martes, 30 de septiembre de 2008

Lentes... otra vez

Ni modo... Vuelvo a usar lentes de contacto.

Después de 6 años y una operación fraudulenta vuelvo al ritual de los lentes de contacto, desde acostumbrar a mis ojos a tener un objeto extraño hasta el puesto en el baño, con el líquido y el estuche. Un panorama que observé durante casi 13 años de haberlos usado y hoy vuelvo a lo mismo, pero mejor. 



Esto de la operación no fue del todo emocionante. Parece que algo malo sucedió con mis córneas y mi aumento estratosférico del astigmatismo se debe a que éstas se fueron deformando con el paso del tiempo, por lo tanto ya no soy candidata a un retoque y debo controlar este proceso antes de sufrir otras consecuencias. Ni modín, tan verdes y bonitos mis ojitos y tan chafitas que salieron... ¡Gracias bisabuelitos, por casarse siendo primos hermanos! (miren nomás que herencia le dejaron a sus descendientes...)

Sin embargo ahora la revolución en materia de lentes de contacto está bien tremenda. Como diría un amigo: "noooooo... ¡antes todo esto era monte!" Así era en mis tiempos usar estas cositas tan pequeñitas: blandos, limpiados con suero, con sus tabletitas de limpieza...

En estos días la cosa es tremenda: los lentes (que tengo que usar de manera gradual, pues como están hechos a la medida de la córnea esta debe acostumbrarse y con esto se frenará su mal) se llaman HÍBRIDOS, ni blandos ni rígidos... Hechos a la medida y ni con el parpadeo se notan. Ahora se pueden guardar en su estuche sin solución salina ni nada y ya hasta son graduados con filtros UV para los freekes que estamos todo el día frente a una computadora... ¡Esta sí es la modernidad!



Vuelvo a los lentes... Snif... Menos mal que aun conservo la vista, eso es lo único que importa.



jueves, 25 de septiembre de 2008

El poder del anillo

Toda mi vida he sido eso que, según el diccionario coloquial define, llaman "chacharera". ¡Ah como me encanta comprarme toda clase de chunches para adornarme como arbolito navideño! Desde chiquita me hice conciente de esa herencia de la rama paterna que exploto de irremediable manera, y que me lleva a comprarme compulsivamente aretitos, pulseritas, pasadores, diademas, listones y moños para el cabello, etcétera, etcétera etcétera... Trespeseros por supuesto, pues a esta coda taurina ni sus más bajas pasiones la orillan a gastar más de lo que la bisutería que el comercio informal ofrece. Así se puede comprender  mis contadas joyitas de valor económico incluyen también un alto valor sentimental: el anillo que me dieron mis papás en mi graduación, la crucesita que me dieron en mi bautizo, los aretes que mi finada y chacharera abuelita me regaló antes de morir... Poco, pero valioso desde todos los puntos.

Hace más de un mes fui desterrada de la comodidad de mi rica camita por una pavorosa encomienda laboral: trabajar en el certamen de "belleza" Señorita Turismo. El horror hecho trabajo. El caso es que estuve en esos mares de la falsa apariencia y la desorganización total algunos meses, que me ocasionaron ganacia de kilos, ganancia de barros, estrés al por mayor, enfado brutal y por supuesto, llevaron al mínimo mis escasos límites de paciencia.  Después de una semana que parecía interminable, el último día, el del Certamen Final, amanecí feliz de la vida: sabía que al día siguiente ya no habría Señorita Turismo, que regresaría a mi casa (y a mi camita) y por supuesto que celebraría junto con el amor de mis amores nuestro 6o. aniversario de este experimento que decidimos llamar noviazgo. Desde el principio imaginé que sería una celebración posterior a la mera fecha, pues se ha vuelto costumbre esta especie de maldición o condena de todos los años el tener como escenario del festejo un velorio, una mascota fallecida, unas olimpiadas, unos juegos centroamericanos y situaciones por el estilo. La condena del anti-festejo. Así que sospeché que aquel domingo 17 de agosto sólo tendría de especial el fin de más temidas pesadillas laborales. 

Sin embargo él llamó, llegó, me esperó las 4 largas horas que duró aquel numerito y a las 11.30 de la noche aguardó elegantemente junto al elevador del hotel, me miró como si nunca me hubiera visto en un coqueto vestido que me obligaron a usar so pretexto de "dar una cara amable en el gran evento", escuchó la bola de nimiedades que me vinieron a la mente luego de una semana sin verlo y tuvo la paciencia suficiente hasta que, envueltos en la atmósfera más romántica y especial, encontró el momento exacto para respirar hondo, hincarse, observarme amorosamente y proponerme matrimonio. Por primera vez en mi vida tuve ante mi una joya tan bonita, tan limpia, tan burbujeante... 

No tuve más que ponerme aquel hermoso anillo por primera vez para sentir su extraño poder, su magia, su energía. Ni los más coquetos aretes trespeseros, ni las pulseras más extravagantes y originales que pueda tener entre mis pertenencias me han hecho sentir lo que éste pequeño anillo. Me sentí como Frodo cuando tenía entre sus dedos el anillo de Saurón (ese que enloquecía a quien lo portara); como uno de los poderosísimos Gemelos Fantásticos de los Súper Amigos que con sus anillos especiales se convertían en distintas cosas para trabajar como equipo y luchar contra el mal... Sin saber por qué, mi vida cambió desde esa noche. 




Días después vinieron el pedimento, la emoción familiar y por supuesto, la versión de todos aquellos cómplices que se enteraron antes que yo de la decisión que el amor de mis amores tomaría. Un compló muy bien tramado... Y curiosamente desde entonces me he enterado que amigos cercanos y gente conocida comienza a tomar las mismas opciones de vida en pareja... ¡impresionante torrencial de bodas e hijos!

Cuando era niña imaginaba que los aretitos, los colguijes y los anillos representaban el hecho de ser una señora en toda la extensión de la palabra. Me ponía los de mi mamá y extrañamente me sentía más grande. Hoy no necesito colgarme hasta el perico: la pequeña cosita delicada y brillante que encierra más sentimientos de los que pude imaginar, me hace sentir una persona diferente, que vivirá una experiencia absolutamente ajena a todo lo que he conocido pero que seguirá siendo la misma, la que come a sus horas, la que adora ir sola al cine, la que disfruta leer un libro, la que ha aprendido en 6 años a compartir el control remoto y ver más futbol del que desearía en la semana... 

martes, 9 de septiembre de 2008

Cumpleaños del otro blog

ratona new logo

¡El blog está de fiesta!

Aunque he dejado en el terrible abandono y a su cibersuerte este pobre sitio, aprovecho el espacio para invitar a todos los amables lectores a que visiten mi otro blog, Ratona de TV, que está en plena fiesta celebrando sus primeros 3 años de ciber-vida. 

Esta dinámica curiosa de emplear el internet para compartir recuerdos absurdos sobre cuestiones tan poco importantes en la existencia como los programas de televisión, me ha traído satisfacciones increíbles, tanto que gracias a éste concepto hoy estoy aprendiendo lo que es hacer radio por internet y escribir una columna en un contexto tan diverso como el mundo del cine. 

Quisiera que compartieran conmigo esta grata experiencia y de pasito, los invito a que compartan sus mejores recuerdos televisivos, los más lindos, los más tristes... ¡también es su espacio!

jueves, 14 de agosto de 2008

Silvia Navarro y los rehiletes



Hace algún tiempo leía, como suelo hacerlo en la rutina obligada de todos los días a la que nos aferramos los Tauro, la sección de Espectáculos en varios diarios online. Hablaban de Silvia Navarro, estrella que se formó en las filas de TvAzteca y que hoy se encuentra laborando en una producción de Televisa. Los periodistas mordaces y sagaces (la palabra sagaz me cae tan de variedad) insistían en que la nota importante era que la ex estrella del Ajusco se dejó deslumbrar ante los encantadores de serpientes que le prometieron mejores prestaciones, gran salario y proyección internacional. Su nota era, veladamente, la traición de la actriz ante la casa que la formó y la hizo ser quién es hoy. Parecía que la opinión de Silvia era lo menos importante, o al menos así lo sentí.

