miércoles, 22 de marzo de 2006
Turbulenta aprendiz
Creo entonces que, o bien por mis venas corre sangra maya, o soy enteramente compatible con su filosofía de vida. Esa creencia de que los días antes del 21 de marzo las energías se mueven y los humanos actuamos como barcos en altamar es no sólo acertada sino 100% comprobable. Nada más basta con leer los periódicos, enterarse que las Chachalacas le tiran a los Espantachambas, saber que a Ventaneando lo cambian de horario, que Lety la fea tiene éxito pese a la torpeza y ñoñez que la Bety original no tenía, que la luna está más amarilla que de costumbre, que ahora si te quieres cargar de energía en la pirámide del Sol teotihuacano debes pagar $45 pesos más tus módicos 80 si llegas en vehículo, que nuestro recurso más preciado se acaba gota por gota mientras hay miles de chiquillos que esperan ansiosos el Sábado de Gloria para darse tremendas mojadas, que el calor pone tenso el ambiente, que la gente no sabe si va o viene (pero todos tenían las maletas listas para el fin de semana largo), y que yo dispongo todo lo disponible para tomar vacaciones adelantadas e irme lejos, muy lejos de aquí.
Sí, todo eso durante el periodo de purificación. No cabe duda que las aguas están revueltas, y el caos al que los mayas tanto le huían se hace presente aun mirando cual Dorothy tras su ventana el tornado que la arrasa.
Metida en mi casita e influenciada por tales turbulencias, este domingo entable tremendo debate con el amor de mis amores por el estreno de “El aprendiz” con Martha Stewart. Él protesta porque quiere de vuelta la actitud medival de Donald Trump, y yo me inspiro ante aquellos que sueñan con ser parte de una empresa femenina donde la sensibilidad tiene cabida (los aspirantes son desde publicistas hasta chefs, pasando por genios de las letras) y no es sólo la frialdad que el magnate necesita de sus aprendices. ¡Cómo me inspira esta nueva versión! Esa sana competencia de sucias artimañas combinadas con gloriosos desempeños… ¡Quiero ser una aprendiz! De hecho hasta fui capaz de desvariar pensando que en México el elegido sucesor del señor Trump podría ser Carlos Slim (por un momento imaginé su regordeta figura señalandome inquisidoramente con el dedo “¡Estás despedida!”), pero después recordé que el hombre se encuentra muy ocupado viajando por la República con su acuerdo de Chapultepec y entrenando a aprendices más capaces que, sin necesidad de salir en la tele, salen bien buenos para cobrarle a la gente tarifas telefónicas excesivas. ¿Será que ellos también sufren, como todos, un caos pre-primavera… permanente?
Pochacas@gmail.com
jueves, 16 de marzo de 2006
Aquí también lo celebramos
Bueno, no es que todo el mundo tuviera que enterarse que el Día Internacional de la Mujer abarca a todas y cada una de las féminas del orbe, que se celebró el pasado 8 de marzo, que tiene un confuso antecedente donde, según la versión oficial, más de cien mujeres murieron quemadas en una fábrica neoyorquina, mientras que la UNICEF, en su página web, reconoce que la conmemoración de esta fecha proviene de movimientos socialistas... No. Se trata de un buen pretexto para la reflexión, como en todas las fechas oficiales y celebraciones. En mi caso me pregunto insistentemente porqué la tragedia es siempre la que orilla a instituir conmemoraciones tales como ésta, cuando la Historia misma está repleta de ejemplos que de manera menos aparatosa dan fe del papel de nuestro género en la evolución de la sociedad en espiral. También me cuestiono porque las feministas pelean por las igualdades y siguen sintiéndose orgullosas de tener su propio día.
Por alguna causa fortuita, desde recién nacida he crecido en un ambiente donde las luchas de género son sólo agudos temas de sobremesa. En la escuela o el trabajo, nunca he tenido la necesidad de sentir culpas por el hecho de ser mujer, tal vez porque mi árbol genealógico está nutrido de féminas luchonas y de hombres que han poseído la inteligencia de comprenderlas y amarlas, por lo menos en los casos más cercanos. Creo que, en todo caso, he tenido aun más suerte por rodearme de mujeres orgullosas de serlo, inspirándome cotidianamente de su fuerza, de su intuición y sus ideas; aprendiendo a compaginar el trabajo diario con la organización de la casa, comprendiendo que sapiencia y vanidad son dos lujos que todas podemos poseer.
Me maravilla darme cuenta de la aportación del género en el Universo; me ofusco ante las históricas sentencias malimpuestas donde las curanderas fueron brujas, prostitutas las apasionadas, locas las escritoras... esas insólitas censuras que no han podido, ni podrán, opacar la sensibilidad a través de la cuál el mundo se ve de distinta manera, esa sensibilidad tan femenina, tan nuestra, que su distinción no debe perderse entre la lucha por la equidad que, a veces, tiende a caer en el exceso.
Las mujeres valemos igual que valen los hombres, porque todos, absolutamente todos, somos seres humanos, vivientes y pensantes. Propongo silenciosos homenajes para quienes, mujeres o no, nos inspiran a ser mejores cada día. Desde el fondo de mi corazón ¡he dicho!
jueves, 9 de marzo de 2006
Adiós, Kittotta
Hace una semana terminaron los festejos del Carnaval. El pueblo entero dejó de lado la fiesta y el desenfreno, colgó los disfraces y se quitó las máscaras que año con año le dan licencia a una diversión sin identidad, sin cadenas, sin las ataduras del ser rutinario, el común y corriente.Así, en este trance solemne rumbo a la Pascua me apego a la mirada de mi amigo Miguelón, quien, al igual que la Chu se han percatado de la falta que hace padecer el horror de los tiempos, de la romántica necesidad de vernos inmersos en “una serie de situaciones fuera de control, carentes de orden y de sentido que nos brinden material para crear relatos urgentes”. Yo también lo creo, más cuando se equipara la vida de aquellos escritores que explotaron su creatividad ante su entorno social en relación con lo que hoy tenemos, una corriente que lleva a los libros a narrar historias de lucha contra el Prozac, contra el hombre mismo. Nosotros, la generación del Atari, necesitamos un proceso de transición que nos marque, que nos duela, que nos de un sentido de existencia en este mundo ambiguo y egoísta.
El material que estas causas le dieron a tales mentes los llevó a vivir experiencias inéditas, desde marchar en mítines hasta parar en la cárcel, desde la censura de sus ideas hasta el exilio involuntario. Es por ello para muchos de ellos, la opción para ejercer su libertad de expresión fue esconder su identidad tras un pseudónimo, un nombre falso que daría la cara, que escupiría, que destrozaría a los gobiernos, que pusiera flores en las pistolas por medio de sus palabras.
Los incautos lectores pensarán que el miedo es el único motor que impulsa a quien escribe a esconder su faz tras un personaje, y tienen toda la razón. Miedo a la muerte, miedo al ridículo, miedo a ser juzgados, miedo a ser uno mismo. Casi las mismas razones por las que desde los tiempos más remotos los carnavales se viven y disfrutan detrás de un disfraz, con una careta encima. Sin embargo, llegado el momento, el miedo debe ser enfrentado, la solemnidad debe ser asimilada y las caretas deben romperse para que la transición nos lleve a una nueva realidad.
Es así como a 2 años de que naciera una columna absurda llamada Policromías, firmada bajo un nombre aun más absurdo (¿quién se autonombra Kittotta Valent?) escondiendo con esto una temerosa identidad, los tiempos de cambio se hacen presentes, y así como algún día los más célebres autores se liberaron de sus alias para ser orgullosamente ellos, Kittotta se despide en esta columna para darle paso a Raquel Guerrero Viguri, la persona que ha vivido lo que un personaje se dedicó a narrar durante más de cien entregas.
Gracias Kittotta, gracias por guardar celosamente lo único que me faltaba por descubrir ante los incautos lectores de estas Policromías. Te prometo que no faltaré a nada de lo que hasta ahora haz dicho y hecho. Hoy Raquel sale a la luz con una extraña foto que aparecerá jueves tras jueves acompañando sus travesías. Esta soy yo.
*NOTA: Este "destape", tal vez para muchos carente de sorpresa, es debido a que el diario Milenio ha cambiado su formato y ahora todos sus columnistas aparecen con una foto "coqueta" al lado izquierdo. La que he colocado aquí no es la que acompaña estas letras en la edición impresa, pero fue para darle un poco de realismo a entrega bloggera.
jueves, 2 de marzo de 2006
¿Quién dijo necia?
Obstinación, terquedad, necedad. Las investigaciones realizadas por quien escribe arrojan que la definición común de todos los diccionarios elevan al necio al nivel de ignorante e imprudente rematado con el grupo de sinónimos que lo equiparan a un inepto e incapaz. Nunca me imaginé que esta Kittotta fuera por la vida con una etiqueta que conjuga tanto adjetivo calificativo. Y para colmo, tan feos.
Lo que más me confunde es como el mundo puede tachar a una persona (que ya por tendencia astrológica es de espíritu aferrado) con tanta pompa y circunstancia, cuando ésta lo único que hace es defender sus posturas, ideas y realidades sobre la vida.
