jueves, 6 de marzo de 2008

Ciclos...

Hace casi un año escribí sobre lo extraños que son ciertos días, esas fechas en donde todo pasa. En aquella ocasión me refería al 23 de abril; hoy, comprendo que el 7 de marzo es una de las fechas más significativas en mi vida. Estos son, sin duda, tiempos de despedida.

El 6 de marzo de 1990 mi mamá, mi abuelita, mi hermana y yo aún vivíamos en la ciudad de Oaxaca. Mi papá había salido de la casa en noviembre del 89, pues el inminente cambio a Xalapa apresuró su llegada a estos lares. Pero nuestra partida se atrasó hasta que un buen día mi hermana y yo recibimos la noticia de que el 7 de marzo era nuestro último día en el lugar donde pasamos 9 años de nuestra vida, y éste sería, por consiguiente, el inicio de un nuevo ciclo.

Así, el 6 de marzo de 1990 fui por última vez a mi salón de clases de 5o. de primaria con la maestra Juanita; en aquella ocasión entré al salón vestida de civil pues únicamente fui acompañando a mi mamá quien fue a recoger nuestros papeles importantes. Mientras ella arreglaba el asunto, yo corrí a saludar a mis amigos, vi y comprendí (con toda la comprensión que puede tener alguien de 10 años de edad) que mi banca vacía estaría ahí y se veía triste, muy triste, pero que alguien, en algún momento del año, del mes o incluso de la semana, la ocuparía y la vida seguiría su curso. Minutos antes de partir llevaron una grabadora, la maestra me sentó en el escritorio y entonces comenzó a sonar un cassete con las voces de todos dándo mensajes de cariño y despedida... Lloré un poco, sentí una infinita nostalgia y salí de ahí para nunca volver.

El 7 de marzo fuimos a la Iglesia de la Soledad, mi mamá llevó unas flores en agradecimiento por tantos años de vida en Oaxaca. Entonces, a las 3 de la tarde nos subimos al avión que nos llevaría a Veracruz, donde mi papá nos esperaba para llevarnos a nuestra nueva vida: Xalapa.

18 años después el 7 de marzo sigue pareciéndome como aquella subida al avión para no volver. Los cambios laborales son buenos, importantes, necesarios, y el 7 de marzo, mañana, será mi último día en el área de trabajo donde estuve 5 años de mi vida. Por lo mismo estas siguen pareciendo épocas de despedida, aunque hace años aparecieron de manera involuntaria y hoy son con más convicción que nunca.

La metáfora de la tierrita que hay que remover para que la planta siga creciendo fuerte y sana me parece más oportuna que nunca. Cuando uno se estanca no queda de otra que buscar nuevas fuentes de inspiración y salir, aunque, cierto es, los riesgos que se corren son infinitos. Los ciclos se cierran, las perspectivas se elevan, las puertas se abren y la gente que uno conoce en el trayecto se quedan en el alma, en el cajón que almacena la memoria laboral. Por ello, no queda más que agradecer las oportunidades, la confianza, los enojos, las viviencias... La banca que queda en el escritorio no se verá vacía, porque unos nos vamos y otros llegan.

Hace 18 años se cerró uno de los más importantes ciclos de mi vida. Mañana se cierra otro. Los plazos se cumplen y las fechas, curiosamente, continúan significando algo más que una casualidad.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Pláticas con mi abuelito

La vida está llena de bienvenidas y de pérdidas. Gente va, gente viene; gente que conoces y gente que se despide, así, sin más. Cuando yo tenía 3 años sufrí la pérdida más fuerte de toda mi vida y mis padres, de alguna manera, encontraron el mejor remedio para calmar mi tristeza: siempre me dijeron que volteara al cielo y que la estrella más brillante de entre todas era mi hermana, mi pequeña hermanita, esa que murió tras 8 meses de gestación y a quien tantas ganas tuve siempre de abrazar, de besar, de jugar con ella. Así, aprendí que cuando las cosas fueran mal, cuando necesitara que alguien me escuchara, cuando quisiera sentir una caricia en el alma, podía voltear al cielo y ahí estaba ella, siempre, cuidándome en todo momento, haciéndome sentir especial, única, feliz.

Con el tiempo aprendí a platicar con ella. Sí, platicar. Entablo largas charlas con mi hermana en el cielo y casi puedo jurar que ella me escucha y me alecciona, a veces hasta me regaña cuando lo considera necesario. Mi hermana se ha vuelto esa vocecita interna, es como mi conciencia, como mi guía, esa auto terapia que me ha permitido muchas veces exorcizar varios demonios sueltos.

Conforme fui creciendo fui teniendo cada vez más bienvenidas y aprendí también a comprender las pérdidas que iban formando mi camino. Se fue mi abuelito Rogelio, luego mi abuelita Albertina, luego mi abuelita Raquel. El altar de muertos poco a poco fue acumulando fotos de los seres queridos a quienes en algún momento pude abrazar con fuerza y expresarles con besos, cariños y apodos cuánto los quise. Y aprendí también, tras su partida, a entablar pláticas silentes con ellos, igual que como aún hoy lo hago con mi María. ¿Que de qué les platico? Bueno, a veces les cuento cómo va la vida por acá, como está de cambiado el mundo que abandonaron, cómo se portan sus hijos y nietos… digamos que de cierta manera “los pongo al día”. Tengo tan presentes sus voces…

Mi papá tiene la sabia costumbre de actualizar el calendario familiar que mes con mes decora el refrigerador de la cocina. Febrero no tenía nada de particular salvo el día 15, cumpleaños de mi abuelito Efraín, el papá de mi papá. Ese día nos llegó un mensaje de mi tío Carlos diciéndonos que en esa fecha don Efraín estaría cumpliendo 100 años de vida. Nunca lo imaginamos.

Mi abuelito Efraín, según me cuentan, fue todo un personaje. Nació en Alfajayucan Hidalgo, sus padres eran primos hermanos, y de entre todos los hijos sólo él al final de cuentas se hizo cargo de la tienda familiar en el pueblo y de sus progenitores. Se casó con doña Albertina y crearon el equilibrio perfecto entre el mal carácter de ella y el buen humor de él. Era dicharachero y su oficio no se limitó a tan sólo despachar una tienda. Fue un hombre muy culto, leía muchísimo, era completamente miope, sabía hacer desde velas hasta ataúdes, conocía perfectamente el fino arte del albur y tenía un grupo de amigos con el cuál se reunían para tocar guitarra, tomar cerveza, comer a reventar y por supuesto, para alburearse unos a otros. Tuvo una sonrisa maravillosa y adoraba comer paletas heladas.

Sé todo eso de él por varios motivos: es lo que la familia cuenta, es lo que veo en todas esas fotos que atesoré secretamente por años y por el simple hecho de ver a mi papá. Dicen los que saben que es su vivo retrato, física y emocionalmente. Sin embargo mi abuelito, quien no gozó precisamente de una gran salud, murió muchos años antes de que yo naciera; nunca escuché su risa, nunca oí su voz, nunca le di un abrazo fuerte y apretado. Así las cosas, nunca lo he podido considerar como una pérdida en mi vida, es más bien una ausencia, una que ha estado ahí por 28 años, 34 en realidad.

A pesar de que siempre he sentido una enorme envidia por todos mis primos que alcanzaron a mirarlo, jamás me habían dado ganas de entablar esas extravagantes charlas post mortem que arriba mencioné. Pero este es el año 100, el centenario de su nacimiento, y quizá él mismo me fue preparando sin siquiera yo saberlo. Y es que la vida laboral me ha obligado a estar en el constante conocimiento de un personaje llamado Gonzalo Aguirre Beltrán, un ilustre veracruzano quien por sus notables aportaciones al mundo social, intelectual y antropológico es el objeto de celebración durante todo el 2008, el año del centenario de su nacimiento.

Este hombre nació el Tlacotalpan, una población veracruzana. Tuvo estudios, afán de superación, y su basta descendencia lo recuerda hoy en día con cariño, con admiración y con un profundo respeto. Al referirse a él, por ejemplo, lo llaman “El tío Gonzalo”.