Leyendo sus declaraciones me imaginé a la mujer, pequeñita, en medio de la vorágine de reporteros y microfonazos defendiendo en un grito ahogado que esto se debía únicamente a una decisión personal, a una necesidad de mejorar, de ir para adelante; sin embargo pesan más los nombres de las empresas, los signos de pesos y todo lo que implica un movimiento de ésta índole. 

Los motivos que orillan a una persona a tomar decisiones inesperadas son infinitas; si bien éstas (sobre todo en el caso de los famosos) son cuestionadas, enjuiciadas y jamás logran complacer a nadie, se deben de reunir muchos factores para que el interesado, quien toma tal osado camino, se convenza de que la jugada que ha hecho es algo bueno. 

Imagino a Silvia Navarro mientras hace su telenovela en Televisa junto con Lucero: puede suceder que al final de la grabación, al final de su trabajo, mire estos periódicos que tanto la interrogaron y se pregunte, con un dejo de tristeza: ¿Qué hice? ¿Por qué me fui de dónde estaba? 

Por que si bien los cambios, para bien o para mal siempre nos dejan grandes lecciones, son un arriesgue completo: podemos volvernos locos de felicidad y aplaudir de por vida a esa vocesita interna que nos impulsó a dar el brinco, o bien, podemos desear jamás haber sucumbido ante sus incidiosos comentarios. 

En alguna ocasión escuché que lo único estable y seguro que tenemos en la vida son los cambios. Es inevitable: todo en nuestra existencia es movimiento, es cambio, giramos como rehiletes en temporada de huracanes. Seguro que la misma Silvia Navarro lo sabe: los factores que la llevaron desde el principio a TvAzteca se debieron, seguro, a una serie de cambios que la hicieron brillar como nunca en las pantallas de la entonces recién estrenada barra telenovelera. Ahora, tras el cambio y ante la envidia de las otras actrices de Televisa que murmuran por los pasillos que ganarán menos que ella, sólo los astros, el contexto y su propia convicción lograrán convencerla de que cambiar "de camiseta" fue un acierto más, un cambio inevitable de la vida 

¿Que tan válido es arrepentirse de las decisiones que uno toma? ¿Que tan válido sería si al final del día Silvia Navarro reconociera ante la prensa que todo aquello en lo que depositó sus sueños de crecimiento y desarrollo simplemente fue un grave error en su camino y nada más? Quizá la quemarían en leña verde, sobre todo porque tendrían con qué evidenciar que en sus declaraciones ella afirmaba que ya no se sentía a gusto en su anterior empresa. 

Se puede pensar que esto depende de cómo se tome la vida, y que es sencillo: te caes y vuelves a caminar. Pero cuando se trata de hacer lo que te gusta y sentirte cómodo con ello, cuando se trata de luchar por realizarte profesionalmente las cosas duelen, mucho. No es una obligación que los cambios te gusten, y no merece ninguna pena capital tratar de enmendar eso que nos coarta la estabilidad y la felicidad. 

Ni modo mi Silvia, ojalá nunca tengas que arrepentirte de este paso... pensé yo mientras cambiaba de link en la hoja electrónica y mi dicertación giraba completamente entorno al estado mental de Cristian Castro y sus mujeres asesinas. 

lunes, 23 de junio de 2008

Semana de la honestidad

Honestidad: la mejor de todas las artes perdidas.
Mark Twain

El autor del famoso relato del joven Tom Sawyer pronunció esta sentencia a finales del siglo XIX. Lo increíble del caso es que tales palabras fueron dichas hace más de 100 años en un sitio muy lejano y siguen teniendo una vigencia total, aquí y en China. 

Las personas que hoy en día creen en la honestidad son cada vez más escasas, sin embargo, eso no significa que ya no existan... y para muestra, los ejemplos que viví hace algunos días enmarcados en lo que he llamado "la Semana de la Honestidad". He aquí la historia. 

Es un hecho irrefutable que cuando se tiene una emergencia y se necesita dejar el vehículo en algún sitio, lo último que aparece es un lugar para estacionarse. Es un hecho irrefutable también, que ante la falta de un lugar específico para ello y una sobrepolación vial, existan algunos "vivarachos" que secuestren las calles para cobrar por el cuidado del automóvil, como lo hacen los famosos franeleros de la Ciudad de México. Aunque en provincia la cosa no es tan grave, "aparcar la unidad" en un lugar cercano a la emergencia resulta ser todo un desafío. 

Así, un día que requerí entrar a un hospital de esta ciudad, tuve a bien dejar mi adorable PochiCar en una calle cercana al lugar (el estacionamiento estaba hasta su máxima capacidad), sin imaginar que pasaría horas y horas en este sitio. Aquel día gris (además de la situación que me llevó ahí mis lentes sufrieron un percance, así que de pilón iba en calidad de ciega), me dirigí muy feliz hacia mi carro con algunas compañeras de trabajo y la Chismosa en plan de copilota, cuando vi que dos Tamarindos propiamente uniformados se encontraban en la laboriosa y meticulosa acción del desemplacamiento en el carro que estaba frente al mío. Yo, con la visión borrosa, noté que mi placa delantera estaba en su sitio, así que suspiré feliz hasta que descubrí en el parabrisas un papelito atorado que revoloteaba al compás de la suave brisa vespertina... bajé aquel papelito y con horror noté (más bien recordé, porque ya lo había visto), frente a mi el letrero de No estacionarse (el cuál pensé que aplicaba varios metros después por la parada del camión). Lo único por hacer de mi parte fue preguntar al señor Justicia Víal si mi multa podía pagarla después y me dijo que si. 

Ciega y consternada por la primera multa recibida en mi vida, las compañeras de trabajo me preguntaron por qué no mostré con enjundia el logotipo de mi playera (que me acredita como empleada de Fidelandia... perdón, del Gobierno del Estado), con el argumento de que había ido a trabajar. Mi respuesta fue tan intensa como mi indignación: ¡POR SUPUESTO QUE NO! "Yo ví ese letrero y por burra ahora pago las consecuencias", dije con voz fuerte. Mi amiga la Chismosa apoyó mi decisión y ella misma me acompañó a pagar mis -in- decorosos 100 pesos por estacionarme donde no debía. Nomás faltó la cámara fotográfica para inmortalizar el momento en el que la cajera me devolvía mi placa trasera, la cual por cierto sí me habían quitado los polis... ¡Y qué suerte que jamás supieron que no traía lentes!

Días después de este acto saqué a mis felices canes a pasear por este elegante barrio (tan elegante que el hoyo mencionado en el post anterior es ahora un pozo sin fondo), y me llevé mis coquetos teléfonos móviles para estar en contacto con el mundo, pues uno nunca sabe cuándo va a ser requerida. Caminamos, jugamos, corrimos, y cuando llegamos a casa con la lengua de fuera saqué mis artefactos de las bolsas del pantalón. De pronto, EL HORROR (banda sonora de Psicosis en este momento, violines chillantes que esperan el fatal anuncio): ¡Mi Nextel no estaba! 

-Cabe aclarar que por mis influencias astrales soy una Tauro materialista y resistente a los cambios. Por lo tanto, debe comprenderse mi reacción.-

Al notar que el bonito teléfono morado (perdón, olvidé decir que los Tauros somos algo codos, así que también aplica el valor monetario en la desesperación) corrí como una loca hacia los lugares donde había estado hacía solo segundos pero mi hermoso apartito no sonaba, a pesar de llamarme por el celular para así poderlo escuchar. Minutos después se unió a la búsqueda el guapo y paciente amor de mis amores, y juntos marcábamos y marcábamos y no sucedía nada. De pronto pareció que alguien contestaba una alerta; el amor de mis amores volvió a marcar insistiendo que no valía la pena que se quedaran con un aparato que sería dado de baja y tras varias insistencias, una persona amable quedó de devolverlo en unos minutos. Y así fue: un señor con sus dos hijos pequeños llegaron, entregaron a las manos de mi novio el teléfono en cuestión (yo estaba tan privada del berrinche que sólo salían de mi boca sapos y culebras, y de mis manos ademanes impropios del amable lector) y hecha la transacción del móvil por una gratificación, todos volvimos a casa tranquilos y satisfechos: yo con mi objeto perdido, el padre de los niños por la lección impartida sobre la honestidad, los niños con su jugoso domingo y el amor de mis amores por haber domado a la fiera que tiene por novia. 