Vamos a poner un ejemplo. Ahí estaba Kittotta junto con el amor de sus amores armando tremenda sesión nocturna de retas con videojuegos (para lo cuál por cierto soy una absoluta negada). El último paso de tan relevante ocupación era conectar la consola, así que en un hábil movimiento de reptil llegué hasta la barra donde el enchufe debía ser colocado. Pero (siempre hay peros en estos relatos) a la hora de conectarlo noté que la barra estaba apagada, desplacé la vista hasta la conexión y noté que ésta estaba floja, por lo consiguiente, había que colocarlo bien para que todo prendiera. Eso lo puedo decir yo que estaba ahí cual viborilla atestiguando el hecho. La versión del amor de mis amores, sin embargo, cuenta que me fui debajo de la mesa a conectar el condenado jueguillo y como aquello no prendía, se me calificó ipso facto de ser yo quien provocó aquel apagón. Ante semejante injuria, yo me defendí alegando la veracidad de los hechos que desde abajo había notado, y sólo por esa defensa recibí la etiqueta de Necia. Pero, ¿Verdad que eso no es necedad? (quienes estén de acuerdo conmigo favor de levantar su mano derecha)
Y es que si vamos a necedades podemos dejar exentos todos aquellos momentos en donde por cosas como la del ejemplo una persona se defiende con uñas y dientes, siempre y cuando se tenga una razón válida que abrazar. Que si llegaste muy tarde a casa y tus padres te ponen como chancla, calma, siempre habrá una verdad que hacer valer. Que si una niña te pide tu credencial de Costco para comprar una pizza, y tu le indicas a qué nombre saldrá su pedido, calma, siempre tendrás esa verdad como defensa si alguien te acosa diciendo que de lejos parecía que la estabas regañando por no decir "gracias".
No, yo no soy necia. Y no es una necedad que diga que no lo soy. Simplemente que de entre todos los sinónimos, prefiero el de obstinada, que es lo más cercano a la definición de la perseverancia y la tenacidad. ¡Esa sí soy yo! (¡Y sí, tenía que escribir sobre este tema antes de que pasara de moda!)
jueves, 23 de febrero de 2006
Secretos tesoros
En un día de escombro, contemplé con atención la colección de figuras e imágenes de búhos que los padres Valent solían presumir. Recuerdo que un primo ocioso tuvo a bien contabilizar todo lo que en casa tuviera algo que ver con estos alados sabelotodos... ¡incalculable¡ Vaya, hasta en el bote de basura los teníamos.
Por alguna extraña razón, desde niños se nos inculca el mal hábito del consumismo so pretexto de que una compra nos trae cierto placer. No es que me pronuncie en contra, más bien me maravilla la capacidad que ante esto se nos desarrolla por encontrar artículos con los que nos podemos identificar, a los que les atribuimos poderes para la buena suerte; pueden ser meros objetos o determinada figura, pueden ser grandes o pequeños, extravagantes o comunes. Uno desde niño se detecta (o se crea) afinidades que poco a poco se ven fomentadas hasta derivar en aquello que llamamos Colección.
¿Que qué puede coleccionar alguien con un poco de dinero y muchas ganas de invertirlo en sí mismo? Infinidad, una infinidad de cosas que el incauto lector seguramente se responderá basándose en la experiencia personal o en lo que puede ver entre amigos o conocidos. Incluso esto de las colecciones es como ir a submundos: en una familia puede haber colección general de búhos (caso Valent) pero por su cuenta mi abuela coleccionaba ranas y mi mamá discos de acetato de su juventud. Kittotta coqueteó entre tener muchos lapiceros de todos colores y estampas de sudorosos jugadores basquetbol y los protagonistas de Beverly Hills, hasta rendirse a los pies de la parafernalia de la Hello Kitty y toda su flota... Ahora que hago este recuento sucinto, comprendo que uno tiene tal capacidad de tener, de poseer, de presumir, que fácilmente se pueden llevar más de tres de diversos tópicos, todas por razones diferentes. Yo colecciono estrellas por una cuestión emocional que viene desde mis años mozos, también me he autoimpuesto el reto de conseguir todas las versiones que existan de la canción “Over the rainbow” (la emoción de la búsqueda no tiene precio) y, podría decir que por herencia, colecciono papeles inservibles y polvo, mucho polvo.
Las colecciones... secretos tesoros materiales tan personales, tan nuestros, que en algún momento adquieren un valor incalculable en nuestro corazón, y en cualquier momento también lo adquieren en el mercado de los locos... Lo que si es que... ¡ah como ocupan espacio y acumulan polvo y más polvo! Y los mexicanos que nos pintamos solos para hacer del hogar un catálogo de variedades...
jueves, 16 de febrero de 2006
Una que otra licencia
Kittotta pertenece a una generación que, como todas las que le preceden y anteceden, se divide entre aquellos quienes se desviven ante las tendencias de ocasión y aquellos que simplemente no creen en lo que el capitalismo y sus modas globalizadas le ofrecen a una sociedad habida de gastar su dinero en insulsas pequeñeces.Estos sentimientos suelen aflorar entre los de la última especie en celebraciones tales como la Navidad o el Día de San Valentín, donde al parecer de la mercadotecnia es imperante expresar “los buenos sentimientos” comprando toda clase de chucherías inútiles que más que decir “te quiero” suelen arrumbarse tras la emoción en algún cajón olvidado, o en el peor de los casos generando altas cantidades de polvo extra al que siempre se acumula. Así pues, durante muchos años de mi vida me proclamé acérrima enemiga del comercio manipulador de fechas y navegué feliz con tal bandera… hasta ahora.
Por cuestiones meramente laborales que sacian por completo mis más inauditas curiosidades, el tema de la alegría me ha rondado a la cabeza como abeja en costal de azúcar. Sí, la alegría, la risa… esa solución tan gratuita y alcanzable que tenemos los humanos para mejorar nuestra calidad de vida y que tan relegada hemos dejado.
La risa, sin tanto preámbulo, es el peor enemigo al que los aparatos de poder se enfrentan, quizá por eso ha sido tan acallada y censurada. Y es que la risa, al igual que el conocimiento, nos hace sentir bien, a gusto, nos libera de toda represión. Riendo olvidamos en fracción de segundos lo que hay a nuestro alrededor (de hecho, y si no me creen hagan la prueba, al momento de soltar sonoras carcajadas la mente se queda en pausa). Así, como en cadena, si sabemos reír a dosis diarias veremos la vida de otra manera, entonces podemos ser más sanos y felices y esos extraños mandatos que el poder denomina como la cultura del sufrir para merecer quedarían en segundo término ante una sociedad que simplemente le pondría una mejor cara a lo que podría parecer “una calamidad”.
Y bajo estos lineamientos (y el influjo de una lectura feliz que propone la utopía de una sociedad regida sólo por el amor y no por el capital) decidí que mis conceptos moralinos sobre el día del alado Cupido merecían cederme algunas cuantas licencias liberadoras. Y así, me entregué a los brazos de una celebración que, lejos de su visión comercial, tal vez no llegue a sonar tan vacía después de todo, pues en el entendido que vivimos en un mundo lleno de pestes, de guerra, de violencia, de gobernantes y magnantes sin escrúpulos; en un mundo donde cada vez más hemos olvidado que reír nos hace felices (y la felicidad nos trae amor, a los demás y a uno mismo), dedicarle un día al vitorear la cursilería no es tan descabellado. Aunque ojalá esta práctica no fuera sólo de una fecha…
Así pues, el pasado 14 de febrero salí al parque de la mano de mi novio, quien tuvo a bien obsequiarme un enorme globo de corazón (los globos de cualquier tamaño y color son mi debilidad) y caminamos de la mano… Finalmente no hay que reprimirse de nada en esta vida, y para ser cursi (y así más feliz) ¡menos!
jueves, 9 de febrero de 2006
Abrir y cerrar (II)
Primerizos todos en la materia, al igual que como sucedió cuando doña Raquel fue internada por una inexplicable neumonía, despedimos con pañuelos blancos a la primogénita Valent, quien salió del cuarto hacia el quirófano ataviada con una inmunda y ventilada batita trepada en una camilla donde osaron forrarla de cobijas, como si tras la puerta los enfermeros descubrieran el mismísimo Polo Norte. Entraron y un foco rojo (¡yo lo vi, yo lo vi!) se encontraba encendido. Nadie dijo nada. Y entonces pasaron las horas... En mi cabeza retumbaba la siniestra musiquita que tortura a los concursantes del Jeopardi! cuando están al final del concurso y deben concentrarse para escribir la respuesta correcta, ir contra reloj, razonar lo que dicen, y de pilón recordar que una cuantiosa cantidad de dolaritos está a punto de escaparse de sus manos... Los minutos se vuelven horas, años, siglos...
Un camillero entró y salió sin ningún empacho. Nadie decía nada. El segundero se ahogaba en gritos a un mismo ritmo. Nadie decía nada. La luz roja seguía prendida. Nadie decía nada. Kittotta, siguiendo los sabios consejos de su cuñado el Chimbombo (de quien especulamos cualquier cantidad de desmayos durante la operación), buscaba una dosis extraordinaria de chisme barato farandulero, esperando con ello saciar la angustia...Es imperante recomendar en los hospitales atendidos por religiosas que tengan en sus salas de espera variedad más desestresante que "La liturgia del día" o "El santoral 2006"... y nadie decía nada.
Pasaron dos horas (y más de 15 uñas comidas) hasta que nos dieron razón alguna: ¡La bebé había nacido! Después de eso lo demás fue como de rutina: mi hermana salió primero, forrada de nuevo en sus cobijas y sin hilar ni cuánto era 7X8, luego la recién nacida (demostrando sus noveles cualidades vocales) salió en el cunero siguiendo a su mamá y al final el Chimbombo, ni desmayado ni cuerdo, pero en pie, que era lo importante.
Una vez más, los Valent reaccionamos de manera diferente, cada quien según "su propio estilo". Una vez más, un evento reunió a la familia y la gente querida. Una vez más los celulares sonaron, las visitas no cesaron, los abrazos no faltaron. Una vez más se comprueba la importancia de los ciclos, de lo que se queda detrás y de lo que llega para cambiarlo todo para siempre. Abrir y cerrar. Vidas que vienen, vidas que van. Antes Raquel nos dijo adiós. Ahora Gaby nos dice hola. Así es la magia de la naturaleza que envuelve al ser humano, aquella que nos hace complejos, extraordinarios, amorosos, inexplicables, increíbles...
