Reportes de un experimento pambolero a inicios del Mundial Alemania 2006.
1.- Calentamiento
Para cumplir puntualmente con mis fines periodísticos recibí muchos estímulos del entorno, y en aras de una concentración adecuada, el amor de mis amores se apuntó cual señor Volpe (así lo dijo el señor Fox) a prepararme física, mental y emocionalmente para esta contienda. Así pues, una semana antes de comenzar el Mundial, el reto consistió en recorrer todas y cada una de las tiendas deportivas de esta capital (y sus alrededores) con el objetivo de conseguir el uniforme de rigor. Para ser sincera, consideré el hecho de que esta tarea resultaría una más que una proeza una locura, pues con tal efervescencia desbordada hacia la Selección mexica, la idea de dar con una remera original a estas alturas del partido no apuntaba hacia un resultado positivo; sin embargo, el estratega de este reto vio en tal peregrinar de cinco días la manera adecuada de alcanzar mi desarrollo físico de calentamiento, eliminando de manera contundente la versión de un caprichoso acto de aficionado.
Nota: Como suelen ser las compras arrebatadas, luego de caminar como en procesión hacia la Villa, conseguimos el uniforme deseado en la primer tienda del primer lugar al que acudimos el primer día. Mis pies quedaron como tamales oaxaqueños, pero al menos, sudé unas cuantas gotas. Prueba superada.
2.- Silbatazo Inicial
Tras el calentamiento consideré que mi condición se perfilaba en óptimas condiciones, reforzada con algunas jornadas previas de Protagonistas en vivo así como con documentales del NatGeo y el History Channel, a tal grado que en mis charlas laborales, cuando mi jefa me pregunta por los partidos contendientes en estas elecciones, yo le contesto sin chistar "Alemania – Costa Rica… ¡y ya va a empezar!".
A estas alturas mi DT, con permitido cigarro en mano y estimulando el saber, tuvo a bien prestarme una amplia colección de revistas especializadas que me llevaron desde Urugay 1930 hasta las sedes mundialistas del 2006 en lugares tan lejanos y gramaticalmente tan complejos como Gelsenkirchen o Kaiserslautern. Poco después comprendí, de la mano de Juan Villoro, que Dios es Redondo, y que la prueba de ello está en semejante texto que hasta ahora ha desenterrado mis más recónditas emociones pamboleras, puestas de manifiesto tras la primera ronda de partidos mexicanos que arrojan un saldo de más de 15 uñas comidas, algunas calorías adquiridas por tanta pizza, sublimes cánticos aprendidos contra el rival y un pobre inocente desgreñado. Pero esa es otra historia.
La conclusión de estos primeros apuntes se resume en la publicitada expresión "El fútbol nos une", pues ni en mis más remotas pesadillas hubiera sospechado compartir gritos, goles, charlas y hasta manifestaciones algarábicas con ciertos distinguidos elementos de mi entorno laboral. Bendita sea la vida, éstos milagritos suceden sólo por un mes y cada cuatro años. Seguiré informando.
jueves, 22 de junio de 2006
jueves, 15 de junio de 2006
Un ser tan común
Antes de exponer mi punto debo disculparme ante el incauto lector por tener en “Los Simpsons” una fuente inagotable de analogías que empleo a destajo para efectos de contexto. Así pues, me remito al capítulo donde la joven Lisa, nerd de aventajados coeficiente y conciencia social (características que por su edad la destacan de entre la amarilla mayoría), se topa con una niña un año menor que ella, de tal inteligencia que llega a su salón porque en el grado anterior se aburría mucho, apasionada del saxofón y ganadora de múltiples trofeos en concursos de conocimiento y música. Lisa, ofuscada por tener en aquella niñita una rival que la despojaba de su título como la única de su entorno, se acerca a Marge y sacudiéndose el brazo con tirria, le dice “¡Por primera vez me siento tan común!”.
De cierta forma me identifico con Lisa. Una buena parte de mi vida la he dedicado a sentirme diferente del resto (eso trato), aspirando destacar por características que me definan como única e irrepetible. Sin embargo también he dedicado mis infinitos ratos de ocio y reflexión en tratar de sentirme parte de algo, de un grupo, de un mundo. Cosa extraña esto de ser humano: una dualidad entre el ser individuo y el ser colectivo. Así, me he esforzado por pertenecer al sector de la mujer actual, profesionista y emocional, amiga de los animales, enemiga de los niños, y últimamente fría calculadora de las calorías digeridas. Sin embargo hoy, por mera convicción, debo confesar que en pleno ejercicio de mi profesión, he decidido ser mi propio objeto de estudio al unirme a las filas de una mayoría que me vuelve tan común como una gran parte de la humanidad: He decidido sumarme a las masas ondeantes que vuelcan sus emociones en un Mundial de Fútbol.
Por mis venas no corre la mínima tradición futbolera, pero he tendido la suerte de contar entre mis romances del momento con ejemplares vivientes del Esto o el Fútbol Total. Aunque la primera justa mundialista de mi vida sucedió en 1982, fue en México 86 cuando al lado de mi hermana y vecinos, disfruté más de la mercadotecnia de Pique y la Ola que del juego en sí. A mis 7 años, le echaba porras a Manuel Negrete sin tener la más remota idea de quién rayos era él. Para Italia 1990 estaba más ocupada desempacar mis maletas tras una larga mudanza que en ver a extraños corriendo tras un balón. Sin embargo para el 94 saqué provecho de mis hormonales inquietudes juveniles para tener en el galán en turno, una guía que por vez primera me explicara jugadas remotamente comprensibles como un fuera de lugar o un juego peligroso (hormona mata lógica); del 98 ni me acuerdo, y desde el 2002 para acá tengo en el amor de mis amores al hincha que orienta mi senda hacia el furor total por el balompié.
Con semejante pasado y ante un prometedor futuro, llego casi en blanco a este experimento que reportaré en las siguientes entregas sobre cómo, por un mes, me transformo por mera convicción en un ser demasiado común.
De cierta forma me identifico con Lisa. Una buena parte de mi vida la he dedicado a sentirme diferente del resto (eso trato), aspirando destacar por características que me definan como única e irrepetible. Sin embargo también he dedicado mis infinitos ratos de ocio y reflexión en tratar de sentirme parte de algo, de un grupo, de un mundo. Cosa extraña esto de ser humano: una dualidad entre el ser individuo y el ser colectivo. Así, me he esforzado por pertenecer al sector de la mujer actual, profesionista y emocional, amiga de los animales, enemiga de los niños, y últimamente fría calculadora de las calorías digeridas. Sin embargo hoy, por mera convicción, debo confesar que en pleno ejercicio de mi profesión, he decidido ser mi propio objeto de estudio al unirme a las filas de una mayoría que me vuelve tan común como una gran parte de la humanidad: He decidido sumarme a las masas ondeantes que vuelcan sus emociones en un Mundial de Fútbol.
Por mis venas no corre la mínima tradición futbolera, pero he tendido la suerte de contar entre mis romances del momento con ejemplares vivientes del Esto o el Fútbol Total. Aunque la primera justa mundialista de mi vida sucedió en 1982, fue en México 86 cuando al lado de mi hermana y vecinos, disfruté más de la mercadotecnia de Pique y la Ola que del juego en sí. A mis 7 años, le echaba porras a Manuel Negrete sin tener la más remota idea de quién rayos era él. Para Italia 1990 estaba más ocupada desempacar mis maletas tras una larga mudanza que en ver a extraños corriendo tras un balón. Sin embargo para el 94 saqué provecho de mis hormonales inquietudes juveniles para tener en el galán en turno, una guía que por vez primera me explicara jugadas remotamente comprensibles como un fuera de lugar o un juego peligroso (hormona mata lógica); del 98 ni me acuerdo, y desde el 2002 para acá tengo en el amor de mis amores al hincha que orienta mi senda hacia el furor total por el balompié.
Con semejante pasado y ante un prometedor futuro, llego casi en blanco a este experimento que reportaré en las siguientes entregas sobre cómo, por un mes, me transformo por mera convicción en un ser demasiado común.
jueves, 8 de junio de 2006
Mi abuelita contraataca
Imaginen por favor la escena: el mesero nos lleva las cartas y la charola de totopos al amor de mis amores y a mí, (quienes ipso facto atacamos las crujientes botanas), mientras el muchachín, tras el sonrojo, se retira de nuestra mesa muerto de la risa por la gloriosa discusión que sosteníamos entre totopo y totopo. Mi adorado galán, en un acto arrebatado, apoya el linchamiento masivo de aquel extraño enemigo que osó profanar con sus plantas el ego femenino nacional, y yo monto el cólera por la ofuscación que causó un absurdo comentario sobre los bigotes que todas tenemos.
La verdad me negaba mencionar el tema de las feas y los bigotes por mera ética profesional, pero después de lo que mis oídos han tenido que soportar no puedo más que emplear este medio para quejarme amarga y profundamente. Si me pareció exagerado ver a Brozo arrinconar a René Bejarano exigiendo explicaciones sobre ligas y dineros, me pareció doblemente ridículo ver a Andrea Legarreta y Paty Chapoy luciendo bigotes o rompiendo fotos al aire como si el italiano en cuestión hubiera matado a todas las mujeres de Ciudad Juárez en un mes. No es posible que una sociedad tan auto racista ahora se sienta ofendida por una declaración que no merecía la menor importancia.
No es sólo de mal gusto, es una doble moral que no me explico y, al paso que voy, no lo haré nunca. Sobre todo porque este infortunado sujeto, que si bien estoy de acuerdo en que es un malagradecido de 5 neuronas, dijo una gran verdad: Todas somos bigotonas. Y una hace tanto por luchar contra el vello facial que en vez de indignarnos deberíamos aprovechar esta oportunidad para que el sexo masculino aprecie los esfuerzos cotidianos que representan someternos a la tortura de una pinza, de una crema depiladora, de la cera caliente o, ya en casos extremos, del agua jabonosa y el rastrillo. ¡Y sucede hasta en las mejores familias, a toda edad y en cualquier momento!
Mi abuelita por ejemplo, era una mujer con una cara envidiable. A sus 83 años, murió con un cutis de envidia, sin arrugas y la nariz respingada. Pero con los años su vello facial fue su perdición, a mis ojos claro, porque a ella parecía no importarle. Para mí era un asunto desesperado darle un beso y sentir aquel picor proveniente de barba y bigote. Por más que le insistía en meterle la pinza, ella, estoica, defendía lo suyo como una fiera. Así pues planeé cientos de artimañas para sorprenderla en plena siesta y acabar con el odiado enemigo facial, pero desafortunadamente mi abuela murió con su cara impecable y sus 40 pelos repartidos.
Imagino ahora al pobre Tiziano, tristeando por alguna esquina azzurra, pateando un botesito en pleno acto de melancolía por el México que no volverá a pisar gracias a los increíblemente indignados medios de comunicación, mientras en la noche el espíritu de mi abuelita, escondido, aguarda su sueño para jalarle las patas en defensa de todas aquellas mexicanas orgullosas de sus pelos.
La verdad me negaba mencionar el tema de las feas y los bigotes por mera ética profesional, pero después de lo que mis oídos han tenido que soportar no puedo más que emplear este medio para quejarme amarga y profundamente. Si me pareció exagerado ver a Brozo arrinconar a René Bejarano exigiendo explicaciones sobre ligas y dineros, me pareció doblemente ridículo ver a Andrea Legarreta y Paty Chapoy luciendo bigotes o rompiendo fotos al aire como si el italiano en cuestión hubiera matado a todas las mujeres de Ciudad Juárez en un mes. No es posible que una sociedad tan auto racista ahora se sienta ofendida por una declaración que no merecía la menor importancia.
No es sólo de mal gusto, es una doble moral que no me explico y, al paso que voy, no lo haré nunca. Sobre todo porque este infortunado sujeto, que si bien estoy de acuerdo en que es un malagradecido de 5 neuronas, dijo una gran verdad: Todas somos bigotonas. Y una hace tanto por luchar contra el vello facial que en vez de indignarnos deberíamos aprovechar esta oportunidad para que el sexo masculino aprecie los esfuerzos cotidianos que representan someternos a la tortura de una pinza, de una crema depiladora, de la cera caliente o, ya en casos extremos, del agua jabonosa y el rastrillo. ¡Y sucede hasta en las mejores familias, a toda edad y en cualquier momento!
Mi abuelita por ejemplo, era una mujer con una cara envidiable. A sus 83 años, murió con un cutis de envidia, sin arrugas y la nariz respingada. Pero con los años su vello facial fue su perdición, a mis ojos claro, porque a ella parecía no importarle. Para mí era un asunto desesperado darle un beso y sentir aquel picor proveniente de barba y bigote. Por más que le insistía en meterle la pinza, ella, estoica, defendía lo suyo como una fiera. Así pues planeé cientos de artimañas para sorprenderla en plena siesta y acabar con el odiado enemigo facial, pero desafortunadamente mi abuela murió con su cara impecable y sus 40 pelos repartidos.
Imagino ahora al pobre Tiziano, tristeando por alguna esquina azzurra, pateando un botesito en pleno acto de melancolía por el México que no volverá a pisar gracias a los increíblemente indignados medios de comunicación, mientras en la noche el espíritu de mi abuelita, escondido, aguarda su sueño para jalarle las patas en defensa de todas aquellas mexicanas orgullosas de sus pelos.
jueves, 1 de junio de 2006
Lengua viperina
Me contaba mi queridísima amiga la Sailor de una anécdota que llegó a sus oídos sobre los beneficios de índole creativa que representa el arte de sacar la lengua. Sí, la lengua. Al parecer cuando uno se enfrenta a una tarea que requiere una buena dosis de inventiva no hay como flexionar las rodillas, relajar el cuerpo y sacar la lengua para que toda una avalancha de ideas lo envuelva a uno de sopetón. Curiosa como soy, mientras escribo para ustedes pongo en práctica este ejercicio que tal vez por sugestión o por eficacia comienza a convencerme en medio de una inminente sequía neuronal. Este principio también aplica a los bebés que, como mi joven sobrina La Bambina, sacan la lengua todo el tiempo, ya que tienen en esta práctica inconciente otro vehículo para conocer y percibir el mundo en el que se estrenan..
Por supuesto que hay algunas teorías que respaldan semejantes disparates, y para muestra el botón que uno de los locos más locos de este mundo, Albert Einstein, legó a la humanidad en una foto inolvidable donde al parecer no sólo fue por irreverencia que le mostró elegantemente la lengua al paparazzo que lo seguía a sol y sombra. Según se sabe, Einstein realizó estudios sobre este acto tan natural cuando descubrió que al practicarlo su nivel de concentración se elevaba.
Y es que la lengua es un órgano ondulante que alberga no sólo nuestra capacidad de degustar, también está la del placer (imposible hablar de pasión sin su necesaria presencia); la de manifestar sentimientos (si un niño te enseña la lengua definitivamente estás en problemas); la del juego (¿nunca han hecho lengua de taquito?); la musical (cuantos ruidos no salen por ahí) y por qué no, la de la rebeldía (el acto más solemne puede perder toda seriedad si alguien muestra la lengua de manera pícara). Y, por supuesto, la lengua es la representación más clara de la comunicación.
Dice el cubano Rubén Ríos Ávila en su texto El arte de sacar la lengua: “Una de las amenazas más inquietantes del que saca la lengua es esa súbita exhibición del órgano que nos permite hablar, el órgano que en español significa tanto el instrumento material que usamos para comunicarnos como el modo más supuestamente operativo del lenguaje, el que se subdivide babélicamente en la multiplicidad proliferante de las lenguas”.
También sirve para adjetivar: Si eres muy rollero puedes resultar bien lengua; si eres chismoso, eres un lengua larga y si tu chisme es de fuente dudosa entonces lo dicen las malas lenguas. Cuestión de enfoques.
Al escribir esta columna pasaron por mi mente los Rolling Stones, Gene Simmons (integrante de KISS), los trofeos MTV LA, la perrita Joya y hasta mi archiodiado enemigo Michael Jordan, que sacaba la lengua cada que hacia un enceste de ensueño. Todos ellos, lenguas de fuera, expresan con ello no sólo su creatividad, sino su singular manera de percibir su entorno... ¿O acaso los imaginan sin ese gesto? Yo, lengua de fuera, tajantemente creo que no.
Por supuesto que hay algunas teorías que respaldan semejantes disparates, y para muestra el botón que uno de los locos más locos de este mundo, Albert Einstein, legó a la humanidad en una foto inolvidable donde al parecer no sólo fue por irreverencia que le mostró elegantemente la lengua al paparazzo que lo seguía a sol y sombra. Según se sabe, Einstein realizó estudios sobre este acto tan natural cuando descubrió que al practicarlo su nivel de concentración se elevaba.
Y es que la lengua es un órgano ondulante que alberga no sólo nuestra capacidad de degustar, también está la del placer (imposible hablar de pasión sin su necesaria presencia); la de manifestar sentimientos (si un niño te enseña la lengua definitivamente estás en problemas); la del juego (¿nunca han hecho lengua de taquito?); la musical (cuantos ruidos no salen por ahí) y por qué no, la de la rebeldía (el acto más solemne puede perder toda seriedad si alguien muestra la lengua de manera pícara). Y, por supuesto, la lengua es la representación más clara de la comunicación.