Todo esto viene a colación porque mi abuelo también cumple 100 años, porque nació en un pequeño pueblo de Hidalgo, porque tuvo estudios y afán de superación, y porque toda la familia que tanto lo quiere y lo recuerda también lo refiere a él como “El tío Efraín”. Tal vez esas coincidencias, lo poco usual del térmio "el tío" y por esas tantas cosas que he aprendido de ambos, que puedo suponer la vida me preparó para recordarlo más que nunca en estas fechas.

Hoy tuve ganas de mirar al cielo y platicar con él. Me pregunté qué cosas podrían interesarle a alguien como él, que conoció los radios trasatlánticos más no el internet, que tal vez nunca imaginó los avances de la ciencia, ni lo lindas que han quedado las carreteras para llegar al pueblo. Me puse a pensar en todas esas anécdotas familiares que tal vez sólo contempló de lejos porque nadie se las supo contar, pensé en decirle que a meses de su muerte mi abuelita Albertina me platicó de su noviazgo, que mi mamá aún lo sigue recordando por esa bromita de la alberca, que mi tía Chelo me ha contado sobre su faceta como padre amoroso y que mi padre jamás ha dejado de sentirse orgulloso de él. Le quise contar de mis perros, de mis hermanas, de lo que soy gracias al ejemplo que inculcó en los suyos. Hasta quise contarle que el Fidel Castro que él conoció apenas ahora está dejando el poder. No sé si esas cosas pudieran interesarle tanto, pero creo que son importantes. Pero después pensé que era mejor mirar al cielo y esperar su caricia, su señal, esa que me indicara que aunque jamás nos conocimos en persona ambos entendemos la conexión que existe entre nosotros y que tal vez pudimos haber sido muy buenos amigos y excelentes albureros.

Abuelito lindo, tal vez algún día me visites en mis sueños… Ahí te estaré esperando para ponernos a platicar.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Policromías

Siempre me ha gustado escribir. No sé si el hábito lo adquirí desde que comencé a escribir diarios y cartas a mis amistades lejanas, o si simplemente la necesidad de expresión que tuve desde que tenía año y medio (rumoran los que saben que aprendí a hablar más rápido de lo que lo hizo mi hermana) me han llevado irremediablemente por el camino de las letras.

Me hice el hábito de contarle a una libreta en blanco mis acontecimientos del día, que para alguien de escasos 9 años no podrían ser más que "comí pescado y sopa", "hoy mi hermana y yo nos peleamos" o "tuve un examen archi difícil". A los 11 años la escritura en libreta se transformó en cartas nostálgicas en donde le contaba a los amigos que había dejado atrás, junto con la mudanza, las novedades ante los retos que la vida como "la nueva" en la ciudad me imponían; mis logros en la nueva escuela, el nuevo hogar, los nuevos amigos. Poco a poco esas cartas fueron quedándose ahí, en el cajón, con el sobre y el remitente escrito hasta que comprendí que era tiempo de retomar al viejo diario.

En la pubertad las palabras se dirigieron a los amores en turno; para ellos hubo largas y emotivas misivas (algunas incluso intensas para tan corta edad), poemas, canciones, tratados enteros que redactaba en todas las clases que me producían flojera, razonamientos casi filosóficos ante las intrigantes situaciones del "¿por qué no me quieres?", "¿Acaso es justo que la mires a ella?" o "¿no entiendes lo mucho que te quiero'?". Desgarradores asuntos, sin duda, de vida o muerte en aquel momento.

No toda mi escritura ha sido igual. Con el tiempo me releo y comprendo lo mucho que ha cambiado mi redacción, las palabras que utilizo, y redescubro que, incluso, inventé con una amiga un código secreto a base de números pares para enviarnos recaditos en la secundaria y que nadie comprendiera de qué platicábamos.

Por irónico que parezca, ante tal necesidad de expresión jamás sospeché que encontraría en la escritura una manera de ser, de vivir, de realización. Nunca imaginé, aun con mis libretas escolares repletas de letras distintas (mi caligrafía también ha variado terriblemente pero siempre con el distintivo de casi perforar las hojas de tanto que empuño el lápiz), que escribir iba a ser no sólo un escape, sino un lazo, la vía perfecta para sentirme cercana a la gente que amo, pero también para conocer personas que parecen saber más de mi que nadie sólo por el hecho de leerme periódicamente.

En mis días como universitaria lancé una idea al aire y sin pensarlo años después fue una realidad: el trabajar en un periódico haciendo algo que me gustara muchísimo. En octubre del 2003 llegó esa oportunidad y así nacieron las POLICROMÍAS, un espacio tan mio, tan personal, tan especial; la ventana dentro de un diario local donde podría hacer lo mio y por supuesto, hacer currículum aun sin ganar un sólo peso.

Tras más de cuatro años me acostumbre a resumir en 3 mil caracteres una anécdota, una vivencia, una reflexión, una observación o simplemente una curiosidad. Ahora que el ciclo impreso de las Policromías ha terminado me siento extraña escribiendo sin parar, en la bandeja del blog y no en una hoja de Word (y sin el contador de palabras) y, lo confieso, no sé muy bien cómo es escribir en este sitio sin pensar en que esto no aparecerá en el periódico, y que hoy es martes-miércoles y esto generalmente aparecía en jueves.

Las palabras son lo mio, y como estoy acostumbrada expresarme por este medio debo confesar que estoy triste y un tanto bloqueada por la repentina desaparición de mi columna. Sé que internet es una maravilla y se llega a un gran público, pero uno se toma con tal cariño ciertas cosas que, sin duda, haber perdido mi espacio propio me dejó como sin manos, como si me hubieran cortado una parte de mi vida, de mi día, del hábito maravilloso que implicaba sentarme ante el monitor y esperar hasta que los dedos cobraran vida (cual si fueran las zapatillas mágicas del cuento) y que empezaran así su sinfonía de movimientos en el teclado sin freno ni paradero.

Han pasado muchos días para que esa magia regresara. Aun no sé si volvió del todo, pero debo agradecer el cariño de todos ustedes, las muestras de afecto y apoyo, y sobre todo, las cosas tan maravillosas que me ocurrieron como una suerte de despedida al recibir dos regalos increíbles por parte de quienes me leyeron desde el principio y que manifestaron ante quien escribe lo que mis palabras, esas que salen de mi cascarón particular, provocaron en sus vidas. De verdad, créanme, saber que algo que uno escribe toca fibras sensibles en alguien más, ajeno a tu casa, a tus amigos o a tu familia, es simplemente mágico, es algo que uno como lector lo vive, pero siendo la otra parte resulta casi inexplicable entener que los sentimientos son universales, y que hay cosas con las que todos podemos identificarnos. Esa ha sido siempre la intención de Policromías y fue una gran emoción saber que, en algún momento, cumplió su cometido.

Hoy he vuelto a escribir a las 2 de la mañana porque sólo así puedo empezar a hacer esto. Las anécdotas se están acumulando en mi diario-agenda y espero tener ánimo algún día para transmitírselas a todos ustedes. Mientras tanto les agradezco horrores su paciencia, su amistad, su cariño... y no me queda más que seguirle, pues como dijo el sabio Korky... "Life goes on".

miércoles, 6 de febrero de 2008

AVISO

A todos los asiduos lectores de las Policromías, informo por este medio que esta columna ha dejado de publicarse en el diario Milenio - el Portal por razones ajenas a toda mi voluntad.

Esperando que esta no sea una despedida, seguiré escribiendo por internet mientras las negociaciones se dan para estar presente en otro medio escrito y, por tanto, más cerca de un nuevo público.

Este ciclo que termina para las Policromías y para quien escribe ha sido una gran experiencia y agradezco muchísimo a todos los asiduos o casuales lectores que han llegado a este blog y han compartido conmigo sus sentimientos, sus vivencias. Esperemos que todo sea positivo y pronto, muy pronto, pueda estar en otro diario, en otra fecha, pero sin perder ni traicionar lo que esta columna ha sido gracias a todos ustedes.

Un abrazo...

jueves, 24 de enero de 2008

Cultura chaterrera

Se dice por ahí que nosotros somos lo que comemos. Esta afirmación popular no deja de ser más que cierta: hay quienes, por ejemplo, degustan con discreción de ensaladas y platillos gourmet como dieta principal y esto resulta congruente con su imagen, con su vestuario y hasta con su carácter. No vayamos más lejos, en la más reciente película de Disney, Ratatouille el protagonista era delgado, caminaba con las patitas traseras y gustaba del buen alimento, mientras que su hermano y su padre mostraban una imagen más robusta, más desaliñada, denotando con esto su poca capacidad selectiva sobre aquello que entraba a su boca.