Página Oficial de Gaby
http://spaces.msn.com/chimbombita
jueves, 2 de febrero de 2006
Abrir y cerrar (I)
“Todo por servir se acaba” versa un dicho popular, y el pequeño gran Andy no pudo ir contra esa corriente: Con mucho sentimiento de por medio se tomó la decisión de ponerlo a la venta para mejorar en esos pequeños detalles en los que él ya no podía rendir, y así, casi de inmediato, un comprador llegó y en un abrir y cerrar de ojos nuestro querido Andy se fue para poner a rodar la vida de otra familia y no volver nunca más.
No lo voy a negar: yo lloré mucho. Pero el hecho que más me pudo fue la inmediatez de una despedida anunciada que no me permitió la solemnidad planeada para este propósito. Ante la prisa del interesado, decidí que una vez que viera la unidad (¡que impersonal es nombrarlo así!), tendría de plazo un par de días para realizar “mi ritual del adiós”, que consistiría en tomarme algunas fotos en él, sacar poco a poco mis objetos personales y quitar con sumo cuidado las calcomanías que le dieron un poco de mi propia identidad. Sin embargo el día de la cita llegué a la cochera observando con horror que todo ya estaba afuera, que las llaves ya no tenían su llavero, que de la noche a la mañana Andy dejó de ser mío para convertirse en una unidad a la venta. El trato se finiquitó en un par de horas, y a la exigencia de una orden paterna, arranqué con furia mis calcomanías... Después le mostré al comprador cómo desactivar la alarma (una maña que solo yo le conocía) y me di la vuelta consternada, enojada, irritada: no era sólo por la venta apresurada, era porque me sentí despojada de un ritual que me permitiría cerrar, con toda la dicha que fuera posible, el feliz ciclo que se abrió hace 15 años. Se trata de esa individual práctica de cerrar ciclos. Importante, necesaria, obligatoria. Tan urgente de celebrarse como cualquier rito de iniciación, de bienvenida. Decir adiós en paz es la gran respuesta para cualquier término de relaciones sentimentales entre hombres, entre mascotas y entre objetos tan comunes (y solo por eso tan nuestros) como una casa o un auto... Si lo sé, es más práctico cambiar, renovar, pero es igual de imperioso saber despedirse con orgullo del pasado... Cuestión de enfoques... Cuestión de rituales... ya lo creo que si.
jueves, 26 de enero de 2006
Peso sin valor
No pretendo matarlos de la envidia presumiendo mi renovado entusiasmo por verme y sentirme bien, sino hablar de algo que comenzó como eso, como un arranque por mejorar mi apariencia y que derivó forzosamente en una preocupante observación social. El 7 de septiembre comencé oficialmente un tratamiento para bajar de peso: acudí con una bariatra fabulosa quien a base de algunos medicamentos naturales y un adecuado plan alimenticio me han llevado a reducir los 12 kilos que tenía de más. No voy a hablar de lo duro que resulta hacer una dieta porque cuando uno tiene la convicción de que está haciendo las cosas por beneficio propio hace que todo resulte menos complicado de lo que parecería. No. Quiero hablar de lo triste que es cuando todo el mundo comienza a notar que bajas de peso y te felicitan por estar más delgada. “¡Te ves muy bien!” “¿Cómo le hiciste?” “¡Mira qué diferente luces!”. Si si. Gracias a todos por notarlo. Verdaderamente me sentía muy reconfortada cuando los demás notaban en mi el esfuerzo y fuerza de voluntad que me llevó a lo que soy ahora (físicamente hablando). La gente te da el paso, se porta más amable. Pero debo decir algo: me visto y arreglo igual que cuando tenía 12 kilos más.
Acuso sin miedo a esta sociedad que se pronuncia antiracista como la más racista que existe. No es sólo el asunto de negros vs. Blancos, de migrantes vs. gringos, de indígenas vs. Capitalinos. Es asunto de que en tiempos de la “imagen” el estar pasado de peso margina, limita, retrae. La gente te felicita por adelgazar, pero uno sigue siendo la misma persona que con kilos de más. Demos gracias porque Dove saca sus campañas mundiales para que las mujeres recuperemos la autoestima que sólo el 1% de las mexicanas tiene arriba, pero esta es una cuestión cultural, de educación, de sensibilidad. Demos gracias porque se trata de un mero asunto de peso sin valor, porque el valor está en el alma, no en las lonjas. Como leí una vez en un espectacular: “si la inteligencia se midiera por kilos...” ya se imaginarán.
jueves, 12 de enero de 2006
Un Latte alto y una pieza de pastel
"Hoy decidí ir a tomar un café con mi mejor amiga a quien le gusta el insípido sabor de los productos del sitio a donde acudimos. Nos sentamos afuera y mientras platicamos, notamos que dos chavos y una muchacha se levantaron de su mesa, dejándola repleta de basura, ceniza y platos sucios, luego jalaron otra mesa para sentarse con otras personas. Enfadada, estuve a punto de levantarme a tirar la basura yo misma, pensando que el buen ejemplo los avergonzaría enfrente de sus amistades, pero en estos casos pensar como ellos, que seguramente me verían como una loca compulsiva o me atribuirían complejo de sirviente. Por ello me tranquilicé (al menos lo intenté); pero al ver llegar a personas que querían ocupar la mesa sucia verdaderamente exploté y le fui a decir cortésmente a estos jóvenes que si gozaran de una buena educación limpiarían su mesa para que alguien la ocupara. Lamentablemente, uno de aquellos especímenes a los que solemos nombrar "machotes" me preguntó desafiante que si él tenia el deber de hacer semejante proeza, muy por encima de sus capacidades físicas y mentales, en mi opinión. Obviamente repetí que si gozaba de una pizca de buenos modales por lo menos debería de reflexionarlo, y caminé fúrica a mi asiento."Después una pareja se levantó, dejando su basura una vez más sobre la mesa, y el tipo, obviamente afectado por el ataque a su "integridad y posición", se levantó a inquirir por qué no reprendía a aquellos también, de una manera verdaderamente agresiva y descortés. Entonces exploté y como en una película, como cuando te caes de la bici y justo en el momento en que te raspas la rodilla, el tiempo transcurrió lentamente, la música se apagó y en el aire resonó la voz más honda y sonora que pude arrancar de mi pecho indignado: "¡¡Probablemente porque no son unos canallas como tú!!!" respondí y roja como un tomate volví la cabeza a intentar regresar a la conversación que mantenía con mi amiga, con el estómago inundándose en lagos de bilis.
"¿Es que acaso soy la única persona que se da cuenta de las ofensas cometidas a todos diariamente? Es triste pensar que ya nos acostumbramos a que la gente nos trate mal, a que no respete el lugar en el que convivimos. Acepto que dejé que la ira me ganara esta vez, pero, ¿qué hacer si nadie más mantiene la más mínima lucha por (no un mundo), una comunidad mejor? Muchas veces pensamos que nadie se da cuenta, pero esos detalles son los que demuestran nuestro interés por nosotros y por los demás. Muchas veces no pensamos en que el nacer en donde nacimos es una obra del destino; es interesante pensar en lo fácil que hubiera sido encontrarnos en la posición de alguien de la limpieza, de los pepenadores, de esas personas sin cuyo trabajo viviríamos en una verdadera pocilga, y a quienes frecuentemente miramos altaneramente. No me cabe en la cabeza que a la gente no le dé vergüenza semejante comportamiento."
Querida Sofía, estoy contigo.
jueves, 5 de enero de 2006
Calzado de ocasión
No es que una sea vanidosa, pero pretendo desde ahora legarle a mi sobrina una antigua tradición personal: procurando que los Reyes no desfallezcan de horror a la hora de toparse con mis chanclas, elijo cuidadosamente al representante en el árbol de cada año en un casting que realizan algunos pares de tenis y dos o tres zapatitos elegantes. De niña solía dejarlos limpios, boleados y talqueados una vez elegido el indicado con su respectiva cartita (todo menos mis archi-odiados zapatitos de goma marca “Lunarcito”), pero ahora suelo colocar los más gastados y maltratados (pero siempre mis favoritos) para que sus Reales Majestades aprecien, con hechos, que mi año ha sido por demás ajetreado y que soy merecedora de alguna cosita linda que motive de nueva cuenta mi andar.
Pensando en esto y leyendo un libro que por casualidad llegó a mis manos justo antes de redactar la H. Columna del día de hoy, caigo a la cuenta de todos los significados que podemos atribuirle a un par de zapatos, pues lo mismo hablan (y delatan) la personalidad y la vida de quien los porta, que son objeto de culto, cura para las depresiones, pieza clave de varios cuentos y leyendas e incluso hasta estimulantes eróticos, eso sin dejar de lado su función de origen.
