Hace casi dos meses me mudé de ciudad. No es un evento que no haya conocido ya; lo mismo sucedió hace casi treinta años, cuando el trabajo de mi padre hizo que conociera de manera consciente la fragmentación interna que produce una circunstancia de esta índole.
En esta ocasión mi mudanza obedeció al trabajo de mi esposo... horrible forma de decir que este cambio no solo estuvo rodeado de consciencia sino de voluntad propia. Cuando niña no tuve voz ni voto, solo el insondable deseo de sentir a mi familia completa y reunida. Ahora, con voz y voto, me movió el mismo sentimiento.
Cuando el amor es el que te mueve imaginas que todo lo que vendrá estará lleno de un sentimiento de aventura, matizado con alegría, con risas, con ilusión, con abrazos y felicidad ilimitada. Cuando el amor es el que te mueve, pero también la necesidad económica, el panorama comienza a llenarse de manchitas, de polvo, de imperfecciones que el amor no necesariamente borra. Cuando descubres que el amor y el proyecto de vida tienen soportes que, aunque uno los cree fuertes y sólidos, también se tambalean, no queda más que aceptar que el miedo, la frustración y la desesperanza forman parte de la gran ecuación. En fin. Qué mugre todo.
Porque por más que uno se esfuerce, por más que uno amanece con su mejor cara tratando de luchar contra adversidades climáticas, por ejemplo, a veces no hay nada que hacer mas que aceptar las lágrimas y la resistencia civil ante el calor que derrite y chorrea tantos fluidos como ilusiones, hormigas que, animadas por el bochorno, trazan caminos en los lugares más insospechados, buscando sustento en cada superficie mal limpiada, en cada migaja mal barrida, en cada plato sucio que no es pasado previamente por el chorro del agua. Resistencia civil a un entorno donde no eres nada sin un ventilador de por medio (no, nada. Te vuelves humo, te vuelves agua, te vuelves un brote de sudor inaceptablemente incómodo); donde limpiar el hogar requiere de tres dosis previas de espinacas frescas porque sino la energía se agota demasiado rápido, donde salir al banco más cercano se vuelve una feliz carrera contra el tiempo para llegar al espacio donde seguramente el aire acondicionado sofocará hasta el trámite más enfadoso, uno donde a veces pensar cuesta mucho trabajo porque el calor calentó todos tus sistemas y las alertas internas bloquean cualquier acción cerebral por realizar.
Ahora comprendo al Extranjero de Camus cuyo móvil de asesinato fue el rayo del sol.
Ahora comprendo estos entornos polarizados en donde el calor, el mismo calor que absolutamente todos sienten en la calle, se entiende diferente si en tu casa existen ventiladores, climas de ventana o techos de lámina. El calor no es el mismo para todos si tu lugar de trabajo es bajo un techo o si vendes helados en tu carrito sin sombrilla, o si ofreces casa por casa -hasta el desmayo- tus servicios como plomero. Escribo esto y mi queja absurda de las hormigas se vuelve contra mi, señalándome con el dedo la mezquindad de mis infundados berrinches.
Sí. El calor fragmenta como también el hielo permanente, la oscuridad temprana o la lluvia constante. Aunque en realidad ahora que lo pienso el clima no es el que fragmenta a nadie, solo acompaña los procesos de vida que de pronto se sienten como jarrones chinos que se han hecho añicos, esperando que algún día esas piezas se vuelvan a unir aunque al final resulten platos amorfos o tazas con una sola asa. A mi se me atravesó la mudanza, la lejanía física de mi tribu (esa, de sangre y de amistad que te sostiene en los tiempos difíciles) incluso hasta la llegada de mis 40 años, sin mencionar a la crisis que propia que acompaña a esta edad. Se me atravesó dejar los espacios laborales ganados después de tantas batallas, dejar atrás a ese lugar en donde alguna vez fuiste algo, se me atravesó la ilusión de que tu CV tendría los suficientes méritos como para empezar de cero sin mayor dificultad. Todo se quedó atrás. Todo está en donde hoy ya no es su espacio vital.
Hoy soy simplemente ama de casa porque, por más que me esfuerzo, no sé a ciencia cierta cómo ser algo más aquí. Hoy soy la esposa que besa y ve partir a su marido por la ventana, con una mano en la despedida y otra en la ropa sucia que hay que lavar porque ah cómo se acumula, concentrando sus energías en los trastes apilados de la noche anterior y el menú de la comida aunque minutos antes se había quemado los fusibles para inventar un desayuno diferente, aunque sea en la presentación. Soy la esposa que mira el reloj para organizar sus actividades caseras esperando que encajen con sus quehaceres -inventados- personales, como leer, hacer un podcast o escuchar entrevistas sobre productores de televisión y showrunners porque antes, la esposa en su rol de profesional, creía que la reflexión sobre esos temas podría en algún momento interesarle a alguien. Pero una vez más es el calor y sus sucias jugarretas el que todo lo nubla y le da a esa esposa amorosa y dedicada alucinaciones de cosas que en este entorno, en esta realidad, no tienen ninguna validez. Son solo entretenimientos temporales, pasajeros, improblables, inservibles.
En días como hoy no sirve de nada llorar, patalear o gritar tan fuerte que hasta espantas a tu igual de sofocada perrita, escondida en lo que considera el lugar más fresco de la casa. No sirve de nada sentirte frustrado porque han pasado menos de dos meses y no reconoces a la versión en la que te has convertido; de nada sirve preguntarte por qué te falta valor para pedir trabajo en un OXXO o si la vida sería más sencilla si tan solo hubiera sido contadora o maestra de química. Simplemente no sirve de nada mirarte al espejo para descubrirte canas nuevas, ver tu cuerpo diferente porque no cabes ni en los zapatos cuando retienes líquidos y todo te aprieta o descubrir que ni siquiera tu guardarropa estaba preparado para sudores que todo lo manchan y todo lo traspasan.
Yo por eso he decidido dejar de consultar la temperatura local. Porque nada sirve en días como hoy.
lunes, 24 de junio de 2019
martes, 2 de abril de 2019
Mis contextos
Cuando estaba en los primeros semestres de la universidad tuve una maestra que nos insistía mucho en que, como comunicólogos en formación, debíamos aprender a comprender todo fenómeno desde sus propios contextos. Contextos. A estas alturas sé que tengo bloqueadas gran parte de las cosas que escuché en esa época, sin embargo esa lección me marco irremediablemente; será porque solo unos años antes, en la clase de literatura de la prepa, me mostraron una gama de autores para mí entonces desconocidos con la insistencia de que todos y cada uno de ellos habían escrito esas grandes obras a partir de sus concepciones del mundo, y en ellas fueron capaces de expresar su descontento, su desencanto, su rechazo, su sobrevivencia ante tales sucesos, ante tales contextos.
Así conocí a Milan Kundera, así gocé a Jorge Ibargüengoitia, así fui capaz de buscar por mi cuenta las opciones que me replantearan desde la actualidad ese ejercicio de ir de lo general a lo particular. ¿Cómo contarlo así, desde lo cotidiano? Llegué a las columnas del Ángel de Germán Dehesa y no sólo lo encontré, sino que hasta fui capaz de -ni medianamente a su nivel- emularlo. Este blog dio cuenta de ello durante muchos años.
Hoy, en medio de todas las cosas que ocurren a mi alrededor, ya no me siento capaz de solo contarme a través de mi contexto. Hoy siento la necesidad de cuestionar mi contexto.
Todo debe partir de quién soy ahora: en este momento dedico mucho de mi tiempo a leer, estudiar y reflexionar sobre los temas que más me gustan, como las telenovelas, como lo que ocurre en las pantallas que nos bombardean con sus contenidos todos los días. Otra parte de mi tiempo se va a mi emprendimiento, pensado en otro de mis más profundos afectos que son los perritos. Mi niña interior no podría ser más feliz. También estoy casada (otro logro, pequeña niña) y hasta el momento, afortunadamente, sigo contando con mi familia completa y amigos afectuosos. Esa, de primera instancia, soy yo actualmente.
La parte interesante de mi labor profesional es invertir tiempo de calidad al consumo de ciertos fenómenos, como lo hice hace algunos días con la serie de Netflix Historia de un crimen, Colosio. El aniversario 25 de la muerte del candidato remontó a muchas personas a recordar qué estábamos haciendo cuando nos enteramos de la noticia, y ahí estaba yo, sentada con mis 14 años que justo ese día guardaban picardías propias de la edad, como el haber fingido que estaba muy enferma de mi garganta para no ir a la escuela pero no tanto como para haberle llamado a mi crush del momento para saber qué había de tarea y, por supuesto, para escuchar su voz. Tontear un poco, le dicen. Después de mí valiente y arrojado acto me senté frente a la máquina de escribir de mi hermana para refunfuñar entre palabra y palabra tecleada por el infame trabajo de Geografía que, dicho sea de paso, creo que nunca terminé. Así como solía hacer dejé encendida la televisión que siempre me acompañaba hasta que la inusual presencia de Jacobo en horarios vespertinos acaparó mi atención y bueno, todos conocemos la historia mediática que vino después, y que la serie escenifica con bastante éxito.
¿Qué impacto tuvo en mí aquel acontecimiento? No lo tengo muy claro en realidad. A los 14 años se tiene la suficiente conciencia como para comprender lo que ocurre a nuestro alrededor pero también la suficiente complicación interna como para que nos importe un bledo. En ese entonces mi papá había pasado de trabajar 18 años para la Comisión Federal de Electricidad a trabajar para el gobierno del estado de Veracruz, cosa que de alguna manera me fue obligando a entender la realidad de mi contexto socio político cultural a partir de las viviencias internas de mi familia, a partir de los desazones, de las historias de corrupción y falta de honestidad que impactaron directamente a los míos incluso años antes de mi nacimiento. Sin embargo nunca lo había visto tan expuesto en la televisión, y vaya que a esa edad había visto muchas cosas.
Años antes del asesinato de Colosio, en 1987, aprendí el arte de esa grande y maravillosa pantalla escondida detrás de un sillón. Me acuerdo perfecto el día que vi el final de Cuna de lobos: mi cuarto estaba al final del pasillo que daba en línea directa con la sala, así que hacía uso de mis aptitudes ninjas para caminar sigilosamente, sin que nadie se de cuenta, y llegaba al sillón amarillo que hoy tanto adoro donde me colocaba estratégicamente para verlo todo sin que se notara mi presencia. Si no mal recuerdo una de mis abuelitas estaba de visita, por lo tanto los adultos presentes en la sala estaban tan paralizados como el cuerpo inerte del inspector en la alberca, mientras Catalina burlaba a la justicia en el interior de su cuarto. Cuando apareció el pequeño Édgar con su glorioso parche en el ojo, la que salió corriendo despavorida a su cuarto fui yo... ¡vaya que me asusté! El fondo rojo como la sangre, un niño más pequeño que yo tan lleno de maldad, la palabra fin (que ya sabía leer) entre signos de interrogación. Ay, qué angustia terrible me dio. Porque hasta entonces en mi contexto el concepto de maldad no existía en esos niveles, hasta entonces, como quizá hasta ahora, mi burbuja me mantenía libre de horrores similares.
En mi hoy, revisar noticias en twitter es una actividad cotidiana. Hace un par de días notificaron que Paz Vega será la "nueva Catalina Creel" en la nueva versión de Cuna de lobos que formará parte de la serie Fábrica de Sueños, una estrategia de la nueva Televisa para rehacer una vez más algunos de sus clásicos telenoveleros más exitosos. Yo me niego profundamente. De hecho, cada que me topo con alguna noticia al respecto la paso sin poner la menor atención. Básicamente no me interesa. Sé que Televisa es una empresa que persigue ante todo intereses económicos y que versionar hasta el cansancio historias reconocidas, so pretexto de que "las nuevas generaciones las conozcan". Y está bien, porque así es como quizá conocí Cumbres Borrascosas antes de leerla (tras ver Encadenados, con la finada Christian Bach y Humerto Zurita), porque hoy sé gracias a mis lecturas y estudio que la humanidad se cuenta a través de sus historias, las orales, las escritas, las escenificadas, que cobran nuevos distintos sentidos tras ser expuestas en distintos contextos. Pero me cuesta imaginar a una moderna Catalina Creel moderna en un contexto en donde los horrores de las noticias sobrepasan su mente maligna. Hoy, el que el personaje de una mujer mal arrullada que amaba a su único hijo por encima de todas las cosas y por el cuál era capaz de matar viejecitos en un incendio, allanar una casa para matar a una chica con los audífonos puestos con un abrecartas, paralizar a un ex colaborador con un spray en los ojos para luego inyectarle una sustancia mortal, cambiar café por combustible para provocar la caída de un avión... todo, pensando en que nadie le arrebatara a ese hijo lo que según ella le correspondía, al que él misma dio muerte en un giro final del guionista. En serio, ¿para qué queremos ver hoy en pantalla esos horrores que leemos todos los días en las redes sociales, y que ocurren entre políticos (agua en vez de medicamentos, aviones y avionetas caídas, encapuchados que entran a hogares a matar a golpes), entre mujeres, entre la gente común y corriente? Catalina fue grande no porque fuera mala, sino porque el guiño con el público era ese: ella era capaz de evidenciar a las autoridades, ella podía hacer y deshacer mientras la policía llegaba tarde, se despistaba con sus pelucas y lentes de sol, se confundía ante su habilidad. La gente la enalteció (lo descubrí años más tarde) porque estaba harta, porque no tenían voz, porque el ambiente de la crisis económica y social le dio ese lugar no porque a la gente le interesara si la señora tenía un amante o no (en realidad la telenovela nunca la mostró como una mujer con necesidades afectivas, todo lo contrario), al contrario, la gente no tenía necesidad de justificarla porque ella podía ser mala con licencia, podía hacer que día con día los televidentes pudieran sacar sus frustraciones a través de sus fechorías.