Dice el cubano Rubén Ríos Ávila en su texto El arte de sacar la lengua: “Una de las amenazas más inquietantes del que saca la lengua es esa súbita exhibición del órgano que nos permite hablar, el órgano que en español significa tanto el instrumento material que usamos para comunicarnos como el modo más supuestamente operativo del lenguaje, el que se subdivide babélicamente en la multiplicidad proliferante de las lenguas”.
También sirve para adjetivar: Si eres muy rollero puedes resultar bien lengua; si eres chismoso, eres un lengua larga y si tu chisme es de fuente dudosa entonces lo dicen las malas lenguas. Cuestión de enfoques.
Al escribir esta columna pasaron por mi mente los Rolling Stones, Gene Simmons (integrante de KISS), los trofeos MTV LA, la perrita Joya y hasta mi archiodiado enemigo Michael Jordan, que sacaba la lengua cada que hacia un enceste de ensueño. Todos ellos, lenguas de fuera, expresan con ello no sólo su creatividad, sino su singular manera de percibir su entorno... ¿O acaso los imaginan sin ese gesto? Yo, lengua de fuera, tajantemente creo que no.
jueves, 18 de mayo de 2006
Terrible serenata reciclada
“En la fresca y perfumada mañanita de tu santo, recibe mi bien amada la dulzura de mi canto... Encontrarás en tu reja, un fresco ramo de flores, que mi corazón te deja, chinito de mis amores...”

Hoy, incautos y queridísimos lectores, tengo la misión de informarles una impactante noticia: El ídolo de Guamúchil no ha muerto. No, no se trata de ir contra Memo Ríos y su famosísimo rap que aseguraba “Pedro Infante ¡murió!”. Ésta es una aseveración que ni la Paca pudo haber declarado con tal firmeza cuando la pusieron a buscar osamentas sospechosas. Aclaro que no pertenezco a ningún club de fans y tampoco estoy afiliada a ningún partido político (que a estas alturas lo hacen todo para jalar electorado, hasta resucitar a los difuntitos); soy, simple y sencillamente, un mortal que más de una vez al año, justo a las 12 de la noche, siente más vivo que nunca el espíritu de Pepe el Toro que le canta al oído (y al de los demás presentes): “... ya los pajaritos cantan la luna ya se metió”.
Mi familia tiene por tradición cantar las mañanitas justo cuando el día importante comienza. Eso no me parece nada antinatural. Desafortunadamente desde hace más de 15 años, y aun contando con una gran variedad de versiones que van desde Las Ardillitas hasta Parchis, mis padres decidieron hacer oficial la versión del ídolo mexicano en un disco que es, según dicen, una serenata desde el track 1 hasta el 20. Y adivinen: la pieza en cuestión es la número 2. Así que haciendo cuentas, en promedio escuchamos ese CD 6 veces al año, multiplicado por los 15 desde que esta joya musical fue adquirida, más los anexos que nunca faltan, dan un promedio de haberla escuchado algo así como una centena de veces. Cuando escucho los acordes del mariachi, e intuyo que esa frasecita de “En la fresca perfumada mañanita...” se acerca, mi asqueado espíritu (y hasta los bigotes) tiemblan del horror
Mi hermana comparte de igual manera esta extraña fijación que mis padres, en un acto incomprensible, disfrutan con radiante algarabía. Y hoy sale al tema porque estas fechas son precisamente el blanco más fácil para ese 2X1 ATM, que bien pudo haber sido sólo 1 de no ser por un sabio doctorcito que mandó a su casa a una parturienta cuando ésta expresó sus deseos de que sus hijas celebraran en la misma fecha. “¡Señora, no la amuele! ¡Permítales que tengan cada una su propio día!”. Y así fue. Es por eso que Sandra, dos años mayor que yo, escucha su serenata cada 16 de mayo mientras yo debo esperar 48 horas para merecer tal deferencia.
Así que hoy, si el sereno de la esquina me quisiera hacer favor, apagaré las 27 linternitas del pastel para conmemorar mi diablo (evento más esperado que la navidad o el año nuevo), sospechando que grandes cosas sucederán en esta época, como que habrá campeón mundial de futbol y Los Pinos tendrá nuevos inquilinos; mientras tanto, mi vida aguarda por muchas más emociones de las que puedo imaginar... después de Pedro Infante cantándome al oído.

Hoy, incautos y queridísimos lectores, tengo la misión de informarles una impactante noticia: El ídolo de Guamúchil no ha muerto. No, no se trata de ir contra Memo Ríos y su famosísimo rap que aseguraba “Pedro Infante ¡murió!”. Ésta es una aseveración que ni la Paca pudo haber declarado con tal firmeza cuando la pusieron a buscar osamentas sospechosas. Aclaro que no pertenezco a ningún club de fans y tampoco estoy afiliada a ningún partido político (que a estas alturas lo hacen todo para jalar electorado, hasta resucitar a los difuntitos); soy, simple y sencillamente, un mortal que más de una vez al año, justo a las 12 de la noche, siente más vivo que nunca el espíritu de Pepe el Toro que le canta al oído (y al de los demás presentes): “... ya los pajaritos cantan la luna ya se metió”.
Mi familia tiene por tradición cantar las mañanitas justo cuando el día importante comienza. Eso no me parece nada antinatural. Desafortunadamente desde hace más de 15 años, y aun contando con una gran variedad de versiones que van desde Las Ardillitas hasta Parchis, mis padres decidieron hacer oficial la versión del ídolo mexicano en un disco que es, según dicen, una serenata desde el track 1 hasta el 20. Y adivinen: la pieza en cuestión es la número 2. Así que haciendo cuentas, en promedio escuchamos ese CD 6 veces al año, multiplicado por los 15 desde que esta joya musical fue adquirida, más los anexos que nunca faltan, dan un promedio de haberla escuchado algo así como una centena de veces. Cuando escucho los acordes del mariachi, e intuyo que esa frasecita de “En la fresca perfumada mañanita...” se acerca, mi asqueado espíritu (y hasta los bigotes) tiemblan del horror
Mi hermana comparte de igual manera esta extraña fijación que mis padres, en un acto incomprensible, disfrutan con radiante algarabía. Y hoy sale al tema porque estas fechas son precisamente el blanco más fácil para ese 2X1 ATM, que bien pudo haber sido sólo 1 de no ser por un sabio doctorcito que mandó a su casa a una parturienta cuando ésta expresó sus deseos de que sus hijas celebraran en la misma fecha. “¡Señora, no la amuele! ¡Permítales que tengan cada una su propio día!”. Y así fue. Es por eso que Sandra, dos años mayor que yo, escucha su serenata cada 16 de mayo mientras yo debo esperar 48 horas para merecer tal deferencia.
Así que hoy, si el sereno de la esquina me quisiera hacer favor, apagaré las 27 linternitas del pastel para conmemorar mi diablo (evento más esperado que la navidad o el año nuevo), sospechando que grandes cosas sucederán en esta época, como que habrá campeón mundial de futbol y Los Pinos tendrá nuevos inquilinos; mientras tanto, mi vida aguarda por muchas más emociones de las que puedo imaginar... después de Pedro Infante cantándome al oído.
jueves, 4 de mayo de 2006
¿Cómo me metí a este tema?
Este 1 de mayo mis intenciones para solidarizarme con las manifestaciones en Estados Unidos se cayeron a pedazos cuando, haciendo cuentas, comprendí el concepto Globalización. Para mí, que fue un día laboral común y corriente, decirle no a los productos norteamericanos me hubiera significado no ponerme shampoo, crema, desodorante, y maquillaje (traducido en llegar oliendo a chivo); también me hubiera restado productividad sin usar la computadora y las máquinas que del diario se utilizan en el changarro, (gringas en buena parte), y por último, me hubiera quedado en prisas sin mi útil vehículo diario que es de popular marca estadounidense. Así que mis intentos por boicotear todo aquello de procedencia gabacha se limitó en estar atenta de lo que acontecía y nada más.
Cuando comenzó este "boom" sobre el tema migratorio jamás sospeché siquiera lo cerca que me iba a tocar vivirlo. Fue desde que un par de primos míos se aventuraron a sumarse a las fuerzas mexicanas radicadas del otro lado, y desde que como parte de mi exilio voluntario fui testigo de su forma de vida, de su realidad, de lo cerca y lo lejos que en están de México y de la vida misma de los indocumentados que emigran sin preparación ni estudios, que me pareció que tenía elementos válidos para sentirme parte de todo este fenómeno social. Pero por causas insospechadas, mis requerimientos laborales demandaron en mí la paciencia y la capacidad de escucha para ser parte no sólo de mi propia historia familiar, sino de montones de ellas que día con día suceden en los hogares mexicanos.
La de mis familiares es una historia de tantas, con sus semejanzas y particularidades. Las causas de su fuga son como las de muchos: alternativas laborales, mejor calidad de vida y estabilidad emocional en un entorno nuevo y diferente. Así pues, tras empezar de cero pese a sus títulos profesionales, poco a poco han escalando progresos muy merecidos. Mis amadísimos primos, si bien no padecieron el viacrucis del desierto, han enfrentado obstáculos que tristemente surgen desde su misma raza: Envidias, celos, soledad y la irritabilidad del entorno; un autoracismo entre los propios mexicanos que, en lugar de tenderse la mano, se encierran más en su mundo.
Y es que llegar a parajes gringos es ver una maqueta de ensueño: todo está limpio, en su lugar, todos cumpliendo las leyes de tránsito, todo en orden, con seguridad. Es muy fácil deslumbrarse ante la tierra prometida en donde se inculca el valor del deporte, de la ecología, y donde pagar impuestos se refleja en cada uno de los complejos como bibliotecas o parques a los que uno puede accesar. Pero ¿a qué precio? En mi última visita, estuve tentada mil veces a preguntarle a mis primos si ha valido la pena tanto sacrificio de su parte. Cuando los miré felices, unidos, con sus hijos sanos y con un futuro por delante, simplemente me quedé callada y comprendí que la felicidad no es un trámite geográfico, es simplemente, donde está el amor.
Cuando comenzó este "boom" sobre el tema migratorio jamás sospeché siquiera lo cerca que me iba a tocar vivirlo. Fue desde que un par de primos míos se aventuraron a sumarse a las fuerzas mexicanas radicadas del otro lado, y desde que como parte de mi exilio voluntario fui testigo de su forma de vida, de su realidad, de lo cerca y lo lejos que en están de México y de la vida misma de los indocumentados que emigran sin preparación ni estudios, que me pareció que tenía elementos válidos para sentirme parte de todo este fenómeno social. Pero por causas insospechadas, mis requerimientos laborales demandaron en mí la paciencia y la capacidad de escucha para ser parte no sólo de mi propia historia familiar, sino de montones de ellas que día con día suceden en los hogares mexicanos.
La de mis familiares es una historia de tantas, con sus semejanzas y particularidades. Las causas de su fuga son como las de muchos: alternativas laborales, mejor calidad de vida y estabilidad emocional en un entorno nuevo y diferente. Así pues, tras empezar de cero pese a sus títulos profesionales, poco a poco han escalando progresos muy merecidos. Mis amadísimos primos, si bien no padecieron el viacrucis del desierto, han enfrentado obstáculos que tristemente surgen desde su misma raza: Envidias, celos, soledad y la irritabilidad del entorno; un autoracismo entre los propios mexicanos que, en lugar de tenderse la mano, se encierran más en su mundo.
Y es que llegar a parajes gringos es ver una maqueta de ensueño: todo está limpio, en su lugar, todos cumpliendo las leyes de tránsito, todo en orden, con seguridad. Es muy fácil deslumbrarse ante la tierra prometida en donde se inculca el valor del deporte, de la ecología, y donde pagar impuestos se refleja en cada uno de los complejos como bibliotecas o parques a los que uno puede accesar. Pero ¿a qué precio? En mi última visita, estuve tentada mil veces a preguntarle a mis primos si ha valido la pena tanto sacrificio de su parte. Cuando los miré felices, unidos, con sus hijos sanos y con un futuro por delante, simplemente me quedé callada y comprendí que la felicidad no es un trámite geográfico, es simplemente, donde está el amor.
jueves, 27 de abril de 2006
Dannasaurus
Danna, mi sobrina, no es precisamente un peligro del mundo Jurásico, pero el hechizo que provocó en ella la convivencia con mi par de cockers la transformó en un peligro de rizada cabellera cuyas únicas palabras desde que amanecía hasta que anochecía eran Gua Gua. Este pequeño milagro llegó solo detrás del temblor.
Su antecedente inmediato es su mala fama de berrinchuda sin freno. Hace meses, de visita a su casa, tras todas las expectativas de su mal carácter y mi animadversión hacia los infantes, hicimos, extrañamente, excelentes migas cuando en sus pequeños intentos por caminar me tomaba de la mano y sonreía conmigo.
Ahora Danna, de año y medio, llegó con su equipaje, su mamá y su hermanita en ciernes. Sus progresos con el lenguaje arrojan expresiones como ¡Ah!, denominación aplicada a prácticamente todo y ¡ñooo mamáaa!, empleada ante sus dramáticas negativas de comer, dormir, bañarse o separarse de la casa de perro. Ahora Danna corre desafiando a su estorboso pañalazo, espanta lo mismo con un "Bu" sonoro o con su melena de recién levantada, balancea su cuerpecito con la sola mención de Barney, y baila en la cocina ante la menor provocación de acordes movidos. En su estancia en esta casa pasó del miedo al amor para con los perros, a quienes gustaba admirar hasta el momento en el que acarició sus cabecitas y estos respondieron con salvajes y amorosos lengüetazos. También superó sin exabruptos el fraude de su DVD de Dora la Exploradora (el primero le salió de Topo Gigio y el segundo simplemente nunca se vio). Pero su mayor logro fue, sin duda, el ganarse el corazón de toda su escéptica parentela.
En lo personal, ese inexplicable encanto que surgió hace meses entre ella y yo simplemente floreció de nuevo. Desde que llegó me tomó de la mano y me sonrió cuantas veces pudo hacerlo. Me puso a correr, a jugar a la comidita, a perseguir a los perros y a tocar a la tortuga, todo a su ritmo. Si bien pensé que el holocausto o el meteorito destructor llegaban a casa disfrazados de Danna Paola, me equivoqué atrozmente. Ella llegó a invadirnos de felicidad, a hacernos comprender que el milagro de la vida existe en cada pequeño ser que va en crecimiento... llegó, simple y sencillamente, a encajar en esta amorosa familia a la cuál pertenece desde antes de haber nacido, con todo y sus Gua guas...
miércoles, 19 de abril de 2006
El temblor que no fue
Viernes, 7 pm. Todo parecía una noche tranquila de viernes Santo. El atardecer acaecía, las estrellas se encendían, los grillos preparaban sus más finos cantos. De pronto, conmoción total en el silencio de mi violeta morada. Una sacudida de cama me puso de rebote en contacto con la realidad, irrumpiendo en mi insipiente siesta vespertina y dejando a mi corazoncito retumbando como al ritmo de reguetón. Mi primer sospecha amodorrada incluyó a alguna de mis abuelas fallecidas viniendo del más allá, deseosas de jalarme algo más que los pies (sólo una, si tampoco eran montoneras), aunque la idea de un efímero temblor triunfó como un pensamiento mucho más lógico, objetivo y real.
Pasaron algunos minutos más. 8 de la noche. La cama seguía igual de acolchonada y mullidita que hacía una hora atrás. De pronto, y a tono con el primer grito espeluznante de la noche, un segundo jalón de cama volvió a suceder. Corrí despavorida a corroborar el hecho, obteniendo positivas respuestas por parte de mis alarmados padres en el otro lado de la sala. Una vez ingerido un pedacito de pan pal el susto, volví a lo mío. Minutos después (más minutos después), un tercer y último zangoloteo puso en peligro por milésimas de segundo la finísima cristalería de mi dulce hogar.
“¿Y donde te tocó el temblor?” Versábamos al día siguiente, con afán y por separado, los tres testigos de aquellas sacudidas. Y nada queridos e incautos lectores. Al parecer fuimos los tres únicos entes de esta ciudad que un viernes vacacional se mantuvieron sobrios y en pie. Sólo el Servicio Sismológico Nacional le dio el beneficio de la duda a nuestros cuestionables estados mentales, arrojando en su página el registro de un movimiento telúrico de 3.8 de magnitud ese día.
Ya en la serenidad, traté de encontrarle respuesta a estos movimientos en los que muchos fuimos meneados pero pocos los entendidos Mi primer conjetura arroja que aquello fue la respuesta divina que todos los viernes Santos ocurre tras la representación de la crucifixión de Jesús. “A veces llueve, otras tiembla, así da muestra Dios de su enojo ante los hombres por matar a su hijo” – pensé yo.
Sin embargo después la razón arrojó una nueva e inquietante hipótesis: los suelos temblaron, los cielos ennegrecieron, mis perros nunca dieron una señal de alerta y el shock lo sentimos únicamente tres personas… sí, todo coincidía. La inminente llegada de la pequeña Danna de visita a nuestro dulce hogar puso a temblar hasta al mismo Dios. La fama que puede
autogenerarse una pequeña niña de año y medio y cabellera rizada, cuyo hobbie es simplemente llorar a mares a toda hora y en todo lugar, no tiene por qué pasar desapercibida. Algo debe haber de cierto. El caso es que al día siguiente del temblor Danna, mi sobrina, llegó desde Pachuca con juguetes en mano y maletas hechas para toda una semana. ¿Llegó el holocausto? La próxima columna, queridos e incautos lectores, lo sabrán.