Con tan sólo dos ejemplos creo que queda claro este punto. Hubiera sido muy fácil haber dicho que trabajo en un medio de comunicación (el cuarto poder sigo siendo asquerosamente poderoso) y quizá no hubiera perdido ni mi placa ni mis 100 pesos; quizá hubiera sido igual de fácil para el señor que encontró mi celular quedárselo y cambiarle el número, pero ninguna de las dos cosas sucedieron, afortunadamente, porque como lo dijo el sabio Séneca: "Lo que las leyes no prohiben, puede prohibirlo la honestidad". 

¡Celebremos a la Humanidad que tiene el valor, y no le vale!

martes, 27 de mayo de 2008

Triste historia de un hoyo

Un hoyo en el piso puede ser un asunto sin importancia para los transeúntes, para la gente normal, pero quizá represente también la oscura entrada a otro mundo, a una nueva realidad, a otros universos. Estas ideas salpicaron mi ociosa mente ante la sorpresiva aparición de un hoyo a mitad de la calle donde vivo: primero fue como si un adoquín se hubiera salido, pero al día siguiente aquello ya estaba tremendo, hasta los vecinos tuvieron que poner una banderita para indicar que se tuviera cuidado. El nuevo vecino estaba tan profundo como un volcán.

Mi ardilla mental, tan escasa de asuntos importantes a tratar que prefiere leer el Mi Guía con el más reciente escándalo político-espectacular de la aventurera heredera de la fortuna Creel, decidió indagar sobre las miles de posibilidades que un hoyo en el piso representa: entre ellas, la más emocionante fue imaginar que debajo de mi calle, de mi casa incluso, pueden tejerse las historias más fantásticas del tipo las crónicas de Narnia o algo similar. En aquel caso necesitaron un clóset, en el mío, una calle víctima del tiempo y de los presupuestos municipales.

La experiencia fue realmente emocionante, sobre todo porque hacía mucho que mi imaginación no volaba hasta tales dimensiones: así, de trancazo, vi caballos, sirenas, hombrecillos con trajes extraños, cascadas de azules maravillosos donde las mujeres lavan sus ropajes mientras sus esposos se preparan en el ejército que espera el momento indicado para luchar por defender aquel mágico paraíso, ese que si uno es curioso, puede vislumbrar debajo de las tuberías y los sistemas de drenaje.

Vi también árboles llenos de manzanas rojas, horizontes de cerros y montes limpios, intactos, ajenos a la contaminación, a las crisis económicas, al aumento galopante de los precios en los alimentos, ajenos de los políticos corruptos y de la difícil vida adulta en la gran ciudad.

Observé un sol que elevaba aun más el tono verde de los amplios campos, mientras los animales convivían con el hombre como iguales, como amigos. Sería lindo decir (y que el respetable me creyera) que todo mi universo imaginario tenía hasta su banda sonora, donde todos cantaban al mismo ritmo.

Sin embargo un buen día llegó el departamento de aguas, hizo valientemente un agujero más grande para inspeccionar el motivo de semejante aparición; después de trabajos a sol y sombra, el municipio llegó a tapar la evidencia y aquel mundo maravilloso que imaginé debajo de mi casa quedó de nueva cuenta fuera de mi alcance, con la puerta cerrada. Así de burocrático, así de sencillo. El problema del hoyo quedó resuelto, pero me encantó tener la posibilidad de saber que aun en medio del caos que es la vida cotidiana, uno puede encontrar en lo más pequeño un motivo para soñar, para imaginar, para sonreír.

martes, 13 de mayo de 2008

28, 29...

Escribir... hace mucho que no lo hago, al menos no como solía ejercer esta disciplina auto impuesta, tan relajante, tan estimulante... Pero en estos momentos me sentía obligada a hacerlo, el ciclo de mis 28 años está por terminar y no me podía permitir que semejante evento pasara desapercibido.

Han sucedido muchas cosas desde que dejé que este blog se llenara de polvo virtual, como las libretas viejas, como los diarios que guardamos en el cajón cuyas hojas se cubren de amarillo olvido. La vida en el mundo no ha dejado de agitarse: Verónica y su golpeador Gallito Feliz son de nuevo madre e hijo; el petróleo y la energía son temas tan polémicos como los salarios de los gobernantes priístas, las paredes que escurren de tanto calor, están por celebrarse el día mundial del internet (¡festejemos si es que estamos haciendo uso de él!), el día mundial de los Museos y el día internacional contra la homofobia, aunque existen aún millones de personas que no pueden acceder a los museos, que aun no conocen ni siquiera una computadora, y que siguen discriminando la sexualidad de los demás.

Hugo Sánchez se fue y su silla sigue vacía, las Chivas van de super líderes y yo he sanado mis más oscuras y densas vibras gracias a una gran experiencia donde fui limpiada de pies a cabeza. Definitivamente la vida no es igual después de eso.

Yo tenía mucha fe en mis 28 años; hace un año estaba verdaderamente emocionada porque sabía que esta etapa de mi vida, la de mis favoritos números pares, sería completamente inolvidable: no me equivoqué. Lo malo es que nunca me imaginé en que sentido serían inolvidables.

Afortunadamente en la marejada de cambios que he vivido los ángeles no se han movido de mi. Estóicos, invencibles, están ahí en todo momento, recordándome que, aunque quisiera, no puedo ir jamás hacia atrás, que debo evolucionar, crecer, mientras mi entorno también se mueve, tambien cambia... y nada volverá a ser igual jamás. He aprendido a no arrepentirme de mis momentos, y estoy aprendiendo a sobrellevar las responsabilidades que esto implica.

Mis 29 están cerca, como cerca está el cambio que todos deseamos para nuestro país. Ojalá que lleguen para bien... ojalá.

martes, 29 de abril de 2008

ONLINE!


Como algunos saben, mis ratos de ocio los he dedicado irremediablemente, desde mis años mozos hasta mis casi 30 años, a ver televisión.

Resultado de esta colección de recuerdos absurdos que se quedan almacenados en algún punto de mi memoria ram, surgió el blog Ratona de televisión: Memorias de una teleadicta. Hoy, gracias al esfuerzo de Eva, la responsable de la página editorial La Gazeta y su programación de radio, aparece y reaparece el espacio de Ratona de Televisión en versión radiofónica, sintonizada vía internet.


¡¡

¡Escucha el promo!!!

Así que los invito a escuchar una cascada bárbara de recuerdos absurdos sobre un tema común entre la gran mayoría, la televisión, y todo aquello lo que a lo largo de muchos años hemos obtenido de ella.



Todos los Miércoles de 6 a 7 de la noche hora de México, Ratona de Televisión a través La Gazeta (http://www.lagazeta.org/), este 30 de abril con un programa del día del niño especial para quienes lo fuimos hace muuuuuuchos años...

lunes, 24 de marzo de 2008

Las molestias de Saturno

En estos momentos de la vida cometo la -tal vez fatal, tal vez correcta- osadía de alejarme saludablemente de las noticias malas de la vida cotidiana. Si de por sí el diario acontecer personal se torna caótico y medio lioso, el estrés de las notas que invaden los encabezados de los diarios me dejaría más tocada que las Mañanitas.

Se rumora en los cielos y los recovecos astrológicos que la influencia de Saturno está poniendo a la humanidad con los pelos de punta en este primer trimestre del año, y si alguno de ustedes no está sufriendo los estragos de este trance planetario ¡avísenme!, serían las primeras personas en estar protegidos con una especie de súper escudo... y los envidiaría bastante.