Un ejemplo: hace poco acudí al cine con una amiga para ver la película “En sus zapatos”. El simple título de la cinta refleja la metáfora cultural empleada para expresar que te encuentras en el papel de otra persona: “Estoy en sus zapatos”. La trama habla de un par de hermanas totalmente disímbolas entre sí que comparten una extraña fijación por el calzado: una tiene el poder adquisitivo para hacerse de un par distinto cada vez que se siente deprimida (tenía todo un clóset repleto) y la otra tiene el cuerpo y las ganas para lucir las extravagancias que su hermana no se atreve a usar. Hay una frase que también encontré en el libro antes mencionado donde se justifica el por qué una mujer se inclina a la compra compulsiva de calzado en plena época depresiva: “Si compras ropa y engordas ya no te queda, si compras comida engordas igual, pero el pie ni crece ni engorda”…Buena reflexión a la cual agregaría el hecho que las mujeres fuimos educadas bajo la idea de que por medio de una zapatilla de cristal encontraríamos a nuestro príncipe azul…
Con toda sinceridad yo prefiero los tenis. El charol me deslumbró de pequeña, los tacones de mi mamá los usaba para sentirme “mayor”, pero hoy en día apuesto todo por la comodidad de mis sucios y medio rotos tenis. ¿Querrá eso decir algo sobre mí? Hay se los dejo de tarea, incautos y queridos lectores.
sábado, 31 de diciembre de 2005
jueves, 29 de diciembre de 2005
Regalo de Navidad
Recuerdo la Navidad donde recibí mi primera bicicleta. Vivíamos en un departamento con un largo pasillo que conectaba la sala con las recámaras y el baño, y justo donde comenzaba doña Valent solía poner el arbolito navideño. Mi cuarto era el que quedaba al fondo, así que en las fechas decembrinas empujaba la cama de tal manera que acostada desde ahí tenía directa la perspectiva hacia el alumbrado pino, y durante muchos años luché sin éxito contra mi sueño para espiar el momento justo en el que los dadores de regalos llegaran con su cargamento a leer las cartitas que con excesiva ansia y frenesí escribíamos mi hermana y yo, para canjearlas por las peticiones ahí especificadas. El caso es que una Navidad abrí los ojos y en medio de mi modorres vi la silueta de dos regalos enormes, bajé de la cama y corrí directo hacia el árbol… Ahí estaban: dos flamantes bicicletas que el Niño Dios (los Valent no creemos mucho en Santa Claus) había dejado para el par de hermanas que enfundadas en sus camisones miraban atónitas lo que tenían ante sus ojos. Por cuestiones de la edad a la primogénita le llegó un modelo en rojo, con un manubrio medio alto y un número pintado al lado, mientras que a la Kittotta le fue destinado un pequeño ejemplar en guinda con rueditas laterales y opción de removerlas toda vez que la técnica bicicletera fuera perfeccionada.Mi cabeza está llena de anécdotas dolorosas por tanto y tanto catorrazo obtenido desde el momento en el que la estrené hasta el día que le dije adiós y nunca más la volví a ver (fue uno de los tantos objetos que no sobrevivieron la mudanza). La más alarmante de todas es cuando me fui de boca en una bajadita porque dicha bicicleta carecía de frenos, y como los piecitos no me dieron para frenar al estilo de Pedro Picapiedra con el troncomóvil, mi papá corrió detrás de mí para detenerme y ¡zas! que nos caemos los dos. Después nos hicimos de otras más de acuerdo con nuestra edad y tamaño, pero el furor por este juguete desapareció y ahí quedaron, refundidas en lo más recóndito del rincón de los tiliches.
Esta Navidad desperté algo tarde un poco empanzonada por los múltiples platos del pozole degustado en la cena, y mientras me desprendía de las lagañas el amor de mis amores pasó por mí montado en su regalo de Navidad adelantado, animándome a que sacara del olvido mi antigua y oxidada bicicleta para que diéramos un par de vueltas en la calle. Al ver que ya no había remedio para la pobrecita, reuní el ánimo suficiente para ir en ese momento al super y, en un arranque de compradora compulsiva, me hice de un nuevo ejemplar de tamaño inusitado y tono color alegría (amarillo amarillo)… Volver a treparme en una bicicleta fue todo un reto doloroso, y re.aprender a pedalear y conservar el equilibrio al unísono ha sido no sólo un asunto de destreza, también representa una terrible analogía para enfrentar y vencer mis miedos. A veces me limita tanto la sensación de caerme que prefiero tirar todo antes de volverlo a intentar, y hoy andar en bicicleta de nueva cuenta a mis 26 años, el darme la oportunidad contemplar una linda tarde de diciembre sintiendo el aire en mi cara y mi novio al lado, de disfrutar como chiquilla mi propio auto-regalo navideño me tiene muy feliz, con la conciencia de dejar poco a poco en el olvido los temores y berrinches (mas no mi nueva bici) refundidos en un lejano y polvoriento rincón de mi cabeza…
sábado, 24 de diciembre de 2005
jueves, 22 de diciembre de 2005
Nadie me invitó a una posada...
Cuando vivía mi abuelita en casa solíamos invitarla a cualquier reunión, comida o salida ocasional que la familia Valent tuviera. Se le decía una vez y contestaba que no; se le invitaba de nuevo a otra cosa y ella se aferraba hasta con las uñas a su rotundo no; a lo último ya ni los ruegos funcionaban para hacerla salir de su negativa, hasta que llegó el momento en el que decidimos avisarle que saldríamos y punto, nada más. Así debe suceder con mi persona porque cada vez que soy requerida en algún evento del tipo social me gana el síndrome del Son de la Negra (a todos les digo si, pero no les digo cuando), y sospecho que por eso este año nadie se interesó por solicitar mi presencia y compañía en las tradicionales posadas decembrinas... Caramba, ahora que tantas ganas tengo de ir a una.Y es que como lo he manifestado tantas veces en ésta H. Columna, la Kittotta no es persona de festejos y pachangones, pero este año que termina ha dejado en mí un extraño halo de fe, esa fe que hace mucho creí haber perdido. Como dicen por ahí, cuando todo acaba lo único que queda es, además de la cultura, el asunto espiritual, las creencias, la convicción, la esperanza. Tal vez por ello ahora fortuitamente me asaltan tremendas ansias por acercarme al origen de las cosas, especialmente al de tan embriagantes tradiciones; y considero que el mejor camino es asistir a una verdadera y auténtica posada con peregrinación, arrullo del Niño Dios, partida de piñata y ricos aguinaldos. Para cuando esta columna se publique seguro habré tomado ya medidas extremas para saciar mi espíritu navideño, bien sea que: a) me haya autoinvitado a alguna de la colonia; b) haya detectado alguna en la cartelera cultural; o c) haya acudido a la parroquia más cercana para comer aunque sea un cacahuatito piñatero (porque eso de tomar ponche ni crean que me encanta).
Curiosamente las posadas no son las únicas celebraciones que se presentan en estos días. Muchas personas por múltiples motivos (la llegada del aguinaldo, aprovechar el viaje a casa de familia lejana, etc.) deciden contraer nupcias antes o después del 24 de diciembre. Kittotta y el amor de sus amores han sido convidados a una en donde el pequeño mundo manipulador hizo que un cúmulo de coincidencias nos llevaran a conocer al novio y la novia cada uno de nosotros en situaciones distintas. Esto ha sido un tanto emocionante puesto que es la primera vez que somos oficialmente invitados como pareja en una unión ajena a la familia, y esto de ir juntos a comprar el regalo de bodas es una experiencia surrealista (se nota que jamás habíamos hecho algo similar). No es que comprar un obsequio sea algo del otro mundo, pero... tanta campanita salpicando felicidad resulta un tanto “tétrico”, ¿o no?...
El caso es que quiero ir a una posada y no me invitan. No quiero ir a una boda y me invitan. Así es la vida, y quizá de eso se trata la Navidad...Que estas fechas nos sirvan, queridos e incautos lectores, para reflexionar en lo que queremos y cómo lo podemos lograr, y también para adquirir la sabiduría de convertir en experiencias todo aquello que simplemente se presenta ante nosotros sin opción alguna. Mis mejores deseos a todos para la Nochebuena, y, en la medida de sus creencias, que este espíritu invada su ser entero y los llene de paz y de luz.
jueves, 15 de diciembre de 2005
¿Anfitriona yo?
Los pasados días viví una agitación tal que ya para el fin de semana tenía aspecto de palmera multizarandeada por una tal Wilma. Es increíble que la paz y la tranquilidad cotidiana se vean interrumpidas por la organización de un evento que solo me hace entender lo cercana que estoy de perder para siempre todo aquello que hasta ahora me resulta “normal”. Vamos por partes.Cierto día de cierta semana otoñal la primogénita Valent, alterada por las hormonas que ahora revolotean por su ser, convocó a su madre y joven hermana a una rueda de prensa para pedir su colaboración en la planeación, organización y ejecución de su propio Baby Shower. Regresamos la cinta y vemos cuadro por cuadro la expresión de las oyentes sorprendidas por tal petición: doña Valent pela tremendos ojotes de terror y Kittotta se ríe nerviosamente confiada en que solo se trata de una mala elección de palabras. Y es que hay varias razones para calificar este como un hecho paranormal: Primero: porque eso de que una embarazada planeé su propia pachanguita no es lo más usual “socialmente hablando”, y Segundo, porque por la genética que recorre nuestras venas las 3 mujeres Valent somos declaradamente anti planeadoras, organizadoras y ejecutoras de celebración alguna. Bueno, Kittotta más que todas... El caso es que para no alterar a la pobre criaturita que aun no sale y ya se sabe merecedora de bombos y platillos, mi madre y yo dimos el irremediable sí. Para pronto la futura madre sacó lápiz y papel y comenzaron las cifras: las invitadas, los requerimientos, recuerdos, comida, vasos, adornos... Las quijadas ya tronaban sin control.
Lo demás lo dejo a la imaginación de aquellos quienes disfrutan (admirablemente) la emoción de preparar una juerguita en tonos pastel para 40 almas contempladas en la lista de confirmadas: Ir al centro en plena quincena, pelear con el tráfico, cotizar el mejor precio del pastel, hacer gafetes con motivos infantiles, decidir el menú, decorar el lugar, llevar a los perritos a su segunda residencia para evitar su frenesí por la masa, y un larguísimo etcétera que incluye todos esos minúsculos detalles imperceptibles a la vista pero no por eso carentes de toda importancia.
Los días corrieron y la fecha se llegó. Las mujeres llegaban emocionadas con aparatosos regalotes ansiando locamente tocarle la panza a la festejada. La festejada, por su parte, contó con la ayuda de sus valerosas cuñadas para sacar a flote y con buenos resultados una de esas celebraciones que mi mente de Kittotta, ajena por convicción a todas esas manifestaciones que también incluyen las despedidas de soltera, no comprende. Mañosamente mi mamá y yo encontramos cualquier pretexto para hacernos pato en todos los juegos en los que fuimos remotamente requeridas... aunque debo decir que muy a mi manera pero creo que a fin de cuentas terminé por divertirme, y más cuando miré la pila de cobijas similares que todo mundo obsequió en cualquier tamaño y color imaginable.
