jueves, 27 de septiembre de 2007

Ni Ripley se lo cree

En el mundo están pasando cosas increíbles, cosas que ni el mismo Robert Ripley, el “Caballero de lo Bizarro” que estudió los más extravagantes fenómenos paranormales hubiera imaginado. Y es que es como una ley de Murphy, como una regla, como una maldición: cuando crees que lo has visto todo, te equivocas… siempre hay algo más que te recuerda que tu capacidad de asombro está ahí, rebasada, superada, escandalizada.

No es sólo el nombresote que recibirá la hija de Salma Hayek, la carriola blindada en la que viajará o el hecho de haber visto a su madre en una versión tipo Shamú de ella misma; no es ver las sonrisas de catálogo de la pareja Fox-Sahagún en las portadas de Quién y mirar que tantos años de esfuerzo les darán una senectud segura, aunque después se haga de palabras con la prensa que sin duda, extrañaba las hazañas de Chente y zu Martita, ese mismo ex presidente que tanto nos hizo reír y hoy tanto nos hace sufrir.





No, no es únicamente ver en televisión lo que queda de Lucía Méndez (quien ante las terribles circunstancias hubiera sido mucho mejor ex primera dama… ahí si que no funcionaron sus esencias de feromonas, ¡chin!), “actuando” en una “súper novela” que conmemora el medio siglo de un género que cumple sus 50 años ¡en el año 2008!, presumiendo con vestidos ajustados los millones invertidos en cirugías que la dejaron como clon de Alfredo Palacios. Tampoco las imágenes de un O. J. Simpson detrás de las rejas ¡otra vez!, o las fotos lujuriosas con las que la protagonista de High School Musical deleitó la pupila de su novio, o los puños de Oscar de la Hoya resaltando el atuendo de tacón y media de red que según dicen no son obra del fotomontaje. Vaya, ni siquiera los dimes y diretes entre Cristian Castro y su Rosa Salvajemother han llevado a sus completos límites mi capacidad de sorpresa.




Todos los eventos desafortunados mencionados tuvieron en la boda de mi prima, la semana pasada, la cúspide del asombro. Como lo dicen las fotos de tal evento, soy una viejecita consumada. Poco tiempo destinado al arreglo personal, un peinado nada acertado y el aparente parecido con mi abuela paterna hacen que me tome muy enserio eso de escandalizarme como cualquier adulto sexagenario cuando acudo a una boda donde la novia entra sola al altar, con sus padres detrás de ella (¡Jesús de Veracruz, el padre no entregó a su hija!); cuando veo que al final nadie avienta arroz, o pétalos o burbujas; cuando leo que la invitación dice BRINDIS y con el estómago vacío a las 9 de la noche espero cualquier variedad de bocadillos cuando lo único que ofrecieron fueron hartas bebidas y ¡puros cacahuates!, y no hay recuerditos, y no hay palabras del padrino, y si un ambiente launch tipo antro que me hizo sentir más en una taquiza de graduación que en una unión amorosa.

Estos escándalos de la farándula y de las juventudes modernas, y un claro desvelo permanente me llevan a expresar que todo ha ocurrido, tal vez como en un sueño, ¡aunque usted no lo crea
!


jueves, 20 de septiembre de 2007

México, ¿Creo en ti?

Corrían mis años de estancia en la escuela secundaria. Con motivo de las fiestas patrias, el homenaje de septiembre contó en su programa con la participación de una principiante declamadora que, una vez anunciado su turno, tomó posesión del micrófono y con arrebatada pasión (y bastante melodrama) deleitó al respetable con su propia versión de “Suave patria”, de Ramón López Velarde. Sólo quienes vivimos para contarlo podemos dar fe de la risa contenida que semejante ímpetu provocó en los imberbes eufóricos, quedando ésta como una anécdota del todo jocosa.

Recordar el entusiasmo de aquella poetiza me tocó muy hondo en estas fechas tan patrióticas, en este mes que conjunta varios acontecimientos de suma importancia para la historia mexicana, donde a todos nos brota el amor a nuestra tierra, donde todos nos sentimos más paisanos que nunca. Escuchamos a los Fernández y a Aída Cuevas, y en todos los rincones el sonar de una campana acompaña los gritos sonoros de “¡Vivas!”. Algunos festejan de las formas más originales, y otros volteamos los ojos a poetas que como López Velarde describen su sentimiento con amor, con orgullo, con pasión, sea como “Suave Patria” o como la afirmación de Ricardo López Méndez: “México, creo en ti”. Tristemente la realidad de nuestro país opaca las emociones de estos poemas. Al leerlo y releerlo me asaltó una penosa duda… México, ¿creo en ti?

¿Creo en ti, si las personas que rigen tu destino son políticos tan ocupados en pensar en sí mismos que pasan inadvertido el bienestar de tu gente?; ¿Creo en ti, en ese falso sentimiento patriótico que se evapora poco después de las borracheras; en esa apatía que tiene la gente cuando te contamina, te desgasta y mancha de petróleo tus aguas?; México, ¿Creo en ti, en las desigualdades sociales, en la apagada voz de la gente honesta, en el grito ahogado de la ética y tu Carta Magna; en sujetos que creen que dar dinero es la forma de obtener votos y en ciudadanos que piensan que es mejor dinero que trabajo?; México, ¿Creo en ti, en la ceguera y dejadez de tu gente, en la censura, en la ineptitud de quienes fomentan la ignorancia, la pereza, la corrupción, la porquería social?; México, ¿creo en ti, en tu futuro, en esos niños que son educados creyendo que el que no tranza no avanza?; México, ¿Creo en ti, en la idea de que tu pasado es mucho más fuerte que tu presente, en tus maravillas que se bañan de tragedias y que siguen en pie, como testigos de los siglos?; México, ¿creo en ti, en todos tus orgullosos hijos que han tenido que buscar el pan en otros países porque en tus tierras, México, la siembra no crece pero el hambre sí?; México… ¿debo dejarme llevar por el negro que te empaña cuando desbordas colores por todas partes?

Una de las estrofas del poema me da la clave…

México creo en ti, porque escribes tu nombre con la X,
que algo tiene de cruz y de calvario,
porque el águila brava de tu escudo,
se divierte jugando a los volados,
con la vida y a veces con la muerte.

jueves, 30 de agosto de 2007

Ellos tienen alma

Una noche sin quehacer me topé en la televisión con un documental sobre el Holocausto que me dejó helada. Producido por Steven Spielberg, este fue un relato colectivo de personas que estuvieron ahí, que padecieron el horror, que sobrevivieron a la furia de un sujeto ajeno a toda realidad, inmerso en una locura abrumadora. Una mujer, explicando a detalle los campos de concentración y el hacinamiento, terminó su testimonio con una idea contundente que resumió la fuerza que la hizo salir adelante: “Los nazis me habían quitado a mi familia, mi casa, mi libertad… comprendí que lo único que no podían quitarme nunca, era mi alma. Por eso sigo aquí.”

El alma. Qué etérea, qué valiosa, qué invisible es. Escuchar que una mujer salió adelante del peor de los infiernos en defensa de su alma me hace pensar en todas las mentes brillantes que a lo largo de la historia dedicaron sus neuronas con el fin de explicarla, de comprenderla, de conocerla. Palpable o intangible, nadie puede en efecto robarla. Ni siquiera el amor.

Gracias a esas fuerzas cósmicas que de pronto te llevan a un mismo tema, me topé con una revista española dedicada a las mascotas, cuyo reportaje principal destaca la pregunta “¿Tienen alma los perros?”.

El texto de Eduardo de Benito nos remota hasta los días del antiguo Egipto. Sus dioses reflejan el respeto que esta cultura manifestó durante su existencia al reino animal; menciona también a Empédocles y su filosofía biológica en la cual los seres son mortales pero su alma es eterna. En este recorrido existencial también se encuentran Plutarco, un pensador griego que concluyó que el alma es idéntica en humanos y animales y de quién se sabe escribió el tratado “Los animales hacen uso de la razón”, mismo que como tantos documentos valiosos se ha perdido.

Aristóteles también dedicó sus pensamientos al alma de los animales. Para él, existen tres clases de alma (el principio de toda vida): la vegetativa, la sensitiva y la racional. Los hombres comparten con los animales la segunda. Tiempo después Santo Tomás retomó la filosofía aristotélica aplicada a los perros, y por otra parte, Descartes los denominó máquinas animadas carentes de conciencia e inteligencia. Por supuesto que el reportaje no excluyó las diferencias que el tema genera entre ciencia y religión, donde esta última rechaza en absoluto el alma en los animales pese al ejemplo del gran San Francisco de Asís.

Para mi sorpresa encontré en este texto a Pitágoras, con quien comparto la idea de la metempsicosis, una doctrina que hace a las almas transmigrar de un cuerpo a otro. Así, el alma de quien hace 25 años pudo pertenecer a mi hermana María una década después regresó al mundo en el cuerpo de Pochaco, mi extravagante mascota con comportamiento humano. Tras este recorrido los lectores llegamos a la conclusión que más nos conviene, y si todos creemos en nuestra alma, quienes amamos a los animales sin duda, respondimos la pregunta de origen con un estruendoso SI: ellos también la tienen.

Pochaco en su casa de perro

El hermoso Toto

jueves, 16 de agosto de 2007

Nunca es tarde

¡Ay, la niñez! Esa época maravillosa donde no existe noción alguna de conceptos sociales y uno puede correr, jugar, saltar, decir, hacer y deshacer con la licencia que te da la pureza de espíritu, el nulo conocimiento de cosas viles como el ridículo, la pena ajena, la vergüenza social, etc. Se puede decir la verdad más incómoda (también los borrachos lo hacen pero a ellos los censuran), se puede comer un helado con la mayor impaciencia y embarrarse hasta las orejas, se pueden lucir plácidamente las prendas interiores sin importar la marca de origen (ningún niño viborea si el otro trae Huggies o KleenBebé) y si se decide tomar una siesta de 3 horas no sólo no se les juzga, sino que los papás hasta lo celebran. La vida del niño… qué feliz.

Mis visitas a los parques en domingo se remontan a unos cuantos años luz. En ese entonces mis padres nos llevaban a mi hermana y a mi al “Llano”, el parque más tradicional de la capital oaxaqueña que los fines de semana se convertía en una romería. Niños por todas partes, padres persiguiendo a aquellos que se desprendían en pos de alguna aventura, maestros de la pintura aleccionando a infantes que confeccionaban obras de arte no en las cartulinas sino en su ropa, emprendedores en la industria del minicoche y la cultura vial, y todo un mosaico de colores, voces, risas, llantos que son las estampas que no cambian jamás.