Tengo la impresión de que somos víctimas de alguna fuerza natural que nos está agite y agite cual martini celestial. Todo el mundo anda revuelto, vaya, ni Hugo Sánchez se ha escapado de la suerte astral que nos tiene a todos o enfermos, o malvibrosos, o deprimidos, o como los Tiburones Rojos, meneándonos en la tablita para no irnos al descenso.

Para algunos, ni las vacaciones ni la llegada de la primavera (¡¡¡maldita estación psicópata!!! dicen los afectados por el vuelo del polen y el cambio en el aire) mitigaron los estragos; pasar algunos días en la playa fue como un suicidio (uno nunca está ajeno de los tumultos, de los niños que le devuelven al mar algo de lo mucho que nos ha dado, de las chanclas fugitivas, de los moscos que obstruyen una relajada vista al atardecer...), pasar horas en las carreteras tampoco debe haber sido un pasaporte a un spa y bueno... tal vez sólo quienes se treparon a las pirámides del país pudieron sentir la carga del equinoccio y las vibras de Benito Juárez en la algarabía de su cumpleaños número 202...

Aunque no he querido profundizar en los encabezados, sé perfecto que el PRD no se la está pasando tan bien... otros que traen la fuerza de Saturno quien, según la mitología fue un dios que devoró a sus propios hijos. Y si creíamos que los ricos no lloraban, al pobre Paul McCartney le caen granizos, no lloviznas. Ni la destacada diputada de Veracruz (triste el caso de Radiotelevisión de Veracruz que tuvo su momento de gloria nacional junto al nombre nada emocionante de la actriz y conductora otrora legisladora) se salva de ver sus contoneos tuberiles en el youtube.com. ¡Ni mi Cristian Castro escapa de tal explosión planetaria!

Las pilas no andan tan cargadas, las ardillas mentales están en huelga y uno tiene que sufrir las consecuencias. Lo único agradable de este choque cuántico tan extravagante y agitado es que tras la Semana Santa, que en el sentido más religioso (y universal) representa la oportunidad de entrar en contacto con un renacimiento, con un claro sentimiento de paz, podemos experimentar un chispazo de gratitud ante la deidad o aquella fuerza natural que el lector prefiera, por permitirnos despertar con vida día con día, con nuestras extremidades, con nuestro cerebro, con nuestra alma, nuestra inteligencia y nuestra voluntad bien puestas como para enfrentarnos con entusiasmo a la transición de Jupiter y dejarlo, de una elegante manera, que siga girando alegremente por cuantas casas astrales le dé su real y regalada la gana.

jueves, 6 de marzo de 2008

Ciclos...

Hace casi un año escribí sobre lo extraños que son ciertos días, esas fechas en donde todo pasa. En aquella ocasión me refería al 23 de abril; hoy, comprendo que el 7 de marzo es una de las fechas más significativas en mi vida. Estos son, sin duda, tiempos de despedida.

El 6 de marzo de 1990 mi mamá, mi abuelita, mi hermana y yo aún vivíamos en la ciudad de Oaxaca. Mi papá había salido de la casa en noviembre del 89, pues el inminente cambio a Xalapa apresuró su llegada a estos lares. Pero nuestra partida se atrasó hasta que un buen día mi hermana y yo recibimos la noticia de que el 7 de marzo era nuestro último día en el lugar donde pasamos 9 años de nuestra vida, y éste sería, por consiguiente, el inicio de un nuevo ciclo.

Así, el 6 de marzo de 1990 fui por última vez a mi salón de clases de 5o. de primaria con la maestra Juanita; en aquella ocasión entré al salón vestida de civil pues únicamente fui acompañando a mi mamá quien fue a recoger nuestros papeles importantes. Mientras ella arreglaba el asunto, yo corrí a saludar a mis amigos, vi y comprendí (con toda la comprensión que puede tener alguien de 10 años de edad) que mi banca vacía estaría ahí y se veía triste, muy triste, pero que alguien, en algún momento del año, del mes o incluso de la semana, la ocuparía y la vida seguiría su curso. Minutos antes de partir llevaron una grabadora, la maestra me sentó en el escritorio y entonces comenzó a sonar un cassete con las voces de todos dándo mensajes de cariño y despedida... Lloré un poco, sentí una infinita nostalgia y salí de ahí para nunca volver.

El 7 de marzo fuimos a la Iglesia de la Soledad, mi mamá llevó unas flores en agradecimiento por tantos años de vida en Oaxaca. Entonces, a las 3 de la tarde nos subimos al avión que nos llevaría a Veracruz, donde mi papá nos esperaba para llevarnos a nuestra nueva vida: Xalapa.

18 años después el 7 de marzo sigue pareciéndome como aquella subida al avión para no volver. Los cambios laborales son buenos, importantes, necesarios, y el 7 de marzo, mañana, será mi último día en el área de trabajo donde estuve 5 años de mi vida. Por lo mismo estas siguen pareciendo épocas de despedida, aunque hace años aparecieron de manera involuntaria y hoy son con más convicción que nunca.

La metáfora de la tierrita que hay que remover para que la planta siga creciendo fuerte y sana me parece más oportuna que nunca. Cuando uno se estanca no queda de otra que buscar nuevas fuentes de inspiración y salir, aunque, cierto es, los riesgos que se corren son infinitos. Los ciclos se cierran, las perspectivas se elevan, las puertas se abren y la gente que uno conoce en el trayecto se quedan en el alma, en el cajón que almacena la memoria laboral. Por ello, no queda más que agradecer las oportunidades, la confianza, los enojos, las viviencias... La banca que queda en el escritorio no se verá vacía, porque unos nos vamos y otros llegan.

Hace 18 años se cerró uno de los más importantes ciclos de mi vida. Mañana se cierra otro. Los plazos se cumplen y las fechas, curiosamente, continúan significando algo más que una casualidad.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Pláticas con mi abuelito

La vida está llena de bienvenidas y de pérdidas. Gente va, gente viene; gente que conoces y gente que se despide, así, sin más. Cuando yo tenía 3 años sufrí la pérdida más fuerte de toda mi vida y mis padres, de alguna manera, encontraron el mejor remedio para calmar mi tristeza: siempre me dijeron que volteara al cielo y que la estrella más brillante de entre todas era mi hermana, mi pequeña hermanita, esa que murió tras 8 meses de gestación y a quien tantas ganas tuve siempre de abrazar, de besar, de jugar con ella. Así, aprendí que cuando las cosas fueran mal, cuando necesitara que alguien me escuchara, cuando quisiera sentir una caricia en el alma, podía voltear al cielo y ahí estaba ella, siempre, cuidándome en todo momento, haciéndome sentir especial, única, feliz.

Con el tiempo aprendí a platicar con ella. Sí, platicar. Entablo largas charlas con mi hermana en el cielo y casi puedo jurar que ella me escucha y me alecciona, a veces hasta me regaña cuando lo considera necesario. Mi hermana se ha vuelto esa vocecita interna, es como mi conciencia, como mi guía, esa auto terapia que me ha permitido muchas veces exorcizar varios demonios sueltos.

Conforme fui creciendo fui teniendo cada vez más bienvenidas y aprendí también a comprender las pérdidas que iban formando mi camino. Se fue mi abuelito Rogelio, luego mi abuelita Albertina, luego mi abuelita Raquel. El altar de muertos poco a poco fue acumulando fotos de los seres queridos a quienes en algún momento pude abrazar con fuerza y expresarles con besos, cariños y apodos cuánto los quise. Y aprendí también, tras su partida, a entablar pláticas silentes con ellos, igual que como aún hoy lo hago con mi María. ¿Que de qué les platico? Bueno, a veces les cuento cómo va la vida por acá, como está de cambiado el mundo que abandonaron, cómo se portan sus hijos y nietos… digamos que de cierta manera “los pongo al día”. Tengo tan presentes sus voces…

Mi papá tiene la sabia costumbre de actualizar el calendario familiar que mes con mes decora el refrigerador de la cocina. Febrero no tenía nada de particular salvo el día 15, cumpleaños de mi abuelito Efraín, el papá de mi papá. Ese día nos llegó un mensaje de mi tío Carlos diciéndonos que en esa fecha don Efraín estaría cumpliendo 100 años de vida. Nunca lo imaginamos.