¿Alguien más sintió el temblor? Pochacas@gmail.com
Pasaron algunos minutos más. 8 de la noche. La cama seguía igual de acolchonada y mullidita que hacía una hora atrás. De pronto, y a tono con el primer grito espeluznante de la noche, un segundo jalón de cama volvió a suceder. Corrí despavorida a corroborar el hecho, obteniendo positivas respuestas por parte de mis alarmados padres en el otro lado de la sala. Una vez ingerido un pedacito de pan pal el susto, volví a lo mío. Minutos después (más minutos después), un tercer y último zangoloteo puso en peligro por milésimas de segundo la finísima cristalería de mi dulce hogar.
“¿Y donde te tocó el temblor?” Versábamos al día siguiente, con afán y por separado, los tres testigos de aquellas sacudidas. Y nada queridos e incautos lectores. Al parecer fuimos los tres únicos entes de esta ciudad que un viernes vacacional se mantuvieron sobrios y en pie. Sólo el Servicio Sismológico Nacional le dio el beneficio de la duda a nuestros cuestionables estados mentales, arrojando en su página el registro de un movimiento telúrico de 3.8 de magnitud ese día.
Ya en la serenidad, traté de encontrarle respuesta a estos movimientos en los que muchos fuimos meneados pero pocos los entendidos Mi primer conjetura arroja que aquello fue la respuesta divina que todos los viernes Santos ocurre tras la representación de la crucifixión de Jesús. “A veces llueve, otras tiembla, así da muestra Dios de su enojo ante los hombres por matar a su hijo” – pensé yo.
Sin embargo después la razón arrojó una nueva e inquietante hipótesis: los suelos temblaron, los cielos ennegrecieron, mis perros nunca dieron una señal de alerta y el shock lo sentimos únicamente tres personas… sí, todo coincidía. La inminente llegada de la pequeña Danna de visita a nuestro dulce hogar puso a temblar hasta al mismo Dios. La fama que puede
autogenerarse una pequeña niña de año y medio y cabellera rizada, cuyo hobbie es simplemente llorar a mares a toda hora y en todo lugar, no tiene por qué pasar desapercibida. Algo debe haber de cierto. El caso es que al día siguiente del temblor Danna, mi sobrina, llegó desde Pachuca con juguetes en mano y maletas hechas para toda una semana. ¿Llegó el holocausto? La próxima columna, queridos e incautos lectores, lo sabrán.¿Alguien más sintió el temblor? Pochacas@gmail.com
jueves, 13 de abril de 2006
Como pegarle a Dios en Jueves Santo
De fondo suena La Marcha Imperial; en la tele las noticias locales muestran alegres spring breakers versión chilango en ceñidos bikinis corriendo tras la chancla perdida, y yo paso de lo sublime a lo extremo al enfrentar mi enésimo fallido intento de subir videos a mi blog personal. Mientras todo eso sucede, uno de esos males de nuestro siglo se abona en mis adentros dibujando en las sombras una silueta como de globo de cantoya. ¿Qué será? Aún no sé. Los análisis descartaron salmonela o tifoidea y mientras propios y extraños diagnostican colitis nerviosa, gastritis, huevitis o ñoñitis, los méndigos dolores (tan feos como pegarle a Dios en jueves Santo, diría mi santa madre), me tienen a las 5 de tarde enfundada en rosados ropajes de dormir, agonizando la dolencia entre los episodios I y II de Star Wars, saga entera patrocinada por el viajero amor de mis amores.
Este deprimente cuadro me lleva a pensar que debido a mi condición anti fervorosa, al clima de primavera, a mis dotes actorales o a Salinas de Gortari (echarle la culpa es deporte nacional), estos supiritacos me aquejan siempre durante la Semana Santa. Y es que no sé a ustedes, queridos e incautos lectores, pero a mi esto del melodrama me encanta, y los desmayos forman parte de mi currículum de gracias y cualidades, a sabiendas que siempre hay alguien superior a uno, palmas que merece mi Dolce sisterna.
Aunque alguna vez les relaté la crónica de mi primer desmayo (primera comunión, en ayunas, medio día, dejé al padre hablando solo al caer de hambre), un domingo de Ramos cualquiera, entre aquella masa ondeante con palmitas en las manos, el simulacro de que Jesús llegaba en el burrito y mucho, mucho calor, mi espíritu cayose de pronto y sin previo aviso me desvanecí entre la multitud que no supo si pasar encima o darme una buena limpia. Cuando desperté recibía los primeros auxilios de mi acalorado padre y so pretexto de sofocón, me refundí en el coche hasta que las tres horas de misa pasaron. Para quienes unieron los puntos y dedujeron que los centros religiosos provocan en mí tales efectos, anótense una palomita, aunque acoto que lo mío es más universal. Otra vacacional Semana Santa hacía fila para entrar a la tumba Mayor de Mitla, Oaxaca, pero no llegué ni a ver la entrada. El rayo del sol mañanero y ni una migaja de pan en mi estomago pusieron a bailar al pobre amor de mis amores, que no sabía si cacharme al aire o pedir ayuda, mientras yo me desvanecía al más puro estilo hollywoodense.
La de hoy ocurrió en el super (centro ceremonial de las deidades capitalistas), en un osazo protagonizado en la cafetería mientras frente a mí las cajas sonaban, las cuentas se pagaban, y una señora amable detenía su andar para echarle aire a esta damisela en desgracia y a su sufrida mamá. No si claro está que lo mío va más allá de credos y religiones, de escenarios y pudores, y que mi relojito puntual siempre le atina a las mismas santísimas fechas. Por algo será.
Este deprimente cuadro me lleva a pensar que debido a mi condición anti fervorosa, al clima de primavera, a mis dotes actorales o a Salinas de Gortari (echarle la culpa es deporte nacional), estos supiritacos me aquejan siempre durante la Semana Santa. Y es que no sé a ustedes, queridos e incautos lectores, pero a mi esto del melodrama me encanta, y los desmayos forman parte de mi currículum de gracias y cualidades, a sabiendas que siempre hay alguien superior a uno, palmas que merece mi Dolce sisterna.
Aunque alguna vez les relaté la crónica de mi primer desmayo (primera comunión, en ayunas, medio día, dejé al padre hablando solo al caer de hambre), un domingo de Ramos cualquiera, entre aquella masa ondeante con palmitas en las manos, el simulacro de que Jesús llegaba en el burrito y mucho, mucho calor, mi espíritu cayose de pronto y sin previo aviso me desvanecí entre la multitud que no supo si pasar encima o darme una buena limpia. Cuando desperté recibía los primeros auxilios de mi acalorado padre y so pretexto de sofocón, me refundí en el coche hasta que las tres horas de misa pasaron. Para quienes unieron los puntos y dedujeron que los centros religiosos provocan en mí tales efectos, anótense una palomita, aunque acoto que lo mío es más universal. Otra vacacional Semana Santa hacía fila para entrar a la tumba Mayor de Mitla, Oaxaca, pero no llegué ni a ver la entrada. El rayo del sol mañanero y ni una migaja de pan en mi estomago pusieron a bailar al pobre amor de mis amores, que no sabía si cacharme al aire o pedir ayuda, mientras yo me desvanecía al más puro estilo hollywoodense.
La de hoy ocurrió en el super (centro ceremonial de las deidades capitalistas), en un osazo protagonizado en la cafetería mientras frente a mí las cajas sonaban, las cuentas se pagaban, y una señora amable detenía su andar para echarle aire a esta damisela en desgracia y a su sufrida mamá. No si claro está que lo mío va más allá de credos y religiones, de escenarios y pudores, y que mi relojito puntual siempre le atina a las mismas santísimas fechas. Por algo será.
jueves, 6 de abril de 2006
Springfield vs. Burns
Recuerdo aquel capítulo de los Simpson donde el señor Burns, ebrio de poder, decide crear un aparato para tapar el sol y así dejar al pueblo de Springfield viviendo eternamente en la penumbra, lo cuál obligaría a consumir energía (generada en su enorme planta nuclear) a toda hora. El pueblo enloquecido pide el regreso de la luz solar, pues no están dispuestos a ensanchar los bolsillos del ya de por si millonario Burns. Esta escena se recicla en mi memoria cada seis meses por razones altamente similares.
Mi padre trabajó de 18 años la CFE y desde siempre me habló de las ventajas energéticas conseguidas con un horario apegado a la salida del sol, medida actual que sospecho nunca fue bien explicada. Quiero creer que este vacío de conocimiento hace que la gente se muestre iracunda y agraviada cada semestre; la verdad quiero creer que es eso y no que la nuestra es una cultura de inconformes, de lo inmediato
A veces pienso que hemos dejado toda nuestra vida en manos de la tecnología, y por eso depender de un reloj que cambia dos veces al año acalambra a más de diez. Desconocemos por completo el poder de la mente, que si la programamos para algo actúa de maravilla (hagan la prueba). Es como si los mexicanos que emigran a los Estados Unidos se quejaran amargamente del cambio de centímetros a millas y de kilos a libras. Ojala tuviéramos todavía la buena costumbre del reloj de sol, tal vez así comprenderíamos más este cambio que sólo porque pudo haber sido mal explicado desde el principio, dejó a la gente creyendo que el ahorro de la energía se reflejará en la inmediatez de su recibo.
Trato de entender que como el gobierno roba a tajo y destajo, la gente se siente ofendida cuando medidas impuestas por ese gobierno ratero y malhechor "imponen" un cambio en la vida cotidiana. Tal vez esta revolución veraniega responde a esta desilusión por la autoridad. Ese viejo deporte de echarle la culpa de todo a un gobierno paternalista que para estas cosas sí le pide opinión al pueblo (iracundo) y no para lo trascendente como las reformas a la Ley de Radio y Televisión. Esto es lo que me resulta sumamente contradictorio: que los apasionados reclamos se avalanchen en contra de algo así, y no contra asuntos verdaderamente importantes y urgidos de conciencia como la ecología, la falta de agua, la tala inmoderada en pos de la modernidad de grandes centros comerciales o industrias meganovedosas... "A no, eso nos beneficia... el horario de verano no". Cuestión de criterios.
En este espacio expongo únicamente mi punto de vista basado en mi (escaso) sentido común, mi efectivísimo reloj interno, y el excelente ensayo que Martín Pereyra, "Pereque", presenta desde su blog personal "La Corte de los Milagros" (http://cortedelosmilagros.blogspot.com). Léanlo, es un muy acertado planteamiento sobre los mitos y realidades de este fenómeno que sigue moviendo masas, aquellas inconformes que no comprenden el sentido de la disciplina y del bien común a largo plazo.
Mi padre trabajó de 18 años la CFE y desde siempre me habló de las ventajas energéticas conseguidas con un horario apegado a la salida del sol, medida actual que sospecho nunca fue bien explicada. Quiero creer que este vacío de conocimiento hace que la gente se muestre iracunda y agraviada cada semestre; la verdad quiero creer que es eso y no que la nuestra es una cultura de inconformes, de lo inmediato
A veces pienso que hemos dejado toda nuestra vida en manos de la tecnología, y por eso depender de un reloj que cambia dos veces al año acalambra a más de diez. Desconocemos por completo el poder de la mente, que si la programamos para algo actúa de maravilla (hagan la prueba). Es como si los mexicanos que emigran a los Estados Unidos se quejaran amargamente del cambio de centímetros a millas y de kilos a libras. Ojala tuviéramos todavía la buena costumbre del reloj de sol, tal vez así comprenderíamos más este cambio que sólo porque pudo haber sido mal explicado desde el principio, dejó a la gente creyendo que el ahorro de la energía se reflejará en la inmediatez de su recibo.
Trato de entender que como el gobierno roba a tajo y destajo, la gente se siente ofendida cuando medidas impuestas por ese gobierno ratero y malhechor "imponen" un cambio en la vida cotidiana. Tal vez esta revolución veraniega responde a esta desilusión por la autoridad. Ese viejo deporte de echarle la culpa de todo a un gobierno paternalista que para estas cosas sí le pide opinión al pueblo (iracundo) y no para lo trascendente como las reformas a la Ley de Radio y Televisión. Esto es lo que me resulta sumamente contradictorio: que los apasionados reclamos se avalanchen en contra de algo así, y no contra asuntos verdaderamente importantes y urgidos de conciencia como la ecología, la falta de agua, la tala inmoderada en pos de la modernidad de grandes centros comerciales o industrias meganovedosas... "A no, eso nos beneficia... el horario de verano no". Cuestión de criterios.
En este espacio expongo únicamente mi punto de vista basado en mi (escaso) sentido común, mi efectivísimo reloj interno, y el excelente ensayo que Martín Pereyra, "Pereque", presenta desde su blog personal "La Corte de los Milagros" (http://cortedelosmilagros.blogspot.com). Léanlo, es un muy acertado planteamiento sobre los mitos y realidades de este fenómeno que sigue moviendo masas, aquellas inconformes que no comprenden el sentido de la disciplina y del bien común a largo plazo.
miércoles, 22 de marzo de 2006
Turbulenta aprendiz
Según el calendario maya, el año nuevo daba comienzo con los primeros rayos del sol primaveral, justo durante el equinoccio vernal. Así pues y según la creencia, cinco días antes de este magno evento natural los mayas se guardaban a piedra y lodo en sus casas, pues creían que este periodo, llamado “de purificación” era el más crítico y nefasto de todos hasta que llegaba el Dios Kukulcán y todo comenzaba de nuevo.
Creo entonces que, o bien por mis venas corre sangra maya, o soy enteramente compatible con su filosofía de vida. Esa creencia de que los días antes del 21 de marzo las energías se mueven y los humanos actuamos como barcos en altamar es no sólo acertada sino 100% comprobable. Nada más basta con leer los periódicos, enterarse que las Chachalacas le tiran a los Espantachambas, saber que a Ventaneando lo cambian de horario, que Lety la fea tiene éxito pese a la torpeza y ñoñez que la Bety original no tenía, que la luna está más amarilla que de costumbre, que ahora si te quieres cargar de energía en la pirámide del Sol teotihuacano debes pagar $45 pesos más tus módicos 80 si llegas en vehículo, que nuestro recurso más preciado se acaba gota por gota mientras hay miles de chiquillos que esperan ansiosos el Sábado de Gloria para darse tremendas mojadas, que el calor pone tenso el ambiente, que la gente no sabe si va o viene (pero todos tenían las maletas listas para el fin de semana largo), y que yo dispongo todo lo disponible para tomar vacaciones adelantadas e irme lejos, muy lejos de aquí.
Sí, todo eso durante el periodo de purificación. No cabe duda que las aguas están revueltas, y el caos al que los mayas tanto le huían se hace presente aun mirando cual Dorothy tras su ventana el tornado que la arrasa.
Metida en mi casita e influenciada por tales turbulencias, este domingo entable tremendo debate con el amor de mis amores por el estreno de “El aprendiz” con Martha Stewart. Él protesta porque quiere de vuelta la actitud medival de Donald Trump, y yo me inspiro ante aquellos que sueñan con ser parte de una empresa femenina donde la sensibilidad tiene cabida (los aspirantes son desde publicistas hasta chefs, pasando por genios de las letras) y no es sólo la frialdad que el magnate necesita de sus aprendices. ¡Cómo me inspira esta nueva versión! Esa sana competencia de sucias artimañas combinadas con gloriosos desempeños… ¡Quiero ser una aprendiz! De hecho hasta fui capaz de desvariar pensando que en México el elegido sucesor del señor Trump podría ser Carlos Slim (por un momento imaginé su regordeta figura señalandome inquisidoramente con el dedo “¡Estás despedida!”), pero después recordé que el hombre se encuentra muy ocupado viajando por la República con su acuerdo de Chapultepec y entrenando a aprendices más capaces que, sin necesidad de salir en la tele, salen bien buenos para cobrarle a la gente tarifas telefónicas excesivas. ¿Será que ellos también sufren, como todos, un caos pre-primavera… permanente?
Pochacas@gmail.com
Creo entonces que, o bien por mis venas corre sangra maya, o soy enteramente compatible con su filosofía de vida. Esa creencia de que los días antes del 21 de marzo las energías se mueven y los humanos actuamos como barcos en altamar es no sólo acertada sino 100% comprobable. Nada más basta con leer los periódicos, enterarse que las Chachalacas le tiran a los Espantachambas, saber que a Ventaneando lo cambian de horario, que Lety la fea tiene éxito pese a la torpeza y ñoñez que la Bety original no tenía, que la luna está más amarilla que de costumbre, que ahora si te quieres cargar de energía en la pirámide del Sol teotihuacano debes pagar $45 pesos más tus módicos 80 si llegas en vehículo, que nuestro recurso más preciado se acaba gota por gota mientras hay miles de chiquillos que esperan ansiosos el Sábado de Gloria para darse tremendas mojadas, que el calor pone tenso el ambiente, que la gente no sabe si va o viene (pero todos tenían las maletas listas para el fin de semana largo), y que yo dispongo todo lo disponible para tomar vacaciones adelantadas e irme lejos, muy lejos de aquí.
Sí, todo eso durante el periodo de purificación. No cabe duda que las aguas están revueltas, y el caos al que los mayas tanto le huían se hace presente aun mirando cual Dorothy tras su ventana el tornado que la arrasa.