Invitada a ser partícipe de las nuevas gracias que mi ahijada Gabriela, alias “La Niñita”, he asistido en calidad de testigo a sus felices interacciones con los personajes comunes de los parques en domingo. Sí. Tal como en el “Llano” de mi infancia, Los Berros tiene al globero, al chicharronero, al miniPYMES automotriz, a los que ríen, a los berrinchudos… Todos están ahí, incluida esa máxima atracción xalapeña que es toda una tradición: El Piojito, un trenecito que rodea el parque llevando alegría por doquier. Pues bien, la Niñita ha desarrollado últimamente un gusto peculiar por este transporte ferroviario y no sé qué le emociona más (y qué me aterra más a mi): si el sonido de la campana que anuncia su llegada, si la música de Cri-Cri mixeada con Tatiana y El chavo del 8, o la presencia de Barney, Mimí y Winnie Poo en cada uno de los vagones.

A insistencia de la doncellita, novel adoratriz de las bolsas de chicharrones, luego de tres vueltas de espera y un coraje radical, mi hermana, la Niñita y yo abordamos el Piojito, ¡Ay bendito! Ella iba como reina del carnaval, a grito pelón para que la botarga morada que no sé por qué le fascina tuviera a bien saludarle, tan feliz como una lombriz mientras yo escondía mi cara detrás de ella, temiendo que mi imagen y mi buen nombre se vieran afectados por la temeraria hazaña de treparme a aquella cosa entre monos de peluche y chamacos chillones. Y si bien, nunca es tarde para hacer un ridículo de semejantes proporciones, tampoco lo es el hecho de sentarse y disfrutar de la sonrisa de una niñita loca que no le teme a nada con tal de ser feliz.




http://chimbombita.blogspot.com

jueves, 9 de agosto de 2007

¿Lo hacemos?

Un chico se acercó presuroso a la ventanilla cuyo letrero superior indicaba el área de Quejas. “Señor, señor, ¿aquí puede uno quejarse?” dijo el muy impaciente. “Por supuesto” le respondió el burócrata. “¡Aayyy!”.

Este chiste, más feo y terrible que un periodo electoral, da fe de la cultura mexicana. Hace unos días escuché por el radio a un periodista fúrico en un noticiario; el hombre se enlazó desde Italia y con todo uso de pasión (y razón) reportaba cómo sus habitantes han dejado atrás un pasado de dictadura política para ser un pueblo que, a base de política pero sobre todo de acción ciudadana, ha conseguido un nivel de vida cotidiana que les permite viajar en un sistema de transporte público que cuenta ¡con aire acondicionado!. Así pues, tras la larga lista el periodista con la vena saltada del enojo, concluyó que México es un país tan conformista que somos nosotros, con nuestra apatía, quienes permitimos que nuestros gobernantes hagan lo que hacen; que los mexicanos jamás exigimos y que, por ende, fomentamos y solapamos la corrupción desde los más altos niveles.

El asunto es que nunca nos quejamos.
Yo creo en parte que este comentario es totalmente cierto. Otra parte de mi opina que sí, los mexicanos sí nos quejamos, pero o no lo hacemos a tiempo, o lo hacemos mal o simplemente escupimos nuestras muinas ante las personas equivocadas.

Mi padre es un hombre muy recto. Él tiene muy claros ciertos conceptos y el de quejar
se está entre ellos. Él reclama si un servicio es malo, si la comida sabe fea, si existe irregularidad en la cuenta del súper. Cuando era niña y nos enfrentábamos ante el hecho de que algo lo contrariaba y ejercía este derecho, los pelos se nos ponían de punta. Yo creía que era nada más la gana de hacer ruido y de hacernos pasar en mayor de los bochornos, hasta que crecí y como suele suceder, supe darle la razón.

Ahora yo asumo esos papeles y mi novio (pobre) es el que sufre de calores cuando algo me encoleriza y lo expreso; hace poco fuimos al cine y noté con profunda consternación que un café que solía tomar comúnmente fue abruptamente retirado. ¿Pero por qué? ¿Quién hace esto? ¡Me voy a quejar!. Y lo hice. Llamé al cine y expuse mi queja. Tal vez no pase nada, tal vez el asunto no haga mella en nadie, pero es válido que se sepa que alguien sufre (de verdad) por la eliminación del Shake en la cafetería.


La cultura de la expresión, de la retroalimentación entre un prestador de servicio y el consumidor está ahí, en los buzones y las líneas 01 800 que vienen en las etiquetas de casi todo y que están a disposición del público en un afán de mejorar. ¿Alguna vez lo han hecho? El asunto es que hay que ejercer el derecho sin tono de bronca, como también el de sí algo nos ha resultado excelente, nos encantó o nos fue de gran utilidad ¿por qué no decirlo? Es como cuando uno se esmera en un trabajo y se emociona al recibir por ello una palabra amable. En esto todo se vale; el asunto es lograr que nuestra voz sirva para mejorar nuestra sociedad.

jueves, 2 de agosto de 2007

Un sitio para el amor

Seguramente ustedes lo han sentido: hay lugares que tienen magia. Sitios específicos, rincones imperceptibles o de increíble magnificencia, el caso es que todos tenemos ese punto especial que, de sólo pisarlo, nos transporta a otros universos, a otros tiempos.

Para muchos de nosotros la escuela resulta el lugar por excelencia si de recordar se trata, sobre todo a los primeros amores. Quien escribe estas líneas es particularmente una sentimental en el tema. Como lo dictan mi signo de tierra y su respectivo ascendente, también terrenal, tiendo a ser una persona de afectos, aferraciones y rituales inamovibles, es por ello que el ejercicio de transportarme a puntos específicos de mi vida visitando esos lugares especiales donde todo sucedió es indispensable, por lo menos, una vez al año. Y es que no importa qué tan bello o espantoso sea ese lugar: si tiene magia, lo tiene todo.

La Feria del Libro es mi evento favorito del verano, una situación que espero con ansia año con año por la sencilla razón de que me permite ingresar con su esplendor, movimiento y color a uno de mis sitios favoritos en todo el mundo: el Colegio Preparatorio de Xalapa, mi Prepa Juárez. Éste es un lugar con historia, con olor a años, con el eco de las risas, con un millón de anécdotas de amor y odio impregnadas en sus paredes, con el conocimiento de los siglos inundando sus aulas.



Fundado en 1843 con el auspicio de Antonio Maria de Rivera, en 1901 el actual edificio albergó uno de los principales colegios, creado para que los jóvenes no tuvieran que emigrar a la capital para recibir una excelente educación media. Con reminiscencias propias de principios del siglo, en el Colegio Preparatorio se aprecian también su hermosísimo Salón de Actos y una maravillosa biblioteca que, de sopetón, transporta tus sentidos a siglos pasados, a historias lejanas.

Son muchas las generaciones que desfilaron por sus aulas; muchos los nombres, los personajes destacados, los maestros; muchos cuyo tránsito ocurrió sin pena ni gloria y otros que le guardamos una secreta adoración. Haber pisado esa escuela ha sido una de las mejores cosas que me han sucedido, por la calidad de amigos que ahí encontré, por la clase de anécdotas que ahí viví, por la cantidad de maravillas que ahí aprendí, por la inmensidad de sentimientos que ahí conocí. Fue algo casual que la primera vez que asistí a una Feria compré un libro (mi pasaporte) al adictivo mundo de los vampiros; fue más casual haber descubierto ahí el canto y la música, fue causal que en sus aulas quedé prendida de mis clases de Historia y Literatura, fue algo casual que ahí, en la Juárez, me enamoré perdidamente de la lectura.

Hay lugares que lo tienen todo y por eso son mágicos. El Colegio Preparatorio es y será un sitio para el amor para los que pasamos, los que están y los que vienen, y, para mí, fue el espacio de mi eterno romance con los libros y el punto de reunión anual con los amigos que hoy, son lo mejor de mi vida.

jueves, 26 de julio de 2007

Volver al pasado

Este asunto me resulta una paradoja. Uno pensaría que por vivir en los albores del siglo XXI lo nuevo, la tecnología, los avances, el futuro, acapararían nuestras mentes por completo. Sin embargo y al parecer, mientras más lejos llegamos mayor es la necesidad de volver a lo conocido, a lo probado, a lo viejo, al lugar común que nos mantiene a salvo de esta volátil realidad.

Esta tendencia retro no aplica sólo en la moda, aplica a cientos de cosas cotidianas tales como aparatos de sonido que incluyen reproductores de mp3 con la carátula de un radio antiguo, y es mucho más obvio en las manifestaciones artísticas y culturales. El fenómeno es cíclico: uno como público retoma aquello que le evoca algún recuerdo y sus creadores acuden a fórmulas conocidas para explotar desde perspectivas ese lucrativo juego con el ayer, y en otras muchas ocasiones, por simple nostalgia. Pero voy al punto.

Frente a una deliciosa ensalada y un par de cervezas escuché atenta cierto día la plática del amor de mis amores donde me explicaba con lujo de detalle por qué la secuela del Padrino supera por mucho la primera versión, y por qué con esta cinta se afirmó que si segundas partes nunca fueron buenas, ésta era la excepción a la regla. Pensé entonces en la cartelera actual: Shrek 3, Harry Potter 5. Duro de Matar 4, Los cuatro fantásticos 2; luego aterricé este fugaz pensamiento en la televisión: Alcanzar una estrella, y los culebrones gringos que han durado siglos. Me pregunté entonces la razón por la cuál hemos perdido la capacidad de asombro cuando se anuncian las segundas, terceras y quintas partes de historias que en algún momento resultaron entrañables (Rocky, Rambo, Indiana Jones) y no tuve que ir tan lejos para encontrar la respuesta.

Un simple vistazo al librero familiar me hizo pensar que desde hace muchos años esta idea de retomar lo conocido para darle nueva forma es una práctica común. Cervantes lo hizo con el Quijote, Dumas lo hizo con los Tres Mosqueteros, Lois M. Alcott llevó a sus Mujercitas a tres aventuras más, El libro de la selva también tuvo su secuela, y así puedo nombrar un largo etcétera. Sin saber si toda esta información me llevó a la respuesta correcta, me dio una idea de la necesidad que todos tenemos darle continuidad a algo, a cierta historia que nos emocionó y que representó un pequeñísimo instante en nuestra existencia, esa que no detiene su curso. Creo también que para sus creadores significa su legado en la Humanidad, un sentimiento que todos los seres humanos experimentan al momento de tener un hijo.

