viernes, 3 de marzo de 2017

Documentar la vida cotidiana I: Nuevos ciclos, viejas costumbres

Hay cosas que uno aprende desde bien pequeñito y que, aunque deje de hacerlas, nunca se olvidan. El ejemplo clásico es eso de andar en bicicleta, pero me temo que yo no puedo aplicarlo mucho porque a) odio andar en bicicleta, b) ya no tengo bicicleta y c) mi rodilla cucha desfallece cuando oso andar en bicicleta. Así que interpongamos ese feo y añejo ejemplo por el hábito de escribir, cosa que me gusta mucho más.

Cuando era una niñita de educación básica aprendí a escribir: la maestra me enseñó cómo debía trazar una a, una u, la diferencia entre v y b, cómo escribir mamá o papá o pepepecaspicapapasconunpico (cuando tuve más pericia, por supuesto), pero en realidad creo que fue hasta los 10 u 11 años cuando realmente aprendí a ESCRIBIR. Antes había empezado a llevar un insulso diario, en el cuál documentaba cosas de niñita como cuántas veces me había peleado con mi hermana, con quién había platicado en el salón de clases o posiblemente alguna injuria a la maestra en turno por encargar tanta tarea. Sin embargo fue un 7 de marzo de 1990, hace ya 27 años, cuando el camión de la mudanza llevó de una ciudad a otra una nueva inquietud, un nuevo sentido de percibir la realidad que estaba aprendiendo a conocer pero que reconocí sin mucho esfuerzo.

Fue así, por esa gana de platicarle a mis amigas lejanas cómo iban transcurriendo mis días apartada de todo lo que entonces me era familiar, que comencé el hermoso hábito de escribir cartas. Y esta necesidad de expresión, de comunicación, me fue enseñando a prestar atención a los pequeños detalles, a ser más observadora, a encontrar la diferencia en cada día que iba transcurriendo. Para entonces nos habíamos ido a una casa más grande y la oficina postal nos quedaba tan pero tan pero tan lejos (según mi infantil imaginario) que las experiencias narradas dejaron de ser compartidas para convertirse en un ritual íntimo, en un desahogo de mí para mí.

Desde entonces mis inquietudes, mi ocio y por qué no, la vida misma, me han puesto enfrente autores, textos y referencias cuya influencia ha hecho que pula este viejo hábito y no sólo eso, ha logrado que tenga el valor de compartir con la gente tantas y tantas tonterías que simplemente fluyen de mis dedos, así, inexplicablemente, como si mis manos y el teclado de la computadora tuvieran una extraña y misteriosa fuerza que los uniera por minutos, o cuando la inspiración es generosa, por horas enteras.

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El ser humano es tan complejo que en 21 días puede fijarse un hábito y destruir al mismo en menos tiempo que eso. Y si no destruirlo sí lo deposita en un baúl que arrumba en lo más tétrico y oscuro de sus pensamientos y emociones, en ese ático donde el piso cruje y las telarañas se asoman en cada esquina, y los murciélagos vuelan de una ventana a otra. Justo ahí, en ese rincón, quedó guardada y resguardada mi bonita habilidad de escribir, de escribir y describir mi presente, mi realidad, mi historia. En un acto (ahora lo entiendo) un tanto brutal, tuve que mandarla a un lugar horrible aunque seguro para ser reemplazada por otras formas de expresión y comunicación, un tanto más serias, un tanto más complicadas. Y así como mis miedos y mis más arraigadas creencias, la curiosidad de escribir, la capacidad de asombrarme y mofarme de mi vida cotidiana, fue tomando otras formas más gráficas, más concretas, que limitaban mi experiencia a una imagen o a 140 caracteres (lo cuál representaba todo un reto para quien no entiende mucho de límites), y así pasé del blog al Facebook, del Facebook al Twitter, del Twitter al Instagram, y del Instagram al baúl refundido y siniestro. Han pasado los años y me ha resultado difícil (por no decir más) traer esas capacidades a una realidad que también me ha traído mudanzas, nuevas compañías, nuevas formas de apasionarme y ganarme la vida y, claro, una oleada de múltiples complicaciones de esas del tipo adulto.

La pregunta sería: ¿por qué si la experiencia del movimiento me trajo esta hermosa habilidad, hoy un evento similar no la trae otra vez a la luz? La respuesta es este mismo texto.

