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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Líos domésticos, la revancha (o de cómo voy poco a poco convirtiéndome en una señora)


El título obedece a muchas cosas que si han sido fans de las Policromías con anterioridad quizá podrán reconocer. En el caso de que el diagrama de flujo invisible los lleve al NO, entonces explico brevemente que desde hace algunos años tuve a bien narrar una bonita saga de "increíbles" (con énfasis en las comillas) aventuras que me ocurrieron en mi vida de soltera "que se fue a vivir sola para saber lo que se sentía llevar una casa antes de que el universo marital tocara a la puerta". Se incluyeron algunos desastres culinarios (yo tan linda, invitando a mi familia a comer cosas preparadas por mí y bueno, bendito el creador aún viven para contarlo), o la vez que dejé encerrado al buenhombre que me ayudaba con las actividades domésticas (sí, era un señor de lo más amable que por una distracción fatal estuvo horas atrapado en mi ex casa de pitufos y gatos), o cuando se me tapó el lavabo y... hay no, esa mejor no la cuento. Ahora la saga vuelve porque desde hace un poco más de un mes comenzó una nueva etapa de mi existencia que trae, además de muchos cambios, muchas preguntas, millones de dudas y altas dosis de amor,  una oleada de nuevas experiencias de índole hogareño. En resumidas cuentas, me arrejunté con un muchachito (ay, que ahora es más señor que otra cosa), y en esta vida clandestina del pecado están comenzando a pasar muchas cosas, como el hecho de que, tal como lo menciono en el título, también yo estoy convirtiéndome en una [terrible] señora.

Y es que estos líos involucran luchas a muerte con la paciencia y las buenas intenciones. Las mujeres que han tenido la fortuna de haber vivido solas, al menos alguna vez en su vida, entenderán mejor a lo que me refiero. En la vida doméstica que pude conocer como dueña y señora de mi casa de gatos, pitufos y Tokotinas aprendí a llevar el control de una casa que prácticamente habitaba un único ser humano. Nadie más ponía peros u objeciones sobre el orden, el desorden, el canal de la tele, o las decorativas telarañas de las esquinas. Y aclaro, no es que ahora alguien lo haga (a excepción de las telarañas, hagan de cuenta que pertenece a la patrulla antibichos), pero los espacios han cambiado mucho desde entonces. De vivir en un palacio que habitamos mis recuerdos y yo, ahora vivimos en una casita que velozmente se llena de amor, expectativas y cosas compartidas que deben estar en orden para no ocasionar un caos medieval.

La paciencia se enfrenta a las buenas intenciones cuando la contraparte pone todo su esfuerzo en, por ejemplo, tender la cama. Imaginen la escena: él, tratando de agradar en todo a su pareja que es particularmente mamona para semejante menester. Mi paulatina pero evidente transición a señora que todo lo analiza con lupa en mano no ayuda en nada cuando esta inocente alma se esfuerza en acomodar las múltiples almohadas en el orden preciso (sí, soy de esas locas que toma en cuenta hasta el lugar en el que debe ir la etiqueta), o cuando las sábanas no están estiradas de acuerdo a los cánones militares. Para relajar la contienda diré que respiro tranquila al enterarme que no soy parte del cliché de la pasta del dientes, y que en esta casa nadie protesta por las formas que adopta el tubo dentrífico en cuestión al ser apretado. Donde los contrincantes cambian de bando es cuando entramos en materia culinaria. Pese a que el proceso de adaptación no ha sido fácil (ponerse de acuerdo con lo que comemos, sus gustos y mis hábitos, su tipo de súper y mi tipo de súper), hay cosas que fluyen a la perfección, como el hecho delegar funciones: uno cocina los platillos más suculentos, y a la otra le toca la ensalada y hacer el agua. Todo va bien hasta que la chica de las ensaladas decide ser la señora de su casa e intenta preparar la comida. El resultado de este primer arrebato fue un hombre sacado de onda y con tremenda interrogación, una comida hecha a medias, lágrimas, drama, horror, y una mujer que tuvo que salir a caminar para bajarse la frustración de que el platillo deseado no se veía precisamente como la foto del recetario.

Me temo que uno de los más terribles líos domésticos que enfrento en este desafío tiene que ver con el compartir. Debido a que por cuestiones logísticas el amable hombre que quiere desposarme (¿lo habrá pensado bien?) llegó a Xalapa a cohabitar conmigo en esta casita de llena amor y cositas que se desparraman por las ventanas, el asunto de compartir se intensifica sobremanera. Y no, de verdad que no me educaron para ser la clásica niña de piñata que se queda con todo el tesoro sin compartir ni un mísero Duvalín (o Nucita, cada quien su presupuesto), pero digamos que en este pequeño espacio solo cabe una tele y las únicas puertas que existen son las del baño y la entrada. Si deseo ir a la cocina doy dos pasos, si quiero llegar al clóset, doy tres. La cama está a un gallo-gallina del estudio y quizá la ventana representa cinco pasos más de esfuerzo. Es decir, no hay para dónde hacerse. Así que por el momento debemos tener acuerdos importantes para decidir quién va a ocupar la computadora o qué es lo que veremos en la tele. Imaginen lo que eso significa para mí. Yo, que en mi casa de gatos tenía 3 televisiones para mí sola (sí, y monitoreaba todo lo que quería de un cuarto para el otro), ahora debo darle un trago de humildad a mis pasiones televisivas y aceptar que hay canales más allá del Home and Health, el Fox Life o el de Tlnovela. Llegan entonces relatos extraterrestres, documentales de conspiraciones políticas y muchas, miles, incontables horas de películas de acción con balas, sangre, muertes y todas esas cosas que simple y sencillamente aborrezco, pero debo aceptar así como a mi me aceptan mis programas de cambios de estilo o los últimos y emocionantes capítulos de El Pecado de Oyuki. 


Por esas mismas cuestiones de espacio la cama king size tuvo que reducirse a matrimonial, en donde debemos caber dos almas y una perrita pulgosa y consentida que a pesar de tomar su tratamiento de flores de Bach para minimizar el cambio, insiste en defender su derecho de cama a toda costa y en todo lugar. Si todo esto no es un