No es que la gente que disfruta de la grasa y la garnacha deje de ser elegante o refinada, pero hasta cierto punto la piel, el cutis, el cabello, todo es un claro reflejo de lo que se consume (si es que acaso es ésta la dieta diaria). Por eso de pronto uno se va con la finta de que las estrellas de la televisión comen puras cosas orgánicas y que son remotamente incapaces de consumir algo que rompa el balance de los carbohidratos estrictamente necesarios. ¿Pero qué cree? Que las apariencias engañan.

Una invernal tarde me encontraba recibiendo mi dosis cotidiana e infaltable de chisme farandulero y en una entrevista hecha a Jorge Garralda por aquello de su Juguetón, todo el elenco de Ventaneando desvió la entrevista cuando los dedos delatores del señor (y el ojo veloz que lo notó) mostraron los indicios de haber comido papitas saladas con tremenda dosis de salsita chamoy. Ese detalle dio pie a que por varios valiosos minutos de televisión comercial todos intercambiaran no tan sólo recetas sino hasta estilos para preparar y degustar semejantes majares del mundo chatarrero.

En otra ocasión miraba con cierta atención y la baba a medio resbalar el noticiario matutino del canal Cadenatres, donde su conductor principal Francisco Zea y todo, absolutamente todo su equipo (los de deportes, la del clima, la de espectáculos, el de finanzas) iniciaron una especie de mesa redonda ante la alarmante noticia de que los estadounidenses retiraban de su mercado los famosísimos “Miguelitos”, esos chilitos agridulces que tantas y tantas alegrías le han dado al pueblo mexicano, dizque por sus elevadas dosis de plomo. Semejante indignación movió las fibras del equipo de noticias que en acalorada defensa mostró sus amplios conocimientos en el área del dulce, el chamoy y toda la variada oferta gastronómica al respecto.

Tan sólo en una ocasión en la oficina donde laboro se dio de pronto una acaloradísima plática que nació de definirnos de acuerdo a nuestros gustos chatarreros. Yo me debatía entre la Tutsi pop y los Flippys (extintos pastelitos de Gamesa), y así aparecieron Mamuts, Gansitos, Pingüinos… ¡Uf!

Para todos los que nos damos el lujito de pronto de comer un chicharrón con Salsa Valentina, unas palomitas ensalsadas, un Pelón pelo rico… A Erasmo, a Claudine, a todos aquellos de amplio y fino paladar, dedico esta muy chaterrera columna.

jueves, 10 de enero de 2008

2008

Marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes y alguno que otro cura despistado. Todos, la madrugada del martes entre gritos y pitos hicimos por una vez algo a la vez: recibir la llegada del 2008.

Amante de los ritos y las costumbres pre-establecidas, en ocasiones fugaces como estas me pregunto por qué al ser humano le da por celebrar de maneras tan bárbaras asuntos como un cambio de año, por qué este tipo de conmemoraciones merecen el gasto innecesario de aguinaldos, la visita casi obligada a alguna casa de empeño (negocios que hoy se propagan a la par de fondas o cantinas), el abuso excesivo de alcohol, el efímero intento por hacer propósitos per se incumplibles y un muy largo etcétera que de pronto me asaltó al ver el alboroto con el que diciembre y el año nuevo irrumpen en la vida de la población.

¡Qué suerte que se trata de una época de reflexión y recogimiento! Que si no, empezaría a creer que el capitalismo aflora hasta por las coladeras cuando veo las filas del supermercado llenas, niños y familias felices alrededor de los mundanos placeres de la vida material y hasta al barrendero más flojo pedir junto con su cooperación, su aguinaldito. Bueno, bueno, tampoco voy a ponerme tan radical en una columna donde me he declarado seguidora de la filosofía madonniana (Vivimos en un mundo material y soy una chica material), pero siempre existen situaciones extremistas donde comprendo que ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre, es decir, qué bueno que en estas fechas nos llegue un dinerito extra pero, ¿es tan necesario gastarlo en cuanto llega a nuestras manos? ¿Por qué no aprovechar estas fiestas para agradecer las bendiciones y ahorrarlas, en vez de malgastarlas? ¿Es un buen síntoma o un hecho descarado que las iglesias y templos se abarroten en estas fechas?

El asunto es que si bien muchos no lo hacen concientemente, lo que celebramos en estas fechas es, en sí, lo que creo debemos agradecer cada día: el milagro de estar vivos y en compañía. Así se la pasen escuchando aterradores y desgarradores cánticos (una navidad amenizada por un infame grupachón de cantantuchas aspirantes a La Academia que berreaban con singular alegría y poquísima entonación “Mi dulce niña” pero que jamás supieron la letra de “Los peces en el río”, y un año nuevo con vecinos que a las 7 de la mañana seguían cantando a Alicia Villarreal y en vez de decir “mueve las caderas” pedían mover la escalera ¿?), todo lo que rodea estas fiestas gira en torno a un propósito que está en cada uno de nosotros aquilatar y sopesar durante los 366 días que el 2008 dure: aprender a vivir y disfrutar.

Amor, salud y la inteligencia para saber aprovechar las oportunidades que se presenten es lo que desde esta columna y con los tímpanos hechos trizas deseo para ustedes, mis cinco, veinte o cuarenta amadísimos lectores. A todos ustedes les envío un abrazo reflexivo y esperanzado de que el par será lo máximo (a estas alturas tengo 28 años en el 2008… ¡qué mejor señal puedo pedir!)

jueves, 13 de diciembre de 2007

La bodega del duende

¿Alguna vez han perdido algún objeto valioso de la más inexplicable manera? ¿Nunca han pasado por la agonía de jurar por todos los santos del cielo, la luna y las estrellas haber dejado cierta cosa en un lugar y ésta mágicamente aparece en otro sitio? ¿Sabe algún querido lector a dónde se van todas las cosas del mundo que se pierden de siniestras maneras? Si han contestado que si a más de una pregunta, sabré que no soy la única persona que se enfrenta con ira a esas poderosas fuerzas del mal que nos arrebatan nuestros efectos personales. Explicaré.

Según la experiencia me lo ha dictado, hay cuatro posibles razones por las cuáles uno extravía las cosas: a) distracción o descuido, b) robo, c) sonambulismo (y mientras se camina dormido se cambian de pronto las cosas de lugar), y d) un duende maligno. “¿Duende?” dirán ustedes. Sí, duendes, esos juguetones seres mitológicos de orejas puntiagudas.

Desde hace más de 15 años hay escondido entre la tubería y el cuarto de los tiliches un despiadado duende que debe gozar de malsanas maneras los destrozos que causa en esta respetable y navideña casa. Es más, me atrevo a afirmar que ese diminuto sujetillo nos ha perseguido en todas y cada una de las mudanzas que ha vivido esta familia de gitanos errantes. De no ser así… ¿cómo explicar la pérdida de una nutrida colección de videocasetes en formato BETA donde mi hermana y yo atesorábamos especiales de Timbiriche y capítulos de Candy Candy? ¿En qué momento de la vida perdimos nuestra colección de revistas, incluidas algunas Videorisas que tantas carcajadas provocaron?

Pero ahí no ha parado su maledicencia. Cuando mi prima-hermana Liz llegó a instalar sus cosas y su vida con nosotros, el muy malvado le hurtó una sudadera blanca que tanto quería, prenda que duró en Xalapa lo mismo que el Pachuca en el Mundial de Clubes. Así han desaparecido discos, libros, videos, bolsas, zapatos y ropa, principalmente ropa. Tal vez se trata de un duende fayuquero que gusta de rematar nuestros efectos más personales los domingos en el Salón Bazar.

Estos días me cambió de lugar un zapato que tarde semanas en localizar (y eso que quien esto escribe es ultra sangrona con la teoría de tener zapatos regados por debajo de la cama o por doquier); en mi trabajo me raptó un lapicero en un abrir y cerrar de ojos, hace un año secuestró el tenis que el amor de mis amores dejó bajo nuestro árbol esperando sus regalos de día de reyes, y así puedo contabilizar una larga lista de faltantes en el inventario.