Metida en mi casita e influenciada por tales turbulencias, este domingo entable tremendo debate con el amor de mis amores por el estreno de “El aprendiz” con Martha Stewart. Él protesta porque quiere de vuelta la actitud medival de Donald Trump, y yo me inspiro ante aquellos que sueñan con ser parte de una empresa femenina donde la sensibilidad tiene cabida (los aspirantes son desde publicistas hasta chefs, pasando por genios de las letras) y no es sólo la frialdad que el magnate necesita de sus aprendices. ¡Cómo me inspira esta nueva versión! Esa sana competencia de sucias artimañas combinadas con gloriosos desempeños… ¡Quiero ser una aprendiz! De hecho hasta fui capaz de desvariar pensando que en México el elegido sucesor del señor Trump podría ser Carlos Slim (por un momento imaginé su regordeta figura señalandome inquisidoramente con el dedo “¡Estás despedida!”), pero después recordé que el hombre se encuentra muy ocupado viajando por la República con su acuerdo de Chapultepec y entrenando a aprendices más capaces que, sin necesidad de salir en la tele, salen bien buenos para cobrarle a la gente tarifas telefónicas excesivas. ¿Será que ellos también sufren, como todos, un caos pre-primavera… permanente?
Pochacas@gmail.com
jueves, 16 de marzo de 2006
Aquí también lo celebramos
A veces creo que no todos tenemos la obligación de saber todo lo que sucede en este mundo. A veces creo también, que si por convicción propia te dedicas a tomar un micrófono y por medio de él le dices cosas a la gente, mínimo entérate de lo que pasa. Por eso pienso que si por un lado de la línea alguien dice que es el Día Internacional de la Mujer, en vivo y a todo color, la otra parte, la que toma el micrófono a sabiendas de su sapiencia, diga desde el otro lado del mundo: "Ah si... creo que aquí también lo celebramos".
Bueno, no es que todo el mundo tuviera que enterarse que el Día Internacional de la Mujer abarca a todas y cada una de las féminas del orbe, que se celebró el pasado 8 de marzo, que tiene un confuso antecedente donde, según la versión oficial, más de cien mujeres murieron quemadas en una fábrica neoyorquina, mientras que la UNICEF, en su página web, reconoce que la conmemoración de esta fecha proviene de movimientos socialistas... No. Se trata de un buen pretexto para la reflexión, como en todas las fechas oficiales y celebraciones. En mi caso me pregunto insistentemente porqué la tragedia es siempre la que orilla a instituir conmemoraciones tales como ésta, cuando la Historia misma está repleta de ejemplos que de manera menos aparatosa dan fe del papel de nuestro género en la evolución de la sociedad en espiral. También me cuestiono porque las feministas pelean por las igualdades y siguen sintiéndose orgullosas de tener su propio día.
Por alguna causa fortuita, desde recién nacida he crecido en un ambiente donde las luchas de género son sólo agudos temas de sobremesa. En la escuela o el trabajo, nunca he tenido la necesidad de sentir culpas por el hecho de ser mujer, tal vez porque mi árbol genealógico está nutrido de féminas luchonas y de hombres que han poseído la inteligencia de comprenderlas y amarlas, por lo menos en los casos más cercanos. Creo que, en todo caso, he tenido aun más suerte por rodearme de mujeres orgullosas de serlo, inspirándome cotidianamente de su fuerza, de su intuición y sus ideas; aprendiendo a compaginar el trabajo diario con la organización de la casa, comprendiendo que sapiencia y vanidad son dos lujos que todas podemos poseer.
Me maravilla darme cuenta de la aportación del género en el Universo; me ofusco ante las históricas sentencias malimpuestas donde las curanderas fueron brujas, prostitutas las apasionadas, locas las escritoras... esas insólitas censuras que no han podido, ni podrán, opacar la sensibilidad a través de la cuál el mundo se ve de distinta manera, esa sensibilidad tan femenina, tan nuestra, que su distinción no debe perderse entre la lucha por la equidad que, a veces, tiende a caer en el exceso.
Las mujeres valemos igual que valen los hombres, porque todos, absolutamente todos, somos seres humanos, vivientes y pensantes. Propongo silenciosos homenajes para quienes, mujeres o no, nos inspiran a ser mejores cada día. Desde el fondo de mi corazón ¡he dicho!
Bueno, no es que todo el mundo tuviera que enterarse que el Día Internacional de la Mujer abarca a todas y cada una de las féminas del orbe, que se celebró el pasado 8 de marzo, que tiene un confuso antecedente donde, según la versión oficial, más de cien mujeres murieron quemadas en una fábrica neoyorquina, mientras que la UNICEF, en su página web, reconoce que la conmemoración de esta fecha proviene de movimientos socialistas... No. Se trata de un buen pretexto para la reflexión, como en todas las fechas oficiales y celebraciones. En mi caso me pregunto insistentemente porqué la tragedia es siempre la que orilla a instituir conmemoraciones tales como ésta, cuando la Historia misma está repleta de ejemplos que de manera menos aparatosa dan fe del papel de nuestro género en la evolución de la sociedad en espiral. También me cuestiono porque las feministas pelean por las igualdades y siguen sintiéndose orgullosas de tener su propio día.
Por alguna causa fortuita, desde recién nacida he crecido en un ambiente donde las luchas de género son sólo agudos temas de sobremesa. En la escuela o el trabajo, nunca he tenido la necesidad de sentir culpas por el hecho de ser mujer, tal vez porque mi árbol genealógico está nutrido de féminas luchonas y de hombres que han poseído la inteligencia de comprenderlas y amarlas, por lo menos en los casos más cercanos. Creo que, en todo caso, he tenido aun más suerte por rodearme de mujeres orgullosas de serlo, inspirándome cotidianamente de su fuerza, de su intuición y sus ideas; aprendiendo a compaginar el trabajo diario con la organización de la casa, comprendiendo que sapiencia y vanidad son dos lujos que todas podemos poseer.
Me maravilla darme cuenta de la aportación del género en el Universo; me ofusco ante las históricas sentencias malimpuestas donde las curanderas fueron brujas, prostitutas las apasionadas, locas las escritoras... esas insólitas censuras que no han podido, ni podrán, opacar la sensibilidad a través de la cuál el mundo se ve de distinta manera, esa sensibilidad tan femenina, tan nuestra, que su distinción no debe perderse entre la lucha por la equidad que, a veces, tiende a caer en el exceso.
Las mujeres valemos igual que valen los hombres, porque todos, absolutamente todos, somos seres humanos, vivientes y pensantes. Propongo silenciosos homenajes para quienes, mujeres o no, nos inspiran a ser mejores cada día. Desde el fondo de mi corazón ¡he dicho!
jueves, 9 de marzo de 2006
Adiós, Kittotta
Hace una semana terminaron los festejos del Carnaval. El pueblo entero dejó de lado la fiesta y el desenfreno, colgó los disfraces y se quitó las máscaras que año con año le dan licencia a una diversión sin identidad, sin cadenas, sin las ataduras del ser rutinario, el común y corriente.Así, en este trance solemne rumbo a la Pascua me apego a la mirada de mi amigo Miguelón, quien, al igual que la Chu se han percatado de la falta que hace padecer el horror de los tiempos, de la romántica necesidad de vernos inmersos en “una serie de situaciones fuera de control, carentes de orden y de sentido que nos brinden material para crear relatos urgentes”. Yo también lo creo, más cuando se equipara la vida de aquellos escritores que explotaron su creatividad ante su entorno social en relación con lo que hoy tenemos, una corriente que lleva a los libros a narrar historias de lucha contra el Prozac, contra el hombre mismo. Nosotros, la generación del Atari, necesitamos un proceso de transición que nos marque, que nos duela, que nos de un sentido de existencia en este mundo ambiguo y egoísta.
El material que estas causas le dieron a tales mentes los llevó a vivir experiencias inéditas, desde marchar en mítines hasta parar en la cárcel, desde la censura de sus ideas hasta el exilio involuntario. Es por ello para muchos de ellos, la opción para ejercer su libertad de expresión fue esconder su identidad tras un pseudónimo, un nombre falso que daría la cara, que escupiría, que destrozaría a los gobiernos, que pusiera flores en las pistolas por medio de sus palabras.
Los incautos lectores pensarán que el miedo es el único motor que impulsa a quien escribe a esconder su faz tras un personaje, y tienen toda la razón. Miedo a la muerte, miedo al ridículo, miedo a ser juzgados, miedo a ser uno mismo. Casi las mismas razones por las que desde los tiempos más remotos los carnavales se viven y disfrutan detrás de un disfraz, con una careta encima. Sin embargo, llegado el momento, el miedo debe ser enfrentado, la solemnidad debe ser asimilada y las caretas deben romperse para que la transición nos lleve a una nueva realidad.
Es así como a 2 años de que naciera una columna absurda llamada Policromías, firmada bajo un nombre aun más absurdo (¿quién se autonombra Kittotta Valent?) escondiendo con esto una temerosa identidad, los tiempos de cambio se hacen presentes, y así como algún día los más célebres autores se liberaron de sus alias para ser orgullosamente ellos, Kittotta se despide en esta columna para darle paso a Raquel Guerrero Viguri, la persona que ha vivido lo que un personaje se dedicó a narrar durante más de cien entregas.
Gracias Kittotta, gracias por guardar celosamente lo único que me faltaba por descubrir ante los incautos lectores de estas Policromías. Te prometo que no faltaré a nada de lo que hasta ahora haz dicho y hecho. Hoy Raquel sale a la luz con una extraña foto que aparecerá jueves tras jueves acompañando sus travesías. Esta soy yo.
*NOTA: Este "destape", tal vez para muchos carente de sorpresa, es debido a que el diario Milenio ha cambiado su formato y ahora todos sus columnistas aparecen con una foto "coqueta" al lado izquierdo. La que he colocado aquí no es la que acompaña estas letras en la edición impresa, pero fue para darle un poco de realismo a entrega bloggera.
jueves, 2 de marzo de 2006
¿Quién dijo necia?
Tauro. Segundo signo en el orden zodiacal. Regido por el planeta Venus, su punto débil se localiza en el área de la garganta (con toses y gripas al por mayor). Se aferra hasta con las uñas a su elemento Tierra, y, tal vez por eso, se dice que una de sus más grandes características (que algunos osan calificarlo como un terrible defecto) es la necedad. ¿¿Qué qué?? ¿¿Necia yo??
Obstinación, terquedad, necedad. Las investigaciones realizadas por quien escribe arrojan que la definición común de todos los diccionarios elevan al necio al nivel de ignorante e imprudente rematado con el grupo de sinónimos que lo equiparan a un inepto e incapaz. Nunca me imaginé que esta Kittotta fuera por la vida con una etiqueta que conjuga tanto adjetivo calificativo. Y para colmo, tan feos.
Lo que más me confunde es como el mundo puede tachar a una persona (que ya por tendencia astrológica es de espíritu aferrado) con tanta pompa y circunstancia, cuando ésta lo único que hace es defender sus posturas, ideas y realidades sobre la vida.
Vamos a poner un ejemplo. Ahí estaba Kittotta junto con el amor de sus amores armando tremenda sesión nocturna de retas con videojuegos (para lo cuál por cierto soy una absoluta negada). El último paso de tan relevante ocupación era conectar la consola, así que en un hábil movimiento de reptil llegué hasta la barra donde el enchufe debía ser colocado. Pero (siempre hay peros en estos relatos) a la hora de conectarlo noté que la barra estaba apagada, desplacé la vista hasta la conexión y noté que ésta estaba floja, por lo consiguiente, había que colocarlo bien para que todo prendiera. Eso lo puedo decir yo que estaba ahí cual viborilla atestiguando el hecho. La versión del amor de mis amores, sin embargo, cuenta que me fui debajo de la mesa a conectar el condenado jueguillo y como aquello no prendía, se me calificó ipso facto de ser yo quien provocó aquel apagón. Ante semejante injuria, yo me defendí alegando la veracidad de los hechos que desde abajo había notado, y sólo por esa defensa recibí la etiqueta de Necia. Pero, ¿Verdad que eso no es necedad? (quienes estén de acuerdo conmigo favor de levantar su mano derecha)
Y es que si vamos a necedades podemos dejar exentos todos aquellos momentos en donde por cosas como la del ejemplo una persona se defiende con uñas y dientes, siempre y cuando se tenga una razón válida que abrazar. Que si llegaste muy tarde a casa y tus padres te ponen como chancla, calma, siempre habrá una verdad que hacer valer. Que si una niña te pide tu credencial de Costco para comprar una pizza, y tu le indicas a qué nombre saldrá su pedido, calma, siempre tendrás esa verdad como defensa si alguien te acosa diciendo que de lejos parecía que la estabas regañando por no decir "gracias".
No, yo no soy necia. Y no es una necedad que diga que no lo soy. Simplemente que de entre todos los sinónimos, prefiero el de obstinada, que es lo más cercano a la definición de la perseverancia y la tenacidad. ¡Esa sí soy yo! (¡Y sí, tenía que escribir sobre este tema antes de que pasara de moda!)
Obstinación, terquedad, necedad. Las investigaciones realizadas por quien escribe arrojan que la definición común de todos los diccionarios elevan al necio al nivel de ignorante e imprudente rematado con el grupo de sinónimos que lo equiparan a un inepto e incapaz. Nunca me imaginé que esta Kittotta fuera por la vida con una etiqueta que conjuga tanto adjetivo calificativo. Y para colmo, tan feos.
Lo que más me confunde es como el mundo puede tachar a una persona (que ya por tendencia astrológica es de espíritu aferrado) con tanta pompa y circunstancia, cuando ésta lo único que hace es defender sus posturas, ideas y realidades sobre la vida.
Vamos a poner un ejemplo. Ahí estaba Kittotta junto con el amor de sus amores armando tremenda sesión nocturna de retas con videojuegos (para lo cuál por cierto soy una absoluta negada). El último paso de tan relevante ocupación era conectar la consola, así que en un hábil movimiento de reptil llegué hasta la barra donde el enchufe debía ser colocado. Pero (siempre hay peros en estos relatos) a la hora de conectarlo noté que la barra estaba apagada, desplacé la vista hasta la conexión y noté que ésta estaba floja, por lo consiguiente, había que colocarlo bien para que todo prendiera. Eso lo puedo decir yo que estaba ahí cual viborilla atestiguando el hecho. La versión del amor de mis amores, sin embargo, cuenta que me fui debajo de la mesa a conectar el condenado jueguillo y como aquello no prendía, se me calificó ipso facto de ser yo quien provocó aquel apagón. Ante semejante injuria, yo me defendí alegando la veracidad de los hechos que desde abajo había notado, y sólo por esa defensa recibí la etiqueta de Necia. Pero, ¿Verdad que eso no es necedad? (quienes estén de acuerdo conmigo favor de levantar su mano derecha)
Y es que si vamos a necedades podemos dejar exentos todos aquellos momentos en donde por cosas como la del ejemplo una persona se defiende con uñas y dientes, siempre y cuando se tenga una razón válida que abrazar. Que si llegaste muy tarde a casa y tus padres te ponen como chancla, calma, siempre habrá una verdad que hacer valer. Que si una niña te pide tu credencial de Costco para comprar una pizza, y tu le indicas a qué nombre saldrá su pedido, calma, siempre tendrás esa verdad como defensa si alguien te acosa diciendo que de lejos parecía que la estabas regañando por no decir "gracias".
No, yo no soy necia. Y no es una necedad que diga que no lo soy. Simplemente que de entre todos los sinónimos, prefiero el de obstinada, que es lo más cercano a la definición de la perseverancia y la tenacidad. ¡Esa sí soy yo! (¡Y sí, tenía que escribir sobre este tema antes de que pasara de moda!)
jueves, 23 de febrero de 2006
Secretos tesoros
“¡Ah como guarda uno tanta porquería!” es una de esas singulares frases que merecen la patente mexicana y que brotan cada vez que, sólo por curiosidad, nos detenemos a contemplar que nuestros hogares se han convertido en auténticos bazares que albergan, además de recuerdos (casi siempre inútiles), nidos de ratas, cucarachas y cuantiosas musarañas más. Doña Valent suspira y admite resignada que ella jamás podría soportar de nuevo el trance de una mudanza, y no tanto por el cambio sino porque la sola idea de empacar en cajas todas aquellas porquerías que se han ido acumulando por inercia es una tarea titánica de colosales dimensiones que de solo pensarlo inspira al agotamiento prematuro.
En un día de escombro, contemplé con atención la colección de figuras e imágenes de búhos que los padres Valent solían presumir. Recuerdo que un primo ocioso tuvo a bien contabilizar todo lo que en casa tuviera algo que ver con estos alados sabelotodos... ¡incalculable¡ Vaya, hasta en el bote de basura los teníamos.
Por alguna extraña razón, desde niños se nos inculca el mal hábito del consumismo so pretexto de que una compra nos trae cierto placer. No es que me pronuncie en contra, más bien me maravilla la capacidad que ante esto se nos desarrolla por encontrar artículos con los que nos podemos identificar, a los que les atribuimos poderes para la buena suerte; pueden ser meros objetos o determinada figura, pueden ser grandes o pequeños, extravagantes o comunes. Uno desde niño se detecta (o se crea) afinidades que poco a poco se ven fomentadas hasta derivar en aquello que llamamos Colección.
