 de la tarde todo estaba listo: La comida burbujeaba en la olla de barro, las botellas se enfriaban, los manteles que adornaban las mesas olían a limpio y las flores decoraban el lugar. Las visitas tocaron a la puerta; entraron y la alegre convivencia empezó. Los consuegros, las consuegras, todos felices… En medio de la estampa familiar, sentí el remoto deseo de ausentarme, sin intuir que mi tragedia también apenas comenzaba, porque después de esto jamás volví ni a la sala ni al comedor. Lo comprendí todo.

El día menos imaginado, el momento menos adecuado, Doña Chorrillo decidió venir a cobrar su venganza. No vino a jalarme las patas, no. Se la cobró con la mismo guante de su condenado apodo. Mi celebración particular del día de la familia la viví entre la taza del baño y tirada en una cama oliendo un algodón bañado en alcohol. Así de súbito, así de extremo. A lo lejos, en mi agonía, escuché las risas de los comensales y al menos supe que todo fue un éxito.

Sea cual fuere la razón, que en realidad se trató de una tragada monumental de Churrumaís con limoncito, el hecho es que con la R de doña Raquelito, su revancha desde el cielo fue cruel, dolorosa y muy despiadada.

jueves, 1 de marzo de 2007

No quisiera ser mi hígado

Los números jamás han sido lo mío. Sé que son necesarios, sé que rigen la vida cotidiana, sé, por mera herencia de un padre contador, su importancia. Sin embargo también sé que hay situaciones en las cuáles no sirven de nada. Ahí les va un grandioso ejemplo.

La mayor parte de la población tiene un televisor en su casa. ¿Qué utilidad le damos? Unos vamos desde la ventaja física de tener un mueble más, para otros más es su única compañía; algunos la vemos como un terrible vicio y muchos, muchos seres más encienden dicho aparato por inercia, sólo por escuchar ese zumbido con imágenes que generalmente no vemos por estar planchando, haciendo la comida, haciendo la tarea o arrullándonos. Otros más prestan sus cinco sentidos en lo que ven, y, buscando opciones, deciden quedarse en un canal o mudarse a cualquier otro con el poder de un dedo. Ante este panorama, resulta interesante saber la manera en la que las cifras del rating son ocupadas para promover éxitos apabullantes. Así las cosas, no me explico cómo esta semana nos amanecimos con la nota de que un final de telenovela transmitido el domingo acaparó las emociones de los mexicanos que consumieron un producto como éste, en un conteo que no contempla si las televisiones contadas no tenían mas que 3 malas opciones dominicales.

La historia no es nueva: dos empresas pelean (no compiten) entre sí; las dos dividen en vez de sumar; cada una quiere jalar toda el agua para su molino. Qué triste que ése sea el reflejo de toda una sociedad. Y es que aprovechando el contexto de los reflectores un director de cine y su guionista terminan su relación en tremenda pelea de egos. Ninguna de las partes, así como ninguna de las empresas, tienen idea de que si cada quien hace lo suyo, trabajando en equipo, las cosas mejoran.

Un asunto de educación, tal vez, esto de que nadie nos enseñó a jugar en equipo. Por eso el ya merito. Por eso las individualidades nos hacen creernos lo máximo en solitario. Por eso nadie se toma la molestia ni siquiera de cooperar con sus vecinos cuando el arreglo de la calle los va a beneficiar a todos.

Estos asuntos logran que se me enchueque la tripa. Me molestan mucho las malas telenovelas que traicionan a su libreto original (¿Dónde quedó la maravilla de Betty la fea? ¿Dónde?); me molesta mucho la mala transmisión de una ceremonia eterna invadida de anuncios y efusividades excesivas; me puede que estando en la cima los egos empañen el talento y den un pésimo ejemplo del éxito y me irrita mucho que todo eso aparezca en un pequeño mundo donde un grupo de vecinos (peor que los Invasores) sean excelentes en el arte del chisme y el argüende malgastando sus energías, mismas que deberían ocupar para reunirse, cooperar y ejercer presión con las autoridades (igual de chismosos y argüenderos, además de inútiles), en pro de un beneficio común: la calle. ¿Es posible que en el umbral de la primavera uno puede sentirse con tremenda indignación? Mi hígado, dañado, dice si.

-----------------------------------------------------------------------------------------------
Columna comentada en el programa radiofónico "La Revista", conducido por Carlos Romano en Radio Universidad, 1550 AM.

jueves, 15 de febrero de 2007

Kismet

Hace algunos días el dulce hogar de quien escribe estas humildes líneas se vio pletórico de cuantiosa algarabía infantil. Niños iban, niños venían. Niños lloraban, otros dormían. Otros peleaban por una bolsita de plástico e insistían en pasar las 24 horas del día al lado de los perritos, quiénes, emocionados, se acercaban a ellos ante los gritos de horror de estos enanoides. Como quien dice, nadie los entiende. Esta descripción corresponde a la visita anual de la rama paterna de mi parentela, que cada vez aparece con más vivarachos minimiembros.

Para aplacar a tanto ser en desarrollo el cine pareció ser la opción más civilizada para mantener la paz por escasos minutos, y los “Bichos” en tercera dimensión lograron su cometido: a los niños los dejó callados y a los grandes nos puso a temblar al ver a una Mantis de tamaño gigante devorándose a una infortunada mosquita. La voz narradora explicaba, con esta comilona, el proceso natural en la vida de los insectos: nacer, reproducirse y morir. Ése es su cometido, ése es su destino. Destino…

Me quedé pensando en el destino. Los insectos lo viven en sus ciclos mientras que los humanos tratamos de indagar en él, de conocerlo, de imaginarlo, de cambiarlo, de evitarlo, de apresurarlo, de racionalizarlo. Supongo que aquello que filosóficamente nos separa del resto del reino animal (el alma, la mente) ha hecho que el ser humano encuentre algunas miles de explicaciones para el futuro, para el porvenir, para la felicidad y para la desgracia. Para algunos es la religión, para otros el destino, para algunos más, el kismet.

Hado, predestinación, suerte, fortuna, destino. El Kismet es para ciertas culturas del Oriente una fuerza cósmica que todo lo define; es, según su significado literal, “la voluntad de Alá”. Al kismet se le atribuyen las mayores alegrías y también las peores tragedias, o simplemente las sabias lecciones de la vida. Su lado positivo es lo que lo diferencia del Karma, ley que indica que para toda acción existe una reacción, que depende de la bondad del primer hecho.

El Kismet era, antiguamente, la explicación y la resignación ante la vida. Actualmente las revoluciones de pensamiento dictan que cada uno es capaz de forjar su propio destino, pero hay quienes creen que su voluntad es inamovible. Para las moscas comidas por las Mantis, para los niños que todo lo aprenden, para los adultos que gustamos más de analizarlo que de vivirlo…

Cuando veo a mis hermanas correr entre mamilas y pañales, atendiendo sus casas, a sus maridos y a sus trabajos, pienso en el Kismet: era su destino ser madres y vivir como cada una vive, rodeadas de amor. Aun no sé si el mío me lleve por los mismos caminos, o si termine en un documental de tercera dimensión comida por un enorme insectote, pero sé que la voluntad de Alá, de Dios, o de cualquier fuerza cósmica, me mantendrá con los ojos bien abiertos y los sentidos alerta para comprender así el ciclo natural de mi existencia, la esencia de mi aparición en esta Tierra.


jueves, 1 de febrero de 2007

La princesa y el colchón


Las niñas de hoy sienten una extraña fascinación por la moda las “Princesas”; ¡Horror! Todo en ellas resulta tener motivos de sirenitas, bellas durmientes u odaliscas. Pero las niñas de hoy desconocen otro tipo de nobleza cuyos relatos son igual de impactantes, y lo mejor, ajenas a adaptaciones cinematográficas. Uno de estos relatos vino de la mente de Hans Christian Andersen: La princesa y el guisante. En él un joven y soltero príncipe se encontraba en búsqueda de la princesa ideal, y durante el proceso de selección aparecieron cuantiosas estafadoras incapaces de superar las pruebas que la Reina les imponía, en su afán de localizar a aquella de sangre azul digna de su vástago. Entonces, bajo una feroz tormenta, tocó las puertas del palacio una chica que se decía princesa, lo cuál no creyeron mucho luego de verla hecha una auténtica sopa Maruchan. Aun así la acogieron, y la Reina, presurosa, llevó a la invitada al aposento de prueba, donde previamente había colocado un frijolillo bajo el colchón que cubrió con otros 20 colchones. Al día siguiente la chica, amablemente, contestó a la pregunta de los reyes de si había dormido bien: “No… tengo un dolor de espalda horrible, había algo que no me permitió descansar, algo como un guisante”… Fue así como supieron que en aquella frágil jovencita corría la sangre azul y el príncipe tuvo al fin una compañera. Fin del cuento feliz.