Segundas partes no son malas. Yo que soy la versión 2 de los Guerrero Viguri comprendo bien que esto que nos impulsa a los lugares comunes puede ejemplificarse en los hijos, en esa idea de aprender y corregir, en esa ilusión de dar continuidad a la historia familiar que no nos aleja en absoluto (tal vez sólo por los millones) con esa idea de trascendencia que el cine, la música, la literatura, manifiestan a cada momento.

jueves, 12 de julio de 2007

El árbol de mi historia


Dicen que no hay mejor literatura novelada en el mundo que la Biblia. Más que el Quijote, más que Hamlet, más que ninguna otra, los relatos bíblicos conjugan historia, romance, milagros, acción, tragedia, amistad y muchos, muchos personajes. Así pues, cuando Adán y Eva hacen su aparición en los primeros textos comienza a escribirse la historia de su descendencia. Luego del Diluvio y por mandato divino, Noé aportó su granito de arena a la repoblación de la Tierra y aquí empieza un listado más grande que el padrón electoral. “X, hijo de Y y de Z, que a su vez se casó con A y tuvieron a B y a C, y estos a su vez se casaron con D y E” y tuvieron como un millón de hijos. Son miles de páginas de la descripción genealógica más amplia del mundo.

Uno a veces cree que su familia consta de los miembros cotidianos (padres, hermanos, abuelos) y de los parientes que se frecuentan cada año, cada dos años, cada boda o Navidad. En teoría la parentela se limita a ellos, a los que vemos, con quienes convivimos. Pero cuando uno se enfrasca en la interesante y complicadísima empresa de conocer sus orígenes, aparece como en pantalla IMAX un panorama amplísimo de combinaciones, de nombres, de apellidos, de historias que desconocemos y que se unen e intercalan en las mismas ramas de esa inmensidad que alguien acertó llamar Árbol Genealógico.

Algunos miembros osados de la familia Guerrero tuvieron a bien realizar esta titánica labor de saber quiénes somos y de dónde venimos. Afortunadamente la particular historia de nuestros antepasados ha sido documentada por algunos de sus miembros desde años muy lejanos, y los primeros registros del apellido datan de 1827, cuando José Antonio se casa con Petra y a partir de entonces comienza a escribirse la historia hasta ahora, donde mis hijos (cuando existan) serán parte de la séptima generación familiar. Todo un lío.

Involucrada en un papel muy secundario en este arduo trabajo antropológico he conocido anécdotas muy particulares para mí y tal vez demasiado comunes en todas las familias. En alguna parte del camino, dos primos hermanos se casaron y ahí sus hijos aparecen con el apellido duplicado. Esos mismos hijos, a la larga, tuvieron algunos defectos físicos que compensaron con sus destacadas capacidades intelectuales, y así aparecen miles de historias.

Todo esto cobra importancia en estos días porque se avecina, de nueva cuenta, una reunión que intenta entrelazar en un mismo sitio y un mismo lugar algunas de estas tantas ramas que existen por el mundo. Las anteriores han sido maravillosas: el descubrir que en tu familia también están la tía que juega cartas, el tío que abraza tu profesión, la tía religiosa, los parientes migrantes, y sobre todo y parafraseando a mi hermana, entender que tus rasgos físicos corresponden a un mismo machote y se vislumbran la misma nariz, las mismas patillas, la misma forma de la boca, multiplicados en decenas de caras. Si Adán regresara a la Tierra, tal vez diría lo mismo.

jueves, 5 de julio de 2007

Clones y maldiciones

Uno de estos fines de semana el amor de mis amores y yo empacamos los bikinis, el salvavidas de Keiko, los flotadores de patitos, y arrancamos motores para pasar dos días de increíble aventura acuática. Llegamos al hotel con maleta en mano esperando la voz de “en sus marcas, listos, fuera” para arrojarnos del tobogán un millón de veces (por lo menos), pero desde el inicio la experiencia arrojó indicios funestos.

Debido a alguna mala jugada, ese fin de semana llegó la versión petatiux de “Los Sánchez” en una comitiva de dos camiones que prácticamente dejó sin vacantes el hotel. Desangelados, con el Keiko-salvavidas a medio inflar, nos informaron que una reservación se había cancelado y ¡bingo!, tuvimos pasaporte a la diversión. Por la noche, totalmente agotados y hambrientos, debimos salir al puestesito esquinero de hotdogs a cenar porque el hotel ofrecía para los Sánchez un espectáculo sin precedentes: el doble de Juan Gabriel a la orilla de la alberca.

No niego que entre la catsup y la mostaza canté algunas letras de este clon del divo de Juárez, (no crean que era envidia por no ser invitada), pero, mientras tanto, pensé en los berrinches que pega uno cuando te prometen a un artista y llega “su clon” sin tu esperarlo. Mis papás hace años pegaron el enojo de su vida cuando llevaron a sus pizpiretos retoños a ver el show de Burbujas cuando que esas botargas eran más fraude que un billete de ochenta pesos.

El caso es que nos fuimos a dormir y esperando ansiosamente la llegada del nuevo y acuático día, nos despertó a las 6 de la mañana el clamor de un muerto. Si, un fantasma, un espíritu, el resultado de algún ocioso que urdió homenajear al finado Antonio Aguilar poniendo un disco entero de sus canciones a la orilla del mar. Desafortunadamente, las notas sonaron en nuestros oídos cual estallidos de guerra mundial y al momento en que cantaba “donde quiera que te encuentres espero que tu, al escucharla te acuerdes de mi…” venían a mi modorro hablar enunciados altisonantes y poco aptos para esas horas del día. Eso bastó para que horas más tarde se fuera la luz y nos quedáramos con las ganas de disfrutar el tobogán porque sin electricidad, el asunto nomás no servía. Maletas en mano, bronceados semibonitos, Keiko ponchada y flotadores sin vida, regresamos a Xalapa a la triste realidad.

Después nos enteramos del acierto que fue haber ido ese fin, porque al siguiente tendría lugar el certamen “Señorita Turismo”. Así que, cual si fuera plan, el amor de mis amores y yo gozamos con singular alegría la viboriza televisada de estas aspirantes a modelo recorriendo la pasarela, montada justo en el escenario donde días antes el Juanga-clon extasió a la concurrencia.

Tan malo fue el concurso y tan amarga mi experiencia, que esperé con todas mis fuerzas que la maldición de Antonio Aguilar cayera sobre las felices aspirantes, a quienes imaginé de tubos y en bata refrescándole su mamacita, al amanecer, a un muerto. ¡Ah que Tristes recuerdos!…

jueves, 28 de junio de 2007

¿Grandes fraudes?

El pasado lunes se celebraron 60 años de que “El diario de Ana Frank” saliera a la luz pública, un documento de gran valía histórica y narrativa. En él uno puede acercarse en una mirada personal a un evento que involucró a millones de seres humanos que padecieron los horrores de la Segunda Guerra Mundial y de un sujeto deschavetado que jugaba a ser dios.

Leí este libro cuando tenía como 11 años de edad y aunque a estas alturas no sé ni dónde quedó ese ejemplar, me acuerdo que la historia de Ana me impactó muchísimo, pero no su Historia, con mayúscula (a esa edad sabía de guerras lo que hoy sé de medicina) sino su historia propia, todo aquello que contaba sobre su corazón, sobre sus ideas, sobre sus planes. Fue tal, que gracias a ella bauticé el diario que entonces llenaba de relatos absurdos e ingenuos y que hoy –creo- son la más clara explicación de mi gusto por la escritura.

Y como curiosamente hace poco me renació esa sensación de estar en contacto con mis inicios literarios, adquirí un nuevo ejemplar del Diario de Ana Frank y me puse a navegar a ver qué curiosidades encontraba al respecto. De repente aparece ante mis ojos una página bajo el título “La falsificación literaria más grande del siglo XX”, firmada por el Grupo de Estudios RT 791, en la cuál se asegura que un par de historiadores han demostrado públicamente que el único “sobreviviente” de la familia, Otto Frank, padre de Ana, fue el autor de esos estremecedores relatos. Según se explica, el señor Frank jamás quiso someter el manuscrito a pruebas de autenticidad, así como también que las pruebas de caligrafía no corresponden a la letra de una niña de 13 años, que está escrito con un tipo de bolígrafo que no fue inventado hasta 1951 y que hay en ese diario ciertos pasajes de tipo sexual que no encajan con el perfil de Ana.

El caso es que tras una larga lista de “evidencias”, el Grupo de Estudios RT 791 pretende dar otra cara a la versión aceptada históricamente que, ni así, le resta la emoción narrativa que poco importa a las niñas de esa edad que gracias al Diario tienen un acercamiento con el lenguaje personal, con la intimidad de uno mismo.

Este hallazgo me recordó mis primeros días como cibernauta, cuando, maravillada, encontré una explicación puntual donde se asegura que el hombre nunca llegó a la Luna, y que aquello fue un tremendo montaje fotográfico con errores garrafales como el aire que ondea la bandera en un lugar donde claramente no existe tal, sombras que no coinciden con la posición del Sol, etc, etc. Suena gracioso, pero jamás hemos oído que con los telescopios tan potentes de hoy en día alguien haya visto por ahí el lábaro estadounidense engalanando algún cráter lunar… ¿o si?

Grandes acontecimientos o grandes fraudes, eso que lo decida la ciencia. Lo cierto es que un diario o la llegada a la luna, nos dan perspectivas distintas del paso del hombre y nos invitan, por qué no, a la reflexión personal sobre la humanidad. Y eso es lo único que importa.

jueves, 21 de junio de 2007

Mis propias maravillas

El 7 del 7 del 07 será una fecha importante para mundo moderno. Sí, ese día anunció Ninel Conde que se casará con o sin pareja (¿?), y la (casi) Esposa (muy) Desesperada Eva Longoria ha planeado un asunto similar enfrascándose una penosa guerra por la ceremonia más naca del espectáculo. Ese día también mi querida prima Hilda cumple sus primeros 30 años de vida. Pero no es eso lo que nos ocupa. Tras una larga e intensa campaña publicitaria, los ciudadanos de este planeta seremos testigos del nombramiento de las nuevas siete maravillas creadas por la mano humana, obras que simple y sencillamente demuestran la trascendencia de una idea, de un reino, de una civilización entera.