¿Que qué puede coleccionar alguien con un poco de dinero y muchas ganas de invertirlo en sí mismo? Infinidad, una infinidad de cosas que el incauto lector seguramente se responderá basándose en la experiencia personal o en lo que puede ver entre amigos o conocidos. Incluso esto de las colecciones es como ir a submundos: en una familia puede haber colección general de búhos (caso Valent) pero por su cuenta mi abuela coleccionaba ranas y mi mamá discos de acetato de su juventud. Kittotta coqueteó entre tener muchos lapiceros de todos colores y estampas de sudorosos jugadores basquetbol y los protagonistas de Beverly Hills, hasta rendirse a los pies de la parafernalia de la Hello Kitty y toda su flota... Ahora que hago este recuento sucinto, comprendo que uno tiene tal capacidad de tener, de poseer, de presumir, que fácilmente se pueden llevar más de tres de diversos tópicos, todas por razones diferentes. Yo colecciono estrellas por una cuestión emocional que viene desde mis años mozos, también me he autoimpuesto el reto de conseguir todas las versiones que existan de la canción “Over the rainbow” (la emoción de la búsqueda no tiene precio) y, podría decir que por herencia, colecciono papeles inservibles y polvo, mucho polvo.
Las colecciones... secretos tesoros materiales tan personales, tan nuestros, que en algún momento adquieren un valor incalculable en nuestro corazón, y en cualquier momento también lo adquieren en el mercado de los locos... Lo que si es que... ¡ah como ocupan espacio y acumulan polvo y más polvo! Y los mexicanos que nos pintamos solos para hacer del hogar un catálogo de variedades...
En un día de escombro, contemplé con atención la colección de figuras e imágenes de búhos que los padres Valent solían presumir. Recuerdo que un primo ocioso tuvo a bien contabilizar todo lo que en casa tuviera algo que ver con estos alados sabelotodos... ¡incalculable¡ Vaya, hasta en el bote de basura los teníamos.
Por alguna extraña razón, desde niños se nos inculca el mal hábito del consumismo so pretexto de que una compra nos trae cierto placer. No es que me pronuncie en contra, más bien me maravilla la capacidad que ante esto se nos desarrolla por encontrar artículos con los que nos podemos identificar, a los que les atribuimos poderes para la buena suerte; pueden ser meros objetos o determinada figura, pueden ser grandes o pequeños, extravagantes o comunes. Uno desde niño se detecta (o se crea) afinidades que poco a poco se ven fomentadas hasta derivar en aquello que llamamos Colección.
¿Que qué puede coleccionar alguien con un poco de dinero y muchas ganas de invertirlo en sí mismo? Infinidad, una infinidad de cosas que el incauto lector seguramente se responderá basándose en la experiencia personal o en lo que puede ver entre amigos o conocidos. Incluso esto de las colecciones es como ir a submundos: en una familia puede haber colección general de búhos (caso Valent) pero por su cuenta mi abuela coleccionaba ranas y mi mamá discos de acetato de su juventud. Kittotta coqueteó entre tener muchos lapiceros de todos colores y estampas de sudorosos jugadores basquetbol y los protagonistas de Beverly Hills, hasta rendirse a los pies de la parafernalia de la Hello Kitty y toda su flota... Ahora que hago este recuento sucinto, comprendo que uno tiene tal capacidad de tener, de poseer, de presumir, que fácilmente se pueden llevar más de tres de diversos tópicos, todas por razones diferentes. Yo colecciono estrellas por una cuestión emocional que viene desde mis años mozos, también me he autoimpuesto el reto de conseguir todas las versiones que existan de la canción “Over the rainbow” (la emoción de la búsqueda no tiene precio) y, podría decir que por herencia, colecciono papeles inservibles y polvo, mucho polvo.
Las colecciones... secretos tesoros materiales tan personales, tan nuestros, que en algún momento adquieren un valor incalculable en nuestro corazón, y en cualquier momento también lo adquieren en el mercado de los locos... Lo que si es que... ¡ah como ocupan espacio y acumulan polvo y más polvo! Y los mexicanos que nos pintamos solos para hacer del hogar un catálogo de variedades...
jueves, 16 de febrero de 2006
Una que otra licencia
Kittotta pertenece a una generación que, como todas las que le preceden y anteceden, se divide entre aquellos quienes se desviven ante las tendencias de ocasión y aquellos que simplemente no creen en lo que el capitalismo y sus modas globalizadas le ofrecen a una sociedad habida de gastar su dinero en insulsas pequeñeces.Estos sentimientos suelen aflorar entre los de la última especie en celebraciones tales como la Navidad o el Día de San Valentín, donde al parecer de la mercadotecnia es imperante expresar “los buenos sentimientos” comprando toda clase de chucherías inútiles que más que decir “te quiero” suelen arrumbarse tras la emoción en algún cajón olvidado, o en el peor de los casos generando altas cantidades de polvo extra al que siempre se acumula. Así pues, durante muchos años de mi vida me proclamé acérrima enemiga del comercio manipulador de fechas y navegué feliz con tal bandera… hasta ahora.
Por cuestiones meramente laborales que sacian por completo mis más inauditas curiosidades, el tema de la alegría me ha rondado a la cabeza como abeja en costal de azúcar. Sí, la alegría, la risa… esa solución tan gratuita y alcanzable que tenemos los humanos para mejorar nuestra calidad de vida y que tan relegada hemos dejado.
La risa, sin tanto preámbulo, es el peor enemigo al que los aparatos de poder se enfrentan, quizá por eso ha sido tan acallada y censurada. Y es que la risa, al igual que el conocimiento, nos hace sentir bien, a gusto, nos libera de toda represión. Riendo olvidamos en fracción de segundos lo que hay a nuestro alrededor (de hecho, y si no me creen hagan la prueba, al momento de soltar sonoras carcajadas la mente se queda en pausa). Así, como en cadena, si sabemos reír a dosis diarias veremos la vida de otra manera, entonces podemos ser más sanos y felices y esos extraños mandatos que el poder denomina como la cultura del sufrir para merecer quedarían en segundo término ante una sociedad que simplemente le pondría una mejor cara a lo que podría parecer “una calamidad”.
Y bajo estos lineamientos (y el influjo de una lectura feliz que propone la utopía de una sociedad regida sólo por el amor y no por el capital) decidí que mis conceptos moralinos sobre el día del alado Cupido merecían cederme algunas cuantas licencias liberadoras. Y así, me entregué a los brazos de una celebración que, lejos de su visión comercial, tal vez no llegue a sonar tan vacía después de todo, pues en el entendido que vivimos en un mundo lleno de pestes, de guerra, de violencia, de gobernantes y magnantes sin escrúpulos; en un mundo donde cada vez más hemos olvidado que reír nos hace felices (y la felicidad nos trae amor, a los demás y a uno mismo), dedicarle un día al vitorear la cursilería no es tan descabellado. Aunque ojalá esta práctica no fuera sólo de una fecha…
Así pues, el pasado 14 de febrero salí al parque de la mano de mi novio, quien tuvo a bien obsequiarme un enorme globo de corazón (los globos de cualquier tamaño y color son mi debilidad) y caminamos de la mano… Finalmente no hay que reprimirse de nada en esta vida, y para ser cursi (y así más feliz) ¡menos!
jueves, 9 de febrero de 2006
Abrir y cerrar (II)
Una vez más en domingo. Una vez más comenzó el movimiento desde temprana hora. Una vez más la espera en una fría sala de hospital. Una vez más en vísperas de un puente festivo. Una vez más, la familia Valent se comía la uñas, se tronaba los dedos, se unía y se fundía en la fatal incertidumbre. Una vez más, fuimos testigos de cómo los ciclos se abren de la misma manera en la que se cierran, y así como todo se asemejaba a aquel día de mayo en el que murió mi abuelita Raquel, ahora el arribo de la Gaby a este mundo cruel nos puso paradójicamente en momentos y escenarios similares.
Primerizos todos en la materia, al igual que como sucedió cuando doña Raquel fue internada por una inexplicable neumonía, despedimos con pañuelos blancos a la primogénita Valent, quien salió del cuarto hacia el quirófano ataviada con una inmunda y ventilada batita trepada en una camilla donde osaron forrarla de cobijas, como si tras la puerta los enfermeros descubrieran el mismísimo Polo Norte. Entraron y un foco rojo (¡yo lo vi, yo lo vi!) se encontraba encendido. Nadie dijo nada. Y entonces pasaron las horas... En mi cabeza retumbaba la siniestra musiquita que tortura a los concursantes del Jeopardi! cuando están al final del concurso y deben concentrarse para escribir la respuesta correcta, ir contra reloj, razonar lo que dicen, y de pilón recordar que una cuantiosa cantidad de dolaritos está a punto de escaparse de sus manos... Los minutos se vuelven horas, años, siglos...
Un camillero entró y salió sin ningún empacho. Nadie decía nada. El segundero se ahogaba en gritos a un mismo ritmo. Nadie decía nada. La luz roja seguía prendida. Nadie decía nada. Kittotta, siguiendo los sabios consejos de su cuñado el Chimbombo (de quien especulamos cualquier cantidad de desmayos durante la operación), buscaba una dosis extraordinaria de chisme barato farandulero, esperando con ello saciar la angustia...Es imperante recomendar en los hospitales atendidos por religiosas que tengan en sus salas de espera variedad más desestresante que "La liturgia del día" o "El santoral 2006"... y nadie decía nada.
Pasaron dos horas (y más de 15 uñas comidas) hasta que nos dieron razón alguna: ¡La bebé había nacido! Después de eso lo demás fue como de rutina: mi hermana salió primero, forrada de nuevo en sus cobijas y sin hilar ni cuánto era 7X8, luego la recién nacida (demostrando sus noveles cualidades vocales) salió en el cunero siguiendo a su mamá y al final el Chimbombo, ni desmayado ni cuerdo, pero en pie, que era lo importante.
Una vez más, los Valent reaccionamos de manera diferente, cada quien según "su propio estilo". Una vez más, un evento reunió a la familia y la gente querida. Una vez más los celulares sonaron, las visitas no cesaron, los abrazos no faltaron. Una vez más se comprueba la importancia de los ciclos, de lo que se queda detrás y de lo que llega para cambiarlo todo para siempre. Abrir y cerrar. Vidas que vienen, vidas que van. Antes Raquel nos dijo adiós. Ahora Gaby nos dice hola. Así es la magia de la naturaleza que envuelve al ser humano, aquella que nos hace complejos, extraordinarios, amorosos, inexplicables, increíbles...
Página Oficial de Gaby
http://spaces.msn.com/chimbombita
Primerizos todos en la materia, al igual que como sucedió cuando doña Raquel fue internada por una inexplicable neumonía, despedimos con pañuelos blancos a la primogénita Valent, quien salió del cuarto hacia el quirófano ataviada con una inmunda y ventilada batita trepada en una camilla donde osaron forrarla de cobijas, como si tras la puerta los enfermeros descubrieran el mismísimo Polo Norte. Entraron y un foco rojo (¡yo lo vi, yo lo vi!) se encontraba encendido. Nadie dijo nada. Y entonces pasaron las horas... En mi cabeza retumbaba la siniestra musiquita que tortura a los concursantes del Jeopardi! cuando están al final del concurso y deben concentrarse para escribir la respuesta correcta, ir contra reloj, razonar lo que dicen, y de pilón recordar que una cuantiosa cantidad de dolaritos está a punto de escaparse de sus manos... Los minutos se vuelven horas, años, siglos...
Un camillero entró y salió sin ningún empacho. Nadie decía nada. El segundero se ahogaba en gritos a un mismo ritmo. Nadie decía nada. La luz roja seguía prendida. Nadie decía nada. Kittotta, siguiendo los sabios consejos de su cuñado el Chimbombo (de quien especulamos cualquier cantidad de desmayos durante la operación), buscaba una dosis extraordinaria de chisme barato farandulero, esperando con ello saciar la angustia...Es imperante recomendar en los hospitales atendidos por religiosas que tengan en sus salas de espera variedad más desestresante que "La liturgia del día" o "El santoral 2006"... y nadie decía nada.
Pasaron dos horas (y más de 15 uñas comidas) hasta que nos dieron razón alguna: ¡La bebé había nacido! Después de eso lo demás fue como de rutina: mi hermana salió primero, forrada de nuevo en sus cobijas y sin hilar ni cuánto era 7X8, luego la recién nacida (demostrando sus noveles cualidades vocales) salió en el cunero siguiendo a su mamá y al final el Chimbombo, ni desmayado ni cuerdo, pero en pie, que era lo importante.
Una vez más, los Valent reaccionamos de manera diferente, cada quien según "su propio estilo". Una vez más, un evento reunió a la familia y la gente querida. Una vez más los celulares sonaron, las visitas no cesaron, los abrazos no faltaron. Una vez más se comprueba la importancia de los ciclos, de lo que se queda detrás y de lo que llega para cambiarlo todo para siempre. Abrir y cerrar. Vidas que vienen, vidas que van. Antes Raquel nos dijo adiós. Ahora Gaby nos dice hola. Así es la magia de la naturaleza que envuelve al ser humano, aquella que nos hace complejos, extraordinarios, amorosos, inexplicables, increíbles...
Página Oficial de Gaby
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jueves, 2 de febrero de 2006
Abrir y cerrar (I)
El 30 de noviembre del año 1991 la familia Valent recibió con singular alegría a su nuevo miembro motorizado; ese día, el señor y la señora Valent llegaron a casa montados en un reluciente auto Golf color azul gris cuyos claxonazos al aire presagiaron los buenos momentos que todos, familiar y particularmente, viviríamos junto a él. La historia de este auto no puede ser distinta de la historia de todos los autos familiares que pasan con sus dueños más de 15 años: ven crecer a los niños, estos ahora adolescentes aprenden a manejar en él, transporta a los amigos de los ya jóvenes, los lleva a la universidad, luego a las borracheras, y en todo ese trayecto traslada a la familia a distintas ciudades, pueblos y cualquier otro lejano lugar. Así fue nuestro querido Andy (bautizado así por el día en el que llegó): servicial ante todo. Y como en la familia Valent desde la ropa hasta los carros se pasan de elemento en elemento de manera jerárquica, Kittotta fue la última de todos en hacer suyo este pequeño gran vehículo, y aunque para muchos el aprecio hacia las cosas materiales es algo que simplemente está de más, para mí Andy significó no sólo mi primer medio de transporte: fue un objeto que cobró vida, se volvió mi cómplice, mi amigo, el ser que a diario me abría sus puertas...
“Todo por servir se acaba” versa un dicho popular, y el pequeño gran Andy no pudo ir contra esa corriente: Con mucho sentimiento de por medio se tomó la decisión de ponerlo a la venta para mejorar en esos pequeños detalles en los que él ya no podía rendir, y así, casi de inmediato, un comprador llegó y en un abrir y cerrar de ojos nuestro querido Andy se fue para poner a rodar la vida de otra familia y no volver nunca más.
No lo voy a negar: yo lloré mucho. Pero el hecho que más me pudo fue la inmediatez de una despedida anunciada que no me permitió la solemnidad planeada para este propósito. Ante la prisa del interesado, decidí que una vez que viera la unidad (¡que impersonal es nombrarlo así!), tendría de plazo un par de días para realizar “mi ritual del adiós”, que consistiría en tomarme algunas fotos en él, sacar poco a poco mis objetos personales y quitar con sumo cuidado las calcomanías que le dieron un poco de mi propia identidad. Sin embargo el día de la cita llegué a la cochera observando con horror que todo ya estaba afuera, que las llaves ya no tenían su llavero, que de la noche a la mañana Andy dejó de ser mío para convertirse en una unidad a la venta. El trato se finiquitó en un par de horas, y a la exigencia de una orden paterna, arranqué con furia mis calcomanías... Después le mostré al comprador cómo desactivar la alarma (una maña que solo yo le conocía) y me di la vuelta consternada, enojada, irritada: no era sólo por la venta apresurada, era porque me sentí despojada de un ritual que me permitiría cerrar, con toda la dicha que fuera posible, el feliz ciclo que se abrió hace 15 años. Se trata de esa individual práctica de cerrar ciclos. Importante, necesaria, obligatoria. Tan urgente de celebrarse como cualquier rito de iniciación, de bienvenida. Decir adiós en paz es la gran respuesta para cualquier término de relaciones sentimentales entre hombres, entre mascotas y entre objetos tan comunes (y solo por eso tan nuestros) como una casa o un auto... Si lo sé, es más práctico cambiar, renovar, pero es igual de imperioso saber despedirse con orgullo del pasado... Cuestión de enfoques... Cuestión de rituales... ya lo creo que si.
“Todo por servir se acaba” versa un dicho popular, y el pequeño gran Andy no pudo ir contra esa corriente: Con mucho sentimiento de por medio se tomó la decisión de ponerlo a la venta para mejorar en esos pequeños detalles en los que él ya no podía rendir, y así, casi de inmediato, un comprador llegó y en un abrir y cerrar de ojos nuestro querido Andy se fue para poner a rodar la vida de otra familia y no volver nunca más.