Así he despertado los últimos 5 días. Cual realeza con frijoles bajo un duro colchón. Este cuento, más mi actual lectura (la historia de un clan turco narrada por las casas que acogieron a estas familias en distintas épocas), me pusieron algo melodramática ante el terrible hecho de que mi cama, aquel objeto familiar que superó las 3 décadas entre nosotros, fue vilmente cambiada por un moderno objeto, uno de esos donde los osos duermen en los comerciales.

Lo de mi lectura viene al caso porque puedo entender que alguien logró captar las vibras que absorben los objetos materiales que han pasado tanto tiempo con la gente. En mi caso, la única cosa capaz de contar toda la historia de mi vida era mi cama. Porque... En una cama lloramos nuestras penas, soñamos con mundos distantes, con amores imposibles, dejamos nuestras preocupaciones, descansamos, disfrutamos un buen libro, nos enfermamos… Así, la cama que me designaron hace años se ha ido para hacer feliz a otra familia... Snif. Claro que no todo fue dichoso; la pobre perdió dos patitas (hábilmente reemplazadas por un par de tabiques) luego de una juvenil fiestecilla, y aunque sus rechinidos eran evidentes, resultaban música para mis oídos. Yo lo amaba, Mi vida sentimental estaba impregnada en cada uno de sus hilos. Años tardamos en hacerla de una forma maravillosa, suave, cómoda.

Pero ahora, cual heredera turca cuya vida es narrada por sus pertenencias, veo agradecida la altura de mi nuevo lecho y trato de imaginar las mágicas aventuras de mi existencia que compartiré sobre ella… Sólo el tiempo lo sabrá…

jueves, 18 de enero de 2007

Educación sentimental


Gustave Flaubert, escritor francés del siglo XIX, tituló a una de sus más célebres novelas como “La educación sentimental”. En ella, un par de jóvenes amigos van dando cuenta al lector de su vida, de su crecimiento, de sus primeras andanzas por el terreno del amor…

A tantos años de distancia de la aparición de este texto, su nombre ha sido retomado por estudiosos de la sociología, la psicología y la pedagogía para referirse a todas aquellas influencias que desde niños vamos absorbiendo y que van formando nuestro “yo” emocional. O sea que como quien dice, para llegar al punto en el que estamos hoy en materia de sentimientos, debemos echar un ojo a todas esas cosas que nos hacen entender el amor y la amistad tal y como “las ejercemos” en la actualidad. Así pues los padres son los primeros formadores de tales conceptos. Luego vienen las relaciones entre hermanos, amistades y me atrevería a decir que hasta encajan los lazos que hicimos con nuestras primeras mascotas. Pero no todo viene de ahí, y éste es el punto sublime de esta columna.

Este fin de semana el amor de mis amores tuvo a bien cobrarse de manera digamos, “justa”, un acto del pasado donde me demostró que un hombre no pierde nada sometiéndose a un maratón de películas románticas con su noviecita linda. En ese entonces mis algarabías, lágrimas y pasiones pasaron de una a otra entre “Los Puentes de Madison”, “Sintonía de Amor” y “Cómo perder a un hombre en diez días”. Fue maravilloso hasta el pasado domingo, cuando me tocó a mi demostrar mi valor y templanza al acudir a una sala cinematográfica para ver la última entrega (¡bendito el Creador!) de la leyenda del boxeo, Rocky Balboa.

No hablaré de la cara de emoción de todos los varones que inundaron la sala, y mucho menos de todas las novias sumisas ahí presentes entre sudores, gritos gloriosos, música de triunfo, y escenas que, para evitar la risa estrepitosa, ameritaron un muy largo trago de refresco. No. Hablaré de la reflexión que me trajo este ejercicio de ponerme al corriente con un fenómeno de 3 décadas que veo por vez primera, pero sobre todo, de un producto masivo como claro ejemplo de educación sentimental.

Entre el amor de mis amores y yo existen similitudes enormes, pero nuestra educación sentimental es absolutamente distinta. Mientras él aprendió mucho de lo que sabe del romance a través de los cómics, Robotech, guerras galácticas y sobre todo, entre las cuerdas y los gritos de un sujeto ensangrentado que busca a su amada Adrian, yo tengo en mi literatura rosa, mis películas de pasiones intensas, Candy Candy y la desventaja geográfica que me hizo empaparme de las telenovelas, la clara referencia de lo que soy sentimentalmente. ¡Qué distintas maneras de entender el amor! Tan romántico puede parecer besarse en pleno vuelo del Halcón Milenario o levantando el cinturón de campeón como hacerlo debajo de la lluvia o en pleno atardecer… ¿Ven cómo si existe esto de la educación sentimental? Sin duda alguna…

miércoles, 10 de enero de 2007

Múltiples capacidades


Antes que nada, mis muy queridos lectores, los abrazo a todos y cada uno de ustedes muy fuerte, deseándoles un feliz y productivo año 2007. Año impar, por cierto, esperemos que nos pinte lleno de colores alegres, de matices con sus luces y sus sombras (inevitables en la vida), pero siempre con un brillo especial, el de la fuerza, el de la esperanza, el del amor.

Esa es la capacidad de ver el destino de manera positiva. Gran ventaja del ser humano ésa de ser capaz de gozar la felicidad y sorprenderse ante lo más pequeño; esa de ser capaz de expresar la tristeza, la nostalgia; esa de abrazar a un ser querido, esa de admirar a una niña pequeña en su primera Navidad disfrutar (con una inexplicable ilusión) la alegría de una posada y la emoción de ver caer la colación de una piñata.

Pues bien, en una época donde la vorágine de las compras de último minuto nos absorbe dejando de lado la esencia de la natividad y el año nuevo, éstas fechas, también empleadas como un buen pretexto para el relax y la convivencia, me llevaron al sitio indicado, al momento preciso para confirmar mi teoría sobre las múltiples capacidades humanas de expresión.

Explicaré: Según la psicología es imperante para nuestra vida cotidiana encontrar el medio indicado para desahogar tensiones, estrés, angustias y para deshacer alguna que otra telaraña mental. Así, existen catalizadores tales como los estadios de fútbol, las funciones de lucha libre o, incluso, un instante en medio del tráfico pesado. Pero hay otro punto donde las vibras de todo tipo se concentran, donde grandes y chicos se expresan, se divierten, se liberan: los parques de diversiones. En un sitio de estos, amables lectores, descubrí la enorme capacidad humana para gritar.

Gritos en todos tonos, en todos ritmos, en todas intenciones. Femeninos, masculinos, infantiles, ahogados. Gritar es esa fantástica oportunidad de hacer explosión, sobre todo si se acompaña de sensaciones extrasensoriales como treparse a una montaña rusa (y descender de ella) o un juego del estilo pero en menor escala. ¿Es que acaso no han sentido ese extraño placer de dejarlo todo de lado y treparse a un juego que los pone de cabeza, o mojarse hasta los calcetines, saludar a una botarga o reír hasta las lágrimas? Pues todas las personas que se congregan en sitios así lo saben, y aquello, como cualquier templo, es una concentración de energías transformadas, en un lugar donde nadie prohíbe expresarse y donde las gargantas deben ir listas para soltar sus más sonoros y estruendosos ruidos, esos que salen del corazón, de los intestinos, y de todos los recovecos que sienten una emoción de tales proporciones. Es uno de esos agotamientos felices.

Gritar en lo alto de una montaña, gritar en compañía, gritar en soledad o del puro gusto de ver a un ser querido. ¿Hace cuánto que ustedes no lo hacen? Sea cual sea su respuesta, les recomiendo comenzar el 2007 liberando su cuerpo, su alma y su espíritu… Y ¡a arrancar motores!

sábado, 30 de diciembre de 2006

jueves, 7 de diciembre de 2006

Mi vida con Fox

Una de mis mejores y más constantes enseñanzas universitarias fue saber aplicar el término Contexto, lo que me implicó relacionar toda clase de sucesos a la materia en cuestión, pero, dañada quedé, esta sabia cátedra trascendió hasta mi vida personal. Entonces aprendí a valorar eventos políticos, artísticos y deportivos con ciertos momentos Kodak de mi andar por el mundo.