Mi abuelito Efraín, según me cuentan, fue todo un personaje. Nació en Alfajayucan Hidalgo, sus padres eran primos hermanos, y de entre todos los hijos sólo él al final de cuentas se hizo cargo de la tienda familiar en el pueblo y de sus progenitores. Se casó con doña Albertina y crearon el equilibrio perfecto entre el mal carácter de ella y el buen humor de él. Era dicharachero y su oficio no se limitó a tan sólo despachar una tienda. Fue un hombre muy culto, leía muchísimo, era completamente miope, sabía hacer desde velas hasta ataúdes, conocía perfectamente el fino arte del albur y tenía un grupo de amigos con el cuál se reunían para tocar guitarra, tomar cerveza, comer a reventar y por supuesto, para alburearse unos a otros. Tuvo una sonrisa maravillosa y adoraba comer paletas heladas.

Sé todo eso de él por varios motivos: es lo que la familia cuenta, es lo que veo en todas esas fotos que atesoré secretamente por años y por el simple hecho de ver a mi papá. Dicen los que saben que es su vivo retrato, física y emocionalmente. Sin embargo mi abuelito, quien no gozó precisamente de una gran salud, murió muchos años antes de que yo naciera; nunca escuché su risa, nunca oí su voz, nunca le di un abrazo fuerte y apretado. Así las cosas, nunca lo he podido considerar como una pérdida en mi vida, es más bien una ausencia, una que ha estado ahí por 28 años, 34 en realidad.

A pesar de que siempre he sentido una enorme envidia por todos mis primos que alcanzaron a mirarlo, jamás me habían dado ganas de entablar esas extravagantes charlas post mortem que arriba mencioné. Pero este es el año 100, el centenario de su nacimiento, y quizá él mismo me fue preparando sin siquiera yo saberlo. Y es que la vida laboral me ha obligado a estar en el constante conocimiento de un personaje llamado Gonzalo Aguirre Beltrán, un ilustre veracruzano quien por sus notables aportaciones al mundo social, intelectual y antropológico es el objeto de celebración durante todo el 2008, el año del centenario de su nacimiento.

Este hombre nació el Tlacotalpan, una población veracruzana. Tuvo estudios, afán de superación, y su basta descendencia lo recuerda hoy en día con cariño, con admiración y con un profundo respeto. Al referirse a él, por ejemplo, lo llaman “El tío Gonzalo”.

Todo esto viene a colación porque mi abuelo también cumple 100 años, porque nació en un pequeño pueblo de Hidalgo, porque tuvo estudios y afán de superación, y porque toda la familia que tanto lo quiere y lo recuerda también lo refiere a él como “El tío Efraín”. Tal vez esas coincidencias, lo poco usual del térmio "el tío" y por esas tantas cosas que he aprendido de ambos, que puedo suponer la vida me preparó para recordarlo más que nunca en estas fechas.

Hoy tuve ganas de mirar al cielo y platicar con él. Me pregunté qué cosas podrían interesarle a alguien como él, que conoció los radios trasatlánticos más no el internet, que tal vez nunca imaginó los avances de la ciencia, ni lo lindas que han quedado las carreteras para llegar al pueblo. Me puse a pensar en todas esas anécdotas familiares que tal vez sólo contempló de lejos porque nadie se las supo contar, pensé en decirle que a meses de su muerte mi abuelita Albertina me platicó de su noviazgo, que mi mamá aún lo sigue recordando por esa bromita de la alberca, que mi tía Chelo me ha contado sobre su faceta como padre amoroso y que mi padre jamás ha dejado de sentirse orgulloso de él. Le quise contar de mis perros, de mis hermanas, de lo que soy gracias al ejemplo que inculcó en los suyos. Hasta quise contarle que el Fidel Castro que él conoció apenas ahora está dejando el poder. No sé si esas cosas pudieran interesarle tanto, pero creo que son importantes. Pero después pensé que era mejor mirar al cielo y esperar su caricia, su señal, esa que me indicara que aunque jamás nos conocimos en persona ambos entendemos la conexión que existe entre nosotros y que tal vez pudimos haber sido muy buenos amigos y excelentes albureros.

Abuelito lindo, tal vez algún día me visites en mis sueños… Ahí te estaré esperando para ponernos a platicar.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Policromías

Siempre me ha gustado escribir. No sé si el hábito lo adquirí desde que comencé a escribir diarios y cartas a mis amistades lejanas, o si simplemente la necesidad de expresión que tuve desde que tenía año y medio (rumoran los que saben que aprendí a hablar más rápido de lo que lo hizo mi hermana) me han llevado irremediablemente por el camino de las letras.

Me hice el hábito de contarle a una libreta en blanco mis acontecimientos del día, que para alguien de escasos 9 años no podrían ser más que "comí pescado y sopa", "hoy mi hermana y yo nos peleamos" o "tuve un examen archi difícil". A los 11 años la escritura en libreta se transformó en cartas nostálgicas en donde le contaba a los amigos que había dejado atrás, junto con la mudanza, las novedades ante los retos que la vida como "la nueva" en la ciudad me imponían; mis logros en la nueva escuela, el nuevo hogar, los nuevos amigos. Poco a poco esas cartas fueron quedándose ahí, en el cajón, con el sobre y el remitente escrito hasta que comprendí que era tiempo de retomar al viejo diario.

En la pubertad las palabras se dirigieron a los amores en turno; para ellos hubo largas y emotivas misivas (algunas incluso intensas para tan corta edad), poemas, canciones, tratados enteros que redactaba en todas las clases que me producían flojera, razonamientos casi filosóficos ante las intrigantes situaciones del "¿por qué no me quieres?", "¿Acaso es justo que la mires a ella?" o "¿no entiendes lo mucho que te quiero'?". Desgarradores asuntos, sin duda, de vida o muerte en aquel momento.

No toda mi escritura ha sido igual. Con el tiempo me releo y comprendo lo mucho que ha cambiado mi redacción, las palabras que utilizo, y redescubro que, incluso, inventé con una amiga un código secreto a base de números pares para enviarnos recaditos en la secundaria y que nadie comprendiera de qué platicábamos.

Por irónico que parezca, ante tal necesidad de expresión jamás sospeché que encontraría en la escritura una manera de ser, de vivir, de realización. Nunca imaginé, aun con mis libretas escolares repletas de letras distintas (mi caligrafía también ha variado terriblemente pero siempre con el distintivo de casi perforar las hojas de tanto que empuño el lápiz), que escribir iba a ser no sólo un escape, sino un lazo, la vía perfecta para sentirme cercana a la gente que amo, pero también para conocer personas que parecen saber más de mi que nadie sólo por el hecho de leerme periódicamente.

En mis días como universitaria lancé una idea al aire y sin pensarlo años después fue una realidad: el trabajar en un periódico haciendo algo que me gustara muchísimo. En octubre del 2003 llegó esa oportunidad y así nacieron las POLICROMÍAS, un espacio tan mio, tan personal, tan especial; la ventana dentro de un diario local donde podría hacer lo mio y por supuesto, hacer currículum aun sin ganar un sólo peso.

Tras más de cuatro años me acostumbre a resumir en 3 mil caracteres una anécdota, una vivencia, una reflexión, una observación o simplemente una curiosidad. Ahora que el ciclo impreso de las Policromías ha terminado me siento extraña escribiendo sin parar, en la bandeja del blog y no en una hoja de Word (y sin el contador de palabras) y, lo confieso, no sé muy bien cómo es escribir en este sitio sin pensar en que esto no aparecerá en el periódico, y que hoy es martes-miércoles y esto generalmente aparecía en jueves.