¿Descuidos? Tal vez. ¿Robos? Es poco probable que dentro de casa sucedan esas cosas. ¿Sonámbulos? Quizá mi par de peludos canes. Así que sólo queda el Duende, ese tipo al que imagino orgulloso recorrer en escaleras eléctricas la inmensa bodega donde él y sus congéneres almacenan todos aquellos objetos que los humanos perdemos por segundo. Tal vez hasta tengan un espacio destinado a todos esos fajos de billetes que nuestros políticos hacen perdedizos ante la sociedad, ¿no?

jueves, 6 de diciembre de 2007

El deporte nacional por excelencia

Ahí estábamos el amor de mis amores y yo un lluvioso domingo, entre el refresco y las palomitas, a punto de empezar la función de Spider Man 3 en la comodidad del DVD. En eso, mientras agarrábamos postura, se coló uno de esos odiosos comerciales de la mamá y el hijo que compra su diez pirata. “¡Aagggg!” expresé con furia, y ante esta repulsión comenzó una acalorada controversia por tal campaña publicitaria.

Mis argumentos fueron simples: en México estamos acostumbrados a que nos digan “esto es malo”, “¡no lo hagas!” y no hay más. Una campaña como esta sólo nos dice que la gente se ve mal, que los hijos lo pueden aprender, pero… ¿por qué nadie explica, con pelos y señales, la razón por la cuál la piratería es un delito? ¿No se puede, con palabras simples y sencillas, explicar todo lo que hay alrededor de esta práctica que pone en riesgo empleos, negocios y toda una industria completa? ¿Se subestima acaso el poder de comprensión de los niños si tratamos de explicarles qué repercusiones hay al comprarla sin nada más decirle “no lo hagas porque es malo”?. Spider Man voló por New York salvando al mundo mientras yo seguía con mi apasionada ponencia sobre el horror del diez pirata.

Y es que según los datos recién publicados, nuestro país es merecedor del cuarto lugar a nivel mundial en piratería. ¿Impresionante? No. Me impresionó más que pudiera haber alguien que nos rebasara.

Debo decir con franqueza que yo soy parte de las estadísticas de quienes la consumen; si bien no lo hago siempre, si de pronto acudo al puesto más cercano para hacerme de alguna película, sotfware o chuchería que cambia el Hello Kitty por Hello Katty. Pero algo que tampoco dicen en los anuncios esos del diez pirata es que a veces y sólo a veces, este negocio que no paga impuestos y anda impune por esquinas, calles y mercados es el que te provee de un mejor servicio. Ejemplo: Pasé años buscando de manera legal una película de Pedro Infante que tanto me gusta y resulta que aun no salía en formato DVD. Acudí con los piratas y ¿qué creen? El servicial muchachito que me atendió buscó entre todos los changarros hasta que dio con la joya y la tuve en mis manos sin cortes comerciales. Ni menciono la maestría con la que te venden softwares entre esa gente que conoce y aplica tales maravillas de bajo costo.

Claro que la cosa no es únicamente ir a la fayuca a buscar ropa o perfumes cuyo precio original es desorbitante, ver shows de Barneys piratas, comprar medicinas o hasta vinos clonados. Se trata de una red de corrupción que comienza en grandes escritorios, en medio de grandes intereses y que involucra a demasiadas carteras como para mostrar en comerciales todo lo malo de la piratería cuando a esa misma gente no le interesa darlo a conocer. Obvio es que esos misterios jamás los conoceremos y mientras, debemos chutarnos al inicio de cualquier videojuego o película, legal o ilegal, que el FBI nos buscará hasta el cansancio si lucramos con ese material. ¡Ja!

jueves, 22 de noviembre de 2007

En mi otra vida

“El universo se encarga de arreglar sus cuentas”, dijo el Dr. House en un capítulo –de la misma serie- donde de una manera poco convencional logra vengarse después de 20 años de otro médico que al parecer se la puso difícil en su vida escolar. Y es que como dicen las abuelitas, nadie se va de este mundo sin pagar sus deudas… aunque nadie dijo que se puedan pagar, o cobrar, en otra vida.

Por siglos se ha creído que el Alma, el “motor del cuerpo”, se rige por el mismo principio de la materia, que afirma que esta no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Así, creencias religiosas como el Budismo han incluido a la reencarnación como parte de su ideología: el alma que habita diferentes cuerpos en diferentes tiempos. El Karma es el concepto que explica el hecho de que en esta vida nos sucedan cosas buenas o malas según los méritos y deméritos que hayamos acarreado en otras vidas.

Si bien el catolicismo no lo apoya, la ciencia sí ha explorado en la mente humana esos destellos que a veces, inexplicablemente, nos llevan a lugares en los que jamás hemos estado o nos inclinan por un gusto específico sin razón aparente.

Si uno es curioso se acuden a métodos poco ortodoxos y relativamente a la mano para intentar acercarse al pasado de nuestra alma. Quien esto escribe pasó hace como 8 años por todo el rito de un extraño personaje, quien luego de estar como poseído y en pleno trance cósmico, me echó la baraja y me aseguró que mi vida pasada más cercana había sido un señor llamado Samuel Richardson y que de ahí mi gusto por la escritura. Nunca supe quién tuvo los ojos más desorbitados: si el hombre luego de aquella fuerza del más allá que poseyó su ser o yo con esa revelación que no me decía absolutamente nada. Entonces el hombrecito (ignoré entonces si sabía de quién me hablaba) me dijo que fuera a la Enciclopedia y leyera más sobre él, que eso iba a despejar mis dudas.

Escéptica me sumergí en el tumbaburros:

Samuel Richardson (Gran Bretaña, 1689-1761) se hizo famoso por sus cartas y en 1739 comenzó a escribir un volumen de cartas modelo para el uso de los lectores del país publicadas como Cartas de familia. Entretanto escribió y publicó la famosa novela Pamela, o la virtud recompensada, que narra en forma de cartas la historia de una joven doncella obligada a defender su honor. Todas sus novelas están escritas en forma epistolar, una estructura que Richardson perfeccionó y desarrolló, y que le permitía revelar el flujo de conciencia de sus personajes. Por esta razón se le se le considera el fundador de la novela moderna.

¿Será cierto? ¿Están ustedes ante un texto escrito por el alma errante del fundador de la novela moderna? ¿Seré ahora la antítesis de esas cartas modelo del pasado? ¿Mi estilo realmente es mío? Nadie sabe.

Lo que si sé es que tan egoísta resulta creer que somos los únicos en el planeta como que nuestra alma es única e irrepetible. Pruebas hay muchas si tan solo prestamos atención a los mensajes extraños de nuestra mente… ¿No?


(La buena noticia es que no me parezco al hombresito...)

jueves, 8 de noviembre de 2007

El sentido del tiempo

Cuando alguien afirma con poca lógica y contundencia que la televisión es una caja idiota, yo pongo mis más severas objeciones ante varios hechos irrefutables: a) Gracias a la modernidad y la tecnología los receptores han dejado de tener la regordeta silueta de una caja para convertirse en tremendas “varitas de nardo” que caben en los rincones más insospechados; y b) Quien tenga el lujo de recibir (legal o pirata) señales de paga, puede presumir de todo menos de no tener una programación que pone hasta a la ardilla mental más perezosa a correr a todo vapor. En uno de esos ejercicios tan concienzudos del zapping me topé con un estudio bastante extravagante donde científicos y médicos trataban de explicarse el sentido del tiempo que todos los humanos poseemos aún sin tener un reloj.

La idea la detonó un experimento donde un hombre, encerrado e inactivo un X número de horas en un lugar completamente blanco y sin ventanas, registró actividad en su cerebro que lo llevó a determinar un cálculo estimado del tiempo que había pasado ahí, y que sorpresivamente no era del todo errado. Después pasaron las tomografías de otra persona que fue inducida a contar el tiempo que pasaba entre una estimulación y otra, y se reflejó en una parte del cerebro muy cercana a las sienes, la localización de esa bombita contabilizadora. Después ponen otra clase de experimento donde enfrentan a un voluntario a una situación límite para descubrir si verdaderamente, en casos similares, el tiempo puede detenerse.