El arribo de la Chimbombita a este mundo es imparable. Rodeada de pañales y oropel, me pregunto si comprendo la cantidad de cambios que un bebé sugiere indirectamente en la vida de una tía que, por 26 años, no ha sabido lo que es el contacto diario con ente de esa diminuta especie.... Vaya lío...
jueves, 1 de diciembre de 2005
¡Cachacuás!
Pues bien, algo sucede con los vientos otoñales que de plano todo mundo anda aterrizando. Desde Juan Gabriel con aquella singular pirueta en triple mortal hasta las divas de RBD impartiendo clases colectivas de patinaje sobre escenarios encharcados. Bueno… ahora que lo pienso bien no creo que todo se deba a los vientos huracanados; sólo porque salgan en televisión tantos trancazos tan seguidos no significa que la gente no se caía a todas horas y en todos lugares…
Esto de las caídas merece consideración desde muchas aristas:
1.- El lugar donde te caes. Tropezar en la escalera de la casa sin público presente es una cosa, pero andar por la vida libre cual gacela veloz y caer frente a docenas de personas es muy distinto. Cualquiera puede ser el escenario: la calle (de la banqueta, en una coladera, en un hoyo ), el teatro, la escuela (como caerse de una silla), en el mercado, subiendo al camión, en el antro, frente a tus amigos, frente a tu familia, frente a tus suegros…
2.-¿Cómo reacciona el público ante el tropiezo? Habemos gente para todo: estamos los que nos reímos sin ocultarlo (a veces a carcajadas) y están las buenas personas que auxilian a esa pobre alma adolorida de cuerpo y ego. No digo que esta Kittotta no da muestras de civismo de vez en cuando, sobre todo cuando quien cae es una persona mayor, pero… pero…. Ustedes perdonen pero debo confesar que mi público favorito son los niños, yo creo que por eso ver "Ay Caramba" o alguno de esos programas jocosos siempre me salvan de cualquier depresión.
3.- ¿Qué pasa por la mente de quién se cae? A veces todo pasa tan rápido que cuando te enteras ya estás en el suelo, pero a veces el asunto es muy cinematográfico y en cámara lenta vas captando tu caída y la reacción de la multitud observante… Ya en tierra firme pueden ser varias las opciones: quedarse así hasta que un caritativo ciudadano nos ayude a levantarnos, o (lo que Kittotta hace) levantarse de inmediato cual rebotín para no hacer el oso más grande de lo que ya es. Y es que aquí va otra cosa… la Vergüenza. En mi caso se manifiesta con un estallamiento involuntario de risa nerviosa; pero hay quienes lloran o se espantan, o simplemente hacen como que no pasó nada. Esto sin olvidar los raspones y moretones subsecuentes.
El contexto también influye mucho: puede que cargues un pastel o una caja con vasos y copas.. Puede ser cualquiera y como sea, por eso hay que fijarse bien por donde se camina, porque no vaya a ser que por ahí ande una cámara escondida y ¡Cachacuás! Una simple caída resulte una anécdota que miles y miles y miles de personas hilarantes podamos gozar para toda la vida.
jueves, 24 de noviembre de 2005
Fuera de lugar
Kittotta experimenta esas sensaciones desde que el sendero del destino la llevó a las filas de la burocracia. No me quejo de que el gobierno mantenga los escasos (pero bien gozados) gastos que me genera ser –por ahora- hija única y mantenida; sin embargo llega un momento en el que ser parte de un ambiente similar repercute en tus propios objetivos, en tus propias pasiones... La corriente nos lleva a todos por muy aferrados que estemos a la tierra firme.
Fuera de la molestia que me genera la actitud pasiva, conformista y simple de la masa, hay otras cosas que perturban mis tibias aguas. Esta imperiosa necesidad que de pronto me ha surgido por "pertenecer" a algo me mantiene poco a poco más cercana a la "nada". Contemplo los ejemplos femeninos que abundan a mi alrededor y por mucho que me enorgullezca "caber" entre aquellas que trabajan, estudian, se preparan y apenas si tienen tiempo para ellas, me llegan los remordimientos por querer "ser" como aquel otro sector: casadas, con hijos, con vidas propias, comprometidas con su ser y con los suyos. A ambos bandos los miro con nostalgia cuando sé que no soy ni de aquí ni de allá, que trabajo y tengo tiempo para mí, que amo y deseo casarme y todas esas cursilerías, que anhelo una vida laboral fructífera y también el tiempo suficiente para educar hijos que se cuestionen, que luchen, que critiquen, que se apasionen....
Es difícil comprender que a estas alturas del partido se pueda jugar sólo sin un equipo que te haga "segunda". Tan difícil como la búsqueda de éste o como el sentirse aceptado e identificado entre tantas y tantas mentes que poblamos la Tierra. Pero, como diría la sabia Sailor, ¿qué más da? Ahora es cuando más hay que creer en uno mismo y aferrarse a lo que se es pues quizá, sin sentirlo, un día encontraremos ese grupo que nos haga sentirnos a gusto, tranquilos, en paz.
jueves, 17 de noviembre de 2005
Relaciones peligrosas
Este episodio me remite al escabroso terreno de las relaciones entre padres e hijos políticos, pues aquí importó más el jaloneo entre la suegra y el yerno que la opinión de la propia Perséfone. Sí, esto de la familia "postiza" es sin duda alguna un tema muy, muy escalofriante...
Aunque suene difícil de creer la relación del amor de mis amores con sus cuasisuegros dista mucho de las leyendas urbanas que remiten a la suegra metiche con sartén en mano y al suegro cascarrabias que a todo le pone peros. No, en esta casa no es así y tampoco lo es a la inversa en mi relación con mis cuasisuegros. Somos unos "hijos postizos" muy consentidos en ambas partes: mi mamá le compra su diaria dotación de palomitas a su yerno y mi suegra me da clases de tejido cada ocho días... por supuesto que tan buenas migas deben ser cultivadas día tras día para no desgraciar la plantita con cualquier metida de pata, y para muestra basta un botón.Ahí tienen al flamante yerno prestando su auto para llevar a su novia y sus suegros al cine. Primera vez que don Valent aborda el famoso Tiburón. Entonces, mi madre brinca de su asiento al sentir la presencia de un cuerpo que caminaba sin control sobre sus piernas... "¡Maten a la cucaracha!". El amor de mis amores brincó de inmediato y valeroso, mató a la non grata invitada que seguramente se coló del taller automotriz... Días después mi familia postiza me invitó a comer con ellos; la Kittotta, flamante nuera, prestó su coche para llevar a su suegra y cuñada hasta el restaurante. Entonces se bajaron del auto mirándose con horror las prendas oscuras que llevaban puestas forradas de pelos de perro café... ¡ups! olvidé que mis mascotitas son viajeros frecuentes del asiento trasero el cual, por cierto, jamás limpio. Afortunadamente no hubo rupturas graves ante estos bochornosos acontecimientos, pero hoy temo por ser la compañía de mis suegros en el primer partido de la final de basquetbol... sospecho que ahora si conocerán del todo a su joven nuera, poseedora de un bonito lexico de carretonera y de muy malos hábitos a la hora de apreciar un espectáculo de hombres sudorosos y con escasos ropajes corriendo tras un rebotín. ¡La que me espera!
jueves, 10 de noviembre de 2005
Me quejo y me requejo
Hoy haré un ejercicio en esta honorable columna. Digo ejercicio porque la libertad de expresión es eso, ejercer por medio de la palabra el derecho que todos tenemos de decir lo que pensamos.Los Valent vivimos en una unidad bonita y grande. En ella hay retornos que se separan unos a otros con áreas verdes e incluso hay unas canchas con todo y su kiosko. Desde que llegamos a este lugar (hace más de 15 años) está estipulado que los dueños de los perros tengan la precaución de que al salir a pasearlos éstos lleven correa y que los desechos procuren no dejarse a mitad de la calle. Tal vez esto último sea lo menos respetado, pero al menos los vecinos tenemos la conciencia de ir al pendiente de nuestras mascotas a la hora del paseo.
El fin de semana pasado tuve un altercado con una persona de mente diminuta que se dice la dueña de un lindo labrador negro. Vive a unas casas de la nuestra y nos separa un área verde. Mis amadas mascotas son raza Cocker Spaniel y por naturaleza tienden a ser nerviosos. El Labrador, por naturaleza, tiende a ser juguetón. Yo eso no lo discuto, y de hecho no fue la razón de mi segunda pelea con esta fulana, lo que le discuto es que cuando "saca" a su perro a pasear lo deja correr libre por todos lados y sin correa, mientras ella platica por celular o con alguna otra persona. Esta bien, vive en un país libre, el asunto es que parece que como llegó hace pocos años a esta colonia no tiene idea de cómo son las cosas; no soy la única que se ha quejado de que su perro, al querer jugar, provoca a los otros perros que están en las casas, pero con los nuestros es más notorio porque el labrador se asoma a la puerta, los molesta, todos se ladran y los deja nerviosos hasta el límite, cosa que repito, considero de lo más natural entre los animales.
El asunto es que a la mujer se le dicen las cosas y le vale, ya van varios vecinos que le insisten que por favor tenga cuidado y la tipa contesta cosas irritantemente egoístas. El sábado cuando ya me tenía harta que el perrito se paseara como loco, la fulana me vio salir de la casa y en ese momento le puso la correa (cree que no me di cuenta); fui a pedirle de favor que se fijara en su animal y que era su obligación sacarlo con correa, a lo que ella me contestó que su única obligación era sacarlo a caminar, que era libre de sacarlo como ella quisiera y que no era su problema que mis perros se pusieran nerviosos. Yo entiendo ese último punto, pero lo que sí es bronca de la mujer es vigilar que no vaya a provocármelos... yo no le pedía más que eso, pero ¿es mucho esperar que no me salga con respuestas tan estúpidas y que su ardilla mental le funcione adecuadamente para que comprenda por qué y para qué se hacen las reglas?