Como en todo, fue hasta que se puso de moda el tema que mostré interés alguno en conocer algo sobre las antiguas y las postulantes. Tan asqueada terminé en el 2006 y al borde del vómito que continúo con las campañas electorales estatales que la idea de un voto más en mi currículum ciudadano no me atrajo en lo más mínimo, así que visité la página de las new7wonders.com sólo por la cosquilla de saber qué países postulan sus atractivos turísticos más importantes.

La Acrópolis, la Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel, el Coliseo Romano, los templos de Kyoto, el Taj Majal y la pirámide de Chichén Itza son algunas de construcciones en disputa. En la página me encantó que cada una de éstas cuenta con una descripción de su historia e importancia y al final resumen por qué debes votar por tal o cual. Cuando leí la sugerencia debajo de las Estatuas de la Isla de Pascua, en Chile, me dio mucha risa: te invitan a votarlas porque son un símbolo de misterio y terror. ¿Pero cómo? ¿Votar por algo que me da miedo? Bueno pero qué invitación tan más chiflada... Tal vez lo haga por Timbuktu sólo porque la sola palabra me causa una gran fascinación.

La competencia está reñida, sobre todo porque hay que tener algo representativo de esta era y de todo el mundo, no como las maravillas antiguas, algunas al parecer existentes sólo en papel y planos.
¿Qué por qué 7? Para ciertas culturas era el número perfecto. Sólo piensen en la Biblia y sus 7 pecados capitales y el 70 veces 7. Así pues y con este frenesí en pleno auge he decidido elegir mis propias maravillas modernas tangibles e intangibles, aportaciones de la humanidad sin las cuáles no podría vivir. Pongo 8 porque los números impares me rechocan. Ahí les van, sin orden específico:

1.- La televisión. Mi vida definitivamente no sería la misma sin ella.
2.- Los libros. Dios bendiga a Guttemberg y su imprenta.
3.- El escusado. ¿Saben lo que sería de nuestra vida sin él? (Con osito Charmín incluido, por favor)
4.- El horno de microondas. Los flojos somos los más felices gracias a él.
5.- Las salchichas. No puedo vivir sin ellas, sobre todo de pavo.
6.- El internet. No me importa hacer más rico a Mr. Gates.
7.- La salsa Catsup. A todo le va bien.
8.- ¡Youtube.com!

Así que, ¿cuáles son sus maravillas particulares? ¡Hagan sus listas!

jueves, 14 de junio de 2007

Jolgorio de princesa

Apenas terminé de leer una de las tantas recopilaciones que de sus columnas ha hecho Germán Dehesa (maestro relator de esa cotidianeidad), y su reflexión sobre las mujeres y fiestas me dejó ahogada de tan jocosa y cierta. Según su relato, su entonces compañera la Hillary lo conminaba “amorosamente” a acudir a la boda de una de sus primas, y esto fue motivo para explicar minuciosamente cómo los hombres rechazan rotundamente asistir a estos jolgorios (a los que al final no se niegan por el temor a la reacción femenina) mientras las mujeres, en general, lo primero en lo que piensan es en qué ropa se van a poner.

Parece que estaba viendo el momento en el que invité con gentiles maneras al amor de mis amores a ser partícipe del bautizo-cumpleaños de mi sobrina la Samantha. Yo ya imaginaba a la feliz pareja como parte de la pachanga familiar (previo escaneo mental al guardarropa), cuando el aparato posicionador del ruido buscador de mi novio (su teléfono) sonó cual reloj de Cenicienta evaporando todo pensamiento feliz. Salvado por la campana y adiós al plan. Afortunadamente y debido a la envergadura del suceso, mi señora madre y yo hicimos maletas y nos hicimos compañía al emprender la odisea montadas en un ADO conducido por un sujeto que inauguró el tour del terror. Tras la zarandeada patrocinada por el candidato a compañero de celda de Paris Hilton, llegamos dispuestas a ser el alma de la fiesta.

¿Nunca han caído a la cuenta que la mayor parte de las fotos y videos familiares siempre ocurren en medio de alguna comilona? Pues esta no fue la excepción. Tras la ceremonia la honorable concurrencia se dedicó a encajar el diente a todo lo que a su paso tenía (¡adiós dieta, hola tacos!) y entonces entre vaso y vaso de agua de jamaica, la cumpleañera dio algunas vueltas tipo mujer maravilla y el ropón convirtiose de pronto en vestido de Blanca Nieves. Pero el show lo dieron los minimiembros de la generación del pulgar (dedo que usan en el celular, el Xbox, el iPod), cuando 7 de ellos sufrieron la transformación radical de pequeños terroristas a Enanitos de la princesa. Dos se disputaron, a pulso, el papel del Gruñón.

Luego llegaron las piñatas (de Blanca Nieves); las niñas casi acariciaban a la muñeca voladora mientras los niños le pegaban con singular alegría. En una esquina, esta postulante a Bruja Malvada animaba a las pequeñas a darle justo en la cara, pues según el espejo encantado, ella era la más bonita entre todas las presentes. Ñaca Ñaca. Llegó un momento en el que mi tío Enrique y yo deambulábamos como almas en pena por el lugar. Los dos agrios de todas las fiestas. Sin embargo mi momento llegó cuando la concurrencia, entretenida en el bolo, nos dejó solos al brincolín y a mi. ¡Oh qué feliz encuentro! Nunca había sospechado el placer oscuro en el arte del brincoteo.

Así, entre las risas de la festejada y la dicha de estar entre familia, mi madre y yo volvimos a nuestro dulce hogar. Mi planeadísimo atuendo, por cierto, fue todo un éxito… Manías femeninas…

jueves, 7 de junio de 2007

Universos paralelos

Para mi era una leyenda urbana y nada más. Nunca imaginé que fuera cierto. Tal vez fue un mecanismo de defensa, una hipnosis a mi mente para negar un hecho que mis ojos jamás habían visto, pero llegó el día en el que viví para contarlo y, realmente, transité este salto a la realidad prácticamente en shock.

Y es que la humanidad es tan diversa que como dirían las abuelitas, “hay de todo como en botica”. Si somos distintos físicamente de acuerdo a la raza, nacionalidad, color y sabor, ahora imaginen todas las posibilidades que la mente y el espíritu de los miles de millones de seres humanos podemos arrojar. Es como indagar todas las combinaciones posibles para ganarse el Melate (¡basta preguntarle a los 5 ganones del lunes!)… Gustos culinarios, programas en la tele, estilos de ropa y peinados, tipo de letra, preferencias literarias… y aficiones musicales.

Desde mi época de universitaria tuve la fortuna de rodearme de amistades que, por decirlo de alguna manera, habitaban en mundos muy distintos al mío. Poco a poco mi naciente lista de mp3 que desde el origen albergó los hitazos ochenteros localizables en el Napster (cuya alma permanece en el cielo de los softwares descontinuados, como el inolvidable ICQ), se fue llenando de aportaciones patrocinadas por esos amigos de otros mundos. Entonces conocí a los Pixies, a Ozzie Osborne, a los Aterciopelados o incluso a los mismísimos KISS. Mis horizontes se ampliaron, mi burbujita admitía lo más básico o lo más rimbombate.

En este proceso “desañoñador” en el cuál he comprendido que Daniela Romo, Timbiriche, Yuri o Magneto no son lo único, he transitado desde lo sublime hasta lo aberrante, hasta las leyendas urbanas provenientes de universos paralelos, salidas de hoyos negros o la dimensión desconocida. Es por eso que me resulta increíble que en una misma semana quede maravillada ante la experiencia de escuchar ópera en vivo por primera vez en mi vida, y a la vez quede horrorizada al descubrir, después de años de existencia en la oferta musical y la insistencia de los amigos de otros mundos, los videos del grupo “Los Caracoles”. Repito, el shock fue tal que creo perdí como 7 neuronas.

Pido disculpas si algún aficionado de este producto exclusivo de Televisa Veracruz se siente ofendido, pero no lo puedo controlar. Haga usted de cuenta que está viendo las plataformas de KISS debajo de 4 hombresitos porteños enfundados en interesantes prendas untadas, con rubias cabelleras oxigenadas y la cara pintada como en halloween. Y creo que fui benévola. No puede ser que días antes mi espíritu, que se fundió entre la ovación al tenor que nos regaló una extraordinaria versión del Nessun dorma, hoy escuche sobre lo bonito que bailan “las viejas del Papayal”, en una emisión en vivo donde las masas aclamaron y soltaron la polilla al ritmo tropicoso de “a mi me dicen el teibolero por mi meneo y sabroso cadereo”.

Que conste que esta columna requiere rigurosa investigación… y entonces quedé en shock.

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Nota: (si esta pena las causa una vaga curiosidad, puchen este video y se convencerán)

jueves, 31 de mayo de 2007

Miss Simpatía


Los seres humanos tenemos la necesidad, siempre, de aferrarnos a algo. Algunos se aferran a sus sueños, algunos más, a sus metas; hay quienes lo hacen a su fe, otros más, a sus recuerdos. Algunos se aferran a lo que tienen, y otros, se aferran a lo que quieren. Y aferrarse a lo que uno quiere es, entre todo, la cosa más difícil de encontrar.

Cuando era niña miraba con emoción los concursos de belleza. Atesoro en mi memoria recuerdos de vestidos, pasarelas en trajes regionales, concursantes divirtiéndose mientras posaban para la cámara mientras una voz hablaba de su signo zodiacal y sus gustos culinarios. Estudiaba a esas mujeres cual “Pequeña Señorita Sunshine”. Lo supe entonces: Mi espíritu infantil quería ser portadora de una banda y caminar por las pasarelas. Quería ser una Reina.