Hoy insisten en vendernos superhéroes porque las cosas siguen mal. Aunque para algunos las redes sociales, en las causas compartidas, son la nueva manera de hacer catarsis sin necesidad de encontrarla en referentes audiovisuales industriales. En medio de eso se insiste en seguir contando las mismas historias de la humanidad dentro de los nuevos contextos, y ahora hasta las brujas de Disney tienen su derecho de réplica y nos cuentan por qué son tan malas. Es que vivimos en la era de lo políticamente correcto, esa en la que hasta Friends ahora es cuestionada con los inquisidores ojos de los millenials que tachan la serie de inapropiada, racista y excluyente. Hoy se retoman las columnas de Guadalupe Loaeza para adaptarlas a una película en donde la directora se pregunta ¿qué pierden los ricos cuando la riqueza se va?, con un enfoque distinto pero sigue siendo un tema que las telenovelas han tocado por años. La que mas recuerdo es Qué pobres tan ricos, quizá porque fue la primera que vi virtualmente junto con mi hoy esposo (contextos): la historia de una familia rica que de un día para otro se queda pobre y es obligada a vivir con otros pobres hasta que recuperan su fortuna.
Enmarcada en comedia, el shock se mostraba tanto en quienes recibieron a la familia en desgracia como en los nuevos pobres: Sylvia Pasquel, que además figuraba como un personaje medio antagónico, ilustraba tan jocosamente a esa mujer de sociedad que todos los días se levanta añorando su comida, sus hábitos, las costumbres que la solvencia económica le permitían tener. Mi yo de este momento no puede empatizar más con este triste personaje porque mi contexto, ese del que un día me río y tres no, me tiene en una situación similar: atrapada en un bucle donde el dinero es tan escaso como nunca antes viví, donde como gracias a la generosidad de mis padres, donde llevo más de un año separada de mi esposo porque viviendo en la misma ciudad yo tenía trabajo (poco) pero él no. Así como el personaje he tenido que aprender a agradecer más que nunca el techo, la cobija, la computadora y el internet que me permiten hacer lo que hago (antes por necedad, hoy por necesidad), pero hay días en los que sueño con unos chilaquiles, un trozo de carne, una deliciosa malteada, ropa nueva, salidas al cine... nada de lo que hoy tengo, quizá porque mi forma de llevar las finanzas me obliga a pensar primero en pagar nuestras deudas contraídas antes de en mi alimentación diaria. Inmersa en esta realidad, que no es diferente a la de muchas familias de una clase media que está en vías de extinción, me pregunto incluso si mirar con cierto placer a esos ricos venidos a menos es conveniente o no. Las telenovelas polarizan la estructura social de pobres y ricos ilustrando así los valores morales que se enaltecen o se corrompen, pero en medio de este contexto, creo yo, habría que ser más empáticos con sus realidades. Eso van a hacer con Catalina como ya lo hicieron con Maléfica, ¿qué no?
En mi contexto, luego de terapias, luego de perseguir mi sueños de vivir de lo que quiero, luego de caer en una realidad donde los matices no están bien vistos (o estás a favor o en contra, no hay medias tintas), siento que la lucha por sobrevivir es mucho más difícil cuando insistes en tus ganas de tener fe y de mejorar tu relación con el dinero, tan llena de creencias absurdas que vienen de tus entornos sociales más próximos donde los pobres son buenos y bondadosos y los ricos malos, vacíos, perversos porque la abundancia nos trae vacío emocional, cuando lo que se ve y se lee es que los vacíos no distinguen personas ni clases sociales. En mi contexto las historias de las telenovelas han perdido la conexión con la gente y nos encontramos representados en Youtube, en Instagram, en esas personas imperfectas que exponen sus luces pero también sus sombras y muchas de ellas son duras, durísimas. En mi contexto lo que veo en la televisión ya no es catártico, es angustiante, aunque a veces lo que leo en las redes me deja mil veces peor.
¿Cómo escapar de esta realidad? O mejor dicho, ¿cómo ser capaz de documentar mi contexto en medio de un contexto mayor, sin ser yo una gestadora de grandes obras como Kundera o Dehesa? ¿Cómo leer mi crisis personal, esa donde estoy casada pero separada del hombre que amo, esa donde veo cómo mis padres envejecen y con la vejez las emociones no resueltas de su vida que afectan incluso su salud física y mental; esa donde hacer lo que amo me frustra porque aunque cumplo en tiempo y forma dependo de la burocracia que me impide pagar mis deudas que crecen y crecen, que me generan tal sentimiento que en vez de buscar ayuda hacen que me esconda, que no quiera ver a nadie, que le tema al juicio o al intento sermoneador de los demás por "hacerte sentir mejor"; esa que va limitando mi lista de afectos tanto como mis salidas recreativas? ¿Cómo leerla en medio de un contexto sociopolítico tan polarizado, donde si dices algo o te alaban o te linchan (o las dos), donde las alegrías cotidianas se diluyen ante los horrores que ocurren en tu colonia, a pocas casas de la tuya, a la gente cercana a la que tú conoces?
La serie de Colosio me hizo redimensionar lo que viví a los 14 años sin entenderlo bien a bien. El regreso de Catalina Creel me hace replantear lo que significa para mí y para muchos como yo el que nos toquen a un clásico que va más allá de un personaje. La nueva versión de Orgullo y prejuicio con zombies me hace entender que éstas son las nuevas estrategias para acercar a los más chicos a los textos del pasado, tal como mi sobrina de 13 años me lo acaba de notificar. Nada está bien, nada está mal, todo simplemente ES. Los humanos nos contamos una y otra vez, nos versionamos y reversionamos en nuestros relatos pero también en nuestra propia existencia. No podemos evitarlo, y ese, creo yo, es el gran juego de la vida.
Vivimos inmersos en los contextos. Todo, como lo decía mi maestra de universidad, debemos leerlo y entenderlo en los contextos. Los contextos son cambiantes, no estáticos, tanto como no lo son nuestras vidas. Sin ser una gran escritora hoy pude volver a desahogarme tal como mis referentes lo hicieron y antes de ellos sus propios referentes. Ojalá el día de mañana pueda ponerle humor a tanta angustia. Ojalá.
miércoles, 10 de enero de 2018
Toto
Querido y muy amado Toto:
Hoy diste el último suspiro de tu vida (larga, por cierto), y yo no puedo más que sentirme absolutamente privilegiada por el hecho de que por 16 hermosos años me permitiste estar contigo.
A veces uno es un poco egoísta al creer que son los animales los que nos hacen compañía, y hoy, justo hoy, mientras te tenía conmigo sintiendo los últimos latidos de tu corazoncito, pensé que en realidad son los animalitos los que eligen a sus acompañantes. Y tú elegiste llegar a mi casa, con mi familia, para hacerme la persona más feliz de este planeta.
Siempre fuiste más obediente, con tu pelito suavecito suavecito, con cara de travieso y patas grandes y gorditas. Siempre fuiste mi mejor compañerito, y de alguna manera sé que fuiste capaz de comprender cuando me fui de casa y te dejé ahí, en el que siempre, hasta hoy, fue tu hogar. Siempre fuiste un perro feliz.
Ay Toto, yo sabía que algún día nos íbamos a despedir pero no creí que fuera así, tan rápido todo. Yo esperaba que a diferencia de tu papá contigo hubiéramos aprendido lo que era una muerte natural pero las circunstancias no se dieron así; lo único que agradezco es que tuve la posibilidad de tomar tu cabecita y sostenerla mientras tu alma dejaba de ser parte de este mundo. Afortunadamente para mí, este sábado pude darme el regalo de dormir por última vez junto a ti, como lo hicimos incontables noches en el cuarto de la azotea.
Mi monín, mi chiquitín, mi eterno bebé. Mi amigo. Cómo duele despedirse de un amigo que secó tus lágrimas con besitos y nunca, jamás, te defraudó en lo más mínimo. Me gusta pensarte corriendo en el pasto, subiendo las escaleras de caracol hacia mi cuarto, abriendo las puertas fácilmente con tus patitas y brincando como chapulín cuando tocaba la señora que vendía las tortillas y siempre te daba, cuando menos, una de regalo. Me gusta imaginarte tomando tus deliciosos bañitos de sol, durmiendo con la panza hacia arriba, subiéndote a las camas y comiendo todo lo que encontrabas a tu paso, desde verduras, migajas, comida real o hasta piedras.
Querido y muy, muy amado Toto, hoy diste el último suspiro de tu vida y deseo de todo corazón haberte dado la existencia que merecías, que te hayas ido sabiendo que viviste rodeado de amor y que tu paso por este mundo fue lo mejor que pudo haberme pasado. Sé que te volveré a ver, cuando me toque cruzar al otro lado. Te amo, mi perrito hermoso.
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| Pochaco y Amy te recibieron ese primer día en casa. Estoy segura que hoy también lo hicieron en el cielo de los perritos |
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| Algunas de nuestras primeras selfies juntos |
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| Con mamá |
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| Con papá |
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| Cuando te operaron y fuiste una lamparita Pixar |
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| Estrenaste chalequito y te veías tan guapo |
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| Y te gustaba sentir el calorcito de la chimenea... |
| El día que llegó Cabita a la casa. |
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| ¡Hasta hicimos yoga juntos! |
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| ¿Sabes, Toto? Dani también estuvo contigo, así, como en esta foto, dándote todo su amor hasta el final. |
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| ... y yo también |
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Flores naranjas para mi
Escribo un 1 de noviembre porque hoy es día de muertos, porque hoy se ofrendan flores y alimento a aquellos seres que ya no están con nosotros, porque toda esta temporada en sí siempre vibra y se pinta de un hermoso color naranja (mandarinas, flores, hojas secas), y pues, porque es en estos días en los que mi aprendizaje de vida me está marcando un antes y un después. Porque lo único constante es el cambio, dicen los que saben.
Esta vez no pretendo contar muchos detalles, me parece que no son tan necesarios. Creo que hay términos clave que transmiten mejor lo que pueda yo adornar con descripciones inútiles: crisis económica, Veracruz, gobierno, desilusión. Desafortunadamente no son cosas ajenas a la mayoría, así que la empatía con mi situación es inmediata, colectiva y latente.
A eso se le puede agregar un cambio de estatus en todo este año (de soltera a pecadora a señora casada), lo cuál me ha repercutido en un nuevo modo de administración familiar (les juro que no es lo mismo las finanzas personales a las de pareja); vivencias que difícilmente me había tocado experimentar como ver a tus padres (al mismo tiempo) malitos de su salud y de sus ánimos; dudas permanentes sobre si lo que elegí como forma de vida es lo correcto, si me va a llevar a algún lugar algún día, si lo hago bien, si vale la pena hacerlo confiando en que pronto será redituable; y por el otro lado, generar un poco de ingreso haciendo cosas que no emocionan pero sí pagan, aunado a una pyme que si bien va creciendo, exige mucha atención, cuidado y por supuesto, ingreso.
No es que todo sea malo, pero muchas cosas han resultado decepcionantes. Y a veces uno se siente tan abrumado que decide no gastar ni la poca gasolina que le queda al carro como para salir corriendo a buscar abrazos emotivos. A veces uno, y más un bicho raro como yo, se siente tan abrumado que su único deseo es meterse a su cama y aislarse del mundo, porque con el biorritmo tan abajo las personas no suelen ser buenas conversadoras, cuantimenos buenas compañías. Por eso el silencio, a veces, aparece como la única opción posible, que no por eso más saludable.
Por eso en momentos así se agradecen los saludos espontáneos y los mensajes casuales, las palabras bonitas y los oídos sin juicio. Saberse querido y recordado da mucha alegría cuando las cosas parecen no ir tan bien. Y no se dejen engañar, porque aunque la vida en pareja, a pesar de las crisis, resulta ser muy alegre y gratificante, no sólo de amor vive el hombre.
Hoy, como hace un año, y otro más, no puse mi altar de muertos, me pareció imprudente hacerlo mientras mi complicación más inmediata es encontrar cajas de todo tipo para realizar una nueva mudanza, pero no por eso dejo de pensar en los seres que pudieron ocupar un espacio en él, gente en extremo amada (el dolor de su pérdida también fue algo nuevo, o increíble de este año) a quien ofrendarle luz, comida y flores. Pienso en las flores tupidas y naranjas en el altar que pudo ser y aunque suene dramático creo que ahí también encajo yo. Bien podría haber puesto una foto mía, y no por que me deseé la muerte, sino porque metafóricamente, simbólicamente, en esta etapa de mi vida han muerto muchas de las creencias que eran parte de mí y que hoy simplemente ya no están. La yo que había sido ya no está más, pero eso no es motivo de llanto o tristeza, todo lo contrario.
La festividad de muertos en nuestro país es extraña porque nos invita a convertir la tristeza en celebración, la sombra en luz de velas, la ausencia en ofrendas que nuestros muertos comerán. Entonces no veo por qué no enmarcarme en esta dualidad: flores naranjas para mis creencias muertas, con la esperanza, la emoción, la ilusión y la fe de que lo que me espera sea siempre mejor. Flores naranjas como símbolo de renacimiento, de un ritual que recuerda al ciclo terminado pero alienta al ciclo que está por comenzar.