Así, ese mismo contexto que en algún momento mostró a Kevin Arnold, el de “Los Años Maravillosos”, recibiendo su primer flechazo mientras el hombre llegaba a la luna, me tuvo a mí haciendo una complicadísima tarea de geografía (compartida vía telefónica con el romance en turno) mientras a televisión mostraba las últimas horas de Luis Donaldo Colosio; gritando por Soraya Jiménez y su medalla dorada desde Sydney hasta mi exilio en California, y un 11 de septiembre, cuando en Nueva York todo parecía una increíble película de ficción, el contexto me tenía al pie de mi cama, escuchando una noticia que cambió mi día y el rumbo de la Historia mundial.

Estas semanas, ese mismo contexto me mantuvo preocupándome lo mismo por nimiedades tales como el proyecto del adorno navideño como por el destino del país. El frío invierno nos trajo un nuevo presidente, una infinita ingobernabilidad, desestabilidad política y social, y, para algunos la nostalgia por el pasado, la nostalgia por Vicente Fox.

No crean que estoy divagando. Aunque las esperanzas de medio México (la otra mitad se divide en otros colores) están fincadas en Felipe Calderón, uno ya estaba, digamos, impuesto al estilo y el folclor de nuestro hoy ex mandatario. Hasta en un periódico apareció un recuento de todo lo que vivimos durante los seis años de su gestión, desde la desintegración de OV7 hasta el auge del Ipod, de las nuevas tecnologías médicas hasta el nacimiento y ocaso de los reality shows. Álvaro Cueva igualmente describió en su libro “Lágrimas de Cocodrilo” la vida de las telenovelas en México ubicándolas por sexenios, desde su entorno social hasta los álgidos momentos de la televisión nacional. Ejemplos no faltan.

Inspirada entonces por ese contexto en pasado (“lo que Fox quiso decir”, con el “hoy, hoy, hoy” o con las toallas de Martita), echo un vistazo sucinto y ubico la toma de posesión del panista en mi exilio gabacho; vislumbro mi ingreso a la flamante vida laboral, la muerte de mis queridas abuelas, mis subidas y bajadas de peso, la partida del Papa (otro evento que movió masas, corazones y cintas de video), diversos libros y programas de televisión consumidos, pericias al volante, cambios de moda, transiciones en el color de mi recámara de un beige puberto a un morado juvenil, y por supuesto, la estabilidad emocional que mi corazón nunca tuvo en todos los sexenios anteriores.

Sabrán Dios y el destino me nos espera en la era Calderón, pero lo que sí sé, es que la ingenuidad de Vicente Fox pasará a la Historia Nacional por su tibieza, pero en mi contexto personal, enmarca los albores de mi compleja adultez.

Chente

jueves, 30 de noviembre de 2006

Las palabritas mágicas

Cuando era niña me educaron bajo ciertos valores y preceptos. Entre ellos, la sentencia de que “una persona acomedida cabe en cualquier lugar” (obligándome a recoger la mesa de la casa a la que íbamos de visita) o aquello de que había que ser cortés y agradecida al momento de solicitar algún objeto o favor. Por este motivo mis padres, toda vez que me dirigía a ellos con la clara intención de pedir un permiso o algún juguetillo (incluso hasta el salero), me recalcaban el uso de las palabritas mágicas, es decir, “Por favor” y “Gracias”. El asunto era verdaderamente latoso hasta el día que comprendí el valor de estas expresiones. Entonces me convertí en su defensora número uno, y hoy voy por la vida haciendo de mi hígado un nudo scout cuando escucho a cualquier niño que exige, no pide, y que al obtener lo suyo se da la media vuelta campante y fresco como una espinaca contaminada.

Con la importancia que para mí han cobrado tan simples palabras, me sorprende cómo hasta ahora le pongo atención a una fiesta cuya esencia es la gratitud: el Día de Acción de Gracias. Increíble, como menciona Germán Dehesa, que esta celebración estadounidense tan limpia no haya sido exportada al mundo entero, tanto o más como el horror del Halloween o del rechoncho Santa Claus.

La historia de esta fiesta es sobre un grupo de ingleses que llegaron a aquellas tierras en el siglo XVII tras ser perseguidos por sus creencias religiosas, y sobrevivieron al crudo invierno que les asaltó. Al año siguiente, en las mismas fechas, celebraron a la tierra próspera que les había dado una buena cosecha y que les permitiría tener un invierno mejor. Dieron las gracias por lo que tenían y por el simple hecho de estar vivos, y así, sin más adornos, cascabeles o regalos, cada tercer jueves de noviembre las familias siguen reuniéndose con tal fin.

Sin querer, este tercer jueves del mes mi familia se reunió en una sentida y bastante jocosa convivencia para conmemorar el cumpleaños de la creadora de mis días. Sentida porque todos radiantes y jubilosos estuvimos ahí, compartiendo con la flamante festejada, y jocosa porque sin querer se juntaron tres cumpleañeras en la misma zona del restaurante, y a la familia de las tres se nos ocurrió pedir velas y mañanitas. Mi madre fue la segunda en la ronda, pero qué clase de bochornos sentimos cuando, esperando la sorpresa, el entonado guitarrista soltó su lira hacia otra mesa. En los acordes del tercer “Éstas son las mañanitas” las tres mesas caíamos al suelo de la risa por tal coincidencia. Así, por el simple hecho de reír en compañía, mi alma se sintió agradecida.

Mañana el país penderá de un hilo. Oaxaca seguirá siendo un terrible hervidero; los políticos seguirán sin ponerse de acuerdo y la gente, en su mayoría, irá por ahí sin apreciar el simple pero infinito poder de las palabritas mágicas. Qué distinto sería todo si, al menos por hábito, hiciéramos de la gratitud una forma de vida y no tan sólo una palabra más del diccionario.
Qué distinto sería...

viernes, 24 de noviembre de 2006

Unos quieren subir...

La vida es tan diversa que todos tenemos diferentes conceptos y opiniones sobre ella y lo que nos rodea. Quien haya siquiera imaginado que pude existir el término objetividad seguramente lo hizo imaginando una tierra utópica donde el colectivo pudiera ponerse de acuerdo en cosas tan simples como la comida del día o la tonalidad exacta del azul del cielo.

Entre tantos ejemplos está el de la música; hay para quienes ésta resulta el vehículo ideal para expresar situaciones políticas, denuncias sociales, ideas de cambio, descontentos contra una guerra o un sistema represor. Hay quienes, por el contrario, tienen en ella a la más pura expresión del alma y todos sus sentimientos. Para mi ambas posturas, igual de válidas, tienen un cierto punto medio, donde se logran fusionar emociones con realidades.

Sin saber mucho del tema e ignorando si estoy al borde de incurrir en algún estropicio, puedo decir que las letras que escribe Aleks Syntek me evocan eso precisamente. La primera vez que escuché con detenimiento una canción suya llamada “Lo perfecto” comprendí que determinadas piezas están destinadas a ser digeridas, a ser comprendidas, a ser asimiladas, reflexionadas. ("No va conmigo lo perfecto/ Pero intento lo correcto/ Nadie nace conociendo lo ideal/ Debes poner tu mano en fuego, y sabrás...”)

Para esta ocasión encontré la canción ideal de este cantaautor sobre lo que quiero decir; “Unos quieren subir, yo me quiero bajar/ sino saben que hay arriba/ dejen de fastidiar...” Más que una frase rebelde creo que así es la humanidad: un puñado de inconformidades acumuladas. Cuando unos quieren subir, otros se quieren bajar, cuando unos quieren salir, otros quieren entrar. Cuando unos aspiran encontrar en la música protesta, otros buscar amor; cuando unos quieren paz, otros buscan la guerra.