No lo voy a negar: yo lloré mucho. Pero el hecho que más me pudo fue la inmediatez de una despedida anunciada que no me permitió la solemnidad planeada para este propósito. Ante la prisa del interesado, decidí que una vez que viera la unidad (¡que impersonal es nombrarlo así!), tendría de plazo un par de días para realizar “mi ritual del adiós”, que consistiría en tomarme algunas fotos en él, sacar poco a poco mis objetos personales y quitar con sumo cuidado las calcomanías que le dieron un poco de mi propia identidad. Sin embargo el día de la cita llegué a la cochera observando con horror que todo ya estaba afuera, que las llaves ya no tenían su llavero, que de la noche a la mañana Andy dejó de ser mío para convertirse en una unidad a la venta. El trato se finiquitó en un par de horas, y a la exigencia de una orden paterna, arranqué con furia mis calcomanías... Después le mostré al comprador cómo desactivar la alarma (una maña que solo yo le conocía) y me di la vuelta consternada, enojada, irritada: no era sólo por la venta apresurada, era porque me sentí despojada de un ritual que me permitiría cerrar, con toda la dicha que fuera posible, el feliz ciclo que se abrió hace 15 años. Se trata de esa individual práctica de cerrar ciclos. Importante, necesaria, obligatoria. Tan urgente de celebrarse como cualquier rito de iniciación, de bienvenida. Decir adiós en paz es la gran respuesta para cualquier término de relaciones sentimentales entre hombres, entre mascotas y entre objetos tan comunes (y solo por eso tan nuestros) como una casa o un auto... Si lo sé, es más práctico cambiar, renovar, pero es igual de imperioso saber despedirse con orgullo del pasado... Cuestión de enfoques... Cuestión de rituales... ya lo creo que si.
jueves, 26 de enero de 2006
Peso sin valor
Comencé la redacción mental de esta columna acostada en una pequeña y estrecha camita donde, a base de zangoloteadas, apretujones y pellizcos, fui presa de un maravilloso masaje reductivo que me dejó algo atontada de los pies a la cabeza. Dicho evento masoquista, en donde eso de que le aflojen a uno la grasa que se acumula en panza, espalda y entrepiernas resulta una experiencia sumamente dolorosa, se complementa con un tratamiento en el cuál mi cuerpesito queda embadurnado de una mascarilla de extracto de café que cuenta con un efecto reafirmante “que ayuda a prevenir los signos del envejecimiento prematuro y estimula la producción natural de colágeno mejorando la arquitectura de mi piel”. Así merito lo dice el folleto informativo. El asombro seguramente invade el pensamiento del incauto lector que jamás consideró que Kittotta Valent pudiera ser susceptible a este tipo de banalidades estéticas. Sin embargo, aquellos quienes me conocen sabrán que soy de naturaleza vanidosa, y que el ideal de pasar un día completo en un SPA glamoroso rodeada de olor a incienso y mascarillas coloridas es un sueño largamente acariciado, aunque eso requiera sentirme como pescado empapelado o pollo del super, forrada de papel aluminio o del terrorífico plástico adherente (lo cuál he vivido a consecuencia de la mascarilla con olor a capuchino).
No pretendo matarlos de la envidia presumiendo mi renovado entusiasmo por verme y sentirme bien, sino hablar de algo que comenzó como eso, como un arranque por mejorar mi apariencia y que derivó forzosamente en una preocupante observación social. El 7 de septiembre comencé oficialmente un tratamiento para bajar de peso: acudí con una bariatra fabulosa quien a base de algunos medicamentos naturales y un adecuado plan alimenticio me han llevado a reducir los 12 kilos que tenía de más. No voy a hablar de lo duro que resulta hacer una dieta porque cuando uno tiene la convicción de que está haciendo las cosas por beneficio propio hace que todo resulte menos complicado de lo que parecería. No. Quiero hablar de lo triste que es cuando todo el mundo comienza a notar que bajas de peso y te felicitan por estar más delgada. “¡Te ves muy bien!” “¿Cómo le hiciste?” “¡Mira qué diferente luces!”. Si si. Gracias a todos por notarlo. Verdaderamente me sentía muy reconfortada cuando los demás notaban en mi el esfuerzo y fuerza de voluntad que me llevó a lo que soy ahora (físicamente hablando). La gente te da el paso, se porta más amable. Pero debo decir algo: me visto y arreglo igual que cuando tenía 12 kilos más.
Acuso sin miedo a esta sociedad que se pronuncia antiracista como la más racista que existe. No es sólo el asunto de negros vs. Blancos, de migrantes vs. gringos, de indígenas vs. Capitalinos. Es asunto de que en tiempos de la “imagen” el estar pasado de peso margina, limita, retrae. La gente te felicita por adelgazar, pero uno sigue siendo la misma persona que con kilos de más. Demos gracias porque Dove saca sus campañas mundiales para que las mujeres recuperemos la autoestima que sólo el 1% de las mexicanas tiene arriba, pero esta es una cuestión cultural, de educación, de sensibilidad. Demos gracias porque se trata de un mero asunto de peso sin valor, porque el valor está en el alma, no en las lonjas. Como leí una vez en un espectacular: “si la inteligencia se midiera por kilos...” ya se imaginarán.
No pretendo matarlos de la envidia presumiendo mi renovado entusiasmo por verme y sentirme bien, sino hablar de algo que comenzó como eso, como un arranque por mejorar mi apariencia y que derivó forzosamente en una preocupante observación social. El 7 de septiembre comencé oficialmente un tratamiento para bajar de peso: acudí con una bariatra fabulosa quien a base de algunos medicamentos naturales y un adecuado plan alimenticio me han llevado a reducir los 12 kilos que tenía de más. No voy a hablar de lo duro que resulta hacer una dieta porque cuando uno tiene la convicción de que está haciendo las cosas por beneficio propio hace que todo resulte menos complicado de lo que parecería. No. Quiero hablar de lo triste que es cuando todo el mundo comienza a notar que bajas de peso y te felicitan por estar más delgada. “¡Te ves muy bien!” “¿Cómo le hiciste?” “¡Mira qué diferente luces!”. Si si. Gracias a todos por notarlo. Verdaderamente me sentía muy reconfortada cuando los demás notaban en mi el esfuerzo y fuerza de voluntad que me llevó a lo que soy ahora (físicamente hablando). La gente te da el paso, se porta más amable. Pero debo decir algo: me visto y arreglo igual que cuando tenía 12 kilos más.
Acuso sin miedo a esta sociedad que se pronuncia antiracista como la más racista que existe. No es sólo el asunto de negros vs. Blancos, de migrantes vs. gringos, de indígenas vs. Capitalinos. Es asunto de que en tiempos de la “imagen” el estar pasado de peso margina, limita, retrae. La gente te felicita por adelgazar, pero uno sigue siendo la misma persona que con kilos de más. Demos gracias porque Dove saca sus campañas mundiales para que las mujeres recuperemos la autoestima que sólo el 1% de las mexicanas tiene arriba, pero esta es una cuestión cultural, de educación, de sensibilidad. Demos gracias porque se trata de un mero asunto de peso sin valor, porque el valor está en el alma, no en las lonjas. Como leí una vez en un espectacular: “si la inteligencia se midiera por kilos...” ya se imaginarán.
jueves, 12 de enero de 2006
Un Latte alto y una pieza de pastel
Hoy reproduzco en esta H. Columna la anécdota de lucha contra la adversidad de una de mis más queridas primas a quien me une, además de la sangre, un ansia loca de querer cambiar nuestro desgastado mundo por nuestra cuenta (actitud 100% Valent). Este texto me lleva a la feliz conclusión de que si bien me tenía por loca por querer navegar contra la corriente, comprendo bien que ya seremos dos quienes nos tomaremos de la mano en este agitado vaivén.
"Hoy decidí ir a tomar un café con mi mejor amiga a quien le gusta el insípido sabor de los productos del sitio a donde acudimos. Nos sentamos afuera y mientras platicamos, notamos que dos chavos y una muchacha se levantaron de su mesa, dejándola repleta de basura, ceniza y platos sucios, luego jalaron otra mesa para sentarse con otras personas. Enfadada, estuve a punto de levantarme a tirar la basura yo misma, pensando que el buen ejemplo los avergonzaría enfrente de sus amistades, pero en estos casos pensar como ellos, que seguramente me verían como una loca compulsiva o me atribuirían complejo de sirviente. Por ello me tranquilicé (al menos lo intenté); pero al ver llegar a personas que querían ocupar la mesa sucia verdaderamente exploté y le fui a decir cortésmente a estos jóvenes que si gozaran de una buena educación limpiarían su mesa para que alguien la ocupara. Lamentablemente, uno de aquellos especímenes a los que solemos nombrar "machotes" me preguntó desafiante que si él tenia el deber de hacer semejante proeza, muy por encima de sus capacidades físicas y mentales, en mi opinión. Obviamente repetí que si gozaba de una pizca de buenos modales por lo menos debería de reflexionarlo, y caminé fúrica a mi asiento.
"Después una pareja se levantó, dejando su basura una vez más sobre la mesa, y el tipo, obviamente afectado por el ataque a su "integridad y posición", se levantó a inquirir por qué no reprendía a aquellos también, de una manera verdaderamente agresiva y descortés. Entonces exploté y como en una película, como cuando te caes de la bici y justo en el momento en que te raspas la rodilla, el tiempo transcurrió lentamente, la música se apagó y en el aire resonó la voz más honda y sonora que pude arrancar de mi pecho indignado: "¡¡Probablemente porque no son unos canallas como tú!!!" respondí y roja como un tomate volví la cabeza a intentar regresar a la conversación que mantenía con mi amiga, con el estómago inundándose en lagos de bilis.
"¿Es que acaso soy la única persona que se da cuenta de las ofensas cometidas a todos diariamente? Es triste pensar que ya nos acostumbramos a que la gente nos trate mal, a que no respete el lugar en el que convivimos. Acepto que dejé que la ira me ganara esta vez, pero, ¿qué hacer si nadie más mantiene la más mínima lucha por (no un mundo), una comunidad mejor? Muchas veces pensamos que nadie se da cuenta, pero esos detalles son los que demuestran nuestro interés por nosotros y por los demás. Muchas veces no pensamos en que el nacer en donde nacimos es una obra del destino; es interesante pensar en lo fácil que hubiera sido encontrarnos en la posición de alguien de la limpieza, de los pepenadores, de esas personas sin cuyo trabajo viviríamos en una verdadera pocilga, y a quienes frecuentemente miramos altaneramente. No me cabe en la cabeza que a la gente no le dé vergüenza semejante comportamiento."
Querida Sofía, estoy contigo.
"Hoy decidí ir a tomar un café con mi mejor amiga a quien le gusta el insípido sabor de los productos del sitio a donde acudimos. Nos sentamos afuera y mientras platicamos, notamos que dos chavos y una muchacha se levantaron de su mesa, dejándola repleta de basura, ceniza y platos sucios, luego jalaron otra mesa para sentarse con otras personas. Enfadada, estuve a punto de levantarme a tirar la basura yo misma, pensando que el buen ejemplo los avergonzaría enfrente de sus amistades, pero en estos casos pensar como ellos, que seguramente me verían como una loca compulsiva o me atribuirían complejo de sirviente. Por ello me tranquilicé (al menos lo intenté); pero al ver llegar a personas que querían ocupar la mesa sucia verdaderamente exploté y le fui a decir cortésmente a estos jóvenes que si gozaran de una buena educación limpiarían su mesa para que alguien la ocupara. Lamentablemente, uno de aquellos especímenes a los que solemos nombrar "machotes" me preguntó desafiante que si él tenia el deber de hacer semejante proeza, muy por encima de sus capacidades físicas y mentales, en mi opinión. Obviamente repetí que si gozaba de una pizca de buenos modales por lo menos debería de reflexionarlo, y caminé fúrica a mi asiento."Después una pareja se levantó, dejando su basura una vez más sobre la mesa, y el tipo, obviamente afectado por el ataque a su "integridad y posición", se levantó a inquirir por qué no reprendía a aquellos también, de una manera verdaderamente agresiva y descortés. Entonces exploté y como en una película, como cuando te caes de la bici y justo en el momento en que te raspas la rodilla, el tiempo transcurrió lentamente, la música se apagó y en el aire resonó la voz más honda y sonora que pude arrancar de mi pecho indignado: "¡¡Probablemente porque no son unos canallas como tú!!!" respondí y roja como un tomate volví la cabeza a intentar regresar a la conversación que mantenía con mi amiga, con el estómago inundándose en lagos de bilis.
"¿Es que acaso soy la única persona que se da cuenta de las ofensas cometidas a todos diariamente? Es triste pensar que ya nos acostumbramos a que la gente nos trate mal, a que no respete el lugar en el que convivimos. Acepto que dejé que la ira me ganara esta vez, pero, ¿qué hacer si nadie más mantiene la más mínima lucha por (no un mundo), una comunidad mejor? Muchas veces pensamos que nadie se da cuenta, pero esos detalles son los que demuestran nuestro interés por nosotros y por los demás. Muchas veces no pensamos en que el nacer en donde nacimos es una obra del destino; es interesante pensar en lo fácil que hubiera sido encontrarnos en la posición de alguien de la limpieza, de los pepenadores, de esas personas sin cuyo trabajo viviríamos en una verdadera pocilga, y a quienes frecuentemente miramos altaneramente. No me cabe en la cabeza que a la gente no le dé vergüenza semejante comportamiento."
Querida Sofía, estoy contigo.
jueves, 5 de enero de 2006
Calzado de ocasión
El tema de la semana en casa de la familia Valent ha sido la imperante necesidad de adquirir un par de zapatos para mi futura sobrinita, con el fin de colocarlos bajo el árbol navideño esperando que los Reyes Magos la colmen de regalos a unos cuantos días de su arribo a este mundo cruel. Ante esto y presurosas, las abuelas de la Chimbombita ni tardas ni perezosas le hicieron llegar a la futura mamá dos lindos y diminutos pares, que a petición de la tía Kittotta serán ubicados estratégicamente junto con el demás calzado familiar considerando la miopía de los Reyes Magos, no vaya a ser la de malas que se pasen de largo y olviden dejar algo coqueto para la pequeñita.
No es que una sea vanidosa, pero pretendo desde ahora legarle a mi sobrina una antigua tradición personal: procurando que los Reyes no desfallezcan de horror a la hora de toparse con mis chanclas, elijo cuidadosamente al representante en el árbol de cada año en un casting que realizan algunos pares de tenis y dos o tres zapatitos elegantes. De niña solía dejarlos limpios, boleados y talqueados una vez elegido el indicado con su respectiva cartita (todo menos mis archi-odiados zapatitos de goma marca “Lunarcito”), pero ahora suelo colocar los más gastados y maltratados (pero siempre mis favoritos) para que sus Reales Majestades aprecien, con hechos, que mi año ha sido por demás ajetreado y que soy merecedora de alguna cosita linda que motive de nueva cuenta mi andar.
Pensando en esto y leyendo un libro que por casualidad llegó a mis manos justo antes de redactar la H. Columna del día de hoy, caigo a la cuenta de todos los significados que podemos atribuirle a un par de zapatos, pues lo mismo hablan (y delatan) la personalidad y la vida de quien los porta, que son objeto de culto, cura para las depresiones, pieza clave de varios cuentos y leyendas e incluso hasta estimulantes eróticos, eso sin dejar de lado su función de origen.
Un ejemplo: hace poco acudí al cine con una amiga para ver la película “En sus zapatos”. El simple título de la cinta refleja la metáfora cultural empleada para expresar que te encuentras en el papel de otra persona: “Estoy en sus zapatos”. La trama habla de un par de hermanas totalmente disímbolas entre sí que comparten una extraña fijación por el calzado: una tiene el poder adquisitivo para hacerse de un par distinto cada vez que se siente deprimida (tenía todo un clóset repleto) y la otra tiene el cuerpo y las ganas para lucir las extravagancias que su hermana no se atreve a usar. Hay una frase que también encontré en el libro antes mencionado donde se justifica el por qué una mujer se inclina a la compra compulsiva de calzado en plena época depresiva: “Si compras ropa y engordas ya no te queda, si compras comida engordas igual, pero el pie ni crece ni engorda”…Buena reflexión a la cual agregaría el hecho que las mujeres fuimos educadas bajo la idea de que por medio de una zapatilla de cristal encontraríamos a nuestro príncipe azul…
Con toda sinceridad yo prefiero los tenis. El charol me deslumbró de pequeña, los tacones de mi mamá los usaba para sentirme “mayor”, pero hoy en día apuesto todo por la comodidad de mis sucios y medio rotos tenis. ¿Querrá eso decir algo sobre mí? Hay se los dejo de tarea, incautos y queridos lectores.
No es que una sea vanidosa, pero pretendo desde ahora legarle a mi sobrina una antigua tradición personal: procurando que los Reyes no desfallezcan de horror a la hora de toparse con mis chanclas, elijo cuidadosamente al representante en el árbol de cada año en un casting que realizan algunos pares de tenis y dos o tres zapatitos elegantes. De niña solía dejarlos limpios, boleados y talqueados una vez elegido el indicado con su respectiva cartita (todo menos mis archi-odiados zapatitos de goma marca “Lunarcito”), pero ahora suelo colocar los más gastados y maltratados (pero siempre mis favoritos) para que sus Reales Majestades aprecien, con hechos, que mi año ha sido por demás ajetreado y que soy merecedora de alguna cosita linda que motive de nueva cuenta mi andar.
Pensando en esto y leyendo un libro que por casualidad llegó a mis manos justo antes de redactar la H. Columna del día de hoy, caigo a la cuenta de todos los significados que podemos atribuirle a un par de zapatos, pues lo mismo hablan (y delatan) la personalidad y la vida de quien los porta, que son objeto de culto, cura para las depresiones, pieza clave de varios cuentos y leyendas e incluso hasta estimulantes eróticos, eso sin dejar de lado su función de origen.