Sí, hoy (y lo digo sinceramente, hoy más que ayer o que antier), empecé a ver con otros ojos mi situación sin que la aprehensión me venza. Hoy le doy sentido a la yoga, y a las lecturas, y a los ángeles, y a todas esas acciones que uno hace esperando por claridad y luz. Hoy empiezo a verlas. Hoy le doy sentido al presente, comienzo a creer en el cliché de que vivir es una gran aventura y fluyo (o eso intento) con menos reservas que ayer. Hasta mi cuerpo lo manifiesta. Así que como vibro en el naranja y es el chakra de la relación con los demás, aprovecho estas líneas para ofrecer una disculpa a la gente con la que he quedado mal: por las reuniones a las que no he ido, por las cancelaciones de último minuto, por mensajes mal contestados o todas esas cosas que uno descuida por vivir en su silenciosa cueva. Perdón si no soy yo la que he llamado o preguntado un simple "¿cómo estás?". Perdón si mis actitudes han parecido poco amables. Perdón si en este trance algunas amistades se han quedado atrás, sin explicaciones ni razones concretas.
Esta ofrenda de flores naranjas son para mí pero también para todos aquellos que están en un proceso parecido (o no) pero que de igual forma represente su propio infierno particular. Flores para los que están y no, flores para los que somos y ya no, flores para los que llegan y flores para las nuevas versiones de nosotros mismos. Que las flores y los aires de otoño terminen de sanarnos por completo.
Esta vez no pretendo contar muchos detalles, me parece que no son tan necesarios. Creo que hay términos clave que transmiten mejor lo que pueda yo adornar con descripciones inútiles: crisis económica, Veracruz, gobierno, desilusión. Desafortunadamente no son cosas ajenas a la mayoría, así que la empatía con mi situación es inmediata, colectiva y latente.
A eso se le puede agregar un cambio de estatus en todo este año (de soltera a pecadora a señora casada), lo cuál me ha repercutido en un nuevo modo de administración familiar (les juro que no es lo mismo las finanzas personales a las de pareja); vivencias que difícilmente me había tocado experimentar como ver a tus padres (al mismo tiempo) malitos de su salud y de sus ánimos; dudas permanentes sobre si lo que elegí como forma de vida es lo correcto, si me va a llevar a algún lugar algún día, si lo hago bien, si vale la pena hacerlo confiando en que pronto será redituable; y por el otro lado, generar un poco de ingreso haciendo cosas que no emocionan pero sí pagan, aunado a una pyme que si bien va creciendo, exige mucha atención, cuidado y por supuesto, ingreso.
No es que todo sea malo, pero muchas cosas han resultado decepcionantes. Y a veces uno se siente tan abrumado que decide no gastar ni la poca gasolina que le queda al carro como para salir corriendo a buscar abrazos emotivos. A veces uno, y más un bicho raro como yo, se siente tan abrumado que su único deseo es meterse a su cama y aislarse del mundo, porque con el biorritmo tan abajo las personas no suelen ser buenas conversadoras, cuantimenos buenas compañías. Por eso el silencio, a veces, aparece como la única opción posible, que no por eso más saludable.
Por eso en momentos así se agradecen los saludos espontáneos y los mensajes casuales, las palabras bonitas y los oídos sin juicio. Saberse querido y recordado da mucha alegría cuando las cosas parecen no ir tan bien. Y no se dejen engañar, porque aunque la vida en pareja, a pesar de las crisis, resulta ser muy alegre y gratificante, no sólo de amor vive el hombre.
Hoy, como hace un año, y otro más, no puse mi altar de muertos, me pareció imprudente hacerlo mientras mi complicación más inmediata es encontrar cajas de todo tipo para realizar una nueva mudanza, pero no por eso dejo de pensar en los seres que pudieron ocupar un espacio en él, gente en extremo amada (el dolor de su pérdida también fue algo nuevo, o increíble de este año) a quien ofrendarle luz, comida y flores. Pienso en las flores tupidas y naranjas en el altar que pudo ser y aunque suene dramático creo que ahí también encajo yo. Bien podría haber puesto una foto mía, y no por que me deseé la muerte, sino porque metafóricamente, simbólicamente, en esta etapa de mi vida han muerto muchas de las creencias que eran parte de mí y que hoy simplemente ya no están. La yo que había sido ya no está más, pero eso no es motivo de llanto o tristeza, todo lo contrario.
La festividad de muertos en nuestro país es extraña porque nos invita a convertir la tristeza en celebración, la sombra en luz de velas, la ausencia en ofrendas que nuestros muertos comerán. Entonces no veo por qué no enmarcarme en esta dualidad: flores naranjas para mis creencias muertas, con la esperanza, la emoción, la ilusión y la fe de que lo que me espera sea siempre mejor. Flores naranjas como símbolo de renacimiento, de un ritual que recuerda al ciclo terminado pero alienta al ciclo que está por comenzar.
Sí, hoy (y lo digo sinceramente, hoy más que ayer o que antier), empecé a ver con otros ojos mi situación sin que la aprehensión me venza. Hoy le doy sentido a la yoga, y a las lecturas, y a los ángeles, y a todas esas acciones que uno hace esperando por claridad y luz. Hoy empiezo a verlas. Hoy le doy sentido al presente, comienzo a creer en el cliché de que vivir es una gran aventura y fluyo (o eso intento) con menos reservas que ayer. Hasta mi cuerpo lo manifiesta. Así que como vibro en el naranja y es el chakra de la relación con los demás, aprovecho estas líneas para ofrecer una disculpa a la gente con la que he quedado mal: por las reuniones a las que no he ido, por las cancelaciones de último minuto, por mensajes mal contestados o todas esas cosas que uno descuida por vivir en su silenciosa cueva. Perdón si no soy yo la que he llamado o preguntado un simple "¿cómo estás?". Perdón si mis actitudes han parecido poco amables. Perdón si en este trance algunas amistades se han quedado atrás, sin explicaciones ni razones concretas.
Esta ofrenda de flores naranjas son para mí pero también para todos aquellos que están en un proceso parecido (o no) pero que de igual forma represente su propio infierno particular. Flores para los que están y no, flores para los que somos y ya no, flores para los que llegan y flores para las nuevas versiones de nosotros mismos. Que las flores y los aires de otoño terminen de sanarnos por completo.
viernes, 3 de marzo de 2017
Documentar la vida cotidiana I: Nuevos ciclos, viejas costumbres
Hay cosas que uno aprende desde bien pequeñito y que, aunque deje de hacerlas, nunca se olvidan. El ejemplo clásico es eso de andar en bicicleta, pero me temo que yo no puedo aplicarlo mucho porque a) odio andar en bicicleta, b) ya no tengo bicicleta y c) mi rodilla cucha desfallece cuando oso andar en bicicleta. Así que interpongamos ese feo y añejo ejemplo por el hábito de escribir, cosa que me gusta mucho más.
Cuando era una niñita de educación básica aprendí a escribir: la maestra me enseñó cómo debía trazar una a, una u, la diferencia entre v y b, cómo escribir mamá o papá o pepepecaspicapapasconunpico (cuando tuve más pericia, por supuesto), pero en realidad creo que fue hasta los 10 u 11 años cuando realmente aprendí a ESCRIBIR. Antes había empezado a llevar un insulso diario, en el cuál documentaba cosas de niñita como cuántas veces me había peleado con mi hermana, con quién había platicado en el salón de clases o posiblemente alguna injuria a la maestra en turno por encargar tanta tarea. Sin embargo fue un 7 de marzo de 1990, hace ya 27 años, cuando el camión de la mudanza llevó de una ciudad a otra una nueva inquietud, un nuevo sentido de percibir la realidad que estaba aprendiendo a conocer pero que reconocí sin mucho esfuerzo.
Fue así, por esa gana de platicarle a mis amigas lejanas cómo iban transcurriendo mis días apartada de todo lo que entonces me era familiar, que comencé el hermoso hábito de escribir cartas. Y esta necesidad de expresión, de comunicación, me fue enseñando a prestar atención a los pequeños detalles, a ser más observadora, a encontrar la diferencia en cada día que iba transcurriendo. Para entonces nos habíamos ido a una casa más grande y la oficina postal nos quedaba tan pero tan pero tan lejos (según mi infantil imaginario) que las experiencias narradas dejaron de ser compartidas para convertirse en un ritual íntimo, en un desahogo de mí para mí.
Desde entonces mis inquietudes, mi ocio y por qué no, la vida misma, me han puesto enfrente autores, textos y referencias cuya influencia ha hecho que pula este viejo hábito y no sólo eso, ha logrado que tenga el valor de compartir con la gente tantas y tantas tonterías que simplemente fluyen de mis dedos, así, inexplicablemente, como si mis manos y el teclado de la computadora tuvieran una extraña y misteriosa fuerza que los uniera por minutos, o cuando la inspiración es generosa, por horas enteras.
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El ser humano es tan complejo que en 21 días puede fijarse un hábito y destruir al mismo en menos tiempo que eso. Y si no destruirlo sí lo deposita en un baúl que arrumba en lo más tétrico y oscuro de sus pensamientos y emociones, en ese ático donde el piso cruje y las telarañas se asoman en cada esquina, y los murciélagos vuelan de una ventana a otra. Justo ahí, en ese rincón, quedó guardada y resguardada mi bonita habilidad de escribir, de escribir y describir mi presente, mi realidad, mi historia. En un acto (ahora lo entiendo) un tanto brutal, tuve que mandarla a un lugar horrible aunque seguro para ser reemplazada por otras formas de expresión y comunicación, un tanto más serias, un tanto más complicadas. Y así como mis miedos y mis más arraigadas creencias, la curiosidad de escribir, la capacidad de asombrarme y mofarme de mi vida cotidiana, fue tomando otras formas más gráficas, más concretas, que limitaban mi experiencia a una imagen o a 140 caracteres (lo cuál representaba todo un reto para quien no entiende mucho de límites), y así pasé del blog al Facebook, del Facebook al Twitter, del Twitter al Instagram, y del Instagram al baúl refundido y siniestro. Han pasado los años y me ha resultado difícil (por no decir más) traer esas capacidades a una realidad que también me ha traído mudanzas, nuevas compañías, nuevas formas de apasionarme y ganarme la vida y, claro, una oleada de múltiples complicaciones de esas del tipo adulto.
La pregunta sería: ¿por qué si la experiencia del movimiento me trajo esta hermosa habilidad, hoy un evento similar no la trae otra vez a la luz? La respuesta es este mismo texto.
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Los hábitos, sobre todo los nuevos, a veces parecen tan locos como que ahora mis desayunos (la mayoría de ellos) saben a brócoli. Mi niña interior estará muy decepcionada por semejante atropello, pero no puedo ir contra esas mañanas en las que amanezco con antojo de arbolito, y cada vez son más frecuentes. Dicen que es el llamado de tu organismo que te pide, te exige algún determinado nutriente, o como cuando comienzas a hacer ejercicio, dejas de hacerlo pero tu cuerpo se acostumbra. Así, justo así, hoy amanecí con antojo de los textos de Germán Dehesa, cosa que no me ocurría desde hace muchíiiiiisimo tiempo. Ese hábito que tuve y mantuve de leer religiosamente sus columnas terminó con su sorpresiva muerte y hoy, frente a la realidad tan triste, de tanta incertidumbre, de tanta decepción, mis ojos y mi espíritu tuvieron ganas de esos textos que con un suculento humor negro podía lo mismo criticar a políticos y gobiernos que narrar las historias de sus hijos, de sus amigos, de sus mujeres, de sus mascotas, de sus días tan llenos de todo porque él los dotaba de ese todo, lleno de sabor y estilo propio. Tan necesitaba estuve, que desde las 6 am leí algunas de las columnas que de manera póstuma compiló el grupo Reforma, y después abrí el único libro que tengo de él, que empieza con una frase (con la que yo termino este post), que definitivamente resulta llena de significado, porque esto es lo que tengo que recordarme siempre a mí misma:
"Escribo para no quedarme solo, solito y mi alma con mis recuerdos. Por eso, para eso, llevo ya tantos años viviendo acontecimientos, empleando palabras para volverlos anécdotas, historias, pequeñas estampas de lo humano. No siempre lo logro, no siempre fracaso. El tiempo y tú, lectora lector querido, se encargan de discernir entre lo memorable y lo olvidable, entre lo leve y lo pesado."
Ustedes, no yo, lo decidirán... Comienza entonces esta serie, multimedia, catártica, necesaria para la realidad pero más para mí realidad, que intentará documentar la tan gozosa, tormentosa y disfrutable #vidacotidiana.
Cuando era una niñita de educación básica aprendí a escribir: la maestra me enseñó cómo debía trazar una a, una u, la diferencia entre v y b, cómo escribir mamá o papá o pepepecaspicapapasconunpico (cuando tuve más pericia, por supuesto), pero en realidad creo que fue hasta los 10 u 11 años cuando realmente aprendí a ESCRIBIR. Antes había empezado a llevar un insulso diario, en el cuál documentaba cosas de niñita como cuántas veces me había peleado con mi hermana, con quién había platicado en el salón de clases o posiblemente alguna injuria a la maestra en turno por encargar tanta tarea. Sin embargo fue un 7 de marzo de 1990, hace ya 27 años, cuando el camión de la mudanza llevó de una ciudad a otra una nueva inquietud, un nuevo sentido de percibir la realidad que estaba aprendiendo a conocer pero que reconocí sin mucho esfuerzo.