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Los hábitos, sobre todo los nuevos, a veces parecen tan locos como que ahora mis desayunos (la mayoría de ellos) saben a brócoli. Mi niña interior estará muy decepcionada por semejante atropello, pero no puedo ir contra esas mañanas en las que amanezco con antojo de arbolito, y cada vez son más frecuentes. Dicen que es el llamado de tu organismo que te pide, te exige algún determinado nutriente, o como cuando comienzas a hacer ejercicio, dejas de hacerlo pero tu cuerpo se acostumbra. Así, justo así, hoy amanecí con antojo de los textos de Germán Dehesa, cosa que no me ocurría desde hace muchíiiiiisimo tiempo. Ese hábito que tuve y mantuve de leer religiosamente sus columnas terminó con su sorpresiva muerte y hoy, frente a la realidad tan triste, de tanta incertidumbre, de tanta decepción, mis ojos y mi espíritu tuvieron ganas de esos textos que con un suculento humor negro podía lo mismo criticar a políticos y gobiernos que narrar las historias de sus hijos, de sus amigos, de sus mujeres, de sus mascotas, de sus días tan llenos de todo porque él los dotaba de ese todo, lleno de sabor y estilo propio. Tan necesitaba estuve, que desde las 6 am leí algunas de las columnas que de manera póstuma compiló el grupo Reforma, y después abrí el único libro que tengo de él, que empieza con una frase (con la que yo termino este post), que definitivamente resulta llena de significado, porque esto es lo que tengo que recordarme siempre a mí misma:

"Escribo para no quedarme solo, solito y mi alma con mis recuerdos. Por eso, para eso, llevo ya tantos años viviendo acontecimientos, empleando palabras para volverlos anécdotas, historias, pequeñas estampas de lo humano. No siempre lo logro, no siempre fracaso. El tiempo y tú, lectora lector querido, se encargan de discernir entre lo memorable y lo olvidable, entre lo leve y lo pesado."

Ustedes, no yo, lo decidirán... Comienza entonces esta serie, multimedia, catártica, necesaria para la realidad pero más para mí realidad, que intentará documentar la tan gozosa, tormentosa y disfrutable #vidacotidiana.

miércoles, 8 de febrero de 2017

A lo mejor...

A lo mejor las pasiones no son las más indicadas para seguirse todo el tiempo, así, con tal intensidad.
A lo mejor es conveniente tomarse el mundo menos enserio y reírse un poco más de lo propio y quizá, por qué no, de lo ajeno.
A lo mejor las causas que uno abraza no ameritan tan abrazo, o no quieren ni desean ser abrazadas.
A lo mejor la vida está en otra parte, y no nos hemos dado cuenta de ello.
A lo mejor... a lo mejor... basta solo con soltar y reír, reír y soltar.
A lo mejor.
A lo mejor.

jueves, 29 de diciembre de 2016

2016

Este año se va, se va, se va y está a punto de salirse del estadio para dar paso a un esperanzador 2017. Para muchos el recuento de los daños resultará sumamente desconsolador, para otros, quizá los menos, tendrá sus pequeñas pero significativas chispas de felicidad.

Para mí en lo personal fue un año tremendamente extraño, por mucho, con más cambios y volteretas emocionales de lo que nunca había vivido, o al menos no últimamente.

En 2016 me permitió experimentar darle forma a mi pequeño emprendimiento llamado Abrazos Verdes. He ido aprendiendo el arte del vender, de platicar, de acudir a los bazares y mercaditos a donde la gente se reúne para encontrar productos como los que decidí poner a la disposición de la gente, y así compartir con muchas personas mis propios gustos e intereses. Pero también me trajo baches, bajones, frustración, corajes, y angustias al respecto. Nadie dijo que fuera fácil, y no fueron pocas las veces que he querido salir corriendo para volverme cajera de algún OXXO y dejar a un lado este sueño que, aunque chiquito, he ido construyendo.