Entonces, a mis 5 años de edad, acudí a la primera fiesta de 15 años de la que tengo memoria. Aquello fue una pachanga familiar en todo su esplendor, pues las festejadas eran dos de las muchas primas que integramos esta generación de féminas en abundancia. La fiesta transcurrió, la gente bailó, pero lo mejor vino al día siguiente. Mis primas, jóvenes y ociosas, organizaron un improvisado pero impresionante certamen de belleza entre las más pequeñas, reciclando los ramos, trajes, peinados y maquillajes de la noche anterior. Los pocos testigos de este evento pueden decirlo: aquello fue la locura. A mi me tocó ser la Señorita Nuevo León (sabrá Dios quién me impuso esa bandita), pero modelé orgullosa enfundada en unas botas que casi le sacan los ojos al público en tremenda coreografía de las 6 aspirantes. En todas las fases de aquella ceremonia, desde el traje de baño hasta la difícil pregunta hecha por el jurado, di cátedra de lo aprendido en la televisión. Hasta la aventada de besos al jubiloso público, cosa que por cierto imité de mi hermana, chimuela en aquellos años, quien sorpresivamente ganó el título y la corona (la cuál era real). Yo fui, por cuestiones de mi carismática edad, Miss Simpatía. ¡Envídiame Sandra Bullock!

Este lunes el mundo entero atestiguo el logro de quien, también desde la infancia, tuvo un deseo y lo alcanzó. Por supuesto no fue Miss Estados Unidos –no creo que haya deseado con toda su alma rechiflas y tropezones-, sino Miss Japón, una joven que se aferró con todo a lo que quería y lo logró.

Como dije, aferrarse a lo que uno quiere es lo más difícil porque muchos no sabemos lo que queremos, o simplemente porque descubrirlo es tremendamente complicado. Así es la vida. Sin embargo también es parte de la vida comprender que lo que se quiere no es por fuerza lo mejor. Es cuestión de alcances y límites, es cuestión de contexto, del lugar, del momento. Querer ser la mujer más bella del mundo es casi como querer ser la mejor esposa del mundo, y esas cosas, aunque en gran parte dependen de uno, no es sólo una cuestión personal.

Por eso, ahora no sé si quiero ser la próxima Señorita Turismo o futura la Doncella del Mar. Difícil elección.

jueves, 17 de mayo de 2007

Columna sin sentido

Quería escribir una gran columna que no tuviera nada que ver con mi cumpleaños, ni con el día de la madre, o el día del maestro, o la libertad de expresión.

Quería escribir una gran columna sobre cosas triviales, cotidianas, increíblemente estúpidas para la gran vorágine que nos impide detenernos a observar el color de las cosas, el tamaño de los edificios, el canto de los pájaros por la tarde, los nombres graciosos con los que bautizan las misceláneas y tiendas de abarrotes (Omega 33, los Chicuelos, El tendedero… muy originales).

Quería escribir una gran columna sobre asuntos de importancia nacional como los secuestros, la violencia desmedida que sobrepasa los límites de la imaginación, los gobiernos, el papel de la mujer en el mundo actual, la capa de ozono, la temporada de huracanes, la enfermedad y la miseria.

Quería escribir cualquier cosa que me hiciera llegar a los 3 mil caracteres requeridos en mis textos semanales, sin importar (lo confieso) la forma o el estilo, la ortografía o la gramática.

Quería escribir una columna que no pareciera la auto evaluación trillada que de manera ritual me procuro año con año, analizando, recopilando, subrayando con letras enormes los eventos importantes de mis pasados 365 días, que incluirían, por qué no, ese momento terrible de escuchar las odiadas mañanitas con Pedro Infante (esta vez no pongo tanta objeción para escucharlo, finalmente no seré yo quien frene la emoción de las celebraciones por su 50 aniversario luctuoso). Quería escribir una columna que no me mostrara vulnerable, intranquila, inquieta, soñadora, emotiva, susceptible, irascible. Quería hablar de todo y de nada, de las estrellas y Julio Cortázar, de las ensaladas y la confusión que en estos días me lleva a emocionarme y no entender si por el hecho mismo de ser mujer o por la maravilla de poder reconocerme como tal en las reacciones y confidencias de todas aquellas que de una manera u otra, actúan conforme lo dicta su corazón.

Esta columna definitivamente no hablaría de calorías ni de chismes de farándula; tampoco hablaría del limbo y la injusticia de haberlo sacado del mapa así, sin razón aparente; aunque lo mismo ocurre día a día con programas de televisión, empleos, salarios, vidas.

Hago estas inusuales confesiones y volteo tras de mí: mis perros duermen en la cama, sienten mi mirada y me ven con indiferencia antes de volver a lo suyo; entonces comprendo de lo que sí debo hablar.

Hoy quiero escribir un agradecimiento profundo y sincero a quienes están ahí, diario, cada mes, cada semana, cada cumpleaños. A quienes me leen sin conocerme, a quienes escribo sin conocerles. A quienes me ponen pruebas de vida, a quienes me escuchan, a quienes me hacen crecer y a quienes me hacen llorar; aquellos a quienes detesto, y aquellos con quienes comparto carcajadas envidiables.

Gracias… gracias por ser y estar, por compartir lazos de sangre o de amor. Mis 28 años de vida serán lo que deben ser por todos y cada uno de ustedes. Feliz cumpleaños a mi.


jueves, 10 de mayo de 2007

Las delicias del poder

En el preludio de mis 28 años mi mente, mi corazón y yo hemos pasado por experiencias inéditas, desde ver el fin de Otro Rollo, la boda de Paulina Rubio, al bebé de Luis Miguel, el leer por fin el Principito y haberle entendido y el leer por primera vez a Carlos Fuentes ¡y haberle entendido!, hasta las situaciones más irreales posibles, que comenzaron con mi entrada cuasi triunfal al mundo del poder. Explicaré.

Cuando mi amigo el Negrito se acercó, estando junto a mí en aquella junta, me aseguró, más que preguntarme, que juraba por todo lo visible y lo invisible que de niña yo había sido jefa de grupo en mi salón de clases. Yo, petrificada ante mi pasado tan transparente, sólo pude asentir y levantarme de inmediato ante la concurrencia al recibir mi nombramiento como delegada sindical, mientras dirigía la mejor de mis miradas de odio a aquella que osó ponerme en semejante trance.

Estar en este punto es gracioso sobre todo porque aunque no soy una grilla en potencia, mi antecedente en el destacado sindicato del que hoy soy parte no fue nada encantador. Ante un hecho injusto, yo fui una de las principales voces que se quejaron, y de la misma manera, fui una de las primeras voces a las que callaron otorgándome prestaciones y pagos en fin de semana. Aclaro, mis quejas fueron por las formas y no por el fondo. En fin. A partir de entonces mis pasos por aquella área de mi centro de labores fueron escasos, y la mejor experiencia que de ahí puedo contar me carcajea de solo recordarlo, pero yo no tuve la culpa, todo fue una situación jocosa del destino que propició que por una fotografía mal tomada y un terrible movimiento en falso, una amiga acabara con la única lámpara que quedaba disponible, provocando que los siguientes en la foto salieron a obscuras ante las miradas de horror de los presentes y las carcajadas burbujeantes de mi amiga y las mías.

Pues ahora, con nombramiento y responsabilidad, tengo el deber de cumplir cabalmente mis obligaciones. La primera de ellas ocurrió éste 1 de mayo, bueno, digamos que el 30 de abril, pues ante la opción de ir al desfile o acudir a una velada que reunía a los sindicatos afiliados opté por lo segundo, y no me arrepentí para nada. No, no vayan a pensar que me encantó la pasión de cada discurso ahí pronunciado por hombres y mujeres políticos de cepa. No. La realidad es que fue divertidísimo ser parte de un acto donde primero te empapan del sentir de la causa laboral y luego un trío te canta “No te prometo amor eterno porque no puedo”; donde un destacado miembro del presídium casi llora en tan conmovedor arrebato de orgullo sindical y, terminando éste, el orador –dicho por sus palabras- invitó al respetable a matar el aburrimiento oyendo al Mariachi que entró entonando “El Mariachi loco quiere bailar”. De lo más irreal.

Así, en la agonía de mis 27 años, las experiencias que conforman mi bitácora de vida siguen pareciendo inagotables y surrealistas. Ésta, a partir de ya, es una de ellas.

jueves, 19 de abril de 2007

Un día de abril


Hay días donde nada sucede y hay días donde todo pasa. Tal vez (y no se si es solo una apreciación personal) ocurra con las fechas del calendario lo mismo que con el color de la ropa o la marca de los coches: hasta que uno no se propone ponerle atención al número de carros de un X modelo que circulan a diario por toda la ciudad, es cuando aparecen a borbotones por todas calles y rincones conocidos (y desconocidos), arrojando conclusiones tales como: a) lo económico que es dicho auto; b) la poca originalidad de sus usuarios; o c) ese carro es lo de hoy. El punto es que hasta que uno se propone fijarse en un detalle que podría ser tan poco relevante descubre cosas casi siempre significativas. Así me ocurrió con el 23 de abril.

En mi niñez las fechas no tenían ninguna relevancia hasta que comencé con el maravilloso hábito de escribir un diario, el cuál no registró cosa alguna de mayor trascendencia hasta que, al pasar de los años, fui notando cómo en días específicos se repetía el hecho de algún detalle, algo importante, algo trascendente para mis infantiles y luego juveniles sueños y pensamientos. Así pues, un 23 de abril de 1991 se plasmó en mi Diario volumen 3 el regreso de aquel fabuloso viaje al paradisíaco Oaxtepec con mi grupo de sexto año; mi primer viaje sin familia, únicamente con mis amigos y claro, los maestros chaperones.

Años después, un día 23 de abril de 1996, un grupo de amigas nos encontrábamos muy ocupadas charlando de cosas de suma importancia como los acontecimientos del día anterior y la conciencia social, hasta que la maestra, en plena cátedra, decidió que hacíamos mucho escándalo y por no atender a su clase nos sacó del salón; fue entonces que aquel cuarteto sin ninguna denominación, escuchó al cruzar la puerta el grito de un ente del grupo experto en poner apodos: “¡Sailors!”, en honor al clan de la entonces popular caricatura “Sailor Moon”, con chicas que luchaban “por el amor y la justicia”. Hasta hoy, seguimos recordando esa fecha como el día de nuestro bautizo.

Después supe que el 23 de abril es el día de San Jorge, un nombre tan especial en mi vida que hasta mi muñeco de la infancia lo lleva (el amadísimo “Jorgito”); y con los años, descubrí que el 23 de abril se conmemoran el Día del Scout (sí, alguna vez fui Gacela) y el Día Mundial del Libro, justo en ese día pues, por una de esas casualidades, es el aniversario luctuoso de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Así pues yo, que no me precio de ser una lectora ávida y consumada, coincido con la frase de Jorge Luis Borges: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, razón de más para tener en el Día del Libro una celebración que recalcar en el calendario.