Exhorto de todo corazón a todos los dueños de mascotas a que piensen que viven entre otras personas, que no están en una isla donde nada importa si afectas al vecino, que si sus animalitos son grandes y quieren correr los saquen al campo, pero que no antepongan sus comodidades y su falta de responsabilidad para afectarnos a los demás. Que les pongan atención... No se vale que nos perdamos así, entre egoísmos. Estoy enojada. Me estresa demasiado cómo la humanidad se llena (a borbotones) de insufribles taradas como ésta.
jueves, 3 de noviembre de 2005
¡Click!
Ante el padecimiento cotidiano de ver la imagen de un niño de espantosa faz con los pulgares arriba, me fue sugerido por otra alma sometida al terrorismo psicológico de aquella imagen el tema de las poses que todos adoptamos cuando tenemos frente a nosotros una cámara fotográfica. Nada tan simple como eso, nada tan teorizable como eso.
La vanidad, lejos de ser un pecado es el punto sensible de todos los seres humanos en esta tierra. Por mucho que alguien jure y perjure que no le importe su aspecto, siempre terminan cayendo en la autocrítica: “¡mira qué gorda me veo!”, “no, si salí fatal”, “¿este soy yo?”, y un etcétera de preguntas frecuentes. Es entonces que, por simple instinto natural, cuando nos van a tomar una fotografía procuramos el decoro y la mejor postura, aunque algunos gocemos del ridículo como el niño de los pulgares. Con eso de que la cámara no miente, los gordos sumimos la panza o nos escondemos detrás de alguien más, los flacos eligen la pose que resalte sus atributos, las greñudas se peinan en un tris y los de lentes se los quitan con el pretexto de no dar el flashazo.
Las fotografías de grupo son las más geniales, porque siempre habrá alguno que salga con cara de dormido, con cuernos, con la boca abierta, o casi cayéndose porque no cupo o se coló; por más que uno cambie la posición las fotos de familia suelen ser las mismas año con año: cumpleaños, navidades y años nuevos y en todas haciendo lo mismo (¡siempre comiendo!). Las peores son las que nos toman sin avisar. Claro, cuando es uno quien capta in fraganti se disfruta muchísimo más que cuando eres el afectado en cuestión. Se puede descubrir a alguien dormido, en la regadera, comiendo como cerdo esperando que nadie lo vea, en calzones, en el baño, y demás situaciones por ende bochornosas. Y ni qué decir del prematuro sufrir con las series que los papás adoran tomarle a sus bebés de caritas lloronas, risueñas, berrinches, etc., y las palabras raras que dicen para que un niño mire al lente (¿whisky? ¿Quesito? ¿Mira al pajarito?)
Pero las mejores son las individuales. He ahí las fotos tamaño infantil que las escuelas piden año con año; después viene la del título, la del pasaporte, la de la solicitud de empleo... No es sólo la lista de condicionantes que requieren estos trámites (sin aretes, restirada, con ropa blanca), no, es ese extraño masoquismo de ir siempre acompañado a esta lucha contra el lente fotográfico, y es esa misma compañía quien goza haciéndonos caras para que el resultado sea una boca chueca de la risa, el ojo en pleno guiño o la papada a todo lo que da... ¿No lo creen?
jueves, 27 de octubre de 2005
Lo clásico de otoño

Lo diré así: los roles tradicionales donde el hombre del hogar es el amo y señor de los deportes frente al televisor, y donde la mujer partido con partido se refunde en su sillón sin entender ni papa de lo que ocurre en cada jugada no aplica con nosotros. No quiero decir que a mi señor padre no le llame la atención mirar algún partido, pero es bien sabido que si gusto de apasionarme como una loca ante encuentros del tipo deportivo es por herencia materna y nada más.
A mi madre debo mi entrega y dedicación al arte de enojarse, estresarse y escupir cualquier cantidad de improperios ante un couch y muchos jugadores que, sospecho, nunca escuchan lo que uno les dice. A ella debo mis nervios y sólo ella sabe rascarse sabrosamente la cabeza a la primer rabieta por ver a nuestro equipo del lado de los perdedores. A ella debo mis primeras series mundiales (lista que inicia a finales de los ochenta) y por ella disfruté como enana la única vez que he pisado un estadio de Grandes Ligas, envuelta en banderines, souvenirs, refrescos y hot dogs (cual anuncio de Master Card), y contagiada con aquella cancioncita que a coro se entona cuando está por iniciar la parte baja de la séptima entrada (Take me out to the ball game, take me out with the crowd...),
Lo que no me explico es cómo viviendo tantos años en una ciudad netamente beisbolera no me fue inculcada desde mis infancias esta gran pasión. Tuve que ir de nueva cuenta a Oaxaca para poder apoyar a los Guerreros, para gritar hasta rayar en la ronquera, para reírme secretamente de la amistosa botarga parecida a uno de mis sobrinos, para entrar en complicidad con gente que jamás había visto festejando cada buena jugada de los nuestros, para darme un banquetazo de chicharrones y palomitas mareando a todo aquel vendedor que se paseaba frente a mi canasta al hombro, para saborearme las cervecitas que una a una se iban agotando entre mi papá, su amigo y yo, y para sorprenderme de que aquí la cancioncita gringa es substituida por el himno de todos los oaxaqueños: el “Dios nunca muere”. Todo el mundo lo canta cachuchas en mano del lado del corazón. Después el juego se retoma y otra vez se siente la pasión, esa que no conoce edades, nacionalidades o géneros. Un verdadero deleite al alma y a los sentidos.
No es que ante la menor provocación corramos a los estadios a ver el béisbol (aunque admito que hemos hecho largas colas al rayo del sol por los Halcones en el básquetbol), pero hasta ahora nuestra cita de octubre no nos falla jamás, incluyendo con ella palomitas, cobijitas, la narración de los jocosos cronistas nacionales y los nuevos miembros del club de las Grandes Ligas. Todos unidos por la pasión de la pelota caliente, y la necesidad de mantener viva la única tradición que real y fervorosamente, año con año los Valent seguimos como tal.
jueves, 20 de octubre de 2005
Con-cierto miedo

Para todo joven que comienza a crecer, el desarrollo de sus propios gustos musicales es una experiencia obligada; es entonces cuando aparecen en las paredes pósters de los grupos favoritos, cuando se hace lo imposible por tener la colección completa de todos los discos, cuando uno se aprende de memoria todas las canciones a fuerza de escucharlas mañana, tarde y noche y a todo volumen... Es a esa edad y con todas las justificaciones sociales y emotivas, que el asistir al concierto de ese objeto de máxima idolatría resulta un asunto de vida o muerte. Así de simple.
Fui la fan más fervorosa que Timbiriche pudo tener en un personajito de 4 años desde que salieron al mundo musical, y a partir de entonces añoré poder corear algunas notas musicales en vivo y a todo color. Pasaron 12 discos, muchos años, y cuando al fin fue anunciado el reencuentro de la agrupación mi corazón de Kittotta se emocionó hasta las lágrimas... ¡Debo verlos en vivo por última vez! Pensamos en conjunto las hermanas Valent. El Auditorio Nacional parecía el lugar indicado presenciar mi primer gran concierto. Teniendo el cochinito repleto de ahorros olvidamos contar con la astucia materna, que categóricamente y con la idea en mente de que afuera de aquel recinto coexisten rateros y secuestradores con cuchillo en mano, nos negó el permiso, alegando (cito textual) “Que el Auditorio Nacional es muy peligroso”. Esto puede parecer de risa loca pero fue un gran golpe para los tres corazones que, desilusionados, tuvieron que conformarse con ir a verlos a Veracruz, en medio del norte y en filas que mientras más caras menos se podía ver al escenario con claridad. Para colmo, Alix se embaraza y no acude a la gira, privándonos de la mejor rola del show.
Mi lista de asistencia a grandes conciertos sólo se reduce a dos más, y gracias a ello he podido superar el trauma de aquella primera negativa. De hecho, todavía no conozco el dichoso Auditorio. La conducta de mi madre la llevo a pertenecer a ese selecto lugar donde muchas madres (supongo) han caído: el rencor vitalicio de hijos incomprendidos; ellas, que prometen que si Michael Jackson viene a México en tu cumpleaños dicen que irás y cuando sorpresivamente eso sucede, se retractan. Claro, la mala suerte también existe... No es posible esperar toda la vida por un concierto de KISS y cuando lo dan, tú estás al otro lado del mundo, en una fecha importante, en una misión importante.... ¡Simplemente cosas de la vida!
jueves, 13 de octubre de 2005
De festejos y manteles largos

Por si no fuera suficiente con la dicha diaria de estar vivos, a nosotros los seres humanos (porque no creo que sea exclusivo de los alegres mexicanos) nos da por hacer fiesta por todo y para todo: que si juega la selección, que si se gana el reintegro del reintegro del número del Melate... Pero cuando de celebraciones importantes se trata, las mesas se ponen, los manteles se estiran, los cubiertos, platos y vasos se colocan, los vestidos elegantes se planchan, los platillos más apetitosos se cocinan y mientras todo esto sucede los invitados se acercan al lugar indicado con pletóricos regalos en mano para acompañar a quienes han decidido echar la casa por al ventana para compartir alguna tremenda alegría. Una escena tipo la boda de la hija del Padrino, o el bautizo del sobrino de Tita en “Como agua para chocolate”.