Todo esto me llevó a la reflexión de que hoy en día el tiempo es un tema de plática frecuente. Que si se va volando, que si ayer fue enero y hoy noviembre, que si no me alcanza para nada, que si el tráfico, que si los niños… En esta realidad todos somos surrealistas conejos blancos que salen de sus casas disparados, dejando a Alicia –impávida- en una habitación repleta de relojes que sólo indican que aquel novelesco animalillo o estaba bastante chiflado o que tenía miedo de quedarse dormido.

Finalmente comprendo que el hombre siempre ha sido esclavo del tiempo, ha vivido regido por las épocas de cosecha, por las salidas del sol, por la luna, por las lluvias. Y debe ser cierto que todos llevamos un cronómetro por dentro, ese famoso “reloj biológico” que tantos sopores nos provocan a las mujeres en, próximas o posteriores a los 30 años que aún no tenemos descendencia.

Los relojes han sido un gran negocio, pero sospecho que aún sin poseerlos la vida seguiría igual. De niña tuve uno divino, muy moderno, con una burbuja y corazones que flotaban para dar la hora hasta que descubrí que a los relojes digitales no les creo (cada quien su chifladura) y mi burbuja fue cambiada por un Snoopy con manitas por manecillas al cuál le creí hasta que se perdió. Lo adoré entonces y lo añoro ahora. Bu.

Con o sin ellos, pienso en La persistencia de la memoria de Salvador Dalí. Relojes escurridos, tiempo irrecuperable, cada uno con su hora, cada uno con sus bichos. Eso según creo, es el verdadero sentido del tiempo.


jueves, 1 de noviembre de 2007

¿Quién dijo miedo?

Por asuntos de la naturaleza, el miedo es una parte innata del ser humano. Así como todos traemos necesidades espirituales, de afecto, de sensaciones almacenadas en nosotros cual si trajéramos un chip integrado, el miedo es, al igual que la pasión o el odio, uno de esos sentimientos intensos que generalmente se detonan a partir de una experiencia, y los evocamos con cualquier pequeña chispa: un sonido, una sombra… algo activa nuestro sensor del peligro, los cabellos se nos erizan y nos ponemos en estado de alerta, aunque esta vulnerabilidad culmine siempre en estallidos de risa, de llanto o de locura. Una adrenalina que aun compartida, resulta una experiencia íntima y personal.

Debo advertir al lector que soy, por herencia, genética y humanidad, un ente cien por ciento miedoso. Pensar en situaciones de pánico me pone como beisbolista con 10 carreras en contra, pues al saberme más asustadiza que Scooby Doo evito a toda costa enfrentarme con cualquier indicio cultural que pueda provocarme temor. Así evito a toda costa ir al cine a ver alguna película de suspenso u horror y en la tele paso por alto todos los especiales y asuntos similares que en estas fechas se ponen tan de moda.

Mis primeros indicios de miedo me llevan hasta la casa de mis abuelos maternos. De noche, las sombras, aquella luz tenue que entraba en la ventana del cuarto donde nos hospedaban cuando íbamos de visita, alumbraba misteriosamente la silueta del cuadro del soldado Nazi que mi tío había pintado cuando era joven y que escoltaba, fiel y cruelmente, al búho disecado que estaba junto a él, con sus alas siempre a punto de alzar el vuelo y la mirada rapaz, con la intención de buscar alimento.
Ahora me veo en la casa de mis otros abuelos, que vivieron en una casa construida en siglo XIX que había pertenecido a mis bisabuelos. Aquel lugar tenía un largo pasillo a la intemperie que te llevaba hasta el baño, tenía un pequeño acceso al final para llegar a lo que todos conocíamos como “la otra casa”, otra construcción más vieja donde la familia celebraba las fiestas de Navidad y donde los miles de primitos jugábamos hasta antes de que oscureciera. Todos temíamos a esa casa cuando las luces se apagaban, pues los perros de mi tío dormían ahí y siempre se escuchaba su aullar ante la menor provocación, además de la madera que truena de vieja. Sí. Eso era miedo, angustia, horror.

Aunque el entorno lo determine para mí estas fechas son más de respeto que de terror. Respeto a la muerte, que es lo más desconocido que el ser humano puede siquiera imaginar. Son días pintados del naranja de las mandarinas y los cempazúchiles de los altares, el incienso y el pan, y de ver la película de Macario, aquella donde la Muerte muestra al hambriento leñador una humanidad metaforizada en cientos y cientos de velas que se mueven ante la peste y las guerras, que se tambalean, que se prenden y se apagan según la voluntad divina. Todo eso, más que horror, me produce una paz mágica, casi del más allá.

jueves, 25 de octubre de 2007

Breve encuentro con las estrellas

No cabe duda que los niños de hoy nacen con la consigna de darnos clases de Windows Vista, Office 2007 y Google “voy a tener suerte”. Hoy en día, los infantes podrán no saber “quién es ese que anda ahí” pero dominan perfecto la ergonómica postura para manejar un mouse, y que por medio del Internet pueden ver horas y horas sin parar sus programas favoritos que algún ocioso y mala leche osa subir al YouTube.

Así, es fácil comprender que la Niñita, mi sobrina y terrible mini dictadora de sólo año y medio de edad, exprese contundente sus deseos por ver en la computadora los musicales de ese horror de programa llamado Hi-5. Esta lucha entre la niña y sus adultos parientes se repite una, otra, otra y otra vez durante todo el santo día.

Por esa razón cuando mi amiga la Tam me invitó a hacerme parte de la comunidad virtual Hi5, pensé en los horrores que eso representaría con la niña. Pero luego entendí que no, que hi5.com es El sitio de moda, lo in de lo in en el pulso de la vida social cibernética. Así pues me inscribí y de inmediato me boletiné entre los cuates para que me agregaran a sus listas de amigos, donde aparecen con fotito y toda la cosa.


Este tipo de sitos, así como los blogs o los chats, ofrecen o hacer amigos o buscar a los que ya lo son. Andando en esas, uno de tantos días de ocio comencé a buscar foto en foto a los amigos de mis amigos, y así de pronto llegué hasta la gente famosa. Que si Silvia Pasquel, que si Café Tacuba, que si Yahir… “Naaa” –pensé- “seguramente estos sitios los sacan los fans y estas personas ni enteradas de que tienen un Hi5 con su nombre”. Entonces llegué a la página de Héctor Suárez Gomíz, quien ya tiene larga carrera andada. El morbo es grande, y ya que está uno ahí pues lo mínimo que debe hacer es leer con atención para comprobar la autenticidad del firmante. Por sus fotos tan personales y su redacción, casi pude creer que se trataba de un sitio publicado por él mismo, y entonces decidí dejarle un Comment donde lo saludé y le pedí, si es que tenía, me hiciera llegar el mp3 de una canción que sacó en plenos años 90, cuando Alcanzar una estrella y el copete con crepé eran lo máximo, que adoré de chavita y jamás pude volver a conseguir.

A la mañana siguiente me encontré con un mensaje suyo en mi Hi5, me pidió mi correo y ¡paz! en menos de dos días canté cual mozuela enamorada “Las ganas de amar”. Pero aquí no para la cosa. Héctor, quien además me agregó a su lista de amigos (y no es que les presuma ni nada), tuvo a bien enviarme amablemente otra gran rola de su autoría que poca gente conoce. La verdad creo que le di en el clavo con eso de preguntar por su música, y lo más extraño del caso es que así de globalizado es este cibermundito que una querida prima vino a encontrar mi contacto ¡por ser amiga de Héctor Suárez! Qué asunto tan más gracioso.


Este fue queridos lectores, mi breve pero brillante encuentro con las estrellas. ¡Gracias Hi5, y no precisamente el que le gusta a la Niñita!

jueves, 18 de octubre de 2007

Los intocables

Cuando estaba en la prepa y el grupo de amigos en pleno relajo nos botaneábamos todos contra todos, mi amigo Paco, feliz y dicharachero, soltaba a los vientos su frase célebre “Aquí no hay intocables”, para justificar que acabáramos verbalmente con medio mundo sin distingo ni excepción. Esta misma frase la trasladé al ámbito familiar, donde cierta pareja de amistades de mi madre y su terrible hija fueron bautizados como “Los Ness”, por obvias razones y honrando al célebre capo y anexas, aunque eso avivara más la furia de mi adorable progenitora.