Fue así, por esa gana de platicarle a mis amigas lejanas cómo iban transcurriendo mis días apartada de todo lo que entonces me era familiar, que comencé el hermoso hábito de escribir cartas. Y esta necesidad de expresión, de comunicación, me fue enseñando a prestar atención a los pequeños detalles, a ser más observadora, a encontrar la diferencia en cada día que iba transcurriendo. Para entonces nos habíamos ido a una casa más grande y la oficina postal nos quedaba tan pero tan pero tan lejos (según mi infantil imaginario) que las experiencias narradas dejaron de ser compartidas para convertirse en un ritual íntimo, en un desahogo de mí para mí.
Desde entonces mis inquietudes, mi ocio y por qué no, la vida misma, me han puesto enfrente autores, textos y referencias cuya influencia ha hecho que pula este viejo hábito y no sólo eso, ha logrado que tenga el valor de compartir con la gente tantas y tantas tonterías que simplemente fluyen de mis dedos, así, inexplicablemente, como si mis manos y el teclado de la computadora tuvieran una extraña y misteriosa fuerza que los uniera por minutos, o cuando la inspiración es generosa, por horas enteras.
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El ser humano es tan complejo que en 21 días puede fijarse un hábito y destruir al mismo en menos tiempo que eso. Y si no destruirlo sí lo deposita en un baúl que arrumba en lo más tétrico y oscuro de sus pensamientos y emociones, en ese ático donde el piso cruje y las telarañas se asoman en cada esquina, y los murciélagos vuelan de una ventana a otra. Justo ahí, en ese rincón, quedó guardada y resguardada mi bonita habilidad de escribir, de escribir y describir mi presente, mi realidad, mi historia. En un acto (ahora lo entiendo) un tanto brutal, tuve que mandarla a un lugar horrible aunque seguro para ser reemplazada por otras formas de expresión y comunicación, un tanto más serias, un tanto más complicadas. Y así como mis miedos y mis más arraigadas creencias, la curiosidad de escribir, la capacidad de asombrarme y mofarme de mi vida cotidiana, fue tomando otras formas más gráficas, más concretas, que limitaban mi experiencia a una imagen o a 140 caracteres (lo cuál representaba todo un reto para quien no entiende mucho de límites), y así pasé del blog al Facebook, del Facebook al Twitter, del Twitter al Instagram, y del Instagram al baúl refundido y siniestro. Han pasado los años y me ha resultado difícil (por no decir más) traer esas capacidades a una realidad que también me ha traído mudanzas, nuevas compañías, nuevas formas de apasionarme y ganarme la vida y, claro, una oleada de múltiples complicaciones de esas del tipo adulto.
La pregunta sería: ¿por qué si la experiencia del movimiento me trajo esta hermosa habilidad, hoy un evento similar no la trae otra vez a la luz? La respuesta es este mismo texto.
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Los hábitos, sobre todo los nuevos, a veces parecen tan locos como que ahora mis desayunos (la mayoría de ellos) saben a brócoli. Mi niña interior estará muy decepcionada por semejante atropello, pero no puedo ir contra esas mañanas en las que amanezco con antojo de arbolito, y cada vez son más frecuentes. Dicen que es el llamado de tu organismo que te pide, te exige algún determinado nutriente, o como cuando comienzas a hacer ejercicio, dejas de hacerlo pero tu cuerpo se acostumbra. Así, justo así, hoy amanecí con antojo de los textos de Germán Dehesa, cosa que no me ocurría desde hace muchíiiiiisimo tiempo. Ese hábito que tuve y mantuve de leer religiosamente sus columnas terminó con su sorpresiva muerte y hoy, frente a la realidad tan triste, de tanta incertidumbre, de tanta decepción, mis ojos y mi espíritu tuvieron ganas de esos textos que con un suculento humor negro podía lo mismo criticar a políticos y gobiernos que narrar las historias de sus hijos, de sus amigos, de sus mujeres, de sus mascotas, de sus días tan llenos de todo porque él los dotaba de ese todo, lleno de sabor y estilo propio. Tan necesitaba estuve, que desde las 6 am leí algunas de las columnas que de manera póstuma compiló el grupo Reforma, y después abrí el único libro que tengo de él, que empieza con una frase (con la que yo termino este post), que definitivamente resulta llena de significado, porque esto es lo que tengo que recordarme siempre a mí misma:
"Escribo para no quedarme solo, solito y mi alma con mis recuerdos. Por eso, para eso, llevo ya tantos años viviendo acontecimientos, empleando palabras para volverlos anécdotas, historias, pequeñas estampas de lo humano. No siempre lo logro, no siempre fracaso. El tiempo y tú, lectora lector querido, se encargan de discernir entre lo memorable y lo olvidable, entre lo leve y lo pesado."
Ustedes, no yo, lo decidirán... Comienza entonces esta serie, multimedia, catártica, necesaria para la realidad pero más para mí realidad, que intentará documentar la tan gozosa, tormentosa y disfrutable #vidacotidiana.
miércoles, 8 de febrero de 2017
A lo mejor...
A lo mejor las pasiones no son las más indicadas para seguirse todo el tiempo, así, con tal intensidad.
A lo mejor es conveniente tomarse el mundo menos enserio y reírse un poco más de lo propio y quizá, por qué no, de lo ajeno.
A lo mejor las causas que uno abraza no ameritan tan abrazo, o no quieren ni desean ser abrazadas.
A lo mejor la vida está en otra parte, y no nos hemos dado cuenta de ello.
A lo mejor... a lo mejor... basta solo con soltar y reír, reír y soltar.
A lo mejor.
A lo mejor.
A lo mejor es conveniente tomarse el mundo menos enserio y reírse un poco más de lo propio y quizá, por qué no, de lo ajeno.
A lo mejor las causas que uno abraza no ameritan tan abrazo, o no quieren ni desean ser abrazadas.
A lo mejor la vida está en otra parte, y no nos hemos dado cuenta de ello.
A lo mejor... a lo mejor... basta solo con soltar y reír, reír y soltar.
A lo mejor.
A lo mejor.
jueves, 29 de diciembre de 2016
2016
Este año se va, se va, se va y está a punto de salirse del estadio para dar paso a un esperanzador 2017. Para muchos el recuento de los daños resultará sumamente desconsolador, para otros, quizá los menos, tendrá sus pequeñas pero significativas chispas de felicidad.
Para mí en lo personal fue un año tremendamente extraño, por mucho, con más cambios y volteretas emocionales de lo que nunca había vivido, o al menos no últimamente.
En 2016 me permitió experimentar darle forma a mi pequeño emprendimiento llamado Abrazos Verdes. He ido aprendiendo el arte del vender, de platicar, de acudir a los bazares y mercaditos a donde la gente se reúne para encontrar productos como los que decidí poner a la disposición de la gente, y así compartir con muchas personas mis propios gustos e intereses. Pero también me trajo baches, bajones, frustración, corajes, y angustias al respecto. Nadie dijo que fuera fácil, y no fueron pocas las veces que he querido salir corriendo para volverme cajera de algún OXXO y dejar a un lado este sueño que, aunque chiquito, he ido construyendo.
También ha sido el año en el que me animé a grabar podcast y a darle un mayor impulso a la Ratona de TV porque, tenía la esperanza, algún día llegaría a los oídos correctos que me ayudaran a brincarle a algo más. Pasaron muchos meses y aunque no fue del todo así, tuve la fortuna de darme cuenta que mis contenidos llegaron a algún lugar, fueron de utilidad, y sobre todo, que mi trabajo es poco a poco reconocido al respecto (algo nada despreciable). Me tomé con mayor seriedad mi concepto -aunque sigo sin creerme eso de "analista" o "crítica de"-, sin embargo traté de ser más constante con mis publicaciones, con la página, con las redes sociales, e incluso me llené de valor para empezar a diseñar mi propio ebook, algo que no sé qué rumbo tomará pero a lo que le traigo muchas ganas. También fui invitada por primera vez a un evento para hablar sobre mi tema enfrente de muchas personas y, contra todos mis pronósticos, fui capaz de armar dos cursos "en infínitum" para dar clases express en distintas escuelas. Créanme, eso para mi representó un reto de proporciones épicas. Y como cereza del pastel, pude ver mi nombre por primera vez en mi vida en un libro sobre uno de los temas que más me apasionan, después de una cita que yo escribí con mis propias manitas. Eso no es felicidad menor, se los aseguro. De pronto imagino que todo lo que he sembrado durante tanto tiempo por fin está dando la cosecha deseada, que no es más que el que el conocimiento que he ido adquiriendo sea de utilidad para los demás.
Pero, en cambio, aunque en 2016 fui capaz de generar mucho contenido de otra índole, también fue uno de los años en los que menos escribí. Y para ser sincera, lo extraño mucho. También fue un año muy frustrante porque algo a lo que le tenía tantas ganas, como el regresar a un congreso padrísimo que ocurre cada dos años y que para mi buena suerte este año sería en México y ya tenía mi ponencia aceptada, nomás no pudo ser por cuestiones financieras. Una crisis económica personal y el aumento del precio del dólar fueron pretextos mucho más poderosos que mi propia emoción. Y es que perseguir los sueños así, como lo he venido haciendo, no deja mucho margen de ahorro. Por no decir que en realidad no reditúa para nada.
Y bueno, en lo emocional hay cosas tan intensas que he preferido guardármelas para mis propias memorias personales que extrañamente no comparto con nadie. Parecerá tonto pero así es. Por alguna razón imaginé que la llegada de mi prometido (estatus que fue adquirido el 31 de diciembre de 2015), después de dos años de un noviazgo de Facetime, sería uno de los eventos más documentados de la temporada en todas mis redes sociales, pero no ha sido así. He descubierto (aunque esto no es nada nuevo) que las cosas que más emoción me causan tiendo a guardármelas para mis adentros. Quizá porque dentro de toda la alegría que ha representado tenerlo junto a mi físicamente después de tanto que lo añoré también hay de fondo un cambio de paradigma de todo lo que hasta entonces había conocido, y de pronto me vi compartiendo cama, cocina, auto y demás espacios que ni aún viviendo con mis padres tenía a bien hacer. Recordemos que soy un bicho raro que gusta de la vida en solitario y que a sus 37 años nunca había experimentado la vida en pareja. Acostumbrarme a esto ha sido mágico y ha tenido sus risas y alegrías, pero, siendo sincera, no por eso ha resultado para mi. Posiblemente no me resulte atractivo escribir para desahogarme para luego darme cuenta que todo pasa y todas las cosas tienen solución y pues chin, lo dejé por escrito.
La idea de una boda ha estado presente pero también ha tenido sus momentos. Para como está la situación financiera, nadie sabe si realmente ocurrirá como tal en 2017 o no. Así que tampoco he querido documentar esto porque nada es seguro y pues, ni modo de ilusionar al amable y respetable público lector con sucesos que Dios sabe si pasarán.
Este 2016 pude reforzar algunos lazos con gente que quiero mucho, pero también he tenido que aprender a no juzgar, a comprender cuando algunos ciclos se cierran, y a dejar ir a personas que por alguna razón ya no quieren ser parte de mi momento. He entendido que cuando siento que no puedo hacer nada por los demás siempre puedo ofrecerles un oído, y así, sin decir nada, ayudo mucho. Muchas personas prefieren o necesitan más ser escuchadas que escuchar, así que quizá por eso he sido más selectiva con aquellos con quienes comparto mis experiencias personales, que acaso se quedan en los propios oídos de Tokotina bebé, otra víctima del caos y de la revolución emocional de este año. Pero también vencí miedos y superé retos, y el día de mi cumpleaños logré pararme de cabeza en mi clase de yoga. Fui una triunfadora.
Y si, debo decir que los últimos días de este año se me van un tanto harta, un tanto asqueada de todo lo que ocurre afuera de mi propia burbujita. Tantas causas por las cuales indignarse, tanta crisis, tanta maldad, tantas muertes, y tan poca voluntad para que nuestras energías y actitud al respecto sean distintas para entonces sí hacer la diferencia. Creo que el enojo constante y colectivo no nos lleva ni nos llevará a ningún lado, pero esas somos mis creencias y yo.
Así, con este tonto recuento que tal vez únicamente me interesa a mi, quisiera agradecer a toda la gente que este año confió en mi, que me ofreció trabajo, oído, ayuda. Agradecer a quienes compartieron alegrías y me abrazaron en lo difícil. Agradecer a aquellos que, sin saberlo, hicieron algo grande en mi vida.
A los seguidores de Abrazos Verdes, a los de Ratona de TV, a mis amigos y familia. A quienes están y quienes ya no. A Toto, a Caba y a Tokotina. Y a Alex, por estar, por llevarme a límites a los que mi zona de confort se hubiera negado a ir, por hacerme perder miedos y enfrentarme a ellos, por rodearme de una forma de amor nueva y hasta ahora desconocida para mi.
Quisiera decirles que 2017 será una mejor temporada, llena de amor, de buenas vibras, de bendiciones, de oportunidades para encontrar oro en medio de tanto derrumbe, pero posiblemente pecaré de optimista porque el petróleo y Trump y todo lo demás. Así que me concretaré en desearles todo lo mejor, que cada quien haga su lista/ritual/propósitos/metas para tener todo lo que desean, que en estos días haya más reflexión y menos dolor. Que cada quien busque y encuentre su felicidad de la manera en la que más les apasione. Que sea mayor lo bueno que lo malo, hoy y siempre.