Las palabras son lo mio, y como estoy acostumbrada expresarme por este medio debo confesar que estoy triste y un tanto bloqueada por la repentina desaparición de mi columna. Sé que internet es una maravilla y se llega a un gran público, pero uno se toma con tal cariño ciertas cosas que, sin duda, haber perdido mi espacio propio me dejó como sin manos, como si me hubieran cortado una parte de mi vida, de mi día, del hábito maravilloso que implicaba sentarme ante el monitor y esperar hasta que los dedos cobraran vida (cual si fueran las zapatillas mágicas del cuento) y que empezaran así su sinfonía de movimientos en el teclado sin freno ni paradero.

Han pasado muchos días para que esa magia regresara. Aun no sé si volvió del todo, pero debo agradecer el cariño de todos ustedes, las muestras de afecto y apoyo, y sobre todo, las cosas tan maravillosas que me ocurrieron como una suerte de despedida al recibir dos regalos increíbles por parte de quienes me leyeron desde el principio y que manifestaron ante quien escribe lo que mis palabras, esas que salen de mi cascarón particular, provocaron en sus vidas. De verdad, créanme, saber que algo que uno escribe toca fibras sensibles en alguien más, ajeno a tu casa, a tus amigos o a tu familia, es simplemente mágico, es algo que uno como lector lo vive, pero siendo la otra parte resulta casi inexplicable entener que los sentimientos son universales, y que hay cosas con las que todos podemos identificarnos. Esa ha sido siempre la intención de Policromías y fue una gran emoción saber que, en algún momento, cumplió su cometido.

Hoy he vuelto a escribir a las 2 de la mañana porque sólo así puedo empezar a hacer esto. Las anécdotas se están acumulando en mi diario-agenda y espero tener ánimo algún día para transmitírselas a todos ustedes. Mientras tanto les agradezco horrores su paciencia, su amistad, su cariño... y no me queda más que seguirle, pues como dijo el sabio Korky... "Life goes on".

miércoles, 6 de febrero de 2008

AVISO

A todos los asiduos lectores de las Policromías, informo por este medio que esta columna ha dejado de publicarse en el diario Milenio - el Portal por razones ajenas a toda mi voluntad.

Esperando que esta no sea una despedida, seguiré escribiendo por internet mientras las negociaciones se dan para estar presente en otro medio escrito y, por tanto, más cerca de un nuevo público.

Este ciclo que termina para las Policromías y para quien escribe ha sido una gran experiencia y agradezco muchísimo a todos los asiduos o casuales lectores que han llegado a este blog y han compartido conmigo sus sentimientos, sus vivencias. Esperemos que todo sea positivo y pronto, muy pronto, pueda estar en otro diario, en otra fecha, pero sin perder ni traicionar lo que esta columna ha sido gracias a todos ustedes.

Un abrazo...

jueves, 24 de enero de 2008

Cultura chaterrera

Se dice por ahí que nosotros somos lo que comemos. Esta afirmación popular no deja de ser más que cierta: hay quienes, por ejemplo, degustan con discreción de ensaladas y platillos gourmet como dieta principal y esto resulta congruente con su imagen, con su vestuario y hasta con su carácter. No vayamos más lejos, en la más reciente película de Disney, Ratatouille el protagonista era delgado, caminaba con las patitas traseras y gustaba del buen alimento, mientras que su hermano y su padre mostraban una imagen más robusta, más desaliñada, denotando con esto su poca capacidad selectiva sobre aquello que entraba a su boca.

No es que la gente que disfruta de la grasa y la garnacha deje de ser elegante o refinada, pero hasta cierto punto la piel, el cutis, el cabello, todo es un claro reflejo de lo que se consume (si es que acaso es ésta la dieta diaria). Por eso de pronto uno se va con la finta de que las estrellas de la televisión comen puras cosas orgánicas y que son remotamente incapaces de consumir algo que rompa el balance de los carbohidratos estrictamente necesarios. ¿Pero qué cree? Que las apariencias engañan.

Una invernal tarde me encontraba recibiendo mi dosis cotidiana e infaltable de chisme farandulero y en una entrevista hecha a Jorge Garralda por aquello de su Juguetón, todo el elenco de Ventaneando desvió la entrevista cuando los dedos delatores del señor (y el ojo veloz que lo notó) mostraron los indicios de haber comido papitas saladas con tremenda dosis de salsita chamoy. Ese detalle dio pie a que por varios valiosos minutos de televisión comercial todos intercambiaran no tan sólo recetas sino hasta estilos para preparar y degustar semejantes majares del mundo chatarrero.

En otra ocasión miraba con cierta atención y la baba a medio resbalar el noticiario matutino del canal Cadenatres, donde su conductor principal Francisco Zea y todo, absolutamente todo su equipo (los de deportes, la del clima, la de espectáculos, el de finanzas) iniciaron una especie de mesa redonda ante la alarmante noticia de que los estadounidenses retiraban de su mercado los famosísimos “Miguelitos”, esos chilitos agridulces que tantas y tantas alegrías le han dado al pueblo mexicano, dizque por sus elevadas dosis de plomo. Semejante indignación movió las fibras del equipo de noticias que en acalorada defensa mostró sus amplios conocimientos en el área del dulce, el chamoy y toda la variada oferta gastronómica al respecto.

Tan sólo en una ocasión en la oficina donde laboro se dio de pronto una acaloradísima plática que nació de definirnos de acuerdo a nuestros gustos chatarreros. Yo me debatía entre la Tutsi pop y los Flippys (extintos pastelitos de Gamesa), y así aparecieron Mamuts, Gansitos, Pingüinos… ¡Uf!

Para todos los que nos damos el lujito de pronto de comer un chicharrón con Salsa Valentina, unas palomitas ensalsadas, un Pelón pelo rico… A Erasmo, a Claudine, a todos aquellos de amplio y fino paladar, dedico esta muy chaterrera columna.

jueves, 10 de enero de 2008

2008

Marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes y alguno que otro cura despistado. Todos, la madrugada del martes entre gritos y pitos hicimos por una vez algo a la vez: recibir la llegada del 2008.

Amante de los ritos y las costumbres pre-establecidas, en ocasiones fugaces como estas me pregunto por qué al ser humano le da por celebrar de maneras tan bárbaras asuntos como un cambio de año, por qué este tipo de conmemoraciones merecen el gasto innecesario de aguinaldos, la visita casi obligada a alguna casa de empeño (negocios que hoy se propagan a la par de fondas o cantinas), el abuso excesivo de alcohol, el efímero intento por hacer propósitos per se incumplibles y un muy largo etcétera que de pronto me asaltó al ver el alboroto con el que diciembre y el año nuevo irrumpen en la vida de la población.

¡Qué suerte que se trata de una época de reflexión y recogimiento! Que si no, empezaría a creer que el capitalismo aflora hasta por las coladeras cuando veo las filas del supermercado llenas, niños y familias felices alrededor de los mundanos placeres de la vida material y hasta al barrendero más flojo pedir junto con su cooperación, su aguinaldito. Bueno, bueno, tampoco voy a ponerme tan radical en una columna donde me he declarado seguidora de la filosofía madonniana (Vivimos en un mundo material y soy una chica material), pero siempre existen situaciones extremistas donde comprendo que ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre, es decir, qué bueno que en estas fechas nos llegue un dinerito extra pero, ¿es tan necesario gastarlo en cuanto llega a nuestras manos? ¿Por qué no aprovechar estas fiestas para agradecer las bendiciones y ahorrarlas, en vez de malgastarlas? ¿Es un buen síntoma o un hecho descarado que las iglesias y templos se abarroten en estas fechas?

El asunto es que si bien muchos no lo hacen concientemente, lo que celebramos en estas fechas es, en sí, lo que creo debemos agradecer cada día: el milagro de estar vivos y en compañía. Así se la pasen escuchando aterradores y desgarradores cánticos (una navidad amenizada por un infame grupachón de cantantuchas aspirantes a La Academia que berreaban con singular alegría y poquísima entonación “Mi dulce niña” pero que jamás supieron la letra de “Los peces en el río”, y un año nuevo con vecinos que a las 7 de la mañana seguían cantando a Alicia Villarreal y en vez de decir “mueve las caderas” pedían mover la escalera ¿?), todo lo que rodea estas fiestas gira en torno a un propósito que está en cada uno de nosotros aquilatar y sopesar durante los 366 días que el 2008 dure: aprender a vivir y disfrutar.