Pues bien, ese fue el escenario que viví el pasado fin de semana tras recorrer kilómetros y kilómetros de una incierta carretera y de ser partícipe (una vez más) del mortificante ritual de todos los viajes que comanda el señor Valent: buscar estaciones audibles de AM desde Xalapa hasta el fin del mundo. Gracias a Morfeo a muy buen tiempo caí en profundo sueño y tras las casi 6 horas de viaje, la familia Telerín (con todo y el pastelero Bigotón) llegó sana y salva hasta su destino, con el único motivo de compartir con una Valent más en el mundo, el cumpleaños y bautizo de su pequeñita: la Donita Fresita.... Omitiré el hecho de que el sábado fui abruptamente despertada por sonoros e irrepetibles cánticos de una infante de apenas el año a las 7 am, como si la muy condenada se sintiera tan feliz de saber que en pocas horas le tumbarían los cuernos infernales para siempre. Forrar regalos, planchar camisas, bañarse, arreglarse y estar listos a la 1 de la tarde fue todo un show, pero se logró. Ya para las 2 la familia entera estaba más puesta que un calcetín ocupando la capilla, el reloj corría y del sacerdote ni sus luces. Más tardó el hombre en llegar (con acolita enfundada en playera Tuza) que en mocharle a la inocente el pecado original. Pero particularmente el momento esperado de la tarde fue la pachanga, pues la mamá, visionuda por herencia, la vistió cual Rosita Fresita (la rechonchita ochentera; la de este siglo luce anoréxica y cabezona). ¡Un amor la linda y chinuda Donita! Por supuesto el gorro fue precisamente que se pusiera su gorrito pastelero, el cuál acabó hecho una mugre porque pasó por todas las cabezas menos por la de la niña.
Lo malo del festejo: la multitud de infantes corriendo como cohetes con la mecha prendida y la pobre animadora que hizo todo menos animar a los presentes. Lo bueno: el pastel de chocolate que devoré olvidándome de dietas y regímenes alimenticios y la abridera de regalos que todos gozamos más que la interesada.
Ese delicioso pastel de chocolate y las velitas apagadas fueron silenciosamente en honor de la Kittotta Valent y sus Policromías, pues esta semana celebra dos años de existencia en el mundo de la prensa. Los manteles largos se extienden en honor y agradecimiento a todos aquellos que han hecho este espacio posible, a quienes han sido parte de él, y que han logrado que la persona detrás del personaje cumpla uno de sus sueños más largamente acariciados. ¡Felicitaciones y regalos se reciben visitando http://pochacasworld.blogspot.com!
jueves, 6 de octubre de 2005
Escenas que ruedan

La gente siempre dice que uno no nace en coche como para ir y venir de manera tan cómoda de un lado a otro, pero temo decepcionar a todo aquel que lo afirma: viajar en coche no siempre es cosa cómoda, y desplazarse (me temo) es una necesidad primordial en cualquier artefacto que pueda interpretarse por coche: camión, pesero, combi o carreta que ande con ruedas. El medio de transporte a lo largo de la existencia humana ha resultado algo fundamental. De hecho, gran parte de los acontecimientos históricos tienen como protagonista algún vehículo: a Pancho Villa le dejaron el coche como queso gruyere, y de mi pobre Lady Di mejor ni hablo; el elemento indispensable de la Cenicienta a parte de la zapatilla fue la carroza; el horror de las torres Gemelas se vivió en un par de aviones y el hombre ha visto la Luna y estrellas circunvecinas gracias a los transbordadores. Es entonces que pienso cuántos acontecimientos importantes de la vida particular de cada quien suceden en un medio de transporte.
Las más tristes despedidas se enmarcan en la partida de un camión; las más grandes historias se conocen cuando se le saca plática a un taxista; las motocicletas y el viento en el rostro dan sensación de libertad; de coche a coche se puede hasta coquetear; viajar en avión da un toque de distinción, el tren forma parte de los relatos de los abuelos, los barcos producen náusea pero en medio de la inmensidad lo mismo transportan historias de amor que contrabando...Mis más célebres historias de vehículos han sido mi viaje en una camioneta de redilas en pos de una aventura decembrina, un ansiedad incontrolable cuando creí haber perdido un lente de contacto en pleno camión, un poco grato viaje en avión junto al mariachi de Alejandro Fernández, cierta escena romántico-peligrosa en el auto gris y el único accidente dramático que me dejó como saldo mi codo izquierdo partido por la mitad. Para ser sincera creo que en los medios de transporte se pasa la vida entera: del niño que viajaba de vacaciones pasas a ser el que aprende a manejar; maduras un poco más la primera vez que el camión te aleja de casa para vivir lejos, muy lejos de los tuyos; te estrenas en el amor en la intimidad de un auto, conoces mil personas e historias entre la multitud que se transporta junto a ti.. En fin... En burro, tren o jet, la existencia, literalmente, nos reduce a simples viajeros frecuentes con una desorbitante cantidad de kilómetros (y sentimientos) acumulados.
jueves, 29 de septiembre de 2005
¡Tengo bloguitis!
El internet llegó a mis días de estudiante (gracias a Dios) a finales de la prepa. Primero lo utilicé para cosas vanas y triviales como bajar imágenes de “Dawson´s Creek” para forrar mis libretas; después y gracias a las malas influencias comprendí el valor del email y la locura que desatan los mp3. Mientras más conocía, más fuera de moda me sentía. Entonces, llegó el chat... ¿Quién pensaría que una pequeña florecita de sonido extraño podría producir tanta felicidad? Ajena al tiempo y al espacio que me rodeaba, resultaron incalculables los millones de minutos que permanecí sentada frente al monitor, agilizando mi precaria mecanografía en charlas poco interesantes, pasando tareas, oyendo música, y teniendo furtivos romances (efímeros casi siempre)... Así como cuando se es compradora compulsiva, así se crea el ansia de posesión obliga a adquirir imágenes, wallpapers, y millones de las chunches que día con día se ofertan –gratis- en la internet. Y así, cuando apenas nos acostumbrábamos a los términos “arroba”, “triple doble u” o “tienes un email”, el ciberespacio nos sigue sorprendiendo: Damas y caballeros, llegaron los Blogs.
Estas novedades llegaron a mí vía amplia recomendación de amistades y conocedores de las letras ínternáuticas. Me decidí y abrí un modesto blog hace algunos meses. Pero algo pasó que el furor por visitar otras bitácoras me atacó cual cibervirus, y desde entonces, acúsome de haber caído en un nuevo vicio, uno que ni con 28 días de rehabilitación sanaría. Vuelven a mí esas sensaciones de que mientras más veo, más obsoleta me siento; ¡Caray, hay maestros en el arte del diseño! Y como soy mujer de retos e ideas, en una exhaustiva expedición por directorios decidí dedicar mis ratos libres al magistral diseño de mi blog. Y entonces llegó el ansia de nuevo, y abrí otro. Y luego otro. Expansión ciber-territorial pura. Entonces era de día y se hizo de noche, y yo seguía atrapada en el ordenador peleándome con el HTML por el contador que se movió o porque mi Galleta, mascota virtual de la red, no queda donde debería quedar. No es que tenga tanto que decirle al mundo (todo se reduce a superfluas tonterías), ni siquiera puedo alegar falta libertad de expresión... Es simplemente ser y estar en un mundo virtual, donde también se crea la necesidad de destacar...
Soy Kittotta y tengo bloguitis, enfermedad cuyos síntomas son revisar mi espacio cada 3 minutos esperando tener un nuevo comentario o un número nuevo en el contador, visitar otros blogs para publicitar el propio y usar cualquier medio de comunicación en campaña pro-visitas de mis bitácora (¡!!Visiten http://pochacasworld.blogspot.com y http://ratonadetv.blogspot.com, plis!!!)
jueves, 22 de septiembre de 2005
Muchas interrogantes y una boda
Las pláticas con las amigas del pasado siempre tienen este matiz: “¿Ya te enteraste que Fulanita se casó?”, “¡No! ¿Sutanita ya tiene hijos?”, “¿Que la pidieron hace cuanto?” Todo gira alrededor de eso. SIn embargo yo pertenezco a una clase extraña de mi generación donde las mujeres somos de amplios criterios y decisiones muy firmes. De mi más cercano
círculo de amistades (pequeño pero conciso) las mujeres se caracterizan por ser profesionistas, independientes, emprendedoras, ansiosas por vivir lo que la vida les da día con día. Ellas trabajan, son valientes, defienden sus ideales y para ninguna, ninguna, el matrimonio es un aspecto primordial. No caen en el feminismo (esa etapa ya la superamos todas), y tampoco quiero decir con esto que la palabra boda esté vetada por toda la eternidad; simplemente, a los 25, 26 o 27 años, el tema queda con puntos suspensivos.¿Qué más puedo decir? Yo, a pesar de que el amor de mis amores representa el puerto donde mi corazón se ha anclado, tengo la misma mentalidad de mi selecto y poco común círculo. Y así como compartimos estas ideas sobre el hoy también, cada una por su cuenta, pasa por ese difícil trance de escuchar a las familias (hambrientas de actividad social) que suelen hacer comentarios tales como “Ya te estás quedando”, “¿Y para cuando la boda?”, “Estás en perfecta edad para tener familia”.... ¿Será acaso tan difícil entender que uno desea ampliar sus horizontes más allá de la vida conyugal? ¿Representa un pecado querer vivir un poco más que el promedio general (decidido o calenturiento) que en plena flor de su juventud unen sus vidas y ven al matrimonio como el yugo que frenó sus apetitos de toda clase?
Esta columna está dedicada a todas estas mujeres de quienes hablo: Chicas inteligentes, firmes, que defienden sus soledades, que no temen arriesgarse en el amor, que defienden sus relaciones social (y estúpidamente) “prohibidas”... y también se la dedico a Paquito, mi gran amigo, mi hermano de memela, el único de mis amigos más cercanos que en el día 15 unió su vida con la chica que robó sus sueños y que desde ahora le da muchísima felicidad. Con convicción y por amor, su carrera hacia al altar no es de sorprenderse y gracias a él se inaugura en mi agenda la lista de los afectos más cercanos que desde ya me indican que las campanas están al vuelo, y que los quince años han quedado atrás.
jueves, 15 de septiembre de 2005
Relato con la letra entrecortada

En la conmemoración del vigésimo aniversario del 19 de septiembre de 1985 muchas serán las historias que salgan a la luz desde el anonimato, por eso hoy quisiera sumarme a las voces que, murmurantes, aun evocan los recuerdos de un acontecimiento que a 2 décadas de distancia sigue estando vigente en el imaginario colectivo de la sociedad mexicana.