Abrazos Verdes y de todos colores y borreguitos de la abundancia para todos.
Para mí en lo personal fue un año tremendamente extraño, por mucho, con más cambios y volteretas emocionales de lo que nunca había vivido, o al menos no últimamente.
En 2016 me permitió experimentar darle forma a mi pequeño emprendimiento llamado Abrazos Verdes. He ido aprendiendo el arte del vender, de platicar, de acudir a los bazares y mercaditos a donde la gente se reúne para encontrar productos como los que decidí poner a la disposición de la gente, y así compartir con muchas personas mis propios gustos e intereses. Pero también me trajo baches, bajones, frustración, corajes, y angustias al respecto. Nadie dijo que fuera fácil, y no fueron pocas las veces que he querido salir corriendo para volverme cajera de algún OXXO y dejar a un lado este sueño que, aunque chiquito, he ido construyendo.
También ha sido el año en el que me animé a grabar podcast y a darle un mayor impulso a la Ratona de TV porque, tenía la esperanza, algún día llegaría a los oídos correctos que me ayudaran a brincarle a algo más. Pasaron muchos meses y aunque no fue del todo así, tuve la fortuna de darme cuenta que mis contenidos llegaron a algún lugar, fueron de utilidad, y sobre todo, que mi trabajo es poco a poco reconocido al respecto (algo nada despreciable). Me tomé con mayor seriedad mi concepto -aunque sigo sin creerme eso de "analista" o "crítica de"-, sin embargo traté de ser más constante con mis publicaciones, con la página, con las redes sociales, e incluso me llené de valor para empezar a diseñar mi propio ebook, algo que no sé qué rumbo tomará pero a lo que le traigo muchas ganas. También fui invitada por primera vez a un evento para hablar sobre mi tema enfrente de muchas personas y, contra todos mis pronósticos, fui capaz de armar dos cursos "en infínitum" para dar clases express en distintas escuelas. Créanme, eso para mi representó un reto de proporciones épicas. Y como cereza del pastel, pude ver mi nombre por primera vez en mi vida en un libro sobre uno de los temas que más me apasionan, después de una cita que yo escribí con mis propias manitas. Eso no es felicidad menor, se los aseguro. De pronto imagino que todo lo que he sembrado durante tanto tiempo por fin está dando la cosecha deseada, que no es más que el que el conocimiento que he ido adquiriendo sea de utilidad para los demás.
Y bueno, en lo emocional hay cosas tan intensas que he preferido guardármelas para mis propias memorias personales que extrañamente no comparto con nadie. Parecerá tonto pero así es. Por alguna razón imaginé que la llegada de mi prometido (estatus que fue adquirido el 31 de diciembre de 2015), después de dos años de un noviazgo de Facetime, sería uno de los eventos más documentados de la temporada en todas mis redes sociales, pero no ha sido así. He descubierto (aunque esto no es nada nuevo) que las cosas que más emoción me causan tiendo a guardármelas para mis adentros. Quizá porque dentro de toda la alegría que ha representado tenerlo junto a mi físicamente después de tanto que lo añoré también hay de fondo un cambio de paradigma de todo lo que hasta entonces había conocido, y de pronto me vi compartiendo cama, cocina, auto y demás espacios que ni aún viviendo con mis padres tenía a bien hacer. Recordemos que soy un bicho raro que gusta de la vida en solitario y que a sus 37 años nunca había experimentado la vida en pareja. Acostumbrarme a esto ha sido mágico y ha tenido sus risas y alegrías, pero, siendo sincera, no por eso ha resultado para mi. Posiblemente no me resulte atractivo escribir para desahogarme para luego darme cuenta que todo pasa y todas las cosas tienen solución y pues chin, lo dejé por escrito.
La idea de una boda ha estado presente pero también ha tenido sus momentos. Para como está la situación financiera, nadie sabe si realmente ocurrirá como tal en 2017 o no. Así que tampoco he querido documentar esto porque nada es seguro y pues, ni modo de ilusionar al amable y respetable público lector con sucesos que Dios sabe si pasarán.
Este 2016 pude reforzar algunos lazos con gente que quiero mucho, pero también he tenido que aprender a no juzgar, a comprender cuando algunos ciclos se cierran, y a dejar ir a personas que por alguna razón ya no quieren ser parte de mi momento. He entendido que cuando siento que no puedo hacer nada por los demás siempre puedo ofrecerles un oído, y así, sin decir nada, ayudo mucho. Muchas personas prefieren o necesitan más ser escuchadas que escuchar, así que quizá por eso he sido más selectiva con aquellos con quienes comparto mis experiencias personales, que acaso se quedan en los propios oídos de Tokotina bebé, otra víctima del caos y de la revolución emocional de este año. Pero también vencí miedos y superé retos, y el día de mi cumpleaños logré pararme de cabeza en mi clase de yoga. Fui una triunfadora.
Y si, debo decir que los últimos días de este año se me van un tanto harta, un tanto asqueada de todo lo que ocurre afuera de mi propia burbujita. Tantas causas por las cuales indignarse, tanta crisis, tanta maldad, tantas muertes, y tan poca voluntad para que nuestras energías y actitud al respecto sean distintas para entonces sí hacer la diferencia. Creo que el enojo constante y colectivo no nos lleva ni nos llevará a ningún lado, pero esas somos mis creencias y yo.
Así, con este tonto recuento que tal vez únicamente me interesa a mi, quisiera agradecer a toda la gente que este año confió en mi, que me ofreció trabajo, oído, ayuda. Agradecer a quienes compartieron alegrías y me abrazaron en lo difícil. Agradecer a aquellos que, sin saberlo, hicieron algo grande en mi vida.
A los seguidores de Abrazos Verdes, a los de Ratona de TV, a mis amigos y familia. A quienes están y quienes ya no. A Toto, a Caba y a Tokotina. Y a Alex, por estar, por llevarme a límites a los que mi zona de confort se hubiera negado a ir, por hacerme perder miedos y enfrentarme a ellos, por rodearme de una forma de amor nueva y hasta ahora desconocida para mi.
Quisiera decirles que 2017 será una mejor temporada, llena de amor, de buenas vibras, de bendiciones, de oportunidades para encontrar oro en medio de tanto derrumbe, pero posiblemente pecaré de optimista porque el petróleo y Trump y todo lo demás. Así que me concretaré en desearles todo lo mejor, que cada quien haga su lista/ritual/propósitos/metas para tener todo lo que desean, que en estos días haya más reflexión y menos dolor. Que cada quien busque y encuentre su felicidad de la manera en la que más les apasione. Que sea mayor lo bueno que lo malo, hoy y siempre.
Abrazos Verdes y de todos colores y borreguitos de la abundancia para todos.
lunes, 14 de noviembre de 2016
¡Hola Katy!
Si le queremos encontrar un nombre pirata pirata a la tan famosísima y admirada gatita blanca japonesa, que ni es gatita ni es japonesa (según Sanrio es una niña que vive en Londres, Inglaterra), yo propongo que sea Hola Katy. Es bonito, no traduce literal, tiene un no sé qué que le da cierto caché fayuquero... todo en uno. Sí, ¡Hola Katy!
Y es que como muchas (o casi todas) las personas que me rodean llegan a saber, quién sabe cómo o por qué, que soy ultra plus fan de mi adorada Hello Kitty. No sé, simplemente me encanta. Como somos de la misma generación, debo decir que fui una niña a la cuál le regalaron algunas cosas de la gatita en forma de bolsita para guardar cualquier chuchería o libretitas para anotar pensamientos profundísimos de la infancia. Después no pasó mucho hasta que en 1997 el internet llegó a mi vida y me dediqué a buscar por todo Altavista (el papá de Google) cualquier dibujito o página web que me llevara a Sanrio, y fue entonces como conocí al perrito Pochacco, a KeroKeroKeropi, a Batzmarú y Chococat y recordé a los viejos conocidos como MyMelody. Desde entonces esta fiesta no termina, como diría Proyecto Uno. La red, con todo su poder, volvió a poner en el mapa de muchas fans a toda esta bonita banda de amiguitos con artículos (oficiales y similares) que han hecho las delicias de muchas de nosotras, así que en cuanto tuve edad para ganar mi propio dinero tuve a bien empezar a comprar todo lo que mi cartera pudiera gastar en mochilas, playeras, y demás artículos varios que se cruzaran por mi camino. Basta decir que, por obvias razones, la gente comenzó a regarme más y más cosas y de pronto volamos hasta el año 2016 en donde con el poder de las redes sociales puedo constatar lo mucho que piensan en mí cada que Sanrio da nota, porque (en verdad), me etiquetan siempre al menos dos diferentes personas, ya sea porque hay un avión con la cara de la gatita, un restaurante, o una exposición especial.
La semana pasada tuve la fortuna de ir al Museo de Juguete de la Ciudad de México, con el pretexto de que todo este mes se celebrarían los 42 años de la Kitty presentando una exposición donde varias coleccionistas están compartiendo sus propios acervos. No todos son artículos viejos como yo esperaba, pero lo que vi simplemente me fascinó. ¡Y lo documenté!
Lo cierto es que mientras estaba ahí, con esa estúpida sonrisa que sólo puede poner alguien que disfruta en demasía tan tremenda experiencia, no pude evitar pensar el por qué a mis 37 años este icono que pasa como infantil me entusiasma tanto. Y es que así como mi extraordinario gusto por ver telenovelas, este fantatismo también me convierte en un interesante objeto de estudio (ojalá me gustaran así los estudios de recepción), sobre el por qué personas como yo, o como muchas otras en el mundo, sentimos esta especial fascinación.
Daniel Mato (2007) hace preguntas más profundas que yo, y por principio habla del juguete como un referente en la producción de sentido. y se refiere a ellos como una especie de consumo cultural. Para él, la industria del juguete es una industria cultural ya que produce productos que tienen aplicaciones funcionales y, al mismo tiempo, resultan significativos de manera sociosimbólicamente, es decir, no sólo cubren una necesidad sino que también producen sentido según valores específicos e interpretaciones del mundo.
Christine Yano (2013) va más allá. Con su libro Pink Globalization, Hello Kitty´s treak across the Pacific, se hace tantas preguntas y va explicando poco a poco y según su tremendo estudio hay determinados factores que desde la estética están creados para llamar la atención del público más allá de su natal Japón. Hasta donde voy de su libro (porque está en inglés y me toma mi tiempo leerlo), hay algo en esta cultura de lo cutecool que jala lo mismo a niños que a adultos, y según lo plantea el 9/11 trajo un boom entre las personas de más edad que encontramos en este tipo de imágenes, ya sean Kitty, Precious Moments o Rosita Fresita, una forma pasiva de escapar de la realidad que cada vez se pone más fea. Incluso también hay algo de subversión cuando afirma que el rosa es el nuevo negro (Pink is the New Black). Pero ya que llegue a ese apartado les contaré las afirmaciones de esta mujer, una destacada Doctora en Antropología que pertenece al colegio de Ciencias Sociales de la Universidad de Hawaii.
El caso es que seguramente las niñas internas de muchas o muchos de nosotros tienen algo que ver en esto. Niñas y niños que disfrutan el ver, el coleccionar, el atesorar, el tener productos utilitarios lo mismo con una gatita que con un Mickey Mouse o un Snoopy. Lo cierto es que hay algo tan particular en el disfrute de estas aficiones, en el valor que le damos a una mochila, un sartén, una wafflera o un par de chanclas con las figuras admiradas (y es que los dibujos no nos traicionan, aunque también tengan juegos de roles tales que son capaces de mostrarnos a una gatita candidata a presidente o a una ladronzuela terrible) y le dan continuidad a eso que quizá nos quedó pendiente en la tierna infancia. Cada quien tendrá sus propias razones.
En fin... Esto nada más era para introducir al bonito video que pude hacer en las instalaciones del MUJAM, un lugar padrísimo que, si están en la Ciudad de México, deben conocer. Tiene muchas colecciones y juguetes de hace muchas cuantas décadas que, como podrán ver en el video, están tremendamente increíbles.
Si les gusta, les da risa, o saben de alguna otra fan que quiera disfrutar enloquecidamente de esta exposición, compartan este bonito video que hice con mucho cariño y haaaaarto enloquecimiento juvenil. Le harán el día a más de tres, jejeje.
Y es que como muchas (o casi todas) las personas que me rodean llegan a saber, quién sabe cómo o por qué, que soy ultra plus fan de mi adorada Hello Kitty. No sé, simplemente me encanta. Como somos de la misma generación, debo decir que fui una niña a la cuál le regalaron algunas cosas de la gatita en forma de bolsita para guardar cualquier chuchería o libretitas para anotar pensamientos profundísimos de la infancia. Después no pasó mucho hasta que en 1997 el internet llegó a mi vida y me dediqué a buscar por todo Altavista (el papá de Google) cualquier dibujito o página web que me llevara a Sanrio, y fue entonces como conocí al perrito Pochacco, a KeroKeroKeropi, a Batzmarú y Chococat y recordé a los viejos conocidos como MyMelody. Desde entonces esta fiesta no termina, como diría Proyecto Uno. La red, con todo su poder, volvió a poner en el mapa de muchas fans a toda esta bonita banda de amiguitos con artículos (oficiales y similares) que han hecho las delicias de muchas de nosotras, así que en cuanto tuve edad para ganar mi propio dinero tuve a bien empezar a comprar todo lo que mi cartera pudiera gastar en mochilas, playeras, y demás artículos varios que se cruzaran por mi camino. Basta decir que, por obvias razones, la gente comenzó a regarme más y más cosas y de pronto volamos hasta el año 2016 en donde con el poder de las redes sociales puedo constatar lo mucho que piensan en mí cada que Sanrio da nota, porque (en verdad), me etiquetan siempre al menos dos diferentes personas, ya sea porque hay un avión con la cara de la gatita, un restaurante, o una exposición especial.