México es un país con jocosidad en las venas y altas dosis de humor negro que se aplican hasta para la muerte. Aquí, literal, el respeto se le pierde a los políticos, a los jefes, a los artistas o al asunto más solemne. Pero hay un selecto grupo, un gremio improfanable, una sociedad que puede ser fácilmente clasificada como “Los Ness” de la nación.

Desde niño te lo dicen: Nunca te metas con la bandera, con la Virgen de Guadalupe ni con el Ejército. Atentar contra alguna de estas valiosas entidades del colectivo mexicano equivale casi a quedar excomulgado o a purgar la peor de las condenas en las Islas Marías en tiempos del Torito Infante.

¡Condénense en los infiernos Paulina Rubio, el Padre Amaro, el heredero presidencial y todos aquellos que osan profanar tan inmaculados símbolos! ¡Y valga alguna pena capital para Roberto Madrazo, hábil en el arte de la maña y de dar pena ajena corriendo cual rayo veloz, cual centella fugaz, enchamarrada y fraudulentamente en nombre de nuestro país!

¿Se acuerdan del escándalo tan grande que hizo un tipo de nombre Jorge Serrano Limón, el mismo que rezaba diez rosarios por la “perversa” secuencia donde Padre Amaro y una mozuela mancharon de pecado el manto de la Virgen, cuando por fuerita pagaba picantes tangas por mayoreo? Quisiera decir que me gustó la cinta de Carlos Carrera, pero no. Quisiera decir que vi la atentamente, pero esa fue la primera vez que fui al cine con el amor de mis amores siendo una pareja de recién ennoviados, así que ya sabrán.

No contentos con eso, este septiembre Felipe Calderón con todo y banda tricolor, con todo y esposa fachosa, atentó contra la soberanía del Ejército disfrazando a su soldadito de plomo en tremendo generalito Gi Joe… Y lo último de mi Pau Rubio… ella tan linda. A esta pobre ya le cayó Lolita, ya la embarazaron y ahora la quieren quemar en leña verde por hacer un glorioso homenaje a Juan Escutia, quien se arropó en nuestra insignia para morir por la patria, aunque ella muera por ser fashion.


¡Cuánto escándalo por piedad! ¡Infierno para todos! ¡Lumbre para todos quienes hemos cantado mal el Himno, para los que van a los partidos de la Selección con la bandera por doquier, para los que no le cantan las mañanitas a la Virgen, para los que sacan bola negra en el servicio militar!

De plano se pasan. Ofenden más a nuestro México otras agresiones, pero mientras nadie realmente las diga seguiremos con nuestros Intocables, nuestros “Ness” región 4.

FE DE ERRATAS: En la redacción de esta columna expongo a Eliot Ness como capo, cuando en realidad fue el policía que enfrentó a la mafia de Capone. Una disculpa.

----------------------------------------------------------------------------------------------

¡DE MANTELES LARGOS!

P.D. La columna POLICROMÍAS está celebrando 4 años de aparecer interrumpidamente (casi siempre por razones de escasa inspiración) en el Diario Milenio-El Portal.
Me encantaría que se unieran a este festejo expresando lo que les gusta, lo que no les gusta, algún tema que creen se pueda abordar... en fin, que participen en este espacio que es suyo, como lo hacen todos aquellos a quienes agradezco con todo el corazón han sido parte de este pequeño gran logro.

jueves, 11 de octubre de 2007

Instrucciones para pelear

Cuando mi hermana y yo éramos chicas, como todos los hermanos del mundo, peleábamos a morir por las cosas más absurdas del planeta. Un veraniego día, frente a las azules aguas del caribe, un profeta disfrazado de adolescente nos vaticinó que un día, así de pronto, creceríamos y los pleitos cotidianos ser esfumarían por arte de magia. Aquel imberbe sabio que compartió con nosotros una cevichada de antología no se equivocó. Las peleas se fueron, aunque una de vez en cuando reaviva ese fuego fraterno que nos une.

Alguna vez Julio Cortázar tuvo a bien legarle al universo un magistral manual que nos enseñó paso por paso a llorar, a cantar, a subir una escalera o incluso a cómo tener miedo. Se le escapó hacer un instructivo para pelear.

Pelear es un arte. Debe tenerse toda la inteligencia, toda la sagacidad, toda la delicadeza para pelear de la manera más fina posible. Cuando uno es niño y pelea con su hermana nada se sabe sobre sutilezas: en mi caso cuando una mordía la otra pellizcaba, cuando una desgreñaba la otra aventaba hasta las chanclas sobre la otra. Claro que el enojo duraba, a lo mucho, 15 segundos. Siempre después de cada agarrón, y de que cada combatiente se encerraba en sus buhardillas a rumiar sus corajes, una cartita se deslizaba debajo de la puerta, con algún dibujillo simpático o un simple “¡Perdón!” y la promesa de nunca más volverlo a hacer… al día siguiente la escena se repetía y así fue la historia de nuestra niñez.

Pero cuando uno va creciendo se aprende que las demás personas también son óptimas candidatas a un round de vez en cuando. En la pubertad son los padres, luego los amigos, luego los amores. Luego los peatones que se atraviesan mal las calles, o los conductores que no ven el semáforo, o el perro que alborota a los tuyos, o el vecino que deja su basura en la esquina cuando ni la campana ha tocado. Es fácil irritarse con el mundo pero… ¿de verdad sabemos cómo pelear?

Yo suelo ser como mis perros: cuando me provocan soy muy gallita pero a la hora de los catorrazos salgo corriendo. Creo que sólo con mis papás tengo los argumentos suficientes para una acalorada defensa. En primero de secundaria una iracunda fulanita me la armó de tos por una insignificancia y hasta el día de hoy me arrepiento por no haberle dicho sus verdades y, por el contrario, quedarme petrificada mientras ella escupía sus juveniles venenos hasta por los zapatos.

Y aunque dicen los expertos que pelear es tan normal y sano para las relaciones humanas y la convivencia común (inclusive en alimentar el morbo que da ver a alguien pelear hasta con los sartenes), es un arte decir lo que se quiere decir sin herir a nadie, puntualizando sólo los asuntos importantes. Cuántos amores, cuántas amistades, cuántos familiares se han perdido por una riña mal llevada.

Si Julio Cortázar hubiera escrito tal instructivo juro que hubiera muerto millonario. Ahora debemos pagar terapias para saber cómo hacerlo mejor... por que dejar de hacerlo, ¡jamás!

jueves, 27 de septiembre de 2007

Ni Ripley se lo cree

En el mundo están pasando cosas increíbles, cosas que ni el mismo Robert Ripley, el “Caballero de lo Bizarro” que estudió los más extravagantes fenómenos paranormales hubiera imaginado. Y es que es como una ley de Murphy, como una regla, como una maldición: cuando crees que lo has visto todo, te equivocas… siempre hay algo más que te recuerda que tu capacidad de asombro está ahí, rebasada, superada, escandalizada.

No es sólo el nombresote que recibirá la hija de Salma Hayek, la carriola blindada en la que viajará o el hecho de haber visto a su madre en una versión tipo Shamú de ella misma; no es ver las sonrisas de catálogo de la pareja Fox-Sahagún en las portadas de Quién y mirar que tantos años de esfuerzo les darán una senectud segura, aunque después se haga de palabras con la prensa que sin duda, extrañaba las hazañas de Chente y zu Martita, ese mismo ex presidente que tanto nos hizo reír y hoy tanto nos hace sufrir.





No, no es únicamente ver en televisión lo que queda de Lucía Méndez (quien ante las terribles circunstancias hubiera sido mucho mejor ex primera dama… ahí si que no funcionaron sus esencias de feromonas, ¡chin!), “actuando” en una “súper novela” que conmemora el medio siglo de un género que cumple sus 50 años ¡en el año 2008!, presumiendo con vestidos ajustados los millones invertidos en cirugías que la dejaron como clon de Alfredo Palacios. Tampoco las imágenes de un O. J. Simpson detrás de las rejas ¡otra vez!, o las fotos lujuriosas con las que la protagonista de High School Musical deleitó la pupila de su novio, o los puños de Oscar de la Hoya resaltando el atuendo de tacón y media de red que según dicen no son obra del fotomontaje. Vaya, ni siquiera los dimes y diretes entre Cristian Castro y su Rosa Salvajemother han llevado a sus completos límites mi capacidad de sorpresa.