También ha sido el año en el que me animé a grabar podcast y a darle un mayor impulso a la Ratona de TV porque, tenía la esperanza, algún día llegaría a los oídos correctos que me ayudaran a brincarle a algo más. Pasaron muchos meses y aunque no fue del todo así, tuve la fortuna de darme cuenta que mis contenidos llegaron a algún lugar, fueron de utilidad, y sobre todo, que mi trabajo es poco a poco reconocido al respecto (algo nada despreciable). Me tomé con mayor seriedad mi concepto -aunque sigo sin creerme eso de "analista" o "crítica de"-, sin embargo traté de ser más constante con mis publicaciones, con la página, con las redes sociales, e incluso me llené de valor para empezar a diseñar mi propio ebook, algo que no sé qué rumbo tomará pero a lo que le traigo muchas ganas. También fui invitada por primera vez a un evento para hablar sobre mi tema enfrente de muchas personas y, contra todos mis pronósticos, fui capaz de armar dos cursos "en infínitum" para dar clases express en distintas escuelas. Créanme, eso para mi representó un reto de proporciones épicas. Y como cereza del pastel, pude ver mi nombre por primera vez en mi vida en un libro sobre uno de los temas que más me apasionan, después de una cita que yo escribí con mis propias manitas. Eso no es felicidad menor, se los aseguro. De pronto imagino que todo lo que he sembrado durante tanto tiempo por fin está dando la cosecha deseada, que no es más que el que el conocimiento que he ido adquiriendo sea de utilidad para los demás.


Pero, en cambio, aunque en 2016 fui capaz de generar mucho contenido de otra índole, también fue uno de los años en los que menos escribí. Y para ser sincera, lo extraño mucho. También fue un año muy frustrante porque algo a lo que le tenía tantas ganas, como el regresar a un congreso padrísimo que ocurre cada dos años y que para mi buena suerte este año sería en México y ya tenía mi ponencia aceptada, nomás no pudo ser por cuestiones financieras. Una crisis económica personal y el aumento del precio del dólar fueron pretextos mucho más poderosos que mi propia emoción. Y es que perseguir los sueños así, como lo he venido haciendo, no deja mucho margen de ahorro. Por no decir que en realidad no reditúa para nada.

Y bueno, en lo emocional hay cosas tan intensas que he preferido guardármelas para mis propias memorias personales que extrañamente no comparto con nadie. Parecerá tonto pero así es. Por alguna razón imaginé que la llegada de mi prometido (estatus que fue adquirido el 31 de diciembre de 2015), después de dos años de un noviazgo de Facetime, sería uno de los eventos más documentados de la temporada en todas mis redes sociales, pero no ha sido así. He descubierto (aunque esto no es nada nuevo) que las cosas que más emoción me causan tiendo a guardármelas para mis adentros. Quizá porque dentro de toda la alegría que ha representado tenerlo junto a mi físicamente después de tanto que lo añoré también hay de fondo un cambio de paradigma de todo lo que hasta entonces había conocido, y de pronto me vi compartiendo cama, cocina, auto y demás espacios que ni aún viviendo con mis padres tenía a bien hacer. Recordemos que soy un bicho raro que gusta de la vida en solitario y que a sus 37 años nunca había experimentado la vida en pareja. Acostumbrarme a esto ha sido mágico y ha tenido sus risas y alegrías, pero, siendo sincera, no por eso ha resultado para mi. Posiblemente no me resulte atractivo escribir para desahogarme para luego darme cuenta que todo pasa y todas las cosas tienen solución y pues chin, lo dejé por escrito.

La idea de una boda ha estado presente pero también ha tenido sus momentos. Para como está la situación financiera, nadie sabe si realmente ocurrirá como tal en 2017 o no. Así que tampoco he querido documentar esto porque nada es seguro y pues, ni modo de ilusionar al amable y respetable público lector con sucesos que Dios sabe si pasarán.

Este 2016 pude reforzar algunos lazos con gente que quiero mucho, pero también he tenido que aprender a no juzgar, a comprender cuando algunos ciclos se cierran, y a dejar ir a personas que por alguna razón ya no quieren ser parte de mi momento. He entendido que cuando siento que no puedo hacer nada por los demás siempre puedo ofrecerles un oído, y así, sin decir nada, ayudo mucho. Muchas personas prefieren o necesitan más ser escuchadas que escuchar, así que quizá por eso he sido más selectiva con aquellos con quienes comparto mis experiencias personales, que acaso se quedan en los propios oídos de Tokotina bebé, otra víctima del caos y de la revolución emocional de este año. Pero también vencí miedos y superé retos, y el día de mi cumpleaños logré pararme de cabeza en mi clase de yoga. Fui una triunfadora.