La semana pasada tuve la fortuna de ir al Museo de Juguete de la Ciudad de México, con el pretexto de que todo este mes se celebrarían los 42 años de la Kitty presentando una exposición donde varias coleccionistas están compartiendo sus propios acervos. No todos son artículos viejos como yo esperaba, pero lo que vi simplemente me fascinó. ¡Y lo documenté!
Lo cierto es que mientras estaba ahí, con esa estúpida sonrisa que sólo puede poner alguien que disfruta en demasía tan tremenda experiencia, no pude evitar pensar el por qué a mis 37 años este icono que pasa como infantil me entusiasma tanto. Y es que así como mi extraordinario gusto por ver telenovelas, este fantatismo también me convierte en un interesante objeto de estudio (ojalá me gustaran así los estudios de recepción), sobre el por qué personas como yo, o como muchas otras en el mundo, sentimos esta especial fascinación.
Daniel Mato (2007) hace preguntas más profundas que yo, y por principio habla del juguete como un referente en la producción de sentido. y se refiere a ellos como una especie de consumo cultural. Para él, la industria del juguete es una industria cultural ya que produce productos que tienen aplicaciones funcionales y, al mismo tiempo, resultan significativos de manera sociosimbólicamente, es decir, no sólo cubren una necesidad sino que también producen sentido según valores específicos e interpretaciones del mundo.
Christine Yano (2013) va más allá. Con su libro Pink Globalization, Hello Kitty´s treak across the Pacific, se hace tantas preguntas y va explicando poco a poco y según su tremendo estudio hay determinados factores que desde la estética están creados para llamar la atención del público más allá de su natal Japón. Hasta donde voy de su libro (porque está en inglés y me toma mi tiempo leerlo), hay algo en esta cultura de lo cutecool que jala lo mismo a niños que a adultos, y según lo plantea el 9/11 trajo un boom entre las personas de más edad que encontramos en este tipo de imágenes, ya sean Kitty, Precious Moments o Rosita Fresita, una forma pasiva de escapar de la realidad que cada vez se pone más fea. Incluso también hay algo de subversión cuando afirma que el rosa es el nuevo negro (Pink is the New Black). Pero ya que llegue a ese apartado les contaré las afirmaciones de esta mujer, una destacada Doctora en Antropología que pertenece al colegio de Ciencias Sociales de la Universidad de Hawaii.
El caso es que seguramente las niñas internas de muchas o muchos de nosotros tienen algo que ver en esto. Niñas y niños que disfrutan el ver, el coleccionar, el atesorar, el tener productos utilitarios lo mismo con una gatita que con un Mickey Mouse o un Snoopy. Lo cierto es que hay algo tan particular en el disfrute de estas aficiones, en el valor que le damos a una mochila, un sartén, una wafflera o un par de chanclas con las figuras admiradas (y es que los dibujos no nos traicionan, aunque también tengan juegos de roles tales que son capaces de mostrarnos a una gatita candidata a presidente o a una ladronzuela terrible) y le dan continuidad a eso que quizá nos quedó pendiente en la tierna infancia. Cada quien tendrá sus propias razones.
En fin... Esto nada más era para introducir al bonito video que pude hacer en las instalaciones del MUJAM, un lugar padrísimo que, si están en la Ciudad de México, deben conocer. Tiene muchas colecciones y juguetes de hace muchas cuantas décadas que, como podrán ver en el video, están tremendamente increíbles.
Si les gusta, les da risa, o saben de alguna otra fan que quiera disfrutar enloquecidamente de esta exposición, compartan este bonito video que hice con mucho cariño y haaaaarto enloquecimiento juvenil. Le harán el día a más de tres, jejeje.
domingo, 18 de septiembre de 2016
La vida sigue...
Y no, no lo digo por las muchas personas que a tantos días de la muerte de Juan Gabriel le siguen llorando cual plañidera derrumbada en féretro (bueno, la neta sí que sentí feíto pero tampoco fue para tanto). Lo digo porque después de mi agolpado y apasionado post anterior, que fue escrito con todo el sentimiento del que fui capaz, me doy cuenta que las aguas se calman, la vida sigue y lo hace con tantas emociones que hasta el sueño me quitan.
Esta semana ha sido particularmente reveladora. Parece que Diosito escuchó algunas de mis múltiples interrogantes y ante la duda de "¿quién soy o quién quiero ser yo?" me ha mandado muchas señales que no puedo ser capaz de ignorar. ¿Quién soy o quién quiero ser? Ni releyendo El mundo de Sofía habría podido descubrir la respuesta (que no es una, en realidad).
Como en juego de tetris imaginario, todo se ha empezado a acomodar en su lugar: Tokotina en su camita, la despensa en la mini cocina, los horarios, las pasiones y los espacios de trabajo. Después de estos días de ajuste, por fin parece que todo está empezando a encajar en esa palabrita que unos detestan pero que yo adoro: RUTINAS. Para personas como yo que gustan de la estructura y la planificación (aunque sea a corto plazo), las rutinas son el cielo mismo en vida. Por obvias razones mis rutinas personales perdieron todo rumbo, y por muchas más obvias razones las de mi amado roomie estaban peor, así que era no solo urgente sino necesario que empezáramos a darles forma juntos, sobre todo ahora que los dos estamos en plan de pequeñomicroemprendedores trabajando en casa.
Así que, felizmente, volvieron esas mañanas de yoga (ahora acompañada, que se siente francamente bonito) y agua calientita con limón en ayunas, y se han incorporado algunas nuevas respecto al ejercicio y el baño y los ratitos de vapor. Han vuelto esos fantásticos momentos en los que lleno la agenda con planes y pendientes y citas y sueños; hemos repartido las áreas de trabajo, y mientras uno está en la computadora la otra trabaja desde su laptop, en una mesita o desde la cama (lo cuál es mejor porque así la tele me queda en línea directa a los ojos), a las horas de costumbre (o sea, casi todo el día); hemos ido aprendiendo a ceder tiempos pero también a compartirlos cuando sea posible (cine, super, paseos con Tokotina). Y todo eso ha sido motivación para que mi creatividad, tan dormidita en estos días, haya despertado de su sueño cual princesa de cuento, llena de lagañas (un momento, ¿las princesas tienen lagañas?).
No voy a negar que en este camino hay eventos desafortunados que no han sido lo que una espera. Por ejemplo, esto de la salida de Televisa Networks de mi paquete básico de cable me tiene abatida hasta las lágrimas... ¡y en las semanas finales de El pecado de Oyuki! No hay que ser, están viendo que la costumbre es más fuerte que el amor y ahora de alguna manera debo recomponer mis sanos hábitos de consumir telenovelas de antaño, que están en franca agonía por un tremendo malentendido mercantil. Eso sin mencionar mi panza de globo aerostático en pleno vuelo debido a la resistente colitis nerviosa que me aqueja, y a la frustración que me dio confirmar que debido a la inflación (no la de mi panza) no podré acudir a un evento que con tanta ilusión esperé desde hace dos años.
Mis palmaditas en la espalda profesionales han llegado en otras formas: no hay congreso pero sí una plática sobre telenovelas en conocida universidad; no hubo clases sobre televisión pero sí las habrá de diseño en Power Point; no ha habido inspiración para hacer publicaciones pero sí para hacer podcast, que hasta eso no me han salido nada mal (vayan a www.ratonadetv.com para que sepan de qué les hablo); los Abrazos Verdes han estado un poco desatendidos de manera online pero en cambio estoy recibiendo muchos nuevos saberes para mejorarla, y la planeación de una boda es uno de esos quehaceres extra que se viven con mucha ilusión. Explico: Desde hace algún tiempo entendí que mi misión en esta vida y en este planeta era compartir mis conocimientos y opiniones sobre la televisión (no es que sea pretensión de mi parte, es que algo tengo que hacer con tanta hora nalga al respecto), pero en el camino se me han atravesado otras cosas que ni siquiera sé si hago bien, pero que por algo me llegan, como esto del emprendimiento que me ha servido para aprender muchísimo y ya de pasito y sin que yo lo quiera, para inspirar a más personas. No sé ni cómo ha sucedido, pero ahí está, tal como yo he recibido mis dosis de motivación de muchas otras personas más. Y un nuevo saber ha llegado de manera un tanto empírica pero que me trae loca de ilusión: sin yo ser diseñadora profesional, sin yo ser una community manager, sin ser experta en nada pero aprendiz de todo, atendí a la invitación que me hicieron para impartir unos pequeños cursos sobre diseño y redes sociales que poco a poco se ha ido transformando en algo que me estoy tomando muy en serio, que es sacarle jugo a un programa tan subutilizado como el Power Point para crear carteles, dibujos e imágenes sin ser tan ducho en el asunto (y sí, es otra forma de sacarle partido a tanta hora nalga invertida frente a la computadora).
¿Que qué es eso de diseño en Power Point? ¿cómo es posible? ¿estoy loca o me cayó un coco?... y lo que es peor: ¿yo, pensando en dar clases UNA VEZ MÁS? Tantas preguntas que se contestan con el hecho de que he entendido que mi misión en esta vida, más que hablar únicamente de televisión, es ayudar y contribuir en la sociedad con los saberes y pasiones [quizás inútiles, quizás no] que la vida me pone en frente. Igual da que sean sobre televisión, telenovelas, dibujitos y carteles que resuelven algún apuro o un estilo de vida más "verde". Quizá mi colitis nerviosa se aloca cuando entran a escena mis temores e inseguridades al sentirme poco calificada para hablar de cualquiera de estos temas (o de todos los demás), y mucho más cuando me debato entre si compartirlos o guardármelos en los rincones torcidos de mi alma. La exposición de mi propio ser me hace (siempre me ha hecho) temblar del horror. Por eso prefiero ver mi propia vida con humor, reírme, y pensar que nada es tan serio como mis propias creencias me hacen pensar.
La vida sigue... y sí, este bonito dibujito fue hecho en Power Point. ¡Muy pronto les contaré de este cursito, para que se inscriban y aprendan un montón! (y sigan apoyando a esta policrómica mipyme casadera, por qué no).
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Esta semana ha sido particularmente reveladora. Parece que Diosito escuchó algunas de mis múltiples interrogantes y ante la duda de "¿quién soy o quién quiero ser yo?" me ha mandado muchas señales que no puedo ser capaz de ignorar. ¿Quién soy o quién quiero ser? Ni releyendo El mundo de Sofía habría podido descubrir la respuesta (que no es una, en realidad).
Como en juego de tetris imaginario, todo se ha empezado a acomodar en su lugar: Tokotina en su camita, la despensa en la mini cocina, los horarios, las pasiones y los espacios de trabajo. Después de estos días de ajuste, por fin parece que todo está empezando a encajar en esa palabrita que unos detestan pero que yo adoro: RUTINAS. Para personas como yo que gustan de la estructura y la planificación (aunque sea a corto plazo), las rutinas son el cielo mismo en vida. Por obvias razones mis rutinas personales perdieron todo rumbo, y por muchas más obvias razones las de mi amado roomie estaban peor, así que era no solo urgente sino necesario que empezáramos a darles forma juntos, sobre todo ahora que los dos estamos en plan de pequeñomicroemprendedores trabajando en casa.
Así que, felizmente, volvieron esas mañanas de yoga (ahora acompañada, que se siente francamente bonito) y agua calientita con limón en ayunas, y se han incorporado algunas nuevas respecto al ejercicio y el baño y los ratitos de vapor. Han vuelto esos fantásticos momentos en los que lleno la agenda con planes y pendientes y citas y sueños; hemos repartido las áreas de trabajo, y mientras uno está en la computadora la otra trabaja desde su laptop, en una mesita o desde la cama (lo cuál es mejor porque así la tele me queda en línea directa a los ojos), a las horas de costumbre (o sea, casi todo el día); hemos ido aprendiendo a ceder tiempos pero también a compartirlos cuando sea posible (cine, super, paseos con Tokotina). Y todo eso ha sido motivación para que mi creatividad, tan dormidita en estos días, haya despertado de su sueño cual princesa de cuento, llena de lagañas (un momento, ¿las princesas tienen lagañas?).
No voy a negar que en este camino hay eventos desafortunados que no han sido lo que una espera. Por ejemplo, esto de la salida de Televisa Networks de mi paquete básico de cable me tiene abatida hasta las lágrimas... ¡y en las semanas finales de El pecado de Oyuki! No hay que ser, están viendo que la costumbre es más fuerte que el amor y ahora de alguna manera debo recomponer mis sanos hábitos de consumir telenovelas de antaño, que están en franca agonía por un tremendo malentendido mercantil. Eso sin mencionar mi panza de globo aerostático en pleno vuelo debido a la resistente colitis nerviosa que me aqueja, y a la frustración que me dio confirmar que debido a la inflación (no la de mi panza) no podré acudir a un evento que con tanta ilusión esperé desde hace dos años.