Amor, salud y la inteligencia para saber aprovechar las oportunidades que se presenten es lo que desde esta columna y con los tímpanos hechos trizas deseo para ustedes, mis cinco, veinte o cuarenta amadísimos lectores. A todos ustedes les envío un abrazo reflexivo y esperanzado de que el par será lo máximo (a estas alturas tengo 28 años en el 2008… ¡qué mejor señal puedo pedir!)

jueves, 13 de diciembre de 2007

La bodega del duende

¿Alguna vez han perdido algún objeto valioso de la más inexplicable manera? ¿Nunca han pasado por la agonía de jurar por todos los santos del cielo, la luna y las estrellas haber dejado cierta cosa en un lugar y ésta mágicamente aparece en otro sitio? ¿Sabe algún querido lector a dónde se van todas las cosas del mundo que se pierden de siniestras maneras? Si han contestado que si a más de una pregunta, sabré que no soy la única persona que se enfrenta con ira a esas poderosas fuerzas del mal que nos arrebatan nuestros efectos personales. Explicaré.

Según la experiencia me lo ha dictado, hay cuatro posibles razones por las cuáles uno extravía las cosas: a) distracción o descuido, b) robo, c) sonambulismo (y mientras se camina dormido se cambian de pronto las cosas de lugar), y d) un duende maligno. “¿Duende?” dirán ustedes. Sí, duendes, esos juguetones seres mitológicos de orejas puntiagudas.

Desde hace más de 15 años hay escondido entre la tubería y el cuarto de los tiliches un despiadado duende que debe gozar de malsanas maneras los destrozos que causa en esta respetable y navideña casa. Es más, me atrevo a afirmar que ese diminuto sujetillo nos ha perseguido en todas y cada una de las mudanzas que ha vivido esta familia de gitanos errantes. De no ser así… ¿cómo explicar la pérdida de una nutrida colección de videocasetes en formato BETA donde mi hermana y yo atesorábamos especiales de Timbiriche y capítulos de Candy Candy? ¿En qué momento de la vida perdimos nuestra colección de revistas, incluidas algunas Videorisas que tantas carcajadas provocaron?

Pero ahí no ha parado su maledicencia. Cuando mi prima-hermana Liz llegó a instalar sus cosas y su vida con nosotros, el muy malvado le hurtó una sudadera blanca que tanto quería, prenda que duró en Xalapa lo mismo que el Pachuca en el Mundial de Clubes. Así han desaparecido discos, libros, videos, bolsas, zapatos y ropa, principalmente ropa. Tal vez se trata de un duende fayuquero que gusta de rematar nuestros efectos más personales los domingos en el Salón Bazar.

Estos días me cambió de lugar un zapato que tarde semanas en localizar (y eso que quien esto escribe es ultra sangrona con la teoría de tener zapatos regados por debajo de la cama o por doquier); en mi trabajo me raptó un lapicero en un abrir y cerrar de ojos, hace un año secuestró el tenis que el amor de mis amores dejó bajo nuestro árbol esperando sus regalos de día de reyes, y así puedo contabilizar una larga lista de faltantes en el inventario.

¿Descuidos? Tal vez. ¿Robos? Es poco probable que dentro de casa sucedan esas cosas. ¿Sonámbulos? Quizá mi par de peludos canes. Así que sólo queda el Duende, ese tipo al que imagino orgulloso recorrer en escaleras eléctricas la inmensa bodega donde él y sus congéneres almacenan todos aquellos objetos que los humanos perdemos por segundo. Tal vez hasta tengan un espacio destinado a todos esos fajos de billetes que nuestros políticos hacen perdedizos ante la sociedad, ¿no?

jueves, 6 de diciembre de 2007

El deporte nacional por excelencia

Ahí estábamos el amor de mis amores y yo un lluvioso domingo, entre el refresco y las palomitas, a punto de empezar la función de Spider Man 3 en la comodidad del DVD. En eso, mientras agarrábamos postura, se coló uno de esos odiosos comerciales de la mamá y el hijo que compra su diez pirata. “¡Aagggg!” expresé con furia, y ante esta repulsión comenzó una acalorada controversia por tal campaña publicitaria.

Mis argumentos fueron simples: en México estamos acostumbrados a que nos digan “esto es malo”, “¡no lo hagas!” y no hay más. Una campaña como esta sólo nos dice que la gente se ve mal, que los hijos lo pueden aprender, pero… ¿por qué nadie explica, con pelos y señales, la razón por la cuál la piratería es un delito? ¿No se puede, con palabras simples y sencillas, explicar todo lo que hay alrededor de esta práctica que pone en riesgo empleos, negocios y toda una industria completa? ¿Se subestima acaso el poder de comprensión de los niños si tratamos de explicarles qué repercusiones hay al comprarla sin nada más decirle “no lo hagas porque es malo”?. Spider Man voló por New York salvando al mundo mientras yo seguía con mi apasionada ponencia sobre el horror del diez pirata.

Y es que según los datos recién publicados, nuestro país es merecedor del cuarto lugar a nivel mundial en piratería. ¿Impresionante? No. Me impresionó más que pudiera haber alguien que nos rebasara.

Debo decir con franqueza que yo soy parte de las estadísticas de quienes la consumen; si bien no lo hago siempre, si de pronto acudo al puesto más cercano para hacerme de alguna película, sotfware o chuchería que cambia el Hello Kitty por Hello Katty. Pero algo que tampoco dicen en los anuncios esos del diez pirata es que a veces y sólo a veces, este negocio que no paga impuestos y anda impune por esquinas, calles y mercados es el que te provee de un mejor servicio. Ejemplo: Pasé años buscando de manera legal una película de Pedro Infante que tanto me gusta y resulta que aun no salía en formato DVD. Acudí con los piratas y ¿qué creen? El servicial muchachito que me atendió buscó entre todos los changarros hasta que dio con la joya y la tuve en mis manos sin cortes comerciales. Ni menciono la maestría con la que te venden softwares entre esa gente que conoce y aplica tales maravillas de bajo costo.

Claro que la cosa no es únicamente ir a la fayuca a buscar ropa o perfumes cuyo precio original es desorbitante, ver shows de Barneys piratas, comprar medicinas o hasta vinos clonados. Se trata de una red de corrupción que comienza en grandes escritorios, en medio de grandes intereses y que involucra a demasiadas carteras como para mostrar en comerciales todo lo malo de la piratería cuando a esa misma gente no le interesa darlo a conocer. Obvio es que esos misterios jamás los conoceremos y mientras, debemos chutarnos al inicio de cualquier videojuego o película, legal o ilegal, que el FBI nos buscará hasta el cansancio si lucramos con ese material. ¡Ja!

jueves, 22 de noviembre de 2007

En mi otra vida

“El universo se encarga de arreglar sus cuentas”, dijo el Dr. House en un capítulo –de la misma serie- donde de una manera poco convencional logra vengarse después de 20 años de otro médico que al parecer se la puso difícil en su vida escolar. Y es que como dicen las abuelitas, nadie se va de este mundo sin pagar sus deudas… aunque nadie dijo que se puedan pagar, o cobrar, en otra vida.

Por siglos se ha creído que el Alma, el “motor del cuerpo”, se rige por el mismo principio de la materia, que afirma que esta no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Así, creencias religiosas como el Budismo han incluido a la reencarnación como parte de su ideología: el alma que habita diferentes cuerpos en diferentes tiempos. El Karma es el concepto que explica el hecho de que en esta vida nos sucedan cosas buenas o malas según los méritos y deméritos que hayamos acarreado en otras vidas.

Si bien el catolicismo no lo apoya, la ciencia sí ha explorado en la mente humana esos destellos que a veces, inexplicablemente, nos llevan a lugares en los que jamás hemos estado o nos inclinan por un gusto específico sin razón aparente.