Y si, debo decir que los últimos días de este año se me van un tanto harta, un tanto asqueada de todo lo que ocurre afuera de mi propia burbujita. Tantas causas por las cuales indignarse, tanta crisis, tanta maldad, tantas muertes, y tan poca voluntad para que nuestras energías y actitud al respecto sean distintas para entonces sí hacer la diferencia. Creo que el enojo constante y colectivo no nos lleva ni nos llevará a ningún lado, pero esas somos mis creencias y yo.

Así, con este tonto recuento que tal vez únicamente me interesa a mi, quisiera agradecer a toda la gente que este año confió en mi, que me ofreció trabajo, oído, ayuda. Agradecer a quienes compartieron alegrías y me abrazaron en lo difícil. Agradecer a aquellos que, sin saberlo, hicieron algo grande en mi vida. 

A los seguidores de Abrazos Verdes, a los de Ratona de TV, a mis amigos y familia. A quienes están y quienes ya no. A Toto, a Caba y a Tokotina. Y a Alex, por estar, por llevarme a límites a los que mi zona de confort se hubiera negado a ir, por hacerme perder miedos y enfrentarme a ellos, por rodearme de una forma de amor nueva y hasta ahora desconocida para mi.

Quisiera decirles que 2017 será una mejor temporada, llena de amor, de buenas vibras, de bendiciones, de oportunidades para encontrar oro en medio de tanto derrumbe, pero posiblemente pecaré de optimista porque el petróleo y Trump y todo lo demás. Así que me concretaré en desearles todo lo mejor, que cada quien haga su lista/ritual/propósitos/metas para tener todo lo que desean, que en estos días haya más reflexión y menos dolor. Que cada quien busque y encuentre su felicidad de la manera en la que más les apasione. Que sea mayor lo bueno que lo malo, hoy y siempre.

Abrazos Verdes y de todos colores y borreguitos de la abundancia para todos.


lunes, 14 de noviembre de 2016

¡Hola Katy!

Si le queremos encontrar un nombre pirata pirata a la tan famosísima y admirada gatita blanca japonesa, que ni es gatita ni es japonesa (según Sanrio es una niña que vive en Londres, Inglaterra), yo propongo que sea Hola Katy. Es bonito, no traduce literal, tiene un no sé qué que le da cierto caché fayuquero... todo en uno. Sí, ¡Hola Katy!

Y es que como muchas (o casi todas) las personas que me rodean llegan a saber, quién sabe cómo o por qué, que soy ultra plus fan de mi adorada Hello Kitty. No sé, simplemente me encanta. Como somos de la misma generación, debo decir que fui una niña a la cuál le regalaron algunas cosas de la gatita en forma de bolsita para guardar cualquier chuchería o libretitas para anotar pensamientos profundísimos de la infancia. Después no pasó mucho hasta que en 1997 el internet llegó a mi vida y me dediqué a buscar por todo Altavista (el papá de Google) cualquier dibujito o página web que me llevara a Sanrio, y fue entonces como conocí al perrito Pochacco, a KeroKeroKeropi, a Batzmarú y Chococat y recordé a los viejos conocidos como MyMelody. Desde entonces esta fiesta no termina, como diría Proyecto Uno. La red, con todo su poder, volvió a poner en el mapa de muchas fans a toda esta bonita banda de amiguitos con artículos (oficiales y similares) que han hecho las delicias de muchas de nosotras, así que en cuanto tuve edad para ganar mi propio dinero tuve a bien empezar a comprar todo lo que mi cartera pudiera gastar en mochilas, playeras, y demás artículos varios que se cruzaran por mi camino. Basta decir que, por obvias razones, la gente comenzó a regarme más y más cosas y de pronto volamos hasta el año 2016 en donde con el poder de las redes sociales puedo constatar lo mucho que piensan en mí cada que Sanrio da nota, porque (en verdad), me etiquetan siempre al menos dos diferentes personas, ya sea porque hay un avión con la cara de la gatita, un restaurante, o una exposición especial.



La semana pasada tuve la fortuna de ir al Museo de Juguete de la Ciudad de México, con el pretexto de que todo este mes se celebrarían los 42 años de la Kitty presentando una exposición donde varias coleccionistas están compartiendo sus propios acervos. No todos son artículos viejos como yo esperaba, pero lo que vi simplemente me fascinó. ¡Y lo documenté!