Mis palmaditas en la espalda profesionales han llegado en otras formas: no hay congreso pero sí una plática sobre telenovelas en conocida universidad; no hubo clases sobre televisión pero sí las habrá de diseño en Power Point; no ha habido inspiración para hacer publicaciones pero sí para hacer podcast, que hasta eso no me han salido nada mal (vayan a www.ratonadetv.com para que sepan de qué les hablo); los Abrazos Verdes han estado un poco desatendidos de manera online pero en cambio estoy recibiendo muchos nuevos saberes para mejorarla, y la planeación de una boda es uno de esos quehaceres extra que se viven con mucha ilusión. Explico: Desde hace algún tiempo entendí que mi misión en esta vida y en este planeta era compartir mis conocimientos y opiniones sobre la televisión (no es que sea pretensión de mi parte, es que algo tengo que hacer con tanta hora nalga al respecto), pero en el camino se me han atravesado otras cosas que ni siquiera sé si hago bien, pero que por algo me llegan, como esto del emprendimiento que me ha servido para aprender muchísimo y ya de pasito y sin que yo lo quiera, para inspirar a más personas. No sé ni cómo ha sucedido, pero ahí está, tal como yo he recibido mis dosis de motivación de muchas otras personas más. Y un nuevo saber ha llegado de manera un tanto empírica pero que me trae loca de ilusión: sin yo ser diseñadora profesional, sin yo ser una community manager, sin ser experta en nada pero aprendiz de todo, atendí a la invitación que me hicieron para impartir unos pequeños cursos sobre diseño y redes sociales que poco a poco se ha ido transformando en algo que me estoy tomando muy en serio, que es sacarle jugo a un programa tan subutilizado como el Power Point para crear carteles, dibujos e imágenes sin ser tan ducho en el asunto (y sí, es otra forma de sacarle partido a tanta hora nalga invertida frente a la computadora).
¿Que qué es eso de diseño en Power Point? ¿cómo es posible? ¿estoy loca o me cayó un coco?... y lo que es peor: ¿yo, pensando en dar clases UNA VEZ MÁS? Tantas preguntas que se contestan con el hecho de que he entendido que mi misión en esta vida, más que hablar únicamente de televisión, es ayudar y contribuir en la sociedad con los saberes y pasiones [quizás inútiles, quizás no] que la vida me pone en frente. Igual da que sean sobre televisión, telenovelas, dibujitos y carteles que resuelven algún apuro o un estilo de vida más "verde". Quizá mi colitis nerviosa se aloca cuando entran a escena mis temores e inseguridades al sentirme poco calificada para hablar de cualquiera de estos temas (o de todos los demás), y mucho más cuando me debato entre si compartirlos o guardármelos en los rincones torcidos de mi alma. La exposición de mi propio ser me hace (siempre me ha hecho) temblar del horror. Por eso prefiero ver mi propia vida con humor, reírme, y pensar que nada es tan serio como mis propias creencias me hacen pensar.
La vida sigue... y sí, este bonito dibujito fue hecho en Power Point. ¡Muy pronto les contaré de este cursito, para que se inscriban y aprendan un montón! (y sigan apoyando a esta policrómica mipyme casadera, por qué no).

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miércoles, 7 de septiembre de 2016
Líos domésticos, la revancha (o de cómo voy poco a poco convirtiéndome en una señora)
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Y es que estos líos involucran luchas a muerte con la paciencia y las buenas intenciones. Las mujeres que han tenido la fortuna de haber vivido solas, al menos alguna vez en su vida, entenderán mejor a lo que me refiero. En la vida doméstica que pude conocer como dueña y señora de mi casa de gatos, pitufos y Tokotinas aprendí a llevar el control de una casa que prácticamente habitaba un único ser humano. Nadie más ponía peros u objeciones sobre el orden, el desorden, el canal de la tele, o las decorativas telarañas de las esquinas. Y aclaro, no es que ahora alguien lo haga (a excepción de las telarañas, hagan de cuenta que pertenece a la patrulla antibichos), pero los espacios han cambiado mucho desde entonces. De vivir en un palacio que habitamos mis recuerdos y yo, ahora vivimos en una casita que velozmente se llena de amor, expectativas y cosas compartidas que deben estar en orden para no ocasionar un caos medieval.
La paciencia se enfrenta a las buenas intenciones cuando la contraparte pone todo su esfuerzo en, por ejemplo, tender la cama. Imaginen la escena: él, tratando de agradar en todo a su pareja que es particularmente mamona para semejante menester. Mi paulatina pero evidente transición a señora que todo lo analiza con lupa en mano no ayuda en nada cuando esta inocente alma se esfuerza en acomodar las múltiples almohadas en el orden preciso (sí, soy de esas locas que toma en cuenta hasta el lugar en el que debe ir la etiqueta), o cuando las sábanas no están estiradas de acuerdo a los cánones militares. Para relajar la contienda diré que respiro tranquila al enterarme que no soy parte del cliché de la pasta del dientes, y que en esta casa nadie protesta por las formas que adopta el tubo dentrífico en cuestión al ser apretado. Donde los contrincantes cambian de bando es cuando entramos en materia culinaria. Pese a que el proceso de adaptación no ha sido fácil (ponerse de acuerdo con lo que comemos, sus gustos y mis hábitos, su tipo de súper y mi tipo de súper), hay cosas que fluyen a la perfección, como el hecho delegar funciones: uno cocina los platillos más suculentos, y a la otra le toca la ensalada y hacer el agua. Todo va bien hasta que la chica de las ensaladas decide ser la señora de su casa e intenta preparar la comida. El resultado de este primer arrebato fue un hombre sacado de onda y con tremenda interrogación, una comida hecha a medias, lágrimas, drama, horror, y una mujer que tuvo que salir a caminar para bajarse la frustración de que el platillo deseado no se veía precisamente como la foto del recetario.
Me temo que uno de los más terribles líos domésticos que enfrento en este desafío tiene que ver con el compartir. Debido a que por cuestiones logísticas el amable hombre que quiere desposarme (¿lo habrá pensado bien?) llegó a Xalapa a cohabitar conmigo en esta casita de llena amor y cositas que se desparraman por las ventanas, el asunto de compartir se intensifica sobremanera. Y no, de verdad que no me educaron para ser la clásica niña de piñata que se queda con todo el tesoro sin compartir ni un mísero Duvalín (o Nucita, cada quien su presupuesto), pero digamos que en este pequeño espacio solo cabe una tele y las únicas puertas que existen son las del baño y la entrada. Si deseo ir a la cocina doy dos pasos, si quiero llegar al clóset, doy tres. La cama está a un gallo-gallina del estudio y quizá la ventana representa cinco pasos más de esfuerzo. Es decir, no hay para dónde hacerse. Así que por el momento debemos tener acuerdos importantes para decidir quién va a ocupar la computadora o qué es lo que veremos en la tele. Imaginen lo que eso significa para mí. Yo, que en mi casa de gatos tenía 3 televisiones para mí sola (sí, y monitoreaba todo lo que quería de un cuarto para el otro), ahora debo darle un trago de humildad a mis pasiones televisivas y aceptar que hay canales más allá del Home and Health, el Fox Life o el de Tlnovela. Llegan entonces relatos extraterrestres, documentales de conspiraciones políticas y muchas, miles, incontables horas de películas de acción con balas, sangre, muertes y todas esas cosas que simple y sencillamente aborrezco, pero debo aceptar así como a mi me aceptan mis programas de cambios de estilo o los últimos y emocionantes capítulos de El Pecado de Oyuki.

Por esas mismas cuestiones de espacio la cama king size tuvo que reducirse a matrimonial, en donde debemos caber dos almas y una perrita pulgosa y consentida que a pesar de tomar su tratamiento de flores de Bach para minimizar el cambio, insiste en defender su derecho de cama a toda costa y en todo lugar. Si todo esto no es un lío doméstico entonces no sé qué pueda serlo. Y es que este proceso de ajuste, de reacomodamiento, de asumir esta nueva versión de nosotros mismos en la que nos estamos convirtiendo, tiene tantas cosas complicadas como felices. Ahora que lo pienso, todo el mundo (hasta yo lo estoy haciendo ahora) nos concentramos en lo que cambia, en lo que implica estar acompañado, negociar y ponerse de acuerdo en todo momento y por cualquier circunstancia, pero dejamos del lado lo divertido que puede ser esta experiencia. Sí, divertido, aún pese a que mi lado controlador insiste en ser el líder de esta manada. Hay muchas risas, hay muchas pláticas, hay muchos planes y muchos sueños compartidos. Y también hay muchos retos que ambos, como cualquier pareja que inicia una vida en común, debemos enfrentar de manera personal.
Mi crisis culinaria, esa que relaté renglones atrás y que terminó conmigo llorando como loca en el parque, fue más bien un pretexto para implorar por respuestas que deberé encontrar lentamente: ¿Vivir en pareja me convierte únicamente en "la pareja de"? ¿Seguiré siendo yo? ¿Volveré a tener mis momentos de soledad, indispensables para mi trabajo, para mi creatividad, para mí? ¿Quién rayos soy en este momento? ¿Qué quiero ser? ¿Quién quiero ser? Espero que no todas las mujeres sean tan liosas como quien escribe estas líneas, porque es muy desgastante tanta innata teatralidad. Esto de intensear tiene un único punto de provecho, que es escribir Policromías cargadas de ironía y desahogo, mucho desahogo, que espero los diviertan o quizá, en algunos casos, hasta logren cierta identificación con alguna de las partes.
Esten pendientes porque esta saga c o n t i n u a r á...
jueves, 14 de julio de 2016
Sueños transmedia (o cómo sobrevivir al cambio)
Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, totalmente cierto.
Y debe serlo cuando un día amaneces y descubres que el mundo que conociste una noche antes deja de ser lo que era; en un minuto estás enviando algún jocoso tuit desde tu celular y te detienes a mirar con atención que ahora Twitter implementó algo incomprensible llamado "momentos" con un rayito igual de incomprensible como forma de reconocerlo. En un instante estás viviendo tu vida así, casual, hasta que descubres que el tierno Pikachú ha vuelto y no precisamente en forma de fichas, sino que ahora la gente lo mira por todas partes en una realidad paralela a la tuya. ¡¿Pues qué es esto?!
Y es que cuando a uno le mueven el piso y lo invitan obligatoriamente a fuerzas a salirse de sus amadas y familiares zonas de confort, no se sabe para dónde puede ir la vida ni qué tan incierto puede ser el futuro inmediato. Así, justamente en ese punto de mi existencia estoy.
Debo confesar que este post fue concebido en el sueño loco que me tiene despierta desde las 4 am y que no puedo parar de procesar en mi mente, porque no sé si por dimensionar qué afectada puedo estar de mis facultades mentales o porque quizá me parece la cosa más ingeniosa que he concluido en años. Dejen les cuento:
No es un secreto lo embobada que me tienen desde hace muchos meses algunos ingeniosos vloggers (o youtubers) con sus creativos contenidos y la forma en la que nos los presentan. Tengo mis rachas, a algunos los celebro más que a otros, pero cada vez que tengo un nuevo hallazgo suelo ciberperseguirlos en sus redes sociales cual quinceañera stalker enloquecida. Pues bien, mi nuevo hit es una pareja de esposos que viven en Culiacán, Sinaloa, que graban su vida e ilustran algunos momentos relevantes de su día a día, aunque en realidad lo que más me gusta ver es su canal "profesional", llamado Mis Pastelitos. Ella se llama Gris y es una buenaza para hacer repostería, él se llama Charly y no sé si tiene formación de comunicólogo, pero graba, edita y posproduce como los grandes. Han aprendido a trabajar en equipo, y la verdad es que su canal de recetas puede tenerme (entretenerme) frente a la pantalla por horas enteras. Tienen ritmo, buena narrativa, pastelitos que se ve saben al cielo mismo, colores padrísimos, y como cereza del pastel, han logrado hacer de su canal un espacio colectivo, donde los usuarios también tienen participación no nada más con un simple hashtag, sino con fotos y videos que aparecen en la última sección. No todas las estrellas del Youtube tienen estas deferencias.
Descubrí al team de Mis Pastelitos gracias a un video que hicieron con Karla Celis, otra vlogger que sigo morbosamente desde hace casi un año, y desde entonces los empecé a seguir. Nunca imaginé estar hablando de ellos porque, gracias a un maratón que me aventé ayer de sus recetas (arma efectivísima contra el aburrimiento infantil de unas sobrinas que ya salieron de vacaciones), pasé una buena parte de mi noche soñándolos en tremendas travesías culinarias. Sin embargo no es por eso que estoy aquí haciendo esta sesuda y poco interesante reflexión, sino porque quizás en mi mente se mezclaron mi entretenimiento del día con mis lecturas del día e hicieron un mix de tonterías que posiblemente no lo son tanto.
Yo, como la Ratona de Televisión que soy, he estado indagando en el tema de la cultura transmedia, un fenómeno cada vez más interesante y actual que en resumidas cuentas determina los nuevos planteamientos sobre la producción, promoción y circulación de contenidos "llamando la atención de los choques que acontecen cuando los textos mediáticos se mueven entre esferas comerciales y no comerciales" (Jenkins, Ford & Green, Cultura Transmedia 2013, p. 294). Los autores ocupan continuamente la palabra COLABORACIÓN como uno de los términos claves para comprender lo que está sucediendo con estos nuevos generadores de contenidos en distintas plataformas a las antes conocidas. Mientras tanto, las industrias culturales luchan de todas las formas posibles para insertar sus viejos modelos de negocio en estas novedosas formas de expresión, recurriendo a estrategias como la que señaló hace algunos días el periódico El Financiero en su nota sobre el posicionamiento de Televisa y Televisión Azteca ante las plataformas Over the Top (OTT): alianzas para COEXISTIR.