Hay días donde nada sucede y hay días donde todo pasa. Para mí el 23 de abril tiene un encanto especial, como para alguien puede tenerlo el 4 de mayo, el 17 de agosto o el 8 de septiembre. Lo bonito es, sin duda, que aunque no se vive de añoranzas, coleccionar fechas importantes es siempre un alimento para el alma. ¿O no?

jueves, 12 de abril de 2007

Pañuelos al vuelo

Si amas algo, déjalo libre. Si vuelve es tuyo, si no, nunca lo fue”.

Antes de escribir esta columna me encontraba en mi cama, rodeada de almohadas y tules, envuelta en camisón de seda y, pañuelo en mano, lloraba mi pena sin que el rimel se afectara. ¿Lo creyeron? Seria fácil imaginarme así, cual Dama de las Camelias, cual damicela frágil y buena de alguna vieja cinta en blanco y negro. Mi exacerbado gusto por las historias de amores apasionados e imposibles me permite pensar en casi cualquier cosa que asemeje escenas tales. Pero no. Antes de redactar esta columna yacía en mi cama, con mis dos pequeñas almohadas de Hello Kitty y un edredón que, de tan florido, me regresa de inmediato a la era del technicolor y el sonido estéreo.

Así, envuelta en mi pena y no en camisón de seda, los recortes de mi vida sentimental pasaron vagamente, lejanamente por mi cabeza. Pensaba en todos aquellos momentos, en todas esas relaciones que no fueron, en ese viejo refrán que, ante cualquier pérdida, parece funcionar como el consuelo idóneo, como el antídoto para el dolor: “Si amas algo, déjalo libre…” Pensé entonces en mis conejos de la niñez; los dejé libres unas horas y murieron achicharrados. No eran para mí.

Me acordé de la primera vez que mi corazón latió agitado por un niño de tercero de primaria con quien crucé tal vez 3 palabras en todo el ciclo escolar, pero que el día que falté a clases me mandó con mi hermana una linda gomita que aún conservo. Sin embargo para el siguiente año lo cambiaron de escuela y ahí terminaron mis miradas eternas durante las clases de español. También pensé en ese primer noviazgo que se vio truncado por mi inesperado y sorprendente viaje a Xalapa: justo cuando las amigas de quinto año me habían confirmado la inminente declaración de un chico, que estaba extrañamente ligado a mi árbol genealógico (según nuestras madres), me fue anunciada la mudanza y no tuve más que agradecerle su emotiva nota de despedida, sacar mi pañuelo blanco y decir adiós desde el avión. Por si este duro golpe no bastara, aquel maravilloso chico de sexto de primaria, aquel de sonrisa Colgate y ojos chispeantes con quien tuve un noviazgo fugaz pero letal, anunció que al final de nuestro primer año en la secundaria se mudaría a otra ciudad lejana; así que de nueva cuenta no tuve más que sacar mi pañuelo blanco y, en silencio (el pequeño hombrecito para ese entonces tenía otras muchas nuevas novias) unirme al clan de dolientes por tan sentida pena.

El jueves pasado volví a sacar mi pañuelo blanco, pues el amor de mis amores partió rumbo a tierras extrañas, lejanas, con una maleta repleta de ilusiones. Comprendan pues a esta alma nutrida por novelas rosas; la sola idea de imaginarlo caminando por las calles de Estambul resulta material idóneo para tirarme en la cama a llorar mi mini-tragedia. Sólo que esta vez, a diferencia del pasado, el pañuelo blanco ondeará de nuevo por él; el húmedo pañuelo blanco, en un mes, le dará la bienvenida.

jueves, 29 de marzo de 2007

Decisiones

El fin de semana pasado asistí con singular alegría a vibrar con el Rey de los Deportes en el puerto de Veracruz. Aquello fue un verdadero festín de hits, robos de base y carreras anotadas. Así, entre los niños, los vendedores ambulantes y las cervezas, mi mente se quedó atrapada en la imagen de un solo jugador en el campo, quien según me dijeron, era el mejor pagado del equipo, mencionándome una cifra con múltiples ceros que, me acotaron, no es ni una pequeña parte de lo que gana un jugador de fútbol. Con semejante información lo miré, observé con detalle cada uno de sus movimientos y gestos y mientras la concurrencia lo ovacionaba, me pregunté hasta qué punto ése jugador hace lo que hace por gusto, hasta donde es por el dinero; hasta donde lo hace pensando en toda esa gente que lo aclama o hasta donde llega su decisión personal de estar ahí, de pie, en medio del campo, las luces y la fama.

Uno va por la vida sin darse cuenta que ésta la pasamos tomando decisiones. Decidimos que nos gusta más el verde que el rojo, decidimos que amamos el chocolate y odiamos los espárragos, decidimos que preferimos el romance a las películas de acción y decidimos si amamos, si nos casamos, si cambiamos de casa o si cambiamos de raíz todo nuestro mundo.

Cuando uno es joven, con suerte, aun nos toca ser hijos. Cuando se es joven e hijo sientes que debes vivir tu vida experimentando, yendo en contra completamente de lo que los padres nos indican como lo correcto; la adrenalina ante lo desconocido. Nosotros, consciente o inconscientemente, decidimos si queremos irnos de pinta, si ocultamos la existencia de un novio mayor, o si hablamos con los nuestros sobre lo que nos inquieta y preocupa. Lo que jamás sabemos es hacia dónde nos llevaran nuestras acciones hasta que nos regañan, o la regamos, o nos cachan o lo lamentamos.

Cuando uno es padre, me dicen, las cosas son distintas. Ellos ven a sus hijos, los educan, les muestran lo bueno y lo malo y jamás dejarán de preocuparse por ellos. Saben que debemos crecer, y en algunos casos, nos enseñan a ser responsables por nuestras decisiones y las apoyan, sean cuáles sean.

Hay momentos, sin embargo, donde esas decisiones afectan a los demás. El jugador de béisbol estaba ahí, afectando quizá a una familia que en casa lo extraña. Un hijo que decide caminar con un amigo no tuvo oportunidad de contarlo de nuevo; una hija a la que no le bastan la educación y el amor de sus padres ante el influjo de las malas compañías, y una madre, que ha enseñado a sus hijas a ser responsables de sus actos, lo deja todo para emprender su propia historia de “Los puentes de Madison”, mientras su marido, en casa, sigue sin comprender lo ocurrido.

¿Hasta dónde nuestras decisiones son sólo nuestras? ¿Hasta donde es posible vivir lo que nos toca sin lastimar a alguien más? Al final nada debe ser juzgado, porque ante tales ejemplos uno comprende que hay cosas que deben vivirse; porque la vida es tan frágil que en un suspiro termina todo.

jueves, 22 de marzo de 2007

Una vuelta por las nuevas

Si nos pusiéramos a traducir ciertas palabras en su sentido más literal, diríamos que periódico, o newspaper en inglés, significa “Papel de nuevas”. “Nuevas” es una manera de referirnos a las noticias, buenas o malas, y que en los periódicos, según sus responsables, son dignas de encabezados, notas, artículos, columnas y, por qué no, hasta de aparecer en los anuncios de ocasión. Sin embargo ahora, en este mundo regido por el dios del Internet, las ediciones en línea de la prensa se muestran con tal inmediatez que muchas veces no dicen nada, o muchas veces, también, nos muestran panoramas desconocidos.

En un mero ejercicio periodístico (que se inclina más al ocio), elaboré una lista de las “nuevas” que más llamaron mi atención. Algunas increíbles, algunas dignas de reflexión… la cosa es mirar a la humanidad desde sus muy distintas perspectivas.

*¿Sabían ustedes que el 15 de marzo se celebró el Día Internacional del Consumidor? Pues lo fue, y tras esta buena nueva que celebra a todos aquellos que voluntaria o involuntariamente compramos a diario desde unas papas en a esquina hasta medicinas o un coche, la prensa en ciertas notas fue la encargada de dar a conocer lo que la Procuraduría Federal del Consumidor recomienda como “Los 7 derechos básicos del consumidor” (avalados desde 1985 por la ONU): Derecho a la información, derecho a elegir, derecho a no ser discriminado, derecho a la protección, derecho a la educación (legal), derechos a la seguridad y calidad, y derecho a la compensación. ¡Vaya nueva, eh!

*La sección de estilos sólo me confirma lo que ya es un hecho inminente: ¡el fleco ha vuelto! Luché tantos años por olvidar aquellos copetones enmarañados llenos de gel y spray como para que ahora los diarios me anuncien esta nueva onda que es más vieja que Cleopatra.

*¿Eutanasia? ¿Aborto? Tanto en España como en México estos temas han estado en la mesa de las discusiones, y fuera de toda la óptica política, yo pienso en ambos son asuntos de mucho criterio y que deben profundizar muy bien en sus especificaciones para no hacer cada caso algo colectivo. Los más religiosos discuten que nadie tiene porqué quitarte la vida, y yo supongo que para poder hacer válidas estas decisiones tan personales debe existir algo de peso, una razón que, bien tipificada, dé como resultado el descanso de un enfermo y su familia o evitar traer al mundo un hijo concebido en la violencia, porque en el futuro eso es lo único que conocerá.

*Pero aquí está mi favorita: “Gana niña concurso de tenis malolientes”. Si esto los apantalla esperen a saber que por éste insólito hecho ganó la fabulosa cantidad de 2 mil 500 dólares. Esto me hizo recordar los gloriosos tenis de mi juventud, que tuve guardados por años en el clóset y quienes les cantaba, cuál Gloria Trevi “zapatos viejos, ¡qué hermoso par!”… De saber que existía este concurso, nunca le hubiera hecho caso a mi madre y en vez de estar en la basura, hoy, quizá, me tendrían en la riqueza absoluta…

jueves, 15 de marzo de 2007

Generaciones


En un mundo como éste, no podemos darnos el lujo de sentirnos ajenos al exterior. Imposible. Desde que llegamos a este valle de lágrimas formamos parte de un colectivo, de una generación. Nuestro primer llanto estuvo irremediablemente enmarcado en un contexto político, social, cultural; así hablemos chino, ruso o español una persona de cierta edad siempre tendrá con otra misma de su edad, algo en común. En una época como ésta, globalizada, es cotidiano el que un niño francés se identifique con un mexicano si se encuentran en línea enfrentando alguna misión imposible del videojuego bélico de moda.