Un ejemplo: hace poco acudí al cine con una amiga para ver la película “En sus zapatos”. El simple título de la cinta refleja la metáfora cultural empleada para expresar que te encuentras en el papel de otra persona: “Estoy en sus zapatos”. La trama habla de un par de hermanas totalmente disímbolas entre sí que comparten una extraña fijación por el calzado: una tiene el poder adquisitivo para hacerse de un par distinto cada vez que se siente deprimida (tenía todo un clóset repleto) y la otra tiene el cuerpo y las ganas para lucir las extravagancias que su hermana no se atreve a usar. Hay una frase que también encontré en el libro antes mencionado donde se justifica el por qué una mujer se inclina a la compra compulsiva de calzado en plena época depresiva: “Si compras ropa y engordas ya no te queda, si compras comida engordas igual, pero el pie ni crece ni engorda”…Buena reflexión a la cual agregaría el hecho que las mujeres fuimos educadas bajo la idea de que por medio de una zapatilla de cristal encontraríamos a nuestro príncipe azul…
Con toda sinceridad yo prefiero los tenis. El charol me deslumbró de pequeña, los tacones de mi mamá los usaba para sentirme “mayor”, pero hoy en día apuesto todo por la comodidad de mis sucios y medio rotos tenis. ¿Querrá eso decir algo sobre mí? Hay se los dejo de tarea, incautos y queridos lectores.
sábado, 31 de diciembre de 2005
jueves, 29 de diciembre de 2005
Regalo de Navidad
Recuerdo la Navidad donde recibí mi primera bicicleta. Vivíamos en un departamento con un largo pasillo que conectaba la sala con las recámaras y el baño, y justo donde comenzaba doña Valent solía poner el arbolito navideño. Mi cuarto era el que quedaba al fondo, así que en las fechas decembrinas empujaba la cama de tal manera que acostada desde ahí tenía directa la perspectiva hacia el alumbrado pino, y durante muchos años luché sin éxito contra mi sueño para espiar el momento justo en el que los dadores de regalos llegaran con su cargamento a leer las cartitas que con excesiva ansia y frenesí escribíamos mi hermana y yo, para canjearlas por las peticiones ahí especificadas. El caso es que una Navidad abrí los ojos y en medio de mi modorres vi la silueta de dos regalos enormes, bajé de la cama y corrí directo hacia el árbol… Ahí estaban: dos flamantes bicicletas que el Niño Dios (los Valent no creemos mucho en Santa Claus) había dejado para el par de hermanas que enfundadas en sus camisones miraban atónitas lo que tenían ante sus ojos. Por cuestiones de la edad a la primogénita le llegó un modelo en rojo, con un manubrio medio alto y un número pintado al lado, mientras que a la Kittotta le fue destinado un pequeño ejemplar en guinda con rueditas laterales y opción de removerlas toda vez que la técnica bicicletera fuera perfeccionada.Mi cabeza está llena de anécdotas dolorosas por tanto y tanto catorrazo obtenido desde el momento en el que la estrené hasta el día que le dije adiós y nunca más la volví a ver (fue uno de los tantos objetos que no sobrevivieron la mudanza). La más alarmante de todas es cuando me fui de boca en una bajadita porque dicha bicicleta carecía de frenos, y como los piecitos no me dieron para frenar al estilo de Pedro Picapiedra con el troncomóvil, mi papá corrió detrás de mí para detenerme y ¡zas! que nos caemos los dos. Después nos hicimos de otras más de acuerdo con nuestra edad y tamaño, pero el furor por este juguete desapareció y ahí quedaron, refundidas en lo más recóndito del rincón de los tiliches.
Esta Navidad desperté algo tarde un poco empanzonada por los múltiples platos del pozole degustado en la cena, y mientras me desprendía de las lagañas el amor de mis amores pasó por mí montado en su regalo de Navidad adelantado, animándome a que sacara del olvido mi antigua y oxidada bicicleta para que diéramos un par de vueltas en la calle. Al ver que ya no había remedio para la pobrecita, reuní el ánimo suficiente para ir en ese momento al super y, en un arranque de compradora compulsiva, me hice de un nuevo ejemplar de tamaño inusitado y tono color alegría (amarillo amarillo)… Volver a treparme en una bicicleta fue todo un reto doloroso, y re.aprender a pedalear y conservar el equilibrio al unísono ha sido no sólo un asunto de destreza, también representa una terrible analogía para enfrentar y vencer mis miedos. A veces me limita tanto la sensación de caerme que prefiero tirar todo antes de volverlo a intentar, y hoy andar en bicicleta de nueva cuenta a mis 26 años, el darme la oportunidad contemplar una linda tarde de diciembre sintiendo el aire en mi cara y mi novio al lado, de disfrutar como chiquilla mi propio auto-regalo navideño me tiene muy feliz, con la conciencia de dejar poco a poco en el olvido los temores y berrinches (mas no mi nueva bici) refundidos en un lejano y polvoriento rincón de mi cabeza…
sábado, 24 de diciembre de 2005
jueves, 22 de diciembre de 2005
Nadie me invitó a una posada...
Cuando vivía mi abuelita en casa solíamos invitarla a cualquier reunión, comida o salida ocasional que la familia Valent tuviera. Se le decía una vez y contestaba que no; se le invitaba de nuevo a otra cosa y ella se aferraba hasta con las uñas a su rotundo no; a lo último ya ni los ruegos funcionaban para hacerla salir de su negativa, hasta que llegó el momento en el que decidimos avisarle que saldríamos y punto, nada más. Así debe suceder con mi persona porque cada vez que soy requerida en algún evento del tipo social me gana el síndrome del Son de la Negra (a todos les digo si, pero no les digo cuando), y sospecho que por eso este año nadie se interesó por solicitar mi presencia y compañía en las tradicionales posadas decembrinas... Caramba, ahora que tantas ganas tengo de ir a una.Y es que como lo he manifestado tantas veces en ésta H. Columna, la Kittotta no es persona de festejos y pachangones, pero este año que termina ha dejado en mí un extraño halo de fe, esa fe que hace mucho creí haber perdido. Como dicen por ahí, cuando todo acaba lo único que queda es, además de la cultura, el asunto espiritual, las creencias, la convicción, la esperanza. Tal vez por ello ahora fortuitamente me asaltan tremendas ansias por acercarme al origen de las cosas, especialmente al de tan embriagantes tradiciones; y considero que el mejor camino es asistir a una verdadera y auténtica posada con peregrinación, arrullo del Niño Dios, partida de piñata y ricos aguinaldos. Para cuando esta columna se publique seguro habré tomado ya medidas extremas para saciar mi espíritu navideño, bien sea que: a) me haya autoinvitado a alguna de la colonia; b) haya detectado alguna en la cartelera cultural; o c) haya acudido a la parroquia más cercana para comer aunque sea un cacahuatito piñatero (porque eso de tomar ponche ni crean que me encanta).
Curiosamente las posadas no son las únicas celebraciones que se presentan en estos días. Muchas personas por múltiples motivos (la llegada del aguinaldo, aprovechar el viaje a casa de familia lejana, etc.) deciden contraer nupcias antes o después del 24 de diciembre. Kittotta y el amor de sus amores han sido convidados a una en donde el pequeño mundo manipulador hizo que un cúmulo de coincidencias nos llevaran a conocer al novio y la novia cada uno de nosotros en situaciones distintas. Esto ha sido un tanto emocionante puesto que es la primera vez que somos oficialmente invitados como pareja en una unión ajena a la familia, y esto de ir juntos a comprar el regalo de bodas es una experiencia surrealista (se nota que jamás habíamos hecho algo similar). No es que comprar un obsequio sea algo del otro mundo, pero... tanta campanita salpicando felicidad resulta un tanto “tétrico”, ¿o no?...
El caso es que quiero ir a una posada y no me invitan. No quiero ir a una boda y me invitan. Así es la vida, y quizá de eso se trata la Navidad...Que estas fechas nos sirvan, queridos e incautos lectores, para reflexionar en lo que queremos y cómo lo podemos lograr, y también para adquirir la sabiduría de convertir en experiencias todo aquello que simplemente se presenta ante nosotros sin opción alguna. Mis mejores deseos a todos para la Nochebuena, y, en la medida de sus creencias, que este espíritu invada su ser entero y los llene de paz y de luz.
jueves, 15 de diciembre de 2005
¿Anfitriona yo?
Los pasados días viví una agitación tal que ya para el fin de semana tenía aspecto de palmera multizarandeada por una tal Wilma. Es increíble que la paz y la tranquilidad cotidiana se vean interrumpidas por la organización de un evento que solo me hace entender lo cercana que estoy de perder para siempre todo aquello que hasta ahora me resulta “normal”. Vamos por partes.Cierto día de cierta semana otoñal la primogénita Valent, alterada por las hormonas que ahora revolotean por su ser, convocó a su madre y joven hermana a una rueda de prensa para pedir su colaboración en la planeación, organización y ejecución de su propio Baby Shower. Regresamos la cinta y vemos cuadro por cuadro la expresión de las oyentes sorprendidas por tal petición: doña Valent pela tremendos ojotes de terror y Kittotta se ríe nerviosamente confiada en que solo se trata de una mala elección de palabras. Y es que hay varias razones para calificar este como un hecho paranormal: Primero: porque eso de que una embarazada planeé su propia pachanguita no es lo más usual “socialmente hablando”, y Segundo, porque por la genética que recorre nuestras venas las 3 mujeres Valent somos declaradamente anti planeadoras, organizadoras y ejecutoras de celebración alguna. Bueno, Kittotta más que todas... El caso es que para no alterar a la pobre criaturita que aun no sale y ya se sabe merecedora de bombos y platillos, mi madre y yo dimos el irremediable sí. Para pronto la futura madre sacó lápiz y papel y comenzaron las cifras: las invitadas, los requerimientos, recuerdos, comida, vasos, adornos... Las quijadas ya tronaban sin control.
Lo demás lo dejo a la imaginación de aquellos quienes disfrutan (admirablemente) la emoción de preparar una juerguita en tonos pastel para 40 almas contempladas en la lista de confirmadas: Ir al centro en plena quincena, pelear con el tráfico, cotizar el mejor precio del pastel, hacer gafetes con motivos infantiles, decidir el menú, decorar el lugar, llevar a los perritos a su segunda residencia para evitar su frenesí por la masa, y un larguísimo etcétera que incluye todos esos minúsculos detalles imperceptibles a la vista pero no por eso carentes de toda importancia.
Los días corrieron y la fecha se llegó. Las mujeres llegaban emocionadas con aparatosos regalotes ansiando locamente tocarle la panza a la festejada. La festejada, por su parte, contó con la ayuda de sus valerosas cuñadas para sacar a flote y con buenos resultados una de esas celebraciones que mi mente de Kittotta, ajena por convicción a todas esas manifestaciones que también incluyen las despedidas de soltera, no comprende. Mañosamente mi mamá y yo encontramos cualquier pretexto para hacernos pato en todos los juegos en los que fuimos remotamente requeridas... aunque debo decir que muy a mi manera pero creo que a fin de cuentas terminé por divertirme, y más cuando miré la pila de cobijas similares que todo mundo obsequió en cualquier tamaño y color imaginable.
El arribo de la Chimbombita a este mundo es imparable. Rodeada de pañales y oropel, me pregunto si comprendo la cantidad de cambios que un bebé sugiere indirectamente en la vida de una tía que, por 26 años, no ha sabido lo que es el contacto diario con ente de esa diminuta especie.... Vaya lío...
jueves, 1 de diciembre de 2005
¡Cachacuás!
Esto del Cachacuás es un término que aprendí hace algunos ayeres gracias al concurso de cierto programa infantil donde intrépidos y temerarios bodoquitos debían ascender hasta lo más alto de un palo encebado para ganarse tremendos regalones, aunque en realidad lo que siempre obtenían era un doloroso cachacuás y, por ende, ser el deleite colectivo en televisión nacional de todos aquellos que gozamos con la desgracia ajena, sobre todo cuando de golpes y porrazos se trata.
Pues bien, algo sucede con los vientos otoñales que de plano todo mundo anda aterrizando. Desde Juan Gabriel con aquella singular pirueta en triple mortal hasta las divas de RBD impartiendo clases colectivas de patinaje sobre escenarios encharcados. Bueno… ahora que lo pienso bien no creo que todo se deba a los vientos huracanados; sólo porque salgan en televisión tantos trancazos tan seguidos no significa que la gente no se caía a todas horas y en todos lugares…
Esto de las caídas merece consideración desde muchas aristas:
1.- El lugar donde te caes. Tropezar en la escalera de la casa sin público presente es una cosa, pero andar por la vida libre cual gacela veloz y caer frente a docenas de personas es muy distinto. Cualquiera puede ser el escenario: la calle (de la banqueta, en una coladera, en un hoyo ), el teatro, la escuela (como caerse de una silla), en el mercado, subiendo al camión, en el antro, frente a tus amigos, frente a tu familia, frente a tus suegros…
2.-¿Cómo reacciona el público ante el tropiezo? Habemos gente para todo: estamos los que nos reímos sin ocultarlo (a veces a carcajadas) y están las buenas personas que auxilian a esa pobre alma adolorida de cuerpo y ego. No digo que esta Kittotta no da muestras de civismo de vez en cuando, sobre todo cuando quien cae es una persona mayor, pero… pero…. Ustedes perdonen pero debo confesar que mi público favorito son los niños, yo creo que por eso ver "Ay Caramba" o alguno de esos programas jocosos siempre me salvan de cualquier depresión.
3.- ¿Qué pasa por la mente de quién se cae? A veces todo pasa tan rápido que cuando te enteras ya estás en el suelo, pero a veces el asunto es muy cinematográfico y en cámara lenta vas captando tu caída y la reacción de la multitud observante… Ya en tierra firme pueden ser varias las opciones: quedarse así hasta que un caritativo ciudadano nos ayude a levantarnos, o (lo que Kittotta hace) levantarse de inmediato cual rebotín para no hacer el oso más grande de lo que ya es. Y es que aquí va otra cosa… la Vergüenza. En mi caso se manifiesta con un estallamiento involuntario de risa nerviosa; pero hay quienes lloran o se espantan, o simplemente hacen como que no pasó nada. Esto sin olvidar los raspones y moretones subsecuentes.
El contexto también influye mucho: puede que cargues un pastel o una caja con vasos y copas.. Puede ser cualquiera y como sea, por eso hay que fijarse bien por donde se camina, porque no vaya a ser que por ahí ande una cámara escondida y ¡Cachacuás! Una simple caída resulte una anécdota que miles y miles y miles de personas hilarantes podamos gozar para toda la vida.
Pues bien, algo sucede con los vientos otoñales que de plano todo mundo anda aterrizando. Desde Juan Gabriel con aquella singular pirueta en triple mortal hasta las divas de RBD impartiendo clases colectivas de patinaje sobre escenarios encharcados. Bueno… ahora que lo pienso bien no creo que todo se deba a los vientos huracanados; sólo porque salgan en televisión tantos trancazos tan seguidos no significa que la gente no se caía a todas horas y en todos lugares…
Esto de las caídas merece consideración desde muchas aristas:
1.- El lugar donde te caes. Tropezar en la escalera de la casa sin público presente es una cosa, pero andar por la vida libre cual gacela veloz y caer frente a docenas de personas es muy distinto. Cualquiera puede ser el escenario: la calle (de la banqueta, en una coladera, en un hoyo ), el teatro, la escuela (como caerse de una silla), en el mercado, subiendo al camión, en el antro, frente a tus amigos, frente a tu familia, frente a tus suegros…
2.-¿Cómo reacciona el público ante el tropiezo? Habemos gente para todo: estamos los que nos reímos sin ocultarlo (a veces a carcajadas) y están las buenas personas que auxilian a esa pobre alma adolorida de cuerpo y ego. No digo que esta Kittotta no da muestras de civismo de vez en cuando, sobre todo cuando quien cae es una persona mayor, pero… pero…. Ustedes perdonen pero debo confesar que mi público favorito son los niños, yo creo que por eso ver "Ay Caramba" o alguno de esos programas jocosos siempre me salvan de cualquier depresión.
3.- ¿Qué pasa por la mente de quién se cae? A veces todo pasa tan rápido que cuando te enteras ya estás en el suelo, pero a veces el asunto es muy cinematográfico y en cámara lenta vas captando tu caída y la reacción de la multitud observante… Ya en tierra firme pueden ser varias las opciones: quedarse así hasta que un caritativo ciudadano nos ayude a levantarnos, o (lo que Kittotta hace) levantarse de inmediato cual rebotín para no hacer el oso más grande de lo que ya es. Y es que aquí va otra cosa… la Vergüenza. En mi caso se manifiesta con un estallamiento involuntario de risa nerviosa; pero hay quienes lloran o se espantan, o simplemente hacen como que no pasó nada. Esto sin olvidar los raspones y moretones subsecuentes.
El contexto también influye mucho: puede que cargues un pastel o una caja con vasos y copas.. Puede ser cualquiera y como sea, por eso hay que fijarse bien por donde se camina, porque no vaya a ser que por ahí ande una cámara escondida y ¡Cachacuás! Una simple caída resulte una anécdota que miles y miles y miles de personas hilarantes podamos gozar para toda la vida.
jueves, 24 de noviembre de 2005
Fuera de lugar
Nada en realidad nos diferencia del mundo animal: tenemos instinto, cazamos –matamos, a veces- para comer, luchamos hasta el cansancio por la supremacía de la manada y sobre todo, poseemos esa natural necesidad de ser parte de un grupo, de no ir solos por la vida. Los humanos siempre buscamos estar en compañía de quien mejor nos defina como individuos, aunque muchos insistimos en la idea de auto-segregarnos so pretexto de que "mas vale solos..." En fin.