Leía con tristeza la muerte de una joven modelo brasileña cuyo cuerpo se marchitó tras la anorexia. Leía también que México es el segundo lugar en obesidad seguido sólo por los Estados Unidos. Recientemente fui a una boda donde la pareja estaba radiante por celebrar su unión mientras, por otra parte, escucho a quienes se quejan amargamente de la vida marital y prefieren vivir su vida por separado. De pronto me rondan pensamientos sobre la idea de tomar mis maletas y salir de mi casa para formar mi propio hogar, mientras que quienes ya lo han hecho anhelan y extrañan la vida familiar. Los jóvenes quieren crecer, los viejos desean regresar.

Y así, en lo más simple hay quienes son delgados y quieren engordar, quienes son chinos y sueñan con una lacia cabellera, quienes son de piel clara que desean broncearse y quienes son oscuros quien aclararse. Unos que quieren subir, y otros, que ya han estado arriba, quieren bajar. Qué irónica es la humanidad y su cúmulo de inquietudes, pues, como dice el buen Syntek: “Cada cabeza es un mundo/ y cada mundo tan distinto/ cada destino diferente/ y diferente es la gente...”

jueves, 16 de noviembre de 2006

Las pequeñas cosas

Querido lector policrómico: lo invito a hacer un pequeño ejercicio. Piense por favor en un día normal, común y corriente. Piense en lo que hace desde el momento en que se levanta hasta el instante en el que se aleja al mundo de los sueños junto a Juan Pestañas. Cada uno de nosotros seguramente tendrá rutinas muy distintas, sin embargo, seguramente, tendremos también ciertos puntos en común, como el empleo de implementos y artefactos que nos ayudan a prepararnos el desayuno o a mantener el aliento fresco durante la mañana. Pero, alguna vez hemos reparado en la real utilidad de estas pequeñas cosas? He aquí algunos datos de quienes han llevado lo cotidiano a otros niveles...

*Antes de los muros absurdos y el terrorismo, los estadounidenses tuvieron la gran idea de llevar un gran invento de la antigüedad hasta la Luna; en 1969 Neil Armstrong elevó la higiene bucal hasta las estrellas, al empacar en su travesía un cepillo de dientes cuya historia sitúa al primer ejemplar en el año 1498, cuando un emperador chino adaptó cerdas de pelo de puerco en un hueso. Luego vinieron los ingleses a darle forma y el resto todos lo conocemos.

*¿Usted sabía que existe una Organización Mundial de Sanitarios? Uno acude varias veces al día a esta maravilla de invento moderno, sin siquiera imaginar que en algún lugar del mundo existe una Academia Mundial especializada en Baños, donde el mantenimiento y la limpieza de los lavabos ocupa un curso completo en esta escuela de Singapur, cuyas clases comenzaron el mes pasado... Pero aquí no acaba la sorpresa. La cultura asiática ha logrado imponer fuertes multas a quienes no jalan la cadena del retrete, y desde hace cuatro años han convocado a la “Cumbre Mundial sobre Baños”, donde en su última edición se dio a conocer que un total de 2 mil 600 millones de personas en el mundo carecen de baño propio.

*Si le cuento que el invento cotidiano de Sir John Randall y del doctor Boot fue pensado para frustrar a la ofensiva nazi y no para lo que se ocupa actualmente no me lo creería. En 1946 el doctor Percy Spencer supo por casualidad que las microondas generan calor, y adaptó aquello que estos ingleses ocuparon como elemento para los radares durante la Segunda Guerra Mundial, en la maravilla moderna que hoy salva (sobre todo) a todos los negados en el arte culinario.

*Tal vez usted se ha emocionado y ha cantado alegremente con las películas de Walt Disney. La mayoría de estas cintas ofrecen a los niños atractivas historias animadas con mensajes implícitos sobre valores y principios morales; lo que seguramente desconoce es que después de la Segunda Guerra Mundial esta empresa realizó cortometrajes didácticos para diversificar su mercado: uno de ellos es del año 1946 sobre la historia de la menstruación con una duración de 10 minutos. Otro de estos ejemplos fue creado en 1977 y trata sobre las enfermedades venéreas. (http://www.youtube.com)

¿Verdad que lo cotidiano siempre nos puede sorprender? ¡Hagan sus comentarios!

jueves, 26 de octubre de 2006

Ánimos festivos

La semana pasada, queridos lectores, esta H. columna estuvo de manteles largos por la celebración de un año más compartiendo con ustedes las “Policromías” de la vida. Comí, a la salud de todos y rompiendo la dieta deliberadamente, una pieza de pollo con mole y un rico pastel que sólo de recordarlos se me erizan los bigotes. Éste fue el sencillo festejo, pues para quienes no lo sepan las grandes y majestuosas fiestas no son muy lo mío.

Curiosamente en estas fechas las pachangas abundan; o mucha gente cumple años o todos se han puesto de acuerdo para celebrar sus eventos sociales en vísperas del invierno, y la racha de bodas distribuidas en mi agenda está imparable. Mis ánimos festivos, digámoslo así, se ponen de lo más efervescentes mientras mis pies lo lamentan mucho más cuando los someto a horas de entera tortura, con tacones que “claquetean” (de la onomatopeya “clac”, “clac”, "clac") por doquier dándome como resultado un destacado número de ampollas y una imponente hinchazón. Esos ánimos que me han llevado a bodas pequeñas de suculentos menús, a otras con música animosa y sonrisas por doquier e incluso a fiestas amenizadas por los grandes personajes de la farándula musical, me ponen a pensar porqué la gente siente siempre tantas ganas de celebrar, y cuando digo celebrar es en el sentido más mexicano que existe: el que surge por cualquier ocasión.

Supongo que esto de los festejos surgió desde la edad de piedra, (de pronto imaginé tremenda algarabía cuando el hombre creó la rueda), y hasta cierto punto supongo también que darle rienda suelta a la alegría es parte intrínseca del ser humano. Los ánimos festivos que actualmente llevan a la gente a organizar fiestas en honor de un cumpleaños o de ciertos rituales sociales como los matrimonios, los bautizos o los quince años, lo hacen a sabiendas que: a) jamás quedarán bien con nadie; b) gastarán un dineral en ropa que sólo se usará una vez; c) la organización deja, generalmente, roces, pleitos y desacuerdos familiares; y d) los festejados, a menos que sean niños, son los últimos en divertirse.

¿Realmente cuál es el motivo de una fiesta? ¿Cumplir con las normas y protocolos establecidos? ¿Darle rienda suelta a la inventiva para organizar una fiesta original? ¿Cómo saber si tu fiesta será un éxito o un simple y aburrido gasto innecesario? Muchas son las preguntas que me asaltan cuando estoy en pleno brindis, mirando como los presentes a tales ceremonias brindan por la felicidad y el futuro prometedor de quienes, envueltos en elegantes trajes o vestidos llenos de encajes, se embriagan con su propia dicha.

Yo nunca he tenido una fiesta así, al menos no una propia. Tal vez algún día, cuando el ánimo festivo me invada en tales proporciones, sabré por qué la gente gusta de armar tremendos fiestones sin engentarme ni sentir deseos de salirme recién terminada la cena... Como diría la sabia mariposa del cuento: “algún día lo sabré”, mientras tanto, Policromías celebra con alegría su tercer aniversario.

jueves, 19 de octubre de 2006

de Cumpleaños


Aniversario 3 de la columna
POLICROMÍAS
Si quieren dejar un mensaje, una felicitación, alguna palabra bonita o simplemente una rechifla (bueno... si quieren mentadas...), serán bienvenidas...
Gracias a todos los que han sido parte de estas líneas, a quienes las leen, a quienes las comentan, a quienes son parte de ella y a quienes resultan toda una inspiración por 3 años de un proyecto que le da un sentido muy especial a la vida de quien redacta esta columna...

jueves, 12 de octubre de 2006

Expresiones de moda

Nunca esperé caer en estos temas tan rápidamente. Apenas recuerdo mis días de pubertad, cuando retaba furiosamente a todo adulto que osaba de manera jocosa o dolosa, atentar contra aquello en lo que por esos días era mi credo y forma de vida. Que si mi abuela criticaba mis copetes altos y llenos de spray Aqua Net ¡No se la acababa! Que si mis padres veían con recelo que usara más de un par de aretes, o que me maquillara en exceso (según sus cánones) ¡Cuidado! Y más de alarma era aquel que interfiriera con el caló que regía mis conversaciones juveniles, con expresiones tan básicas como un “qué onda”...