Lo cierto es que mientras estaba ahí, con esa estúpida sonrisa que sólo puede poner alguien que disfruta en demasía tan tremenda experiencia, no pude evitar pensar el por qué a mis 37 años este icono que pasa como infantil me entusiasma tanto. Y es que así como mi extraordinario gusto por ver telenovelas, este fantatismo también me convierte en un interesante objeto de estudio (ojalá me gustaran así los estudios de recepción), sobre el por qué personas como yo, o como muchas otras en el mundo, sentimos esta especial fascinación.

Daniel Mato (2007) hace preguntas más profundas que yo, y por principio habla del juguete como un referente en la producción de sentido. y se refiere a ellos como una especie de consumo cultural. Para él, la industria del juguete es una industria cultural ya que produce productos que tienen aplicaciones funcionales y, al mismo tiempo, resultan significativos de manera sociosimbólicamente, es decir, no sólo cubren una necesidad sino que también producen sentido según valores específicos e interpretaciones del mundo.

Christine Yano (2013) va más allá. Con su libro Pink Globalization, Hello Kitty´s treak across the Pacific, se hace tantas preguntas y va explicando poco a poco y según su tremendo estudio hay determinados factores que desde la estética están creados para llamar la atención del público más allá de su natal Japón. Hasta donde voy de su libro (porque está en inglés y me toma mi tiempo leerlo), hay algo en esta cultura de lo cutecool que jala lo mismo a niños que a adultos, y según lo plantea el 9/11 trajo un boom entre las personas de más edad que encontramos en este tipo de imágenes, ya sean Kitty, Precious Moments o Rosita Fresita, una forma pasiva de escapar de la realidad que cada vez se pone más fea. Incluso también hay algo de subversión cuando afirma que el rosa es el nuevo negro (Pink is the New Black). Pero ya que llegue a ese apartado les contaré las afirmaciones de esta mujer, una destacada Doctora en Antropología que pertenece al colegio de Ciencias Sociales de la Universidad de Hawaii.

El caso es que seguramente las niñas internas de muchas o muchos de nosotros tienen algo que ver en esto. Niñas y niños que disfrutan el ver, el coleccionar, el atesorar, el tener productos utilitarios lo mismo con una gatita que con un Mickey Mouse o un Snoopy. Lo cierto es que hay algo tan particular en el disfrute de estas aficiones, en el valor que le damos a una mochila, un sartén, una wafflera o un par de chanclas con las figuras admiradas (y es que los dibujos no nos traicionan, aunque también tengan juegos de roles tales que son capaces de mostrarnos a una gatita candidata a presidente o a una ladronzuela terrible) y le dan continuidad a eso que quizá nos quedó pendiente en la tierna infancia. Cada quien tendrá sus propias razones.




En fin... Esto nada más era para introducir al bonito video que pude hacer en las instalaciones del MUJAM, un lugar padrísimo que, si están en la Ciudad de México, deben conocer. Tiene muchas colecciones  y juguetes de hace muchas cuantas décadas que, como podrán ver en el video, están tremendamente increíbles.

Si les gusta, les da risa, o saben de alguna otra fan que quiera disfrutar enloquecidamente de esta exposición, compartan este bonito video que hice con mucho cariño y haaaaarto enloquecimiento juvenil. Le harán el día a más de tres, jejeje.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La vida sigue...

Y no, no lo digo por las muchas personas que a tantos días de la muerte de Juan Gabriel le siguen llorando cual plañidera derrumbada en féretro (bueno, la neta sí que sentí feíto pero tampoco fue para tanto). Lo digo porque después de mi agolpado y apasionado post anterior, que fue escrito con todo el sentimiento del que fui capaz, me doy cuenta que las aguas se calman, la vida sigue y lo hace con tantas emociones que hasta el sueño me quitan.

Esta semana ha sido particularmente reveladora. Parece que Diosito escuchó algunas de mis múltiples interrogantes y ante la duda de "¿quién soy o quién quiero ser yo?" me ha mandado muchas señales que no puedo ser capaz de ignorar. ¿Quién soy o quién quiero ser? Ni releyendo El mundo de Sofía habría podido descubrir la respuesta (que no es una, en realidad).

Como en juego de tetris imaginario, todo se ha empezado a acomodar en su lugar: Tokotina en su camita, la despensa en la mini cocina, los horarios, las pasiones y los espacios de trabajo. Después de estos días de ajuste, por fin parece que todo está empezando a encajar en esa palabrita que unos detestan pero que yo adoro: RUTINAS. Para personas como yo que gustan de la estructura y la planificación (aunque sea a corto plazo), las rutinas son el cielo mismo en vida. Por obvias razones mis rutinas personales perdieron todo rumbo, y por muchas más obvias razones las de mi amado roomie estaban peor, así que era no solo urgente sino necesario que empezáramos a darles forma juntos, sobre todo ahora que los dos estamos en plan de pequeñomicroemprendedores trabajando en casa.