Así, se escucha comúnmente que nuestros padres son de la generación de los Panchos para acá, la de mis abuelos quizá fue la de María Victoria y Libertad Lamarque y la mía arranca de Parchís en adelante, pasando por supuesto por el contexto internacional que nos enmarca en Star Wars, la Perestroika y el muro de Berlín.

Todo esto lo reflexioné en cuestión de minutos en medio de una enorme fila que avanzaba lentamente, que no era ni para entrar al banco, ni para comprar tortillas. No. Estaba ahí, mochila al hombro, cargada de ilusiones, con la intención de obtener una firma, un saludo de personas de carne y hueso, como yo, como el de junto, cuya única diferencia radica en las eternas horas de felicidad y entretenimiento que me han brindado. Detallaré.

Este fin de semana llegó a mis manos un volante que invitaba a una convención de Cómics. Prometían que grandes personalidades del doblaje estarían ahí, y sin más, tomé los DVD que atesoro de “Los Simpsons” y llegué al lugar. Aquello fue irreal. Como podrán imaginar, el público que acude a estos eventos es muy especial: en promedio son jóvenes que leen cómics, que conocen sobre el arte oriental, sobre las historias que se leen o se ven; es gente coleccionista, que almacena lo mismo cualquier cantidad de tarjetas como de información en su cabeza sobre fechas, nombres y dibujantes. Y ahí estaba yo, ingresando a ese selecto grupo de fanáticos que recibieron a las estrellas de su interés con una sobre carga de energía y amor.

Los Simspons” se escapan de cualquier coleccionista estereotipado. Son un icono, un emblema, el contexto que impregna a toda una generación que los vio nacer y a los que nacieron con ellos. Aquí, las voces que los doblaron durante años compartieron sus experiencias, intercambiaron detalles… Yo en lo personal, aquella tarde me sentí como en el capítulo donde un montón de freeks acuden a una convención similar para ver a Luke Skywalker. Escalofríos. Y entonces, con la ilusión de todo aquello, en plena fila, un niño de 14 años osó entablar una plática con quien escribe hablándome de usted y llamándome señora. Mis venas estallaron de la rabia. Luego del trance, comprendí que mientras ese moconete respetuoso nacía, yo disfrutaba de mis primeros capítulos de la serie que nos puso en ese sitio a él y a mí.

Esto del contexto es grandioso: nos une, nos armoniza, nos hermana… ¿No lo creen?

jueves, 8 de marzo de 2007

Con R de Revancha

Esta historia contiene tal cantidad de sentimientos encontrados que raya en los límites del chiste más ruin o el melodrama más lacrimógeno. Antes de pasar al aparatoso asunto, debo por fuerza marcar antecedentes.

Por causas del destino mi abuela materna formó parte de mi familia nuclear los últimos 17 años de su vida. Ella me vio crecer, padeció mi horrible pubertad, compartió con nosotros mudanzas y siempre estuvo ahí, firme y sólida. Ésa fue mi abuela… Bueno, mi abuelita, porque aquel infortunado día que se me ocurrió decirle abuela no tuvo más que encajarme sus largas y afiladas uñitas, dejándome muy en claro que jamás debería llamarla así. Esto verdaderamente me frustró muchísimo, sobre todo cuando en mi afán de limar tal aspereza la llame cariñosamente “Doña Raquelito”… Este arrebato de igualadés me costó de su parte un sonoro azotón en la mesa, desatando la ira de una mujer por naturaleza pacífica que acotó con la misma severidad de su manoteo: “No soy doña Raquelito, ¡soy Tu Abuelita!”. Poco después tuvo un padecimiento que la desconchinfló todita, desde su andar hasta sus funciones intestinales, así que la pobre transitaba sus males entre 2 días de estriñida por 4 de diarreas, hasta que se recuperó y falleció de otra cosa. Decidí pues retomar mi naturaleza y, a modo de revancha, desde entonces a la fecha hago referencia a ella (de manera cariñosa) como Doña Chorrillo. Sin miedo a la vida ni a las falsas alarmas de que vendría a jalarme los pies por tal irrespetuosidad transité feliz y contenta mis días… hasta ahora.

El pasado domingo tuve el inusitado arrebato de querer ver reunida a mi familia sanguínea y a mi futura familia política. La invitación fue hecha y durante la semana todos los preparativos corrieron sin mayores sobresaltos. Llegó el día y para las 3 de la tarde todo estaba listo: La comida burbujeaba en la olla de barro, las botellas se enfriaban, los manteles que adornaban las mesas olían a limpio y las flores decoraban el lugar. Las visitas tocaron a la puerta; entraron y la alegre convivencia empezó. Los consuegros, las consuegras, todos felices… En medio de la estampa familiar, sentí el remoto deseo de ausentarme, sin intuir que mi tragedia también apenas comenzaba, porque después de esto jamás volví ni a la sala ni al comedor. Lo comprendí todo.

El día menos imaginado, el momento menos adecuado, Doña Chorrillo decidió venir a cobrar su venganza. No vino a jalarme las patas, no. Se la cobró con la mismo guante de su condenado apodo. Mi celebración particular del día de la familia la viví entre la taza del baño y tirada en una cama oliendo un algodón bañado en alcohol. Así de súbito, así de extremo. A lo lejos, en mi agonía, escuché las risas de los comensales y al menos supe que todo fue un éxito.

Sea cual fuere la razón, que en realidad se trató de una tragada monumental de Churrumaís con limoncito, el hecho es que con la R de doña Raquelito, su revancha desde el cielo fue cruel, dolorosa y muy despiadada.

jueves, 1 de marzo de 2007

No quisiera ser mi hígado

Los números jamás han sido lo mío. Sé que son necesarios, sé que rigen la vida cotidiana, sé, por mera herencia de un padre contador, su importancia. Sin embargo también sé que hay situaciones en las cuáles no sirven de nada. Ahí les va un grandioso ejemplo.

La mayor parte de la población tiene un televisor en su casa. ¿Qué utilidad le damos? Unos vamos desde la ventaja física de tener un mueble más, para otros más es su única compañía; algunos la vemos como un terrible vicio y muchos, muchos seres más encienden dicho aparato por inercia, sólo por escuchar ese zumbido con imágenes que generalmente no vemos por estar planchando, haciendo la comida, haciendo la tarea o arrullándonos. Otros más prestan sus cinco sentidos en lo que ven, y, buscando opciones, deciden quedarse en un canal o mudarse a cualquier otro con el poder de un dedo. Ante este panorama, resulta interesante saber la manera en la que las cifras del rating son ocupadas para promover éxitos apabullantes. Así las cosas, no me explico cómo esta semana nos amanecimos con la nota de que un final de telenovela transmitido el domingo acaparó las emociones de los mexicanos que consumieron un producto como éste, en un conteo que no contempla si las televisiones contadas no tenían mas que 3 malas opciones dominicales.

La historia no es nueva: dos empresas pelean (no compiten) entre sí; las dos dividen en vez de sumar; cada una quiere jalar toda el agua para su molino. Qué triste que ése sea el reflejo de toda una sociedad. Y es que aprovechando el contexto de los reflectores un director de cine y su guionista terminan su relación en tremenda pelea de egos. Ninguna de las partes, así como ninguna de las empresas, tienen idea de que si cada quien hace lo suyo, trabajando en equipo, las cosas mejoran.

Un asunto de educación, tal vez, esto de que nadie nos enseñó a jugar en equipo. Por eso el ya merito. Por eso las individualidades nos hacen creernos lo máximo en solitario. Por eso nadie se toma la molestia ni siquiera de cooperar con sus vecinos cuando el arreglo de la calle los va a beneficiar a todos.

Estos asuntos logran que se me enchueque la tripa. Me molestan mucho las malas telenovelas que traicionan a su libreto original (¿Dónde quedó la maravilla de Betty la fea? ¿Dónde?); me molesta mucho la mala transmisión de una ceremonia eterna invadida de anuncios y efusividades excesivas; me puede que estando en la cima los egos empañen el talento y den un pésimo ejemplo del éxito y me irrita mucho que todo eso aparezca en un pequeño mundo donde un grupo de vecinos (peor que los Invasores) sean excelentes en el arte del chisme y el argüende malgastando sus energías, mismas que deberían ocupar para reunirse, cooperar y ejercer presión con las autoridades (igual de chismosos y argüenderos, además de inútiles), en pro de un beneficio común: la calle. ¿Es posible que en el umbral de la primavera uno puede sentirse con tremenda indignación? Mi hígado, dañado, dice si.

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Columna comentada en el programa radiofónico "La Revista", conducido por Carlos Romano en Radio Universidad, 1550 AM.

jueves, 15 de febrero de 2007

Kismet

Hace algunos días el dulce hogar de quien escribe estas humildes líneas se vio pletórico de cuantiosa algarabía infantil. Niños iban, niños venían. Niños lloraban, otros dormían. Otros peleaban por una bolsita de plástico e insistían en pasar las 24 horas del día al lado de los perritos, quiénes, emocionados, se acercaban a ellos ante los gritos de horror de estos enanoides. Como quien dice, nadie los entiende. Esta descripción corresponde a la visita anual de la rama paterna de mi parentela, que cada vez aparece con más vivarachos minimiembros.

Para aplacar a tanto ser en desarrollo el cine pareció ser la opción más civilizada para mantener la paz por escasos minutos, y los “Bichos” en tercera dimensión lograron su cometido: a los niños los dejó callados y a los grandes nos puso a temblar al ver a una Mantis de tamaño gigante devorándose a una infortunada mosquita. La voz narradora explicaba, con esta comilona, el proceso natural en la vida de los insectos: nacer, reproducirse y morir. Ése es su cometido, ése es su destino. Destino…

Me quedé pensando en el destino. Los insectos lo viven en sus ciclos mientras que los humanos tratamos de indagar en él, de conocerlo, de imaginarlo, de cambiarlo, de evitarlo, de apresurarlo, de racionalizarlo. Supongo que aquello que filosóficamente nos separa del resto del reino animal (el alma, la mente) ha hecho que el ser humano encuentre algunas miles de explicaciones para el futuro, para el porvenir, para la felicidad y para la desgracia. Para algunos es la religión, para otros el destino, para algunos más, el kismet.