Si uno es curioso se acuden a métodos poco ortodoxos y relativamente a la mano para intentar acercarse al pasado de nuestra alma. Quien esto escribe pasó hace como 8 años por todo el rito de un extraño personaje, quien luego de estar como poseído y en pleno trance cósmico, me echó la baraja y me aseguró que mi vida pasada más cercana había sido un señor llamado Samuel Richardson y que de ahí mi gusto por la escritura. Nunca supe quién tuvo los ojos más desorbitados: si el hombre luego de aquella fuerza del más allá que poseyó su ser o yo con esa revelación que no me decía absolutamente nada. Entonces el hombrecito (ignoré entonces si sabía de quién me hablaba) me dijo que fuera a la Enciclopedia y leyera más sobre él, que eso iba a despejar mis dudas.

Escéptica me sumergí en el tumbaburros:

Samuel Richardson (Gran Bretaña, 1689-1761) se hizo famoso por sus cartas y en 1739 comenzó a escribir un volumen de cartas modelo para el uso de los lectores del país publicadas como Cartas de familia. Entretanto escribió y publicó la famosa novela Pamela, o la virtud recompensada, que narra en forma de cartas la historia de una joven doncella obligada a defender su honor. Todas sus novelas están escritas en forma epistolar, una estructura que Richardson perfeccionó y desarrolló, y que le permitía revelar el flujo de conciencia de sus personajes. Por esta razón se le se le considera el fundador de la novela moderna.

¿Será cierto? ¿Están ustedes ante un texto escrito por el alma errante del fundador de la novela moderna? ¿Seré ahora la antítesis de esas cartas modelo del pasado? ¿Mi estilo realmente es mío? Nadie sabe.

Lo que si sé es que tan egoísta resulta creer que somos los únicos en el planeta como que nuestra alma es única e irrepetible. Pruebas hay muchas si tan solo prestamos atención a los mensajes extraños de nuestra mente… ¿No?


(La buena noticia es que no me parezco al hombresito...)

jueves, 8 de noviembre de 2007

El sentido del tiempo

Cuando alguien afirma con poca lógica y contundencia que la televisión es una caja idiota, yo pongo mis más severas objeciones ante varios hechos irrefutables: a) Gracias a la modernidad y la tecnología los receptores han dejado de tener la regordeta silueta de una caja para convertirse en tremendas “varitas de nardo” que caben en los rincones más insospechados; y b) Quien tenga el lujo de recibir (legal o pirata) señales de paga, puede presumir de todo menos de no tener una programación que pone hasta a la ardilla mental más perezosa a correr a todo vapor. En uno de esos ejercicios tan concienzudos del zapping me topé con un estudio bastante extravagante donde científicos y médicos trataban de explicarse el sentido del tiempo que todos los humanos poseemos aún sin tener un reloj.

La idea la detonó un experimento donde un hombre, encerrado e inactivo un X número de horas en un lugar completamente blanco y sin ventanas, registró actividad en su cerebro que lo llevó a determinar un cálculo estimado del tiempo que había pasado ahí, y que sorpresivamente no era del todo errado. Después pasaron las tomografías de otra persona que fue inducida a contar el tiempo que pasaba entre una estimulación y otra, y se reflejó en una parte del cerebro muy cercana a las sienes, la localización de esa bombita contabilizadora. Después ponen otra clase de experimento donde enfrentan a un voluntario a una situación límite para descubrir si verdaderamente, en casos similares, el tiempo puede detenerse.

Todo esto me llevó a la reflexión de que hoy en día el tiempo es un tema de plática frecuente. Que si se va volando, que si ayer fue enero y hoy noviembre, que si no me alcanza para nada, que si el tráfico, que si los niños… En esta realidad todos somos surrealistas conejos blancos que salen de sus casas disparados, dejando a Alicia –impávida- en una habitación repleta de relojes que sólo indican que aquel novelesco animalillo o estaba bastante chiflado o que tenía miedo de quedarse dormido.

Finalmente comprendo que el hombre siempre ha sido esclavo del tiempo, ha vivido regido por las épocas de cosecha, por las salidas del sol, por la luna, por las lluvias. Y debe ser cierto que todos llevamos un cronómetro por dentro, ese famoso “reloj biológico” que tantos sopores nos provocan a las mujeres en, próximas o posteriores a los 30 años que aún no tenemos descendencia.

Los relojes han sido un gran negocio, pero sospecho que aún sin poseerlos la vida seguiría igual. De niña tuve uno divino, muy moderno, con una burbuja y corazones que flotaban para dar la hora hasta que descubrí que a los relojes digitales no les creo (cada quien su chifladura) y mi burbuja fue cambiada por un Snoopy con manitas por manecillas al cuál le creí hasta que se perdió. Lo adoré entonces y lo añoro ahora. Bu.

Con o sin ellos, pienso en La persistencia de la memoria de Salvador Dalí. Relojes escurridos, tiempo irrecuperable, cada uno con su hora, cada uno con sus bichos. Eso según creo, es el verdadero sentido del tiempo.


jueves, 1 de noviembre de 2007

¿Quién dijo miedo?

Por asuntos de la naturaleza, el miedo es una parte innata del ser humano. Así como todos traemos necesidades espirituales, de afecto, de sensaciones almacenadas en nosotros cual si trajéramos un chip integrado, el miedo es, al igual que la pasión o el odio, uno de esos sentimientos intensos que generalmente se detonan a partir de una experiencia, y los evocamos con cualquier pequeña chispa: un sonido, una sombra… algo activa nuestro sensor del peligro, los cabellos se nos erizan y nos ponemos en estado de alerta, aunque esta vulnerabilidad culmine siempre en estallidos de risa, de llanto o de locura. Una adrenalina que aun compartida, resulta una experiencia íntima y personal.

Debo advertir al lector que soy, por herencia, genética y humanidad, un ente cien por ciento miedoso. Pensar en situaciones de pánico me pone como beisbolista con 10 carreras en contra, pues al saberme más asustadiza que Scooby Doo evito a toda costa enfrentarme con cualquier indicio cultural que pueda provocarme temor. Así evito a toda costa ir al cine a ver alguna película de suspenso u horror y en la tele paso por alto todos los especiales y asuntos similares que en estas fechas se ponen tan de moda.

Mis primeros indicios de miedo me llevan hasta la casa de mis abuelos maternos. De noche, las sombras, aquella luz tenue que entraba en la ventana del cuarto donde nos hospedaban cuando íbamos de visita, alumbraba misteriosamente la silueta del cuadro del soldado Nazi que mi tío había pintado cuando era joven y que escoltaba, fiel y cruelmente, al búho disecado que estaba junto a él, con sus alas siempre a punto de alzar el vuelo y la mirada rapaz, con la intención de buscar alimento.
Ahora me veo en la casa de mis otros abuelos, que vivieron en una casa construida en siglo XIX que había pertenecido a mis bisabuelos. Aquel lugar tenía un largo pasillo a la intemperie que te llevaba hasta el baño, tenía un pequeño acceso al final para llegar a lo que todos conocíamos como “la otra casa”, otra construcción más vieja donde la familia celebraba las fiestas de Navidad y donde los miles de primitos jugábamos hasta antes de que oscureciera. Todos temíamos a esa casa cuando las luces se apagaban, pues los perros de mi tío dormían ahí y siempre se escuchaba su aullar ante la menor provocación, además de la madera que truena de vieja. Sí. Eso era miedo, angustia, horror.

Aunque el entorno lo determine para mí estas fechas son más de respeto que de terror. Respeto a la muerte, que es lo más desconocido que el ser humano puede siquiera imaginar. Son días pintados del naranja de las mandarinas y los cempazúchiles de los altares, el incienso y el pan, y de ver la película de Macario, aquella donde la Muerte muestra al hambriento leñador una humanidad metaforizada en cientos y cientos de velas que se mueven ante la peste y las guerras, que se tambalean, que se prenden y se apagan según la voluntad divina. Todo eso, más que horror, me produce una paz mágica, casi del más allá.