Así que, felizmente, volvieron esas mañanas de yoga (ahora acompañada, que se siente francamente bonito) y agua calientita con limón en ayunas, y se han incorporado algunas nuevas respecto al ejercicio y el baño y los ratitos de vapor. Han vuelto esos fantásticos momentos en los que lleno la agenda con planes y pendientes y citas y sueños; hemos repartido las áreas de trabajo, y mientras uno está en la computadora la otra trabaja desde su laptop, en una mesita o desde la cama (lo cuál es mejor porque así la tele me queda en línea directa a los ojos), a las horas de costumbre (o sea, casi todo el día); hemos ido aprendiendo a ceder tiempos pero también a compartirlos cuando sea posible (cine, super, paseos con Tokotina). Y todo eso ha sido motivación para que mi creatividad, tan dormidita en estos días, haya despertado de su sueño cual princesa de cuento, llena de lagañas (un momento, ¿las princesas tienen lagañas?).

No voy a negar que en este camino hay eventos desafortunados que no han sido lo que una espera. Por ejemplo, esto de la salida de Televisa Networks de mi paquete básico de cable me tiene abatida hasta las lágrimas... ¡y en las semanas finales de El pecado de Oyuki! No hay que ser, están viendo que la costumbre es más fuerte que el amor y ahora de alguna manera debo recomponer mis sanos hábitos de consumir telenovelas de antaño, que están en franca agonía por un tremendo malentendido mercantil. Eso sin mencionar mi panza de globo aerostático en pleno vuelo debido a la resistente colitis nerviosa que me aqueja, y a la frustración que me dio confirmar que debido a la inflación (no la de mi panza) no podré acudir a un evento que con tanta ilusión esperé desde hace dos años.

Mis palmaditas en la espalda profesionales han llegado en otras formas: no hay congreso pero sí una plática sobre telenovelas en conocida universidad; no hubo clases sobre televisión pero sí las habrá de diseño en Power Point; no ha habido inspiración para hacer publicaciones pero sí para hacer podcast, que hasta eso no me han salido nada mal (vayan a www.ratonadetv.com para que sepan de qué les hablo); los Abrazos Verdes han estado un poco desatendidos de manera online pero en cambio estoy recibiendo muchos nuevos saberes para mejorarla, y la planeación de una boda es uno de esos quehaceres extra que se viven con mucha ilusión. Explico: Desde hace algún tiempo entendí que mi misión en esta vida y en este planeta era compartir mis conocimientos y opiniones sobre la televisión (no es que sea pretensión de mi parte, es que algo tengo que hacer con tanta hora nalga al respecto), pero en el camino se me han atravesado otras cosas que ni siquiera sé si hago bien, pero que por algo me llegan, como esto del emprendimiento que me ha servido para aprender muchísimo y ya de pasito y sin que yo lo quiera, para inspirar a más personas. No sé ni cómo ha sucedido, pero ahí está, tal como yo he recibido mis dosis de motivación de muchas otras personas más. Y un nuevo saber ha llegado de manera un tanto empírica pero que me trae loca de ilusión: sin yo ser diseñadora profesional, sin yo ser una community manager, sin ser experta en nada pero aprendiz de todo, atendí a la invitación que me hicieron para impartir unos pequeños cursos sobre diseño y redes sociales que poco a poco se ha ido transformando en algo que me estoy tomando muy en serio, que es sacarle jugo a un programa tan subutilizado como el Power Point para crear carteles, dibujos e imágenes sin ser tan ducho en el asunto (y sí, es otra forma de sacarle partido a tanta hora nalga invertida frente a la computadora).