Hado, predestinación, suerte, fortuna, destino. El Kismet es para ciertas culturas del Oriente una fuerza cósmica que todo lo define; es, según su significado literal, “la voluntad de Alá”. Al kismet se le atribuyen las mayores alegrías y también las peores tragedias, o simplemente las sabias lecciones de la vida. Su lado positivo es lo que lo diferencia del Karma, ley que indica que para toda acción existe una reacción, que depende de la bondad del primer hecho.

El Kismet era, antiguamente, la explicación y la resignación ante la vida. Actualmente las revoluciones de pensamiento dictan que cada uno es capaz de forjar su propio destino, pero hay quienes creen que su voluntad es inamovible. Para las moscas comidas por las Mantis, para los niños que todo lo aprenden, para los adultos que gustamos más de analizarlo que de vivirlo…

Cuando veo a mis hermanas correr entre mamilas y pañales, atendiendo sus casas, a sus maridos y a sus trabajos, pienso en el Kismet: era su destino ser madres y vivir como cada una vive, rodeadas de amor. Aun no sé si el mío me lleve por los mismos caminos, o si termine en un documental de tercera dimensión comida por un enorme insectote, pero sé que la voluntad de Alá, de Dios, o de cualquier fuerza cósmica, me mantendrá con los ojos bien abiertos y los sentidos alerta para comprender así el ciclo natural de mi existencia, la esencia de mi aparición en esta Tierra.


jueves, 1 de febrero de 2007

La princesa y el colchón


Las niñas de hoy sienten una extraña fascinación por la moda las “Princesas”; ¡Horror! Todo en ellas resulta tener motivos de sirenitas, bellas durmientes u odaliscas. Pero las niñas de hoy desconocen otro tipo de nobleza cuyos relatos son igual de impactantes, y lo mejor, ajenas a adaptaciones cinematográficas. Uno de estos relatos vino de la mente de Hans Christian Andersen: La princesa y el guisante. En él un joven y soltero príncipe se encontraba en búsqueda de la princesa ideal, y durante el proceso de selección aparecieron cuantiosas estafadoras incapaces de superar las pruebas que la Reina les imponía, en su afán de localizar a aquella de sangre azul digna de su vástago. Entonces, bajo una feroz tormenta, tocó las puertas del palacio una chica que se decía princesa, lo cuál no creyeron mucho luego de verla hecha una auténtica sopa Maruchan. Aun así la acogieron, y la Reina, presurosa, llevó a la invitada al aposento de prueba, donde previamente había colocado un frijolillo bajo el colchón que cubrió con otros 20 colchones. Al día siguiente la chica, amablemente, contestó a la pregunta de los reyes de si había dormido bien: “No… tengo un dolor de espalda horrible, había algo que no me permitió descansar, algo como un guisante”… Fue así como supieron que en aquella frágil jovencita corría la sangre azul y el príncipe tuvo al fin una compañera. Fin del cuento feliz.

Así he despertado los últimos 5 días. Cual realeza con frijoles bajo un duro colchón. Este cuento, más mi actual lectura (la historia de un clan turco narrada por las casas que acogieron a estas familias en distintas épocas), me pusieron algo melodramática ante el terrible hecho de que mi cama, aquel objeto familiar que superó las 3 décadas entre nosotros, fue vilmente cambiada por un moderno objeto, uno de esos donde los osos duermen en los comerciales.

Lo de mi lectura viene al caso porque puedo entender que alguien logró captar las vibras que absorben los objetos materiales que han pasado tanto tiempo con la gente. En mi caso, la única cosa capaz de contar toda la historia de mi vida era mi cama. Porque... En una cama lloramos nuestras penas, soñamos con mundos distantes, con amores imposibles, dejamos nuestras preocupaciones, descansamos, disfrutamos un buen libro, nos enfermamos… Así, la cama que me designaron hace años se ha ido para hacer feliz a otra familia... Snif. Claro que no todo fue dichoso; la pobre perdió dos patitas (hábilmente reemplazadas por un par de tabiques) luego de una juvenil fiestecilla, y aunque sus rechinidos eran evidentes, resultaban música para mis oídos. Yo lo amaba, Mi vida sentimental estaba impregnada en cada uno de sus hilos. Años tardamos en hacerla de una forma maravillosa, suave, cómoda.

Pero ahora, cual heredera turca cuya vida es narrada por sus pertenencias, veo agradecida la altura de mi nuevo lecho y trato de imaginar las mágicas aventuras de mi existencia que compartiré sobre ella… Sólo el tiempo lo sabrá…

jueves, 18 de enero de 2007

Educación sentimental


Gustave Flaubert, escritor francés del siglo XIX, tituló a una de sus más célebres novelas como “La educación sentimental”. En ella, un par de jóvenes amigos van dando cuenta al lector de su vida, de su crecimiento, de sus primeras andanzas por el terreno del amor…

A tantos años de distancia de la aparición de este texto, su nombre ha sido retomado por estudiosos de la sociología, la psicología y la pedagogía para referirse a todas aquellas influencias que desde niños vamos absorbiendo y que van formando nuestro “yo” emocional. O sea que como quien dice, para llegar al punto en el que estamos hoy en materia de sentimientos, debemos echar un ojo a todas esas cosas que nos hacen entender el amor y la amistad tal y como “las ejercemos” en la actualidad. Así pues los padres son los primeros formadores de tales conceptos. Luego vienen las relaciones entre hermanos, amistades y me atrevería a decir que hasta encajan los lazos que hicimos con nuestras primeras mascotas. Pero no todo viene de ahí, y éste es el punto sublime de esta columna.

Este fin de semana el amor de mis amores tuvo a bien cobrarse de manera digamos, “justa”, un acto del pasado donde me demostró que un hombre no pierde nada sometiéndose a un maratón de películas románticas con su noviecita linda. En ese entonces mis algarabías, lágrimas y pasiones pasaron de una a otra entre “Los Puentes de Madison”, “Sintonía de Amor” y “Cómo perder a un hombre en diez días”. Fue maravilloso hasta el pasado domingo, cuando me tocó a mi demostrar mi valor y templanza al acudir a una sala cinematográfica para ver la última entrega (¡bendito el Creador!) de la leyenda del boxeo, Rocky Balboa.

No hablaré de la cara de emoción de todos los varones que inundaron la sala, y mucho menos de todas las novias sumisas ahí presentes entre sudores, gritos gloriosos, música de triunfo, y escenas que, para evitar la risa estrepitosa, ameritaron un muy largo trago de refresco. No. Hablaré de la reflexión que me trajo este ejercicio de ponerme al corriente con un fenómeno de 3 décadas que veo por vez primera, pero sobre todo, de un producto masivo como claro ejemplo de educación sentimental.

Entre el amor de mis amores y yo existen similitudes enormes, pero nuestra educación sentimental es absolutamente distinta. Mientras él aprendió mucho de lo que sabe del romance a través de los cómics, Robotech, guerras galácticas y sobre todo, entre las cuerdas y los gritos de un sujeto ensangrentado que busca a su amada Adrian, yo tengo en mi literatura rosa, mis películas de pasiones intensas, Candy Candy y la desventaja geográfica que me hizo empaparme de las telenovelas, la clara referencia de lo que soy sentimentalmente. ¡Qué distintas maneras de entender el amor! Tan romántico puede parecer besarse en pleno vuelo del Halcón Milenario o levantando el cinturón de campeón como hacerlo debajo de la lluvia o en pleno atardecer… ¿Ven cómo si existe esto de la educación sentimental? Sin duda alguna…

miércoles, 10 de enero de 2007

Múltiples capacidades


Antes que nada, mis muy queridos lectores, los abrazo a todos y cada uno de ustedes muy fuerte, deseándoles un feliz y productivo año 2007. Año impar, por cierto, esperemos que nos pinte lleno de colores alegres, de matices con sus luces y sus sombras (inevitables en la vida), pero siempre con un brillo especial, el de la fuerza, el de la esperanza, el del amor.

Esa es la capacidad de ver el destino de manera positiva. Gran ventaja del ser humano ésa de ser capaz de gozar la felicidad y sorprenderse ante lo más pequeño; esa de ser capaz de expresar la tristeza, la nostalgia; esa de abrazar a un ser querido, esa de admirar a una niña pequeña en su primera Navidad disfrutar (con una inexplicable ilusión) la alegría de una posada y la emoción de ver caer la colación de una piñata.

Pues bien, en una época donde la vorágine de las compras de último minuto nos absorbe dejando de lado la esencia de la natividad y el año nuevo, éstas fechas, también empleadas como un buen pretexto para el relax y la convivencia, me llevaron al sitio indicado, al momento preciso para confirmar mi teoría sobre las múltiples capacidades humanas de expresión.

Explicaré: Según la psicología es imperante para nuestra vida cotidiana encontrar el medio indicado para desahogar tensiones, estrés, angustias y para deshacer alguna que otra telaraña mental. Así, existen catalizadores tales como los estadios de fútbol, las funciones de lucha libre o, incluso, un instante en medio del tráfico pesado. Pero hay otro punto donde las vibras de todo tipo se concentran, donde grandes y chicos se expresan, se divierten, se liberan: los parques de diversiones. En un sitio de estos, amables lectores, descubrí la enorme capacidad humana para gritar.

Gritos en todos tonos, en todos ritmos, en todas intenciones. Femeninos, masculinos, infantiles, ahogados. Gritar es esa fantástica oportunidad de hacer explosión, sobre todo si se acompaña de sensaciones extrasensoriales como treparse a una montaña rusa (y descender de ella) o un juego del estilo pero en menor escala. ¿Es que acaso no han sentido ese extraño placer de dejarlo todo de lado y treparse a un juego que los pone de cabeza, o mojarse hasta los calcetines, saludar a una botarga o reír hasta las lágrimas? Pues todas las personas que se congregan en sitios así lo saben, y aquello, como cualquier templo, es una concentración de energías transformadas, en un lugar donde nadie prohíbe expresarse y donde las gargantas deben ir listas para soltar sus más sonoros y estruendosos ruidos, esos que salen del corazón, de los intestinos, y de todos los recovecos que sienten una emoción de tales proporciones. Es uno de esos agotamientos felices.

Gritar en lo alto de una montaña, gritar en compañía, gritar en soledad o del puro gusto de ver a un ser querido. ¿Hace cuánto que ustedes no lo hacen? Sea cual sea su respuesta, les recomiendo comenzar el 2007 liberando su cuerpo, su alma y su espíritu… Y ¡a arrancar motores!