¿Y por qué les cuento todo este choro mareador en las Policromías si este tema pertenece a otro blog? Pues porque todo apunta al cambio, y es hasta el momento la forma más clara en la que puedo explicarme lo que está ocurriendo en mi vida, ahora que estoy a menos de una semana de dejar la soltería (aunque ante las leyes de los hombres esto vaya a ocurrir hasta el próximo año). El hecho de que por fin Alejandro y yo vayamos a estar físicamente en el mismo espacio geográfico, luego de dos años de una relación que ha subsistido gracias a la mensajería instantánea y el Facetime, es casi una realidad. Una que me tiene enloquecida de la emoción pero con el nerviosismo suficiente como para mantenerme despierta desde altas horas de la madrugada. Es algo que he pedido tanto, con lo que he soñado desde mi más temprana infancia (lo sé, soy una cursi pero así ha sido la historia), que después de tantos años de espera por fin parece ser un hecho de a deveras. Y si es algo que he pedido con santos y veladoras prendidas, ¿por qué me causa tal nerviosismo? ¿por qué me quita el sueño este cambio tan grande?
En sueños, mi situación es vista como si yo fuera una de estas industrias culturales que eran muy felices siendo ellas las que determinaban qué contenido debía ver la gente, a qué horas y en qué canales. Hagan de cuenta que soy como una suerte de Televisa que ha pasado muchísimos años existiendo de acuerdo a su propia voluntad, sin depender de lo que nadie diga, sin depender de los tiempos ni las voluntades de nadie. Por mucho que tanto en casa como en relaciones anteriores haya tenido que "ceder" en ciertos temas, al final del día nadie me decía qué canal de televisión sintonizar antes de dormir o con cuál despertar, o si mi escritorio estaba estúpidamente lleno de hojas y libros que debía recoger por que alguien más ocuparía ese espacio. No. Así he andado por la vida, feliz como Televisa en ese solitario modelito de industria llamado broadcasting. Pero entonces la cultura transmedia me está enseñando que también existen más modelos, otros que se ajustan a tus tiempos, a tus necesidades, y que viven gracias a su tendencia a la COLABORACIÓN, es decir, a gente emprendedora como Mis Pastelitos pueden trabajar en equipo haciendo cosas interesantes, apareciendo con otros vloggers, presentándonos sus conocimientos profesionales pero también su vida personal sin dejar de ser esposos. ¿O sea, CÓMO? Y si a este ejemplo le sumamos lo que va a ocurrir con Chumel Torres, un vlogger dedicado a hacer una suerte de crítica política mexicana que ahora va saltar de la pantalla del Internet a la pantalla del HBO (la bonita narrativa transmedia, que implica que un mismo universo, en este caso personaje, tenga distintas manifestaciones en distintas pantallas sin perder la línea común. Hagan de cuenta que es el mismo Pokemón en diferentes plataformas)... ¿Qué puede hacer Televisa ante esto? Televisa, que ha estado viviendo en su zona de confort tan feliz tantos años, sin depender de nadie, ahora se ve obligada a hacer ejercicios colaborativos en un afán de COEXISTIR en estos nuevos entornos mediáticos...
Y entonces Televisa (o sea yo), que sabía que necesitaba un cambio necesario y radical para seguir con una vida sana y positiva, está por experimentar algo que desconoce y que se antoja como la mismísima dimensión desconocida. ¡Pero ni modo, todo cambia porque es la única constante! Y entonces comprendo que COEXISTIR y COLABORAR (que vienen del CO, que significa unión), no puede ser tan malo. Que un par de esposos pueden ser esposos en su vlog y productor y conductora en otro sin que eso los afecte. Que Chumel podrá ser Chumel con contenidos distintos en una pantalla y en otra, y que YO podré seguir siendo YO aún compartiendo mi espacio, mi cama y mi vida con alguien más. Porque si algo me apanica es convertirme en "la esposa de", "la novia de", "la señora de", y que entonces todo lo que Raquel ha sido se pierda en el camino. Me apanica que el YO que me he construido lo deje, por voluntad propia, perdido en algún cajón que deberé ceder la próxima semana para guardar pantalones y playeras que no son mías. Me quita el sueño la idea de que ese YO, esa Raquel, no sepa cómo sobrevivir a este cambio. Supongo que Televisa tampoco sabe cómo le va a ir en el futuro, ¿o si?
¿Ven lo que pasa cuando el entretenimiento es su objeto de estudio? No lo hagan, por favor, o terminarán escribiendo post tan confusos como éste que, penosamente, me creo es una iluminación divina. O quizá es sólo la falta de sueño y la tormenta garrafal que acaba de azotar en estas tierras.
Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, esto es absoluta y absurdamente cierto. Seguiré informando.
Y debe serlo cuando un día amaneces y descubres que el mundo que conociste una noche antes deja de ser lo que era; en un minuto estás enviando algún jocoso tuit desde tu celular y te detienes a mirar con atención que ahora Twitter implementó algo incomprensible llamado "momentos" con un rayito igual de incomprensible como forma de reconocerlo. En un instante estás viviendo tu vida así, casual, hasta que descubres que el tierno Pikachú ha vuelto y no precisamente en forma de fichas, sino que ahora la gente lo mira por todas partes en una realidad paralela a la tuya. ¡¿Pues qué es esto?!
Y es que cuando a uno le mueven el piso y lo invitan obligatoriamente a fuerzas a salirse de sus amadas y familiares zonas de confort, no se sabe para dónde puede ir la vida ni qué tan incierto puede ser el futuro inmediato. Así, justamente en ese punto de mi existencia estoy.
Debo confesar que este post fue concebido en el sueño loco que me tiene despierta desde las 4 am y que no puedo parar de procesar en mi mente, porque no sé si por dimensionar qué afectada puedo estar de mis facultades mentales o porque quizá me parece la cosa más ingeniosa que he concluido en años. Dejen les cuento:
No es un secreto lo embobada que me tienen desde hace muchos meses algunos ingeniosos vloggers (o youtubers) con sus creativos contenidos y la forma en la que nos los presentan. Tengo mis rachas, a algunos los celebro más que a otros, pero cada vez que tengo un nuevo hallazgo suelo ciberperseguirlos en sus redes sociales cual quinceañera stalker enloquecida. Pues bien, mi nuevo hit es una pareja de esposos que viven en Culiacán, Sinaloa, que graban su vida e ilustran algunos momentos relevantes de su día a día, aunque en realidad lo que más me gusta ver es su canal "profesional", llamado Mis Pastelitos. Ella se llama Gris y es una buenaza para hacer repostería, él se llama Charly y no sé si tiene formación de comunicólogo, pero graba, edita y posproduce como los grandes. Han aprendido a trabajar en equipo, y la verdad es que su canal de recetas puede tenerme (entretenerme) frente a la pantalla por horas enteras. Tienen ritmo, buena narrativa, pastelitos que se ve saben al cielo mismo, colores padrísimos, y como cereza del pastel, han logrado hacer de su canal un espacio colectivo, donde los usuarios también tienen participación no nada más con un simple hashtag, sino con fotos y videos que aparecen en la última sección. No todas las estrellas del Youtube tienen estas deferencias.
Descubrí al team de Mis Pastelitos gracias a un video que hicieron con Karla Celis, otra vlogger que sigo morbosamente desde hace casi un año, y desde entonces los empecé a seguir. Nunca imaginé estar hablando de ellos porque, gracias a un maratón que me aventé ayer de sus recetas (arma efectivísima contra el aburrimiento infantil de unas sobrinas que ya salieron de vacaciones), pasé una buena parte de mi noche soñándolos en tremendas travesías culinarias. Sin embargo no es por eso que estoy aquí haciendo esta sesuda y poco interesante reflexión, sino porque quizás en mi mente se mezclaron mi entretenimiento del día con mis lecturas del día e hicieron un mix de tonterías que posiblemente no lo son tanto.
Yo, como la Ratona de Televisión que soy, he estado indagando en el tema de la cultura transmedia, un fenómeno cada vez más interesante y actual que en resumidas cuentas determina los nuevos planteamientos sobre la producción, promoción y circulación de contenidos "llamando la atención de los choques que acontecen cuando los textos mediáticos se mueven entre esferas comerciales y no comerciales" (Jenkins, Ford & Green, Cultura Transmedia 2013, p. 294). Los autores ocupan continuamente la palabra COLABORACIÓN como uno de los términos claves para comprender lo que está sucediendo con estos nuevos generadores de contenidos en distintas plataformas a las antes conocidas. Mientras tanto, las industrias culturales luchan de todas las formas posibles para insertar sus viejos modelos de negocio en estas novedosas formas de expresión, recurriendo a estrategias como la que señaló hace algunos días el periódico El Financiero en su nota sobre el posicionamiento de Televisa y Televisión Azteca ante las plataformas Over the Top (OTT): alianzas para COEXISTIR.
¿Y por qué les cuento todo este choro mareador en las Policromías si este tema pertenece a otro blog? Pues porque todo apunta al cambio, y es hasta el momento la forma más clara en la que puedo explicarme lo que está ocurriendo en mi vida, ahora que estoy a menos de una semana de dejar la soltería (aunque ante las leyes de los hombres esto vaya a ocurrir hasta el próximo año). El hecho de que por fin Alejandro y yo vayamos a estar físicamente en el mismo espacio geográfico, luego de dos años de una relación que ha subsistido gracias a la mensajería instantánea y el Facetime, es casi una realidad. Una que me tiene enloquecida de la emoción pero con el nerviosismo suficiente como para mantenerme despierta desde altas horas de la madrugada. Es algo que he pedido tanto, con lo que he soñado desde mi más temprana infancia (lo sé, soy una cursi pero así ha sido la historia), que después de tantos años de espera por fin parece ser un hecho de a deveras. Y si es algo que he pedido con santos y veladoras prendidas, ¿por qué me causa tal nerviosismo? ¿por qué me quita el sueño este cambio tan grande?
En sueños, mi situación es vista como si yo fuera una de estas industrias culturales que eran muy felices siendo ellas las que determinaban qué contenido debía ver la gente, a qué horas y en qué canales. Hagan de cuenta que soy como una suerte de Televisa que ha pasado muchísimos años existiendo de acuerdo a su propia voluntad, sin depender de lo que nadie diga, sin depender de los tiempos ni las voluntades de nadie. Por mucho que tanto en casa como en relaciones anteriores haya tenido que "ceder" en ciertos temas, al final del día nadie me decía qué canal de televisión sintonizar antes de dormir o con cuál despertar, o si mi escritorio estaba estúpidamente lleno de hojas y libros que debía recoger por que alguien más ocuparía ese espacio. No. Así he andado por la vida, feliz como Televisa en ese solitario modelito de industria llamado broadcasting. Pero entonces la cultura transmedia me está enseñando que también existen más modelos, otros que se ajustan a tus tiempos, a tus necesidades, y que viven gracias a su tendencia a la COLABORACIÓN, es decir, a gente emprendedora como Mis Pastelitos pueden trabajar en equipo haciendo cosas interesantes, apareciendo con otros vloggers, presentándonos sus conocimientos profesionales pero también su vida personal sin dejar de ser esposos. ¿O sea, CÓMO? Y si a este ejemplo le sumamos lo que va a ocurrir con Chumel Torres, un vlogger dedicado a hacer una suerte de crítica política mexicana que ahora va saltar de la pantalla del Internet a la pantalla del HBO (la bonita narrativa transmedia, que implica que un mismo universo, en este caso personaje, tenga distintas manifestaciones en distintas pantallas sin perder la línea común. Hagan de cuenta que es el mismo Pokemón en diferentes plataformas)... ¿Qué puede hacer Televisa ante esto? Televisa, que ha estado viviendo en su zona de confort tan feliz tantos años, sin depender de nadie, ahora se ve obligada a hacer ejercicios colaborativos en un afán de COEXISTIR en estos nuevos entornos mediáticos...
Y entonces Televisa (o sea yo), que sabía que necesitaba un cambio necesario y radical para seguir con una vida sana y positiva, está por experimentar algo que desconoce y que se antoja como la mismísima dimensión desconocida. ¡Pero ni modo, todo cambia porque es la única constante! Y entonces comprendo que COEXISTIR y COLABORAR (que vienen del CO, que significa unión), no puede ser tan malo. Que un par de esposos pueden ser esposos en su vlog y productor y conductora en otro sin que eso los afecte. Que Chumel podrá ser Chumel con contenidos distintos en una pantalla y en otra, y que YO podré seguir siendo YO aún compartiendo mi espacio, mi cama y mi vida con alguien más. Porque si algo me apanica es convertirme en "la esposa de", "la novia de", "la señora de", y que entonces todo lo que Raquel ha sido se pierda en el camino. Me apanica que el YO que me he construido lo deje, por voluntad propia, perdido en algún cajón que deberé ceder la próxima semana para guardar pantalones y playeras que no son mías. Me quita el sueño la idea de que ese YO, esa Raquel, no sepa cómo sobrevivir a este cambio. Supongo que Televisa tampoco sabe cómo le va a ir en el futuro, ¿o si?
¿Ven lo que pasa cuando el entretenimiento es su objeto de estudio? No lo hagan, por favor, o terminarán escribiendo post tan confusos como éste que, penosamente, me creo es una iluminación divina. O quizá es sólo la falta de sueño y la tormenta garrafal que acaba de azotar en estas tierras.
Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, esto es absoluta y absurdamente cierto. Seguiré informando.
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