Hace poco platicaba con mi amiga la Sailor sobre los múltiples conflictos existenciales que me ha acarreado caer a la cuenta de este hecho. Esta Kittotta era un ente que gustaba penar como alma errante hasta que llegó de golpe y porrazo al universo de los adultos, en donde tuvo que aprender a convivir (lejos de su voluntad) entre gente con, digamos, distintas maneras de ver el mundo, el trabajo, la realidad, el pasado y el futuro. Aunque es muy claro que no todas las personas han tendido existencias gratas, que algunos laboran por fuerza y no por pasión, que los infiernos del tráfico y las deudas afectan sobre manera la autoestima y el espíritu, resulta decepcionante mirar alrededor y comprender que son escasos los corazones similares al de uno con los cuáles se puede congeniar y con los cuáles, como los animales, se pueda transitar tranquilamente y en manada de un lado al otro.Kittotta experimenta esas sensaciones desde que el sendero del destino la llevó a las filas de la burocracia. No me quejo de que el gobierno mantenga los escasos (pero bien gozados) gastos que me genera ser –por ahora- hija única y mantenida; sin embargo llega un momento en el que ser parte de un ambiente similar repercute en tus propios objetivos, en tus propias pasiones... La corriente nos lleva a todos por muy aferrados que estemos a la tierra firme.
Fuera de la molestia que me genera la actitud pasiva, conformista y simple de la masa, hay otras cosas que perturban mis tibias aguas. Esta imperiosa necesidad que de pronto me ha surgido por "pertenecer" a algo me mantiene poco a poco más cercana a la "nada". Contemplo los ejemplos femeninos que abundan a mi alrededor y por mucho que me enorgullezca "caber" entre aquellas que trabajan, estudian, se preparan y apenas si tienen tiempo para ellas, me llegan los remordimientos por querer "ser" como aquel otro sector: casadas, con hijos, con vidas propias, comprometidas con su ser y con los suyos. A ambos bandos los miro con nostalgia cuando sé que no soy ni de aquí ni de allá, que trabajo y tengo tiempo para mí, que amo y deseo casarme y todas esas cursilerías, que anhelo una vida laboral fructífera y también el tiempo suficiente para educar hijos que se cuestionen, que luchen, que critiquen, que se apasionen....
Es difícil comprender que a estas alturas del partido se pueda jugar sólo sin un equipo que te haga "segunda". Tan difícil como la búsqueda de éste o como el sentirse aceptado e identificado entre tantas y tantas mentes que poblamos la Tierra. Pero, como diría la sabia Sailor, ¿qué más da? Ahora es cuando más hay que creer en uno mismo y aferrarse a lo que se es pues quizá, sin sentirlo, un día encontraremos ese grupo que nos haga sentirnos a gusto, tranquilos, en paz.
jueves, 17 de noviembre de 2005
Relaciones peligrosas
Hace poco conocí un relato de la mitología griega que narra la historia de la bella Perséfone. Ella era una muchacha feliz que un lindo día, mientras iba de flor en flor cerca del lago Sicilia, fue observaba por Hades, dios de los infiernos, que de sólo verla se enamoro locamente cual alborotado puberto. Así, obnubilado, tomola y raptola con la única intensión de convertirla en la dueña y señora de sus ardientes territorios. Por supuesto ella, damisela en desgracia, gritó, lloró y pataleó hasta que Ceres, su madre, diosa del campo y la agricultura, se dio cuenta del rapto de su hija y al buscarla hasta el cansancio sin éxito alguno, maldijo a la tierra condenándola a la desgracia y la infertilidad. Sin embargo un día se enteró del hurto de Hades y presurosa, solicitó la ayuda del dios Zeus, quien en un afán de mantener la diplomacia, ideó un acuerdo en el que ambas partes estarían felices: durante seis meses Perséfone viviría con su madre Ceres, mientras que los otros seis meses viviría con su esposo Hades en las penumbras del inframundo. Con esto se explicaba la idea de la primavera (es decir, la diosa enviaba a los mortales campos fértiles y buenas cosechas) y del invierno (cuando Ceres estaba triste por la ausencia de su pequeña).
Este episodio me remite al escabroso terreno de las relaciones entre padres e hijos políticos, pues aquí importó más el jaloneo entre la suegra y el yerno que la opinión de la propia Perséfone. Sí, esto de la familia "postiza" es sin duda alguna un tema muy, muy escalofriante...
Aunque suene difícil de creer la relación del amor de mis amores con sus cuasisuegros dista mucho de las leyendas urbanas que remiten a la suegra metiche con sartén en mano y al suegro cascarrabias que a todo le pone peros. No, en esta casa no es así y tampoco lo es a la inversa en mi relación con mis cuasisuegros. Somos unos "hijos postizos" muy consentidos en ambas partes: mi mamá le compra su diaria dotación de palomitas a su yerno y mi suegra me da clases de tejido cada ocho días... por supuesto que tan buenas migas deben ser cultivadas día tras día para no desgraciar la plantita con cualquier metida de pata, y para muestra basta un botón.
Ahí tienen al flamante yerno prestando su auto para llevar a su novia y sus suegros al cine. Primera vez que don Valent aborda el famoso Tiburón. Entonces, mi madre brinca de su asiento al sentir la presencia de un cuerpo que caminaba sin control sobre sus piernas... "¡Maten a la cucaracha!". El amor de mis amores brincó de inmediato y valeroso, mató a la non grata invitada que seguramente se coló del taller automotriz... Días después mi familia postiza me invitó a comer con ellos; la Kittotta, flamante nuera, prestó su coche para llevar a su suegra y cuñada hasta el restaurante. Entonces se bajaron del auto mirándose con horror las prendas oscuras que llevaban puestas forradas de pelos de perro café... ¡ups! olvidé que mis mascotitas son viajeros frecuentes del asiento trasero el cual, por cierto, jamás limpio. Afortunadamente no hubo rupturas graves ante estos bochornosos acontecimientos, pero hoy temo por ser la compañía de mis suegros en el primer partido de la final de basquetbol... sospecho que ahora si conocerán del todo a su joven nuera, poseedora de un bonito lexico de carretonera y de muy malos hábitos a la hora de apreciar un espectáculo de hombres sudorosos y con escasos ropajes corriendo tras un rebotín. ¡La que me espera!
Este episodio me remite al escabroso terreno de las relaciones entre padres e hijos políticos, pues aquí importó más el jaloneo entre la suegra y el yerno que la opinión de la propia Perséfone. Sí, esto de la familia "postiza" es sin duda alguna un tema muy, muy escalofriante...
Aunque suene difícil de creer la relación del amor de mis amores con sus cuasisuegros dista mucho de las leyendas urbanas que remiten a la suegra metiche con sartén en mano y al suegro cascarrabias que a todo le pone peros. No, en esta casa no es así y tampoco lo es a la inversa en mi relación con mis cuasisuegros. Somos unos "hijos postizos" muy consentidos en ambas partes: mi mamá le compra su diaria dotación de palomitas a su yerno y mi suegra me da clases de tejido cada ocho días... por supuesto que tan buenas migas deben ser cultivadas día tras día para no desgraciar la plantita con cualquier metida de pata, y para muestra basta un botón.Ahí tienen al flamante yerno prestando su auto para llevar a su novia y sus suegros al cine. Primera vez que don Valent aborda el famoso Tiburón. Entonces, mi madre brinca de su asiento al sentir la presencia de un cuerpo que caminaba sin control sobre sus piernas... "¡Maten a la cucaracha!". El amor de mis amores brincó de inmediato y valeroso, mató a la non grata invitada que seguramente se coló del taller automotriz... Días después mi familia postiza me invitó a comer con ellos; la Kittotta, flamante nuera, prestó su coche para llevar a su suegra y cuñada hasta el restaurante. Entonces se bajaron del auto mirándose con horror las prendas oscuras que llevaban puestas forradas de pelos de perro café... ¡ups! olvidé que mis mascotitas son viajeros frecuentes del asiento trasero el cual, por cierto, jamás limpio. Afortunadamente no hubo rupturas graves ante estos bochornosos acontecimientos, pero hoy temo por ser la compañía de mis suegros en el primer partido de la final de basquetbol... sospecho que ahora si conocerán del todo a su joven nuera, poseedora de un bonito lexico de carretonera y de muy malos hábitos a la hora de apreciar un espectáculo de hombres sudorosos y con escasos ropajes corriendo tras un rebotín. ¡La que me espera!
jueves, 10 de noviembre de 2005
Me quejo y me requejo
Hoy haré un ejercicio en esta honorable columna. Digo ejercicio porque la libertad de expresión es eso, ejercer por medio de la palabra el derecho que todos tenemos de decir lo que pensamos.Los Valent vivimos en una unidad bonita y grande. En ella hay retornos que se separan unos a otros con áreas verdes e incluso hay unas canchas con todo y su kiosko. Desde que llegamos a este lugar (hace más de 15 años) está estipulado que los dueños de los perros tengan la precaución de que al salir a pasearlos éstos lleven correa y que los desechos procuren no dejarse a mitad de la calle. Tal vez esto último sea lo menos respetado, pero al menos los vecinos tenemos la conciencia de ir al pendiente de nuestras mascotas a la hora del paseo.
El fin de semana pasado tuve un altercado con una persona de mente diminuta que se dice la dueña de un lindo labrador negro. Vive a unas casas de la nuestra y nos separa un área verde. Mis amadas mascotas son raza Cocker Spaniel y por naturaleza tienden a ser nerviosos. El Labrador, por naturaleza, tiende a ser juguetón. Yo eso no lo discuto, y de hecho no fue la razón de mi segunda pelea con esta fulana, lo que le discuto es que cuando "saca" a su perro a pasear lo deja correr libre por todos lados y sin correa, mientras ella platica por celular o con alguna otra persona. Esta bien, vive en un país libre, el asunto es que parece que como llegó hace pocos años a esta colonia no tiene idea de cómo son las cosas; no soy la única que se ha quejado de que su perro, al querer jugar, provoca a los otros perros que están en las casas, pero con los nuestros es más notorio porque el labrador se asoma a la puerta, los molesta, todos se ladran y los deja nerviosos hasta el límite, cosa que repito, considero de lo más natural entre los animales.
El asunto es que a la mujer se le dicen las cosas y le vale, ya van varios vecinos que le insisten que por favor tenga cuidado y la tipa contesta cosas irritantemente egoístas. El sábado cuando ya me tenía harta que el perrito se paseara como loco, la fulana me vio salir de la casa y en ese momento le puso la correa (cree que no me di cuenta); fui a pedirle de favor que se fijara en su animal y que era su obligación sacarlo con correa, a lo que ella me contestó que su única obligación era sacarlo a caminar, que era libre de sacarlo como ella quisiera y que no era su problema que mis perros se pusieran nerviosos. Yo entiendo ese último punto, pero lo que sí es bronca de la mujer es vigilar que no vaya a provocármelos... yo no le pedía más que eso, pero ¿es mucho esperar que no me salga con respuestas tan estúpidas y que su ardilla mental le funcione adecuadamente para que comprenda por qué y para qué se hacen las reglas?
Exhorto de todo corazón a todos los dueños de mascotas a que piensen que viven entre otras personas, que no están en una isla donde nada importa si afectas al vecino, que si sus animalitos son grandes y quieren correr los saquen al campo, pero que no antepongan sus comodidades y su falta de responsabilidad para afectarnos a los demás. Que les pongan atención... No se vale que nos perdamos así, entre egoísmos. Estoy enojada. Me estresa demasiado cómo la humanidad se llena (a borbotones) de insufribles taradas como ésta.
jueves, 3 de noviembre de 2005
¡Click!
Toda la historia de esta columna comienza con el revuelo causado hace algunos meses por la llegada de un nuevo miembro a las filas de la oficina. Ella, una señora formal y muy propia, tomó posesión de su nuevo espacio y, como muchos de nosotros solemos hacer, se dio a la tarea de decorar el lugar con sus cosas más personales: lápices, libretas, agendas, algunos adornitos, y por supuesto, fotografías de sus seres más queridos. Y con este insignificante detalle se detonó la bomba creativa... Aquellas fotos, lo diré con sutileza, son como extraídas de la galería del terror infantil.
Ante el padecimiento cotidiano de ver la imagen de un niño de espantosa faz con los pulgares arriba, me fue sugerido por otra alma sometida al terrorismo psicológico de aquella imagen el tema de las poses que todos adoptamos cuando tenemos frente a nosotros una cámara fotográfica. Nada tan simple como eso, nada tan teorizable como eso.
La vanidad, lejos de ser un pecado es el punto sensible de todos los seres humanos en esta tierra. Por mucho que alguien jure y perjure que no le importe su aspecto, siempre terminan cayendo en la autocrítica: “¡mira qué gorda me veo!”, “no, si salí fatal”, “¿este soy yo?”, y un etcétera de preguntas frecuentes. Es entonces que, por simple instinto natural, cuando nos van a tomar una fotografía procuramos el decoro y la mejor postura, aunque algunos gocemos del ridículo como el niño de los pulgares. Con eso de que la cámara no miente, los gordos sumimos la panza o nos escondemos detrás de alguien más, los flacos eligen la pose que resalte sus atributos, las greñudas se peinan en un tris y los de lentes se los quitan con el pretexto de no dar el flashazo.
Las fotografías de grupo son las más geniales, porque siempre habrá alguno que salga con cara de dormido, con cuernos, con la boca abierta, o casi cayéndose porque no cupo o se coló; por más que uno cambie la posición las fotos de familia suelen ser las mismas año con año: cumpleaños, navidades y años nuevos y en todas haciendo lo mismo (¡siempre comiendo!). Las peores son las que nos toman sin avisar. Claro, cuando es uno quien capta in fraganti se disfruta muchísimo más que cuando eres el afectado en cuestión. Se puede descubrir a alguien dormido, en la regadera, comiendo como cerdo esperando que nadie lo vea, en calzones, en el baño, y demás situaciones por ende bochornosas. Y ni qué decir del prematuro sufrir con las series que los papás adoran tomarle a sus bebés de caritas lloronas, risueñas, berrinches, etc., y las palabras raras que dicen para que un niño mire al lente (¿whisky? ¿Quesito? ¿Mira al pajarito?)
Pero las mejores son las individuales. He ahí las fotos tamaño infantil que las escuelas piden año con año; después viene la del título, la del pasaporte, la de la solicitud de empleo... No es sólo la lista de condicionantes que requieren estos trámites (sin aretes, restirada, con ropa blanca), no, es ese extraño masoquismo de ir siempre acompañado a esta lucha contra el lente fotográfico, y es esa misma compañía quien goza haciéndonos caras para que el resultado sea una boca chueca de la risa, el ojo en pleno guiño o la papada a todo lo que da... ¿No lo creen?
Ante el padecimiento cotidiano de ver la imagen de un niño de espantosa faz con los pulgares arriba, me fue sugerido por otra alma sometida al terrorismo psicológico de aquella imagen el tema de las poses que todos adoptamos cuando tenemos frente a nosotros una cámara fotográfica. Nada tan simple como eso, nada tan teorizable como eso.
La vanidad, lejos de ser un pecado es el punto sensible de todos los seres humanos en esta tierra. Por mucho que alguien jure y perjure que no le importe su aspecto, siempre terminan cayendo en la autocrítica: “¡mira qué gorda me veo!”, “no, si salí fatal”, “¿este soy yo?”, y un etcétera de preguntas frecuentes. Es entonces que, por simple instinto natural, cuando nos van a tomar una fotografía procuramos el decoro y la mejor postura, aunque algunos gocemos del ridículo como el niño de los pulgares. Con eso de que la cámara no miente, los gordos sumimos la panza o nos escondemos detrás de alguien más, los flacos eligen la pose que resalte sus atributos, las greñudas se peinan en un tris y los de lentes se los quitan con el pretexto de no dar el flashazo.
Las fotografías de grupo son las más geniales, porque siempre habrá alguno que salga con cara de dormido, con cuernos, con la boca abierta, o casi cayéndose porque no cupo o se coló; por más que uno cambie la posición las fotos de familia suelen ser las mismas año con año: cumpleaños, navidades y años nuevos y en todas haciendo lo mismo (¡siempre comiendo!). Las peores son las que nos toman sin avisar. Claro, cuando es uno quien capta in fraganti se disfruta muchísimo más que cuando eres el afectado en cuestión. Se puede descubrir a alguien dormido, en la regadera, comiendo como cerdo esperando que nadie lo vea, en calzones, en el baño, y demás situaciones por ende bochornosas. Y ni qué decir del prematuro sufrir con las series que los papás adoran tomarle a sus bebés de caritas lloronas, risueñas, berrinches, etc., y las palabras raras que dicen para que un niño mire al lente (¿whisky? ¿Quesito? ¿Mira al pajarito?)
Pero las mejores son las individuales. He ahí las fotos tamaño infantil que las escuelas piden año con año; después viene la del título, la del pasaporte, la de la solicitud de empleo... No es sólo la lista de condicionantes que requieren estos trámites (sin aretes, restirada, con ropa blanca), no, es ese extraño masoquismo de ir siempre acompañado a esta lucha contra el lente fotográfico, y es esa misma compañía quien goza haciéndonos caras para que el resultado sea una boca chueca de la risa, el ojo en pleno guiño o la papada a todo lo que da... ¿No lo creen?
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