Todos los eventos desafortunados mencionados tuvieron en la boda de mi prima, la semana pasada, la cúspide del asombro. Como lo dicen las fotos de tal evento, soy una viejecita consumada. Poco tiempo destinado al arreglo personal, un peinado nada acertado y el aparente parecido con mi abuela paterna hacen que me tome muy enserio eso de escandalizarme como cualquier adulto sexagenario cuando acudo a una boda donde la novia entra sola al altar, con sus padres detrás de ella (¡Jesús de Veracruz, el padre no entregó a su hija!); cuando veo que al final nadie avienta arroz, o pétalos o burbujas; cuando leo que la invitación dice BRINDIS y con el estómago vacío a las 9 de la noche espero cualquier variedad de bocadillos cuando lo único que ofrecieron fueron hartas bebidas y ¡puros cacahuates!, y no hay recuerditos, y no hay palabras del padrino, y si un ambiente launch tipo antro que me hizo sentir más en una taquiza de graduación que en una unión amorosa.

Estos escándalos de la farándula y de las juventudes modernas, y un claro desvelo permanente me llevan a expresar que todo ha ocurrido, tal vez como en un sueño, ¡aunque usted no lo crea
!


jueves, 20 de septiembre de 2007

México, ¿Creo en ti?

Corrían mis años de estancia en la escuela secundaria. Con motivo de las fiestas patrias, el homenaje de septiembre contó en su programa con la participación de una principiante declamadora que, una vez anunciado su turno, tomó posesión del micrófono y con arrebatada pasión (y bastante melodrama) deleitó al respetable con su propia versión de “Suave patria”, de Ramón López Velarde. Sólo quienes vivimos para contarlo podemos dar fe de la risa contenida que semejante ímpetu provocó en los imberbes eufóricos, quedando ésta como una anécdota del todo jocosa.

Recordar el entusiasmo de aquella poetiza me tocó muy hondo en estas fechas tan patrióticas, en este mes que conjunta varios acontecimientos de suma importancia para la historia mexicana, donde a todos nos brota el amor a nuestra tierra, donde todos nos sentimos más paisanos que nunca. Escuchamos a los Fernández y a Aída Cuevas, y en todos los rincones el sonar de una campana acompaña los gritos sonoros de “¡Vivas!”. Algunos festejan de las formas más originales, y otros volteamos los ojos a poetas que como López Velarde describen su sentimiento con amor, con orgullo, con pasión, sea como “Suave Patria” o como la afirmación de Ricardo López Méndez: “México, creo en ti”. Tristemente la realidad de nuestro país opaca las emociones de estos poemas. Al leerlo y releerlo me asaltó una penosa duda… México, ¿creo en ti?

¿Creo en ti, si las personas que rigen tu destino son políticos tan ocupados en pensar en sí mismos que pasan inadvertido el bienestar de tu gente?; ¿Creo en ti, en ese falso sentimiento patriótico que se evapora poco después de las borracheras; en esa apatía que tiene la gente cuando te contamina, te desgasta y mancha de petróleo tus aguas?; México, ¿Creo en ti, en las desigualdades sociales, en la apagada voz de la gente honesta, en el grito ahogado de la ética y tu Carta Magna; en sujetos que creen que dar dinero es la forma de obtener votos y en ciudadanos que piensan que es mejor dinero que trabajo?; México, ¿Creo en ti, en la ceguera y dejadez de tu gente, en la censura, en la ineptitud de quienes fomentan la ignorancia, la pereza, la corrupción, la porquería social?; México, ¿creo en ti, en tu futuro, en esos niños que son educados creyendo que el que no tranza no avanza?; México, ¿Creo en ti, en la idea de que tu pasado es mucho más fuerte que tu presente, en tus maravillas que se bañan de tragedias y que siguen en pie, como testigos de los siglos?; México, ¿creo en ti, en todos tus orgullosos hijos que han tenido que buscar el pan en otros países porque en tus tierras, México, la siembra no crece pero el hambre sí?; México… ¿debo dejarme llevar por el negro que te empaña cuando desbordas colores por todas partes?

Una de las estrofas del poema me da la clave…

México creo en ti, porque escribes tu nombre con la X,
que algo tiene de cruz y de calvario,
porque el águila brava de tu escudo,
se divierte jugando a los volados,
con la vida y a veces con la muerte.

jueves, 30 de agosto de 2007

Ellos tienen alma

Una noche sin quehacer me topé en la televisión con un documental sobre el Holocausto que me dejó helada. Producido por Steven Spielberg, este fue un relato colectivo de personas que estuvieron ahí, que padecieron el horror, que sobrevivieron a la furia de un sujeto ajeno a toda realidad, inmerso en una locura abrumadora. Una mujer, explicando a detalle los campos de concentración y el hacinamiento, terminó su testimonio con una idea contundente que resumió la fuerza que la hizo salir adelante: “Los nazis me habían quitado a mi familia, mi casa, mi libertad… comprendí que lo único que no podían quitarme nunca, era mi alma. Por eso sigo aquí.”

El alma. Qué etérea, qué valiosa, qué invisible es. Escuchar que una mujer salió adelante del peor de los infiernos en defensa de su alma me hace pensar en todas las mentes brillantes que a lo largo de la historia dedicaron sus neuronas con el fin de explicarla, de comprenderla, de conocerla. Palpable o intangible, nadie puede en efecto robarla. Ni siquiera el amor.

Gracias a esas fuerzas cósmicas que de pronto te llevan a un mismo tema, me topé con una revista española dedicada a las mascotas, cuyo reportaje principal destaca la pregunta “¿Tienen alma los perros?”.

El texto de Eduardo de Benito nos remota hasta los días del antiguo Egipto. Sus dioses reflejan el respeto que esta cultura manifestó durante su existencia al reino animal; menciona también a Empédocles y su filosofía biológica en la cual los seres son mortales pero su alma es eterna. En este recorrido existencial también se encuentran Plutarco, un pensador griego que concluyó que el alma es idéntica en humanos y animales y de quién se sabe escribió el tratado “Los animales hacen uso de la razón”, mismo que como tantos documentos valiosos se ha perdido.

Aristóteles también dedicó sus pensamientos al alma de los animales. Para él, existen tres clases de alma (el principio de toda vida): la vegetativa, la sensitiva y la racional. Los hombres comparten con los animales la segunda. Tiempo después Santo Tomás retomó la filosofía aristotélica aplicada a los perros, y por otra parte, Descartes los denominó máquinas animadas carentes de conciencia e inteligencia. Por supuesto que el reportaje no excluyó las diferencias que el tema genera entre ciencia y religión, donde esta última rechaza en absoluto el alma en los animales pese al ejemplo del gran San Francisco de Asís.

Para mi sorpresa encontré en este texto a Pitágoras, con quien comparto la idea de la metempsicosis, una doctrina que hace a las almas transmigrar de un cuerpo a otro. Así, el alma de quien hace 25 años pudo pertenecer a mi hermana María una década después regresó al mundo en el cuerpo de Pochaco, mi extravagante mascota con comportamiento humano. Tras este recorrido los lectores llegamos a la conclusión que más nos conviene, y si todos creemos en nuestra alma, quienes amamos a los animales sin duda, respondimos la pregunta de origen con un estruendoso SI: ellos también la tienen.

Pochaco en su casa de perro

El hermoso Toto

jueves, 16 de agosto de 2007

Nunca es tarde

¡Ay, la niñez! Esa época maravillosa donde no existe noción alguna de conceptos sociales y uno puede correr, jugar, saltar, decir, hacer y deshacer con la licencia que te da la pureza de espíritu, el nulo conocimiento de cosas viles como el ridículo, la pena ajena, la vergüenza social, etc. Se puede decir la verdad más incómoda (también los borrachos lo hacen pero a ellos los censuran), se puede comer un helado con la mayor impaciencia y embarrarse hasta las orejas, se pueden lucir plácidamente las prendas interiores sin importar la marca de origen (ningún niño viborea si el otro trae Huggies o KleenBebé) y si se decide tomar una siesta de 3 horas no sólo no se les juzga, sino que los papás hasta lo celebran. La vida del niño… qué feliz.