¿Que qué es eso de diseño en Power Point? ¿cómo es posible? ¿estoy loca o me cayó un coco?... y lo que es peor: ¿yo, pensando en dar clases UNA VEZ MÁS? Tantas preguntas que se contestan con el hecho de que he entendido que mi misión en esta vida, más que hablar únicamente de televisión, es ayudar y contribuir en la sociedad con los saberes y pasiones [quizás inútiles, quizás no] que la vida me pone en frente. Igual da que sean sobre televisión, telenovelas, dibujitos y carteles que resuelven algún apuro o un estilo de vida más "verde". Quizá mi colitis nerviosa se aloca cuando entran a escena mis temores e inseguridades al sentirme poco calificada para hablar de cualquiera de estos temas (o de todos los demás), y mucho más cuando me debato entre si compartirlos o guardármelos en los rincones torcidos de mi alma. La exposición de mi propio ser me hace (siempre me ha hecho) temblar del horror. Por eso prefiero ver mi propia vida con humor, reírme, y pensar que nada es tan serio como mis propias creencias me hacen pensar.

La vida sigue... y sí, este bonito dibujito fue hecho en Power Point. ¡Muy pronto les contaré de este cursito, para que se inscriban y aprendan un montón! (y sigan apoyando a esta policrómica mipyme casadera, por qué no).



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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Líos domésticos, la revancha (o de cómo voy poco a poco convirtiéndome en una señora)


El título obedece a muchas cosas que si han sido fans de las Policromías con anterioridad quizá podrán reconocer. En el caso de que el diagrama de flujo invisible los lleve al NO, entonces explico brevemente que desde hace algunos años tuve a bien narrar una bonita saga de "increíbles" (con énfasis en las comillas) aventuras que me ocurrieron en mi vida de soltera "que se fue a vivir sola para saber lo que se sentía llevar una casa antes de que el universo marital tocara a la puerta". Se incluyeron algunos desastres culinarios (yo tan linda, invitando a mi familia a comer cosas preparadas por mí y bueno, bendito el creador aún viven para contarlo), o la vez que dejé encerrado al buenhombre que me ayudaba con las actividades domésticas (sí, era un señor de lo más amable que por una distracción fatal estuvo horas atrapado en mi ex casa de pitufos y gatos), o cuando se me tapó el lavabo y... hay no, esa mejor no la cuento. Ahora la saga vuelve porque desde hace un poco más de un mes comenzó una nueva etapa de mi existencia que trae, además de muchos cambios, muchas preguntas, millones de dudas y altas dosis de amor,  una oleada de nuevas experiencias de índole hogareño. En resumidas cuentas, me arrejunté con un muchachito (ay, que ahora es más señor que otra cosa), y en esta vida clandestina del pecado están comenzando a pasar muchas cosas, como el hecho de que, tal como lo menciono en el título, también yo estoy convirtiéndome en una [terrible] señora.

Y es que estos líos involucran luchas a muerte con la paciencia y las buenas intenciones. Las mujeres que han tenido la fortuna de haber vivido solas, al menos alguna vez en su vida, entenderán mejor a lo que me refiero. En la vida doméstica que pude conocer como dueña y señora de mi casa de gatos, pitufos y Tokotinas aprendí a llevar el control de una casa que prácticamente habitaba un único ser humano. Nadie más ponía peros u objeciones sobre el orden, el desorden, el canal de la tele, o las decorativas telarañas de las esquinas. Y aclaro, no es que ahora alguien lo haga (a excepción de las telarañas, hagan de cuenta que pertenece a la patrulla antibichos), pero los espacios han cambiado mucho desde entonces. De vivir en un palacio que habitamos mis recuerdos y yo, ahora vivimos en una casita que velozmente se llena de amor, expectativas y cosas compartidas que deben estar en orden para no ocasionar un caos medieval.

La paciencia se enfrenta a las buenas intenciones cuando la contraparte pone todo su esfuerzo en, por ejemplo, tender la cama. Imaginen la escena: él, tratando de agradar en todo a su pareja que es particularmente mamona para semejante menester. Mi paulatina pero evidente transición a señora que todo lo analiza con lupa en mano no ayuda en nada cuando esta inocente alma se esfuerza en acomodar las múltiples almohadas en el orden preciso (sí, soy de esas locas que toma en cuenta hasta el lugar en el que debe ir la etiqueta), o cuando las sábanas no están estiradas de acuerdo a los cánones militares. Para relajar la contienda diré que respiro tranquila al enterarme que no soy parte del cliché de la pasta del dientes, y que en esta casa nadie protesta por las formas que adopta el tubo dentrífico en cuestión al ser apretado. Donde los contrincantes cambian de bando es cuando entramos en materia culinaria. Pese a que el proceso de adaptación no ha sido fácil (ponerse de acuerdo con lo que comemos, sus gustos y mis hábitos, su tipo de súper y mi tipo de súper), hay cosas que fluyen a la perfección, como el hecho delegar funciones: uno cocina los platillos más suculentos, y a la otra le toca la ensalada y hacer el agua. Todo va bien hasta que la chica de las ensaladas decide ser la señora de su casa e intenta preparar la comida. El resultado de este primer arrebato fue un hombre sacado de onda y con tremenda interrogación, una comida hecha a medias, lágrimas, drama, horror, y una mujer que tuvo que salir a caminar para bajarse la frustración de que el platillo deseado no se veía precisamente como la foto del recetario.