Esos días no han terminado del todo. Apenas el fin de semana mi madre se escandalizó por el corte de cabello de la ex Barbie Basterrica, en un look que definen las revistas como “estilo manga o anime japonés”. Mi papá por su parte, sigue expresando sus severas opiniones sobre los chamacos con gorra que se sientan así a comer, reprobando categóricamente lo que antaño normaba el entonces famoso “Manual de Carreño”, sobre mostrar respeto descubriendo la cabeza de todo sombrero o cosa similar.

Como muchos jóvenes, en una actitud de tipo generacional, comprendo y defiendo los comportamientos y modas que surgieron en la flor de mis ayeres, incluso aquello que jamás adopté. Pero hoy, sin embargo, me asusté terriblemente ante lo que mis ojos captaron con la más grande y absoluta reprobación.

Vivimos una época donde la expresión individual es alentada por la tecnología moderna: bitácoras personales, mensajes en el celular, youtube.com. Estamos en un bombardeo constante y sonante. La juventud del momento que tiene al alcance estas herramientas, las emplea para lo que todo puberto promedio: saludar a los amigos, hacer citas, conocer gente, odiar al mundo y derramar miel por los noviazgos en turno. Todo eso, aclaro, es perfectamente comprensible para quien redacta estas líneas.

El caló de los pubertos de hoy no me asusta; a mis 27 años he comprendido que nunca se leen los libros suficientes para tener un basto vocabulario, y que nada hay de malo en expresarse con frases propias o plagiadas. Pero en lo que expongo mi queja, mi queja adulta, la queja que jamás creí exponer... ¿Por qué “la moda” en expresión implica hacer garras a nuestro bellísimo idioma castellano? ¿Por qué ahora “que” es “ke”, “yo” es “io” y se alternan aleatoreamente altas y bajas? Se me ocurren algunas razones: economizar letras en los mensajes de celular, perseguir una corriente con la cuál identifiquen su expresión propia... pero... ¡chicos, eso es contaminación visual!

En verdad me aterra parecer un adulto, y más ahora que la única palabra que ocupo para lo que siento es aquella con la que mi padre denomina todo lo que le molesta, pero esas modas me parecen simplemente ¡aberrantes! Y lo peor de todo: Si esto es ahora... ¿Cómo reaccionaré ante la adolescencia de mis hijos? ¿Ellos me odiarán? ¿Seré una copia al carbón de mi madre? El futuro, desde ya, me horroriza...

jueves, 5 de octubre de 2006

Asuntos bochornosos

He comprendido que el ridículo es una condición humana de la que nadie está exento. Ni aún escondiéndose debajo de las piedras uno se libra de momentos que, literalmente, provocan que una ligera (pero visible) gota de sudor ruede por las mejillas... ¿Enlistamos algunas? Se vale tachar las más cercanas a la vida real...

Muy bochornoso


Ocurre cuando...

*Cuentas la anécdota de un mal programa televisivo sobre “medicuchos” cuando almuerzas en un restauran ubicado justo frente a un hospital, donde todos los que se encuentran a tu alrededor usan batas y zapatos blancos.

*Te pasas el alto justo en la cara de un oficial de tránsito.

*Envías un maravilloso mensaje de celular a la persona equivocada (nunca falta el marcar mal el número del destinatario).

*Entras por una sutil equivocación a un baño público del sexo opuesto.

*Se te caen las monedas en una coladera.

*Dejas las llaves de tu coche... en tu coche.

*Vas a una despedida de soltera donde el striper vuela una tanga que cae justo en el plato de tu comida... y tú sufres.

*Dices que estás a dieta pero en el primer evento público te comes hasta las migajas de los platos.

*Anuncias a los cuatro vientos tu ropa nueva... que aún conserva la etiqueta.

*Compartes una maravillosa sonrisa con el mundo decorada por un simpático frijolazo... y queda plasmada en una fotografía.

*Sacas a tu mascota a pasear, y justo donde se le ocurre hacer su gracia pasa un incauto sin la menor idea del reciente decorado en su calzado.

*En medio del ruido conversas con otra persona donde, cuando el ruido cesa, sólo se escucha el más ridículo comentario de tu parte (tipo el Chavo del 8).

*Saludas a una persona a quien crees conocer y de pronto caes en la cuenta de que te has confundido.

*Alguien saluda a otro alguien que está justo al lado tuyo, y tú contestas el saludo (aunque saludar nunca será algo malo).

*Comes una comida fatal que sólo por que la hizo tu suegra debes fingir que te ha encantado.

*Te subes al camión equivocado y debes caminar cuadras enteras para llegar a tu destino original.

*Te descubren jugando solitario justo el día que presumes haber trabajado más.

*Opinas sobre un tema que no tienes ni la menor idea de lo que trata.

*Tomas de un vaso que no es el tuyo... y de pilón le dejas la marca de tu lápiz labial.

*Te ahogas en medio de una importante conferencia y debes toser con toda tu fuerza ante una horda de miradas curiosas.

*Te ríes de algo chistoso en pleno sermón de la misa y el padre se acerca y te regaña.

*Acudas al nutriólogo y ante un leve aumento de peso te autoboicoteas a la menor provocación.

*Estás en un baño público, te miras y haces caras en el espejo hasta que descubres que no estás sola.

*Equivocas el número de teléfono de las pizzas y despiertas a otra persona justo a la media noche.

Y así, podemos enumerar un sinfín de asuntos bochornosos... ¿Cuáles han sido los suyos?

jueves, 28 de septiembre de 2006

Como luz fosforescente...

Photobucket - Video and Image Hosting

A pesar de que todos los tenemos, nadie, jamás, coincide en una definición común de los sentimientos. Sabemos (sentimos) que hay algo llamado amor, algo llamado amistad, algo llamado odio, pero tal vez mis conceptos del amor, del odio y amistad no son iguales a los de otra persona, y por eso, quizá, existe tanto enredo en el mundo y tanta guerra, y tanta confusión.

Sin embargo para comprenderlos, para expresarlos, para celebrarlos, para definirlos, existen miles y millones de canciones, poemas, películas, proverbios, tratados, estudios científicos, refranes, dichos populares y hasta adivinanzas sobre la esencia de los más puros sentimientos humanos, entre ellos la amistad.

¿Qué es un amigo? ¿Cómo nace una amistad? ¿Qué se necesita? ¿Cómo conservarla? ¿Cuántas clases de amigos hay?

Para contestar estas preguntas es necesario hacer una autoexploración del alma y echarnos un clavado en el baúl de nuestros más recónditos recuerdos. Sólo así cada uno podrá saber dónde surgieron sus buenas amistades, qué cualidades tienen en común o si por amigo se entiende un compañero de pedas o a un confidente de ocasión. El tema es tan, tan amplio…

Mi primera amiga en todo el mundo llegó de manera circunstancial. Éramos vecinas de la misma edad e íbamos al mismo colegio. Desde los 2 años compartimos todo: días de reyes, eternas horas de juego, piyamadas, acontecimientos escolares, y hasta un par de hermanas mayores y mandonas. Hasta que un día ella se fue del edificio, yo me cambié de casa, ambas nos mudamos de ciudad, y de pronto, pasados los años, nos hemos vuelto a encontrar, una vez físicamente y muchas vía email. Si bien mi querida Cossy y yo no somos las confidentes de antaño, nuestra amistad queda por el recuerdo de lo vivido, por el cariño, por la simple experiencia de crecer juntas y saber que ahora, incluso, me ha dado un pequeño sobrinito que espero muy pronto llegar a conocer.

Así como a Cossy gracias a la escuela llegamos a conocer a nuestros primeros amigos, pero no todo surge ahí. Todos los lugares donde la gente se congrega son tan susceptibles de generar amistades como de no encontrarlas. Entonces puedes iniciar una amistad en una fila del súper, en un accidente automovilístico, en un curso de verano, en el otro lado de la calle, en una carta… Lo que no cambia es el hecho de que alguien que es nuestro amigo nos da confianza, nos hace sentir bien, y siempre, invariablemente, duren poco o mucho en nuestra vida, nos enseñan y aportan algo.