Mi versión es la de una niña de 6 años de edad estrenándose en la escuela primaria, que desayunaba junto con su hermana y su mamá en el segundo piso de un edificio en la ciudad de Oaxaca, punto donde los sismos y temblores no son desconocidos. Mi papá había salido a una comisión a la Ciudad de México, y mi único recuerdo vivo fue el susto por la sacudida y la entrecortada transmisión de Lourdes Guerrero anunciando que “un fuerte viento” estaba moviendo las lámparas del estudio de televisión. Fade out.
La versión de mis padres, recientemente conocida, es extremadamente distinta. Mi papá se encontraba hospedado en el hotel Romano, parte de una cadena que contaba con otras dos sucursales en el Distrito Federal. Se levantó, se bañó, y en la tina literalmente “le agarró el temblor”. Pero él siguió con su rutina: se cambió, se perfumó, y salió de su cuarto rumbo al elevador. Ahí, un hombre asustado lo recibió: era el gerente quien, impactado, le solicitaba a todos los huéspedes tomaran las precauciones necesarias. Mi papá no había reparado en el daño, solo sintió muy duro el jalón pero nada más. Salió y el panorama no era tan desolador. Llegó todo trajeado a la esquina donde había quedado de verse con algunos otros colegas; uno de ellos llegó a tomarse un jugo, todo pálido y lleno de horror. -“Iba a tomar un pesero y un edificio completo cayó ante mis ojos”- Algunos lo tacharon de loco, entre ellos mi padre. Fue hasta que llegó al lugar donde era su junta de negocios (el edificio de la Comisión Federal de Electricidad) cuando dimensionó todo. Ante la urgencia visible de su jefe por resolver su asunto ajeno a la desgracia, tomaron un auto rumbo a Cuernavaca hasta donde mi papá fungió de chofer... Él, hidalguense de nacimiento más chilango por antigüedad, transitó entre escombros, entre ruinas, entre edificios que se derrumbaban al instante ante sus ojos, entre lugares que en su juventud había observado en todo su esplendor.
Mientras tanto mi madre, habiendo despachado a sus hijas al colegio, se quedó atenta ante las noticias intermitentes de la televisión donde anunciaron la caída del hotel Romano, sin decir de cuál se trataba. Pasó todo ese día en shock, sentada en una mecedora frente a la ventana esperando el regreso de su esposo. Yo no lo recuerdo fielmente, pero las vecinas vieron su estado y literalmente la doparon para que ajustarle los nervios. Mi padre, como pudo, llamó a mis abuelos en el Estado de México para que ellos le avisaran a mi madre que estaba bien, pero desafortunadamente la telefonía en el país se cayó junto con la torre de Telmex.... Un día después él pudo regresar y estar con su familia... veinte años después, estando con su familia, las lágrimas regresan al recordar el olor, las paredes caídas, la gente dolida, la suerte que él tuvo y muchos no... Este es un relato más entre los miles y millones que aun permanecen sin ser contados, que se quedan, tan sólo, en los corazones de quienes fueron parte de esta historia y de los suyos.
jueves, 8 de septiembre de 2005
Maldito mundo manipulador

He aquí una lista de situaciones a las que todos somos susceptibles de llegar con una poco amable cara de ¿what? ...
*¿Por qué usar el Word de Microsoft es tan complicado? No importa que tan chido pueda ser uno en esto de la tecnología, estas chácharas nos ganan siempre la carrera con el tiempo y cuando creíamos saberlo todo, una nueva versión nos hace casi siempre tener que empezar de cero... Y si recurres a la “Ayuda”, esta logra todo menos resolver tus cuantiosas e innumerables dudas.
*Es de día y uno elige qué ponerse... Podría parecer tarea fácil, pero siendo mujer la cosa cambia. Cuando se está en uno de esos momentos donde nada te queda bien, donde ni el rojo, ni el azul, ni el blanco ni el negro te hacen ver más linda, donde ya tienes algo puesto y los zapatos no te quedan, donde te pintas la pestañas y están en su mala época (ni china, ni lacia, y con el rimel quedan hechas una tragedia), donde el cabello ni peinado ni despeinado resulta adecuado... ¡Nunca faltan días así! Y suceden casi siempre en un evento de relevancia suprema: una primera cita, la presentación con tus suegros, una entrevista de trabajo o una junta vital.
*Para muchos los celulares solo poseen una virtud: enviar mensajes. Podemos acabarnos un crédito de $200 pesos mensajeando chismesillos de ocasión, misivas románticas o simplemente preguntas ociosas como ¿Qué comiste hoy?. Pero cuando realmente se necesita el celular, en algún imprevisto por ejemplo, suceden eventualidades tales como que se le acabó la pila, no hay recepción en donde estás, tu saldo ha expirado, o simplemente se cayó la red. ¿A poco no?
*¿Es justo que la Selección Mexicana juegue con nuestros sentimientos? A partir de aquel errado penal de Alberto García Aspe que viví desde el baño (del puro nervio) mi bono de esperanza va a la baja, y no creo ser la única que se quedó una vez más con banderitas en alto decayendo cual florecilla marchita... Ya no creo en nada ni en nadie.... ¿Cuántos años nos mantendrán al ya merito? ¿Cuántos más?
*La tecnología es mala. Cuando uno tiene como urgencia conectarse a internet o imprimir el trabajo final de historia a la voz de ya, o la conexión tuvo una falla y es literalmente imposible navegar o la impresora hace como que le da tos, se queda sin tinta, las hojas se atoran, se las come... ¡Sucede, es real, y uno con tantísima prisa! Eso sin olvidar las palabritas en rojo que están bien escritas pero no reconoce la máquina del mal... ¡¡¡ahhhhh!!!!
*¿Por qué será que cuando uno deja rechinando de limpio su medio de transporte, cae un aguacero de aquellos y el coche queda como recién llegado de un safari?
* Hoy en día todo puede suceder... si el incauto lector comparte algo igual o peor que lo lleve a expresar con sentimiento “¡Maldito mundo manipulador!”, sus comentarios serán bienvenidos en kittotta@yahoo.com.mx.
jueves, 1 de septiembre de 2005
La dieta DDT

Recién leía en una nota de cierto periódico nacional sobre la Segunda Feria de la Torta, así, sin albur alguno. “¡Santa cachucha!” –pensé yo- aquello es el paraíso para todos los que estamos en vías de una urgentísima dieta rigurosa. Las cifras volvieron a mis ojos en espirales; la idea de una deliciosa, pachoncita, rellenita y mordisqueable megatorta de más de 36 metros de largo me ponía la misma expresión babeante que a Homero Simpson le brota cuando imagina una dona, un chocolate o lo que sea; y el dato de que tan sólo en el Distrito Federal existen mil 500 torterías establecidas puso a mi ardilla mental a hiperventilarse de tan sólo imaginar cuántos de estos amables changarritos abundarán en este estado, en los circunvecinos y en todo el país. Pero la pobre se puso prieta del esfuerzo cuando le ordené hacer un recuento de cuántas tortas me habré comido durante toda mi existencia.
Qué cosa más triste realmente. Hagan sus cuentas, incautos lectores. De niño a uno le ponen en su loncherita de agradables dibujitos una torta por día. Supongamos que todos los recreos de la primaria fueron de a torta, bueno, supongamos que 3 por cada 5 días. Entonces, si en promedio entre vacaciones y puentes los periodos escolares son de 40 semanas, por 6 años, arroja un saldo como de 80 suculentos ejemplares tan sólo en la primaria. Eso sin contar las vacaciones, los días de campo, y los domingos de flojera donde este es el platillo familiar por excelencia. Como ven, las cifras se tornan alarmantes. Eso quiere decir que, poniendo (y exponiendo) al aparato digestivo de Kittotta como ejemplo, en mis 26 años he vivido 1352 semanas y 9490 días aproximadamente, de los cuáles descontamos la primera infancia y los antes contados 6, dan un cuantioso total de ¡Aaaaaaahhhhhhhh! Una asquerosa cantidad que rebasa las 2 mil unidades, por no poner un número más penoso. Ustedes disculpen si las cuentas no coinciden entre sí, pero las matemágicas no fueron hechas para ardillas humanísticas como la mía que sabe bien redactar ensayos y no da una con las raíces cuadradas.
Ante esta depresión numérica y tropical se confirma la imperante necesidad de entrar en riguroso régimen alimenticio, visitar al nutriólogo, hacer ejercicio, forrar la torneada figura con fajas, hules o vendas, y, sobre todo, aplicar la maravillosa dieta DDT. ¡Dejar De Tragar! Ay, si tan sólo se pudiera... Por un lado, la voz de la conciencia sugiere las buenas formas para sentirse saludablemente más feliz y vanidosamente más hermosa, y por otro lado el estómago, que con flechas y a gritos nos indica que la comida va ahí, y que cualquier manjar que por su conducto pase será siempre muy bien recibido.
Rayos. “Las tentaciones, a diferencia de las oportunidades, siempre llaman dos veces” (cito textualmente a un alma compungida que así se presenta en el chat). Y es cierto. La tentación abruma la pureza de la mente, y nos pone en un lugar como nuestro México, en un sitio donde en cada esquina abundan los comercios formales e informales que ofertan ricos y variados taquitos, tamales, y tortas, justo en el lugar donde este alimento de la canasta básica tiene su propia feria, sus propios récords y muchos, muchísimos débiles (y hambrientos) seguidores.