Mis visitas a los parques en domingo se remontan a unos cuantos años luz. En ese entonces mis padres nos llevaban a mi hermana y a mi al “Llano”, el parque más tradicional de la capital oaxaqueña que los fines de semana se convertía en una romería. Niños por todas partes, padres persiguiendo a aquellos que se desprendían en pos de alguna aventura, maestros de la pintura aleccionando a infantes que confeccionaban obras de arte no en las cartulinas sino en su ropa, emprendedores en la industria del minicoche y la cultura vial, y todo un mosaico de colores, voces, risas, llantos que son las estampas que no cambian jamás.

Invitada a ser partícipe de las nuevas gracias que mi ahijada Gabriela, alias “La Niñita”, he asistido en calidad de testigo a sus felices interacciones con los personajes comunes de los parques en domingo. Sí. Tal como en el “Llano” de mi infancia, Los Berros tiene al globero, al chicharronero, al miniPYMES automotriz, a los que ríen, a los berrinchudos… Todos están ahí, incluida esa máxima atracción xalapeña que es toda una tradición: El Piojito, un trenecito que rodea el parque llevando alegría por doquier. Pues bien, la Niñita ha desarrollado últimamente un gusto peculiar por este transporte ferroviario y no sé qué le emociona más (y qué me aterra más a mi): si el sonido de la campana que anuncia su llegada, si la música de Cri-Cri mixeada con Tatiana y El chavo del 8, o la presencia de Barney, Mimí y Winnie Poo en cada uno de los vagones.

A insistencia de la doncellita, novel adoratriz de las bolsas de chicharrones, luego de tres vueltas de espera y un coraje radical, mi hermana, la Niñita y yo abordamos el Piojito, ¡Ay bendito! Ella iba como reina del carnaval, a grito pelón para que la botarga morada que no sé por qué le fascina tuviera a bien saludarle, tan feliz como una lombriz mientras yo escondía mi cara detrás de ella, temiendo que mi imagen y mi buen nombre se vieran afectados por la temeraria hazaña de treparme a aquella cosa entre monos de peluche y chamacos chillones. Y si bien, nunca es tarde para hacer un ridículo de semejantes proporciones, tampoco lo es el hecho de sentarse y disfrutar de la sonrisa de una niñita loca que no le teme a nada con tal de ser feliz.




http://chimbombita.blogspot.com

jueves, 9 de agosto de 2007

¿Lo hacemos?

Un chico se acercó presuroso a la ventanilla cuyo letrero superior indicaba el área de Quejas. “Señor, señor, ¿aquí puede uno quejarse?” dijo el muy impaciente. “Por supuesto” le respondió el burócrata. “¡Aayyy!”.

Este chiste, más feo y terrible que un periodo electoral, da fe de la cultura mexicana. Hace unos días escuché por el radio a un periodista fúrico en un noticiario; el hombre se enlazó desde Italia y con todo uso de pasión (y razón) reportaba cómo sus habitantes han dejado atrás un pasado de dictadura política para ser un pueblo que, a base de política pero sobre todo de acción ciudadana, ha conseguido un nivel de vida cotidiana que les permite viajar en un sistema de transporte público que cuenta ¡con aire acondicionado!. Así pues, tras la larga lista el periodista con la vena saltada del enojo, concluyó que México es un país tan conformista que somos nosotros, con nuestra apatía, quienes permitimos que nuestros gobernantes hagan lo que hacen; que los mexicanos jamás exigimos y que, por ende, fomentamos y solapamos la corrupción desde los más altos niveles.

El asunto es que nunca nos quejamos.
Yo creo en parte que este comentario es totalmente cierto. Otra parte de mi opina que sí, los mexicanos sí nos quejamos, pero o no lo hacemos a tiempo, o lo hacemos mal o simplemente escupimos nuestras muinas ante las personas equivocadas.

Mi padre es un hombre muy recto. Él tiene muy claros ciertos conceptos y el de quejar
se está entre ellos. Él reclama si un servicio es malo, si la comida sabe fea, si existe irregularidad en la cuenta del súper. Cuando era niña y nos enfrentábamos ante el hecho de que algo lo contrariaba y ejercía este derecho, los pelos se nos ponían de punta. Yo creía que era nada más la gana de hacer ruido y de hacernos pasar en mayor de los bochornos, hasta que crecí y como suele suceder, supe darle la razón.

Ahora yo asumo esos papeles y mi novio (pobre) es el que sufre de calores cuando algo me encoleriza y lo expreso; hace poco fuimos al cine y noté con profunda consternación que un café que solía tomar comúnmente fue abruptamente retirado. ¿Pero por qué? ¿Quién hace esto? ¡Me voy a quejar!. Y lo hice. Llamé al cine y expuse mi queja. Tal vez no pase nada, tal vez el asunto no haga mella en nadie, pero es válido que se sepa que alguien sufre (de verdad) por la eliminación del Shake en la cafetería.


La cultura de la expresión, de la retroalimentación entre un prestador de servicio y el consumidor está ahí, en los buzones y las líneas 01 800 que vienen en las etiquetas de casi todo y que están a disposición del público en un afán de mejorar. ¿Alguna vez lo han hecho? El asunto es que hay que ejercer el derecho sin tono de bronca, como también el de sí algo nos ha resultado excelente, nos encantó o nos fue de gran utilidad ¿por qué no decirlo? Es como cuando uno se esmera en un trabajo y se emociona al recibir por ello una palabra amable. En esto todo se vale; el asunto es lograr que nuestra voz sirva para mejorar nuestra sociedad.

jueves, 2 de agosto de 2007

Un sitio para el amor

Seguramente ustedes lo han sentido: hay lugares que tienen magia. Sitios específicos, rincones imperceptibles o de increíble magnificencia, el caso es que todos tenemos ese punto especial que, de sólo pisarlo, nos transporta a otros universos, a otros tiempos.

Para muchos de nosotros la escuela resulta el lugar por excelencia si de recordar se trata, sobre todo a los primeros amores. Quien escribe estas líneas es particularmente una sentimental en el tema. Como lo dictan mi signo de tierra y su respectivo ascendente, también terrenal, tiendo a ser una persona de afectos, aferraciones y rituales inamovibles, es por ello que el ejercicio de transportarme a puntos específicos de mi vida visitando esos lugares especiales donde todo sucedió es indispensable, por lo menos, una vez al año. Y es que no importa qué tan bello o espantoso sea ese lugar: si tiene magia, lo tiene todo.

La Feria del Libro es mi evento favorito del verano, una situación que espero con ansia año con año por la sencilla razón de que me permite ingresar con su esplendor, movimiento y color a uno de mis sitios favoritos en todo el mundo: el Colegio Preparatorio de Xalapa, mi Prepa Juárez. Éste es un lugar con historia, con olor a años, con el eco de las risas, con un millón de anécdotas de amor y odio impregnadas en sus paredes, con el conocimiento de los siglos inundando sus aulas.



Fundado en 1843 con el auspicio de Antonio Maria de Rivera, en 1901 el actual edificio albergó uno de los principales colegios, creado para que los jóvenes no tuvieran que emigrar a la capital para recibir una excelente educación media. Con reminiscencias propias de principios del siglo, en el Colegio Preparatorio se aprecian también su hermosísimo Salón de Actos y una maravillosa biblioteca que, de sopetón, transporta tus sentidos a siglos pasados, a historias lejanas.

Son muchas las generaciones que desfilaron por sus aulas; muchos los nombres, los personajes destacados, los maestros; muchos cuyo tránsito ocurrió sin pena ni gloria y otros que le guardamos una secreta adoración. Haber pisado esa escuela ha sido una de las mejores cosas que me han sucedido, por la calidad de amigos que ahí encontré, por la clase de anécdotas que ahí viví, por la cantidad de maravillas que ahí aprendí, por la inmensidad de sentimientos que ahí conocí. Fue algo casual que la primera vez que asistí a una Feria compré un libro (mi pasaporte) al adictivo mundo de los vampiros; fue más casual haber descubierto ahí el canto y la música, fue causal que en sus aulas quedé prendida de mis clases de Historia y Literatura, fue algo casual que ahí, en la Juárez, me enamoré perdidamente de la lectura.

Hay lugares que lo tienen todo y por eso son mágicos. El Colegio Preparatorio es y será un sitio para el amor para los que pasamos, los que están y los que vienen, y, para mí, fue el espacio de mi eterno romance con los libros y el punto de reunión anual con los amigos que hoy, son lo mejor de mi vida.