Hay quienes creen en ella, hay quienes piensan que entre hombre y mujer una amistad no existe, hay quienes dan por hecho que cuando un noviazgo termina jamás las partes logran entablan una amistad… En fin. El mundo jamás podrá ponerse de acuerdo en un concepto tan común y universal como éste, pero mientras lo vivamos y eso nos dé la alegría para compartirlo, nuestro espíritu se llena de todas esas cosas gratas que se necesitan para llegar a ser un poquito más feliz…

jueves, 21 de septiembre de 2006

Malas mañas

Hábito: Manera de hacer algo o proceder de determinada forma, por costumbre o circunstancia.

Costumbre: práctica repetida de algo.


Dicen por ahí los más románticos que la vida está llena de detalles. Yo también lo creo así. No se trata sólo de los detalles como las cosas materiales que un enamorado le obsequia a la novia un día de San Valentín, sino de las cosas esenciales, casi imperceptibles, que nos dan ese toque perfecto como seres irrepetibles.

Desde el nacimiento convivimos con el núcleo social más a la mano que un bebé posee: la familia. Ahí vamos aprendiendo lo que a nivel más amplio se conoce como los usos y costumbres de esta pequeña entidad, donde mamá y papá, (si no es que cohabita con otras ramas alternas del árbol genealógico) hacen y deshacen actividades tan simples como beber determinado sabor de té, leer el diario de su preferencia, o dormir a horas tardías. El tipo de cosas con las que uno crece y, en nuestro mundo, se diría que son normales. Pero... ¿Qué ocurre cuando uno observa el movimiento en otras casas, de otras familias? No todos beben el mismo sabor de té (tal vez ni siquiera se acostumbra), en vez del periódico se lee el TvyNovelas y la gente duerme a la hora en la que las gallinas ponen. Uno se sorprende, sin embargo, estas extravagantes diferencias que abundan entre individuos, entre familias, entre ciudades y entre naciones son una de esas cosas deliciosas que nos permiten valorar (o desdeñar) los hábitos adquiridos desde la cuna.

Cuando la mudanza transportó mis cositas de una ciudad a otra comprendí que no sólo cambiarían mis afectos y espacios. Desde que abrí la lonchera en el recreo de mi primer día en quinto año supe que esa diferencia (lo que yo tenía por costumbre en mi nueva escuela era casi un hallazgo arqueológico) marcaría el nuevo sendero de mi vida. Aquí comprendí que las naranjas partidas por la mitad y disfrutadas con todo y cáscara era mal visto, que en Veracruz todo el mundo acostumbra café por la mañana, que para la gente disfrutar de un Carnaval es la cosa más normal del mundo y que ir al teatro es parte de la vida de esta ciudad, como ir al centro o a la escuela. Situaciones que distaban mucho de ser reales para mí.

Pero hay asuntos más particulares, más de cada familia, de cada persona. Los hábitos de mi familia son interesantes: siempre hay una televisión prendida, hacemos una sobremesa eterna, tomamos té caliente de una marca determinada desde hace más de 20 años y solemos tardarnos (todos, sin excepción) una eternidad en el baño. Esos quizá sean hábitos hechos costumbres que a algunos les parecerán aterradores, como para mi lo es ese pésimo, asqueroso y de mal gusto hecho de remojar el pan en una taza de café. Cuestión de hábitos, cuestión de costumbres, y cuestión quizá de malas mañas, pues aunque parezca redundante hay mañas quizá no tan malas como esta... ¿Así que, cuáles son las suyas?

jueves, 14 de septiembre de 2006

Yo también quiero Padrinos Mágicos

¿Alguien ha visto la caricatura de los Padrinos Mágicos? Es el sueño de todo niño, y también de todo adulto que aun no se ha resignado a dejar de ser niño. El asunto trata sobre un pequeño de gorra rosa, Timmy, hijo único cuyos padres un tanto despistados siempre están fuera de casa y por ello lo dejan a cargo de Vicky, la malvada niñera, una niña despiadada únicamente interesada en torturar al pequeño y hacerse millonaria con este oficio. Ante semejante tragedia, Timmy es recompensado por la vida con sus Padrinos Mágicos, una pareja de “hados” que le cumplen todo deseo, desde volverse popular en la escuela, tener cualquier clase de comida, entrar a los programas de televisión y tener toda clase de aventuras mágicas, las cuáles siempre terminan con una especie de simpática moraleja. ¿Pero, por qué mencionar a tan maravillosos personajes del mundo animado?

Es simple: Amo esta caricatura y hace poco traté de hacer un mágico ejercicio sobre lo que pudiera pedirle alguien como yo a un par de Padrinos Mágicos. El resultado es realmente lo que deseo compartir con ustedes.

En mi realidad pediría que no existiesen personajes tan inauditos como los terroristas o los políticos que ejercen el terrorismo detrás de un escritorio; pediría que exista la cordura y el sentido común para aquellos que contaminan, que odian, que perjudican su entorno con rencores y horror; pediría que el poder, la ambición y el sufrimiento fueran únicamente palabras dentro de un diccionario... ¡Sería increíble que con el meneo de una varita mágica todo esto desapareciera!

Después pensé en el hambre de los pueblos, de aquellos lugares donde comer es prácticamente un lujo, y así, cavilando ingresé a otros pensamientos más allá de los deseos... ¿Qué tan importante resulta todavía el poder soñar con un mundo mejor? ¿Existirá una manera “tangible” de alcanzar tales anhelos? ¿Creer en la magia es malo? Pero sobre todo... ¿No sería más fácil para la humanidad que nadie creciera, y así no tener que pedir la paz o el fin de la corrupción sino una gigantesca montaña de golosinas?

Retomo aquella frase de la columna anterior, citada por el filósofo Fox, donde le decía a una indígena que no saber leer la hacía más feliz pues no se enteraba de lo que pasaba más allá. Supongo que ocurre lo mismo al crecer, ese desencanto de saber que existe un mundo cargado de egoísmos, de resentimientos, de seriedad. Con esto no quiero decir que en la infancia uno no sabe o no comprende lo que ocurre, simplemente que todo sería más leve si conserváramos la esencia de los niños que lo mismo anhelan seriamente salvar al mundo que desenfadadamente una hamburguesa con leche malteada.

Sería muy justo que a todos, niños oprimidos y reprimidos por una sociedad que anula todo sentido del humor (algo mucho peor que una niñera loca), nos destinaran Padrinos Mágicos para pedirles por la gente, por la vida, y, porqué no, ¡vivir en una casa de chocolate y poderla comer sin remordimientos!


(Si no conocen la caricatura, aquí les dejo una pequeña muestra...Púchenle a la imagen o denle en el botón PLAY)


miércoles, 6 de septiembre de 2006

La niñera y el presidente

Photobucket - Video and Image Hosting

¿Podría existir algo más tétrico en este mundo que la versión de dos horas de la terrible “Nana Fine” llevada al celuloide? Sí, existe. La niñera y el presidente no es sólo el título de este “célebre” largometraje, es también la idea que encierra ese algo que supera a todo churro palomero. Iré al punto.

Por asuntos fuera de toda explicación, estos días he cumplido a pie juntillas con mi reciente y flamante título mobiliario (preferiría ser un mueble) de Madrina de una niñita de 7 meses. Según parece, entre las múltiples comisiones que conlleva mi nombramiento está la de cuidar y apapachar a semejante miniejemplar del modelo humano que con la misma facilidad pasa de la risa al berrinche, y de la sequía al huracán, todo en un sólo pañal.

Pues ahí tienen a quién escribe: famosa entre las tropas por su destacada animadversión para con los infantes, afiliada al club de las brujas antiniños, desechó sus ideales frente a la joven Bambina, quien, poseedora de un par de dientes que muestra malévolamente al reír, se empeñó cierta tarde de verano en hacerle la vida de cuadritos azules a esta triste figura en la que, por su culpa, me convertí. Y es que la verdad esto de ser no sólo madrina, sino niñera, no es nada sencillo, y menos si se trata de una niñita del siglo XXI quien ha decidido que para mantenerla contenta es imperante tener música chunchaquera a la mano. ¡Eso es lo suyo! Ahora multipliquen 4 minutos de “Sopa de Caracol” en las casi 2 horas que pasamos juntas, sólo ella y yo, donde los intentos por mantenerla entretenida me llevaron a leerle un poco de Madame Bovary, a cantarle, bailarle, y hacerle todas esas caras y gestos que no vale la pena reproducir en descripción alguna... todo por una sonrisa. ¿Ahora imaginan mi terror?

Claro, el mundo real no perdona nada, y antes del horror cinematográfico existe esa circunstancia que vive la política mexicana. Cielo santo, cuánto folclor. Por salud he comprendido aquella cita poco afortunada de Vicente Fox al decirle a una mujer indígena que era más feliz sin saber leer, pues no tenía que preocuparse por lo que estaba más allá de su nariz. ¡Qué razón tuvo mi Chente! Así que, en un arrebato irresponsable pero saludable, decidí no ver el último informe de Gobierno y alejarme momentáneamente de toda noticia política sobre las elecciones, el Tribunal, los paros, los diputados, etc. Mientras los jitomates iban y venían, y el Mandatario hacía su visita de doctor a San Lázaro, esta reciente niñera vibraba con un partido de fútbol americano y con aquella banda de la Secundaria No. 5 que prepara sus maletas para participar en el Desfile de las Rosas. ¡Qué maravilla! Escuchar a esos niños interpretar el Huapango de Moncayo con todo y coreografía fue, a todas luces, mucho más gratificante que oír gritos y sombrerazos.

Así que ya comprenderán... ¿Existe algo peor que la película “La niñera y el Presidente”? ¡Si! ¡Ser niñera y ser Presidente! (Creo que nadie envidia ni a Fox ni a Calderón)

jueves, 17 de agosto de 2006

Otra clase de Cosmos

Cosmos... bonito


Hace algunas semanas hizo su arribo veraniego la ya famosa y tan esperada Feria del Libro en esta ciudad, contando con una sede imponente y majestuosa: el Colegio Preparatorio. Digo esto porque ahora que gozo de mis vacaciones recuerdo que aprovechando las ofertas y variedad de tal evento me hice de una considerable cantidad de libros que junto con otra considerable cantidad acumulada de las vacaciones pasadas suman una generosa multitud de historias que debo retomar ahora que tengo el tiempo y las ganas. Pero el punto real no es ese.

En la búsqueda incesante de los libros hacia mí (soy de la teoría de que un libro te encuentra, no tú a él), cierto título dio conmigo dejándome patidifusa. De no ser por mi sentido del ahorro (o codera, si así lo quieren) este raro y fascinante ejemplar tendría su lugar de oro en mi biblioteca particular. Lo primero que me impactó fue que una de las autoras fuera Julieta Fierro, una mujer de ciencia dedicada al Cosmos, que especifica en la introducción que se trata de “un texto que los adultos odiarán pero que no podrán dejar de leer”... Se trata de El libro de las Cochinadas. Una astrónoma multipremiada y su coautor, Juan Tonda, explican la parte “científica” de esas cosas que a todos nos pasan pero que nos da pena confesarle al mundo, con el sustento de que el organismo es una maquinaria perfecta, con acciones y reacciones.

Así que ya se imaginarán mi entero morbo ante aquella concurrencia que iba y venía, mientras hojeaba página por página este libro ilustrado (para explicar tales cosas se debe por fuerza ser gráfico) donde explican punto por punto los orígenes de reverberaciones tan humanas como un eructo o un pedo, fluidos vitales como el sudor o el orín y, por qué no, se mencionan a detalle algunas técnicas para deshacernos del molesto mocasín, y las historias engarzadas de la cera, la mugre, las lagañas y sobre todo, de los desechos orgánicos que gentilmente emigran por el escusado. Como ven, todo un ejemplar sobre las cosas que todos hacemos... sin excepción.

Siempre he pensado en los beneficios de ser desinhibido en estos temas. Mi familia es, digamos, un poco escatológica, y para terror de algunas tías cuando los hermanos se encuentran estos temas salen a colación más para hacerlas rabiar que para debatirlos en sí. Es algo de lo más sano, y ahora que tengo en casa a la pequeña Gaby, mi sobrina que apenas si alcanza los 6 meses de edad, me pregunto por qué todo mundo le festeja cuando acaba de comer y su mamá le saca “el airesito” exitosamente, o por qué todos se ríen si la parte posterior de su pañal se confunde con el vibrador del celular (¡con todo y su propio tono... y olor!); pero cuando uno de adulto lo produce se hace acreedor a una cantidad de improperios exorbitantes.

Pero la verdad, hablar de ello es tratar sobre otra clase de Cosmos, con sus asteroides, sus cometas, sus explosiones y sus finales felices ¿O acaso no cada vez que nos deshacemos de algo ocurre un final feliz?

jueves, 10 de agosto de 2006

Por amor a ti

México

México es un país maravilloso, diverso, lleno de riqueza, de cultura, de sabores, de colores, de historia, de modernidad, de contrastes. Y como en todos los cuentos de hadas, siempre existe una bruja perversa que atenta contra la magia de aquel lugar no muy lejano en el que habitamos cientos, miles, millones de personas unidas por un lazo invisible pero inocultable: la mexicanidad.

A veces siento envidia de todos aquellos oriundos de un lugar al que aman y defienden contra viento y marea. Aquellos que escuchan el Huapango y se sienten como en casa, aquellos quienes hablan de Alto Lucero con la misma pasión con la que escriben frases célebres... Yo no soy de esa especie. Siempre he sentido que soy una mezcla tan rara que prefiero decir que soy, simplemente, hija de la Nación. Soy una chilanga sin ejercer, pues el Distrito Federal vio las primeras luces de mi mañana aunque sólo haya sido eso (días después la familia regresó a Morelia). Tras haber sido registrada en el estado de Hidalgo, a los dos años llegamos con nuestras chivas a la ciudad de Oaxaca, y años después las raíces familiares comenzaron a extenderse en estos parajes jarochos.

Hoy, a mis 27 años, mi corazón está colmado de buenos recuerdos de todos estos lugares. Pero hoy, también, mi corazón está repleto de impotencia al ver cómo México, mi ciudad natal, y Oaxaca, la ciudad de mi infancia, se encuentran sitiadas, secuestradas. La política es algo con lo que se debe lidiar, pero con toda sinceridad prefiero abstenerme del tema. Sé bien que mi México, al ser tan basto y diverso, también tiene sus luces y sus sombras, sus injusticias y sus luchas cotidianas... Pero no podemos seguir así.

Leer las noticias es añorar cada vez más el pasado; es leer que los maestros confabulan en la fuente de las Siete Regiones, que antes solía ser un paseo tranquilo, con una fabulosa neveria enfrente; que aquel centro donde mi familia solía escuchar a la Banda del Estado domingo con domingo se encuentra hoy pletórica de basura, de inseguridad, de tristeza; saber que la gente tiene miedo ante un asunto viejo, muy viejo, tan viejo como la guerra o el sabio uso de la razón. El Distrito Federal, mi raíz, la rama materna del árbol genealógico vive una situación emocionalmente tan trágica como la de Oaxaca. Si bien no es la misma clase de pobreza, existe un espíritu belicoso que no sólo maltrata las calles que tanta historia le cuenta al pueblo día con día...

Tal vez no soy la única que en su vida ha tenido que ir de un lugar a otro. Nosotros podremos envidiar el amor a un terruño, pero nuestra condición gitana nos da un sentido especial de amor a la patria. A nombre de todos los que apasionados de su tierra, a nombre de los que la conocemos de otra forma, desde lo más secreto, pido que el recuerdo feliz no se empañe, que la prudencia quepa en alguna de las partes, que la injusticia se equilibre, que el poder se mida, pero sobre todo, que la pobreza de amor a los demás termine... Por el bien de todos.

viernes, 28 de julio de 2006

Reflexiones en la fila del super

*COLUMNA PUBLICADA EL VIERNES 28 DE JULIO

Cuando uno se forma en una multitudinaria fila tiene dos opciones: a) maldecir al que inventó esa manera lenta y democrática de obtener un turno para hacer “algo” mientras pasa todo ese tiempo perdido; o b) observar, curiosear y si es preciso viborear al de enfrente, y al otro, y a toda la parte de atrás (en un hábil y discreto movimiento), y dejar que la imaginación vuele tratando de imaginar los miles de motivos que pueden llevar a una persona para estar en ese lugar, en ese momento y en esa fila.

Dependiendo del clima, de lo que haya pasado en la novela de anoche, de la posición de la luna y de mi frágil estado de humor, cada vez que hago cola no decido cuál de las dos opciones me parece la más sensata porque yo paso de la a a la b (y viceversa) con la misma facilidad con la que AMLO convoca asambleas. Así pues, y en esos ánimos, uno encuentra cualquier cantidad de pequeñas historias en esos puntos en común.

Cierto día de ocio merodeando en los pasillos del súper, caí presa de la oscura tentación de adquirir una hermosa faldita a un precio regalado y me sumé a la amplia fila de mujeres que esperaban su turno en el probador. Frente a mi se encontraba una mujer o muy vanidosa o muy urgida de prendas íntimas, pues estaba por probarse como 10 brasieres de todas copas y colores, y mientras papaloteaba, dos niñas a su lado sostenían un debate propio de todo par de hermanas. La mayor, harta de la pequeña, la reprimía por agarrar la compra mientras ésta, arriba del carrito, se concentraba en arremedarla. Que si le decía “¡Cállate!”, la otra lo imitaba y aquello era el cuento de nunca acabar. Cuando la pequeña sintió que tenía una observadora puntual de su show, volteó a verme, me dirigió una de esas pícaras sonrisas que sólo las hermanas menores pueden emitir al saberse ganadora de la batalla, y prosiguió con lo suyo. Mi memoria voló.

Colocarse al final de la lista de hermanos es un privilegio que de niño se disfruta horrores. En las peleas uno termina ganando, exasperando al rival a tal punto que los padres los regañan a ellos mientras uno observa la escena con semblante paciente e inocente. Los menores, como los clientes, siempre tenemos la razón. Los mayores son experimento, los chicos experiencia. Sin embargo al crecer, los menores vemos cómo los grandes se van, se casan y hacen sus vidas mientras uno, sin paciencia ni inocencia, anhela el día de emprender el mismo vuelo.

Del súper volé al pasado inmediato, cuando mi hermana y yo compartimos el micrófono en plena fiesta kareoke para entonar juntas un himno de nuestros ayeres. De la niña que arremedaba a la mayor me encontré cantando, maquillada y de tacones, con mi única (y mejor) compañía de la niñez. La miré cantar y sin querer, le esbocé la misma sonrisa pícara de la niña del súper, no por la batalla ganada, más bien, por sentir la tácita tregua de amor que entre estrofa y estrofa, quedó sellada por los años entre mi hermana mayor y yo.


Nenitas

jueves, 20 de julio de 2006

No sé que tiene tu voz...

Celia Cruz comparó en una canción la voz del ser amado con un susurro de palmas, con un cristalino torrente, con un ceñir de campanas al morir la tarde, y con un gemir de violines en la madrugada. Eso, damas y caballeros, es estar enamorado y nada más, porque cuando uno flota en esa nube de romance celestial todo lo que provenga de la otra persona nos parece maravilloso, y su voz, por supuesto, nos derrite cual cubito de hielo al sol en cada “te quiero” y “te amo”. Pero a menos que se esté profundamente enamorado o sea uno absolutamente fijado, poco notamos que la gran mayoría de nosotros poseemos voz, y con ella, toda una fuente de posibilidades para asegurar nuestro éxito en la vida.

Hace poco vi un programa de televisión dedicado a este tema. En él dialogaron una actriz, una cantante, una profesional del doblaje y varios maestros de canto, y aquello fue una enorme lección sobre la importancia de la respiración, de la modulación, y sobre todo, del autoconocimiento de esta maravillosa arma que no sólo sirve para cantar, es simplemente una de las tantas claves que indican qué tipo de persona somos, qué queremos expresar y cómo lo queremos comunicar. Una de ellas decía, por ejemplo, el efecto que provoca cuando sus alumnos hacen una grabación y se escuchan por primera vez: ¡Siempre salen horrorizados y muertos de pena! Hagan la prueba y verán. Por lo general siempre nos aterra escucharnos en un par de bocinas, porque, como bien decía otro panelista, estamos acostumbrados a escuchar el exterior, pero jamás notamos cómo sale nuestra voz o cómo la perciben los demás.

Piénsenlo así. Las hot-lines no tendrían tanto éxito si las chicas (que tras el teléfono no se sabe si son las bellezas que prometen) no ejercitaran la voz a un modo tan sensual que las vuelve irresistibles. La Nana Fine no sería tan odiosa para la gran mayoría del público si su voz gangosa hubiera resultado “como todas”, y quizá no nos enamoraríamos tan seguido de los locutores de radio que, al conocerlos en persona, resultan una decepción. ¿O imaginan qué hubiera sido de la Sirenita si en lugar de voz la Bruja del Mar le hubiera quitado una mano?

Aplicado a la vida cotidiana es importante y muy poco valorado el buen empleo de nuestra voz. Para una cita de trabajo, lo primero que te recomiendan es que no te muestres nervioso, aunque para ello también hay que controlarnos al hablar; para contarle un cuento a un niño, no hay darle toda una gama de voces y hacerle sentir que su imaginación puede volar; cuando escuchamos a alguien, que tiene la voz grave, o chillona, o enérgica, o suave podemos saber de golpe su carácter (y hasta su vida); para dar una orden, para dar ternura o hasta para disfrutar ese secreto placer de cantar bajo la regadera.

Y es que es tan mágico conocer esta parte de nosotros tan evidente y tan expuesta, que si aprendemos a escuchar lo que somos, tal vez nos sorprendamos gratamente y, tal vez, hasta aprendamos a querernos solo un poquito más.

Hasta Colombia con amor...

viernes, 7 de julio de 2006

Mátenme porque me muero

Después de haber sobrevivido –con mediano éxito- al revuelo acontecido los últimos días, puedo decir que lo que venga en el futuro será liviano cual hoja al viento. Vayamos en orden.

La semana pasada mi padre me leyó la columna de una mente en extremo imaginativa que describía un oscuro panorama en caso de que México le hubiera ganado a la oncena argentina, notable heredera de la casta Lamarque entre visibles dramas y lagrimones. Aquella cadena de sucesos pintaba tan terrible que al final Martita acabaría saboteando las elecciones y todos los pibes de Televisa saldrían del país huyendo de la famosa 33. Entre risas y chascarrillos, el autor trató, como muchos otros mexicas, de sanar las heridas y mitigar el dolor ante la honra perdida tras un gol más plagado de buena estrella que de técnica futbolística. La resaca fatal aun estaba por llegar.

El asunto electoral también tuvo con los pelos de punta a más de cinco mexicanos. Ese vaivén de sarcasmos, declaraciones, y hasta los valerosos chispazos de humor involuntario llegaron al límite de mi paciencia cuando mi calle se vio tapizada de fotos de cierta candidata que a sólo 4 días de su elección dejó mi barrio como si fuera kermesse, ¡y hasta tuvo el valor de venir a cerrar campaña aquí! Estuve a nada de salir empiyamada y con escoba en mano para correr a toda la masa que con su relajito aplazaron mi sueño, aunque pudo más mi poca pero significativa decencia. No, el que acabaran unos días antes del 2 de julio no curó a nadie del daño cerebral que sería conveniente cobrar a los partidos políticos tras su oleada de basura y porquería (literal).

Cuando creí que nada podía ir peor, mi adorado Toto, mi perro consentido, mi gallo más sano, enfermóse tristemente con una tremebunda infección en su piel. “¡Castigo de Dios!” grité horrorizada al ver el daño que se había hecho tras rascarse sin parar, y con todo el dolor de mi corazón salí de la veterinaria en medio de una horda de risas anónimas que deprimieron a mi mascota al exhibir su, digamos, nuevo look. ¿Alguien recuerda el logo de Pixar, esa lamparita juguetona que salta feliz por la pantalla del cine? Pues así se ve mi animalito, con un cucurucho terrible que le frustra la picazón y por un día lo mantuvo más deprimido que los alemanes al perder contra los azurros. Para rematar mi tragedia del día, un grupo de niñas (en espíritu) tuvimos la primera reunión oficial del club de seguidoras de Candy Candy, y entre carne polaca, ensalada de atún, salchichas y postre sufrimos hasta las lágrimas cuando la protagonista se separa del guapísimo Terry. Corazones juveniles brotaron por los aires, latiendo con fuerza por una caricatura celestial.

Entonces amanece uno y resulta que el PREP "ya no es confiable", que Brasil decepcionó al mundo, que el doctor Simi debe estar ahogado en sus medicinas, que mis lentes rotos aun no están reparados y que perdí 10 pesos que de modo increíble se cayeron en una coladera. La semana sin duda no pudo ser peor.