Me temo que uno de los más terribles líos domésticos que enfrento en este desafío tiene que ver con el compartir. Debido a que por cuestiones logísticas el amable hombre que quiere desposarme (¿lo habrá pensado bien?) llegó a Xalapa a cohabitar conmigo en esta casita de llena amor y cositas que se desparraman por las ventanas, el asunto de compartir se intensifica sobremanera. Y no, de verdad que no me educaron para ser la clásica niña de piñata que se queda con todo el tesoro sin compartir ni un mísero Duvalín (o Nucita, cada quien su presupuesto), pero digamos que en este pequeño espacio solo cabe una tele y las únicas puertas que existen son las del baño y la entrada. Si deseo ir a la cocina doy dos pasos, si quiero llegar al clóset, doy tres. La cama está a un gallo-gallina del estudio y quizá la ventana representa cinco pasos más de esfuerzo. Es decir, no hay para dónde hacerse. Así que por el momento debemos tener acuerdos importantes para decidir quién va a ocupar la computadora o qué es lo que veremos en la tele. Imaginen lo que eso significa para mí. Yo, que en mi casa de gatos tenía 3 televisiones para mí sola (sí, y monitoreaba todo lo que quería de un cuarto para el otro), ahora debo darle un trago de humildad a mis pasiones televisivas y aceptar que hay canales más allá del Home and Health, el Fox Life o el de Tlnovela. Llegan entonces relatos extraterrestres, documentales de conspiraciones políticas y muchas, miles, incontables horas de películas de acción con balas, sangre, muertes y todas esas cosas que simple y sencillamente aborrezco, pero debo aceptar así como a mi me aceptan mis programas de cambios de estilo o los últimos y emocionantes capítulos de El Pecado de Oyuki. 


Por esas mismas cuestiones de espacio la cama king size tuvo que reducirse a matrimonial, en donde debemos caber dos almas y una perrita pulgosa y consentida que a pesar de tomar su tratamiento de flores de Bach para minimizar el cambio, insiste en defender su derecho de cama a toda costa y en todo lugar. Si todo esto no es un lío doméstico entonces no sé qué pueda serlo. Y es que este proceso de ajuste, de reacomodamiento, de asumir esta nueva versión de nosotros mismos en la que nos estamos convirtiendo, tiene tantas cosas complicadas como felices. Ahora que lo pienso, todo el mundo (hasta yo lo estoy haciendo ahora) nos concentramos en lo que cambia, en lo que implica estar acompañado, negociar y ponerse de acuerdo en todo momento y por cualquier circunstancia, pero dejamos del lado lo divertido que puede ser esta experiencia. Sí, divertido, aún pese a que mi lado controlador insiste en ser el líder de esta manada. Hay muchas risas, hay muchas pláticas, hay muchos planes y muchos sueños compartidos. Y también hay muchos retos que ambos, como cualquier pareja que inicia una vida en común, debemos enfrentar de manera personal.

Mi crisis culinaria, esa que relaté renglones atrás y que terminó conmigo llorando como loca en el parque, fue más bien un pretexto para implorar por respuestas que deberé encontrar lentamente: ¿Vivir en pareja me convierte únicamente en "la pareja de"? ¿Seguiré siendo yo? ¿Volveré a tener mis momentos de soledad, indispensables para mi trabajo, para mi creatividad, para mí? ¿Quién rayos soy en este momento? ¿Qué quiero ser? ¿Quién quiero ser? Espero que no todas las mujeres sean tan liosas como quien escribe estas líneas, porque es muy desgastante tanta innata teatralidad. Esto de intensear tiene un único punto de provecho, que es escribir Policromías cargadas de ironía y desahogo, mucho desahogo, que espero los diviertan o quizá, en algunos casos, hasta logren cierta identificación con alguna de las partes.

Esten pendientes porque esta saga  c o n t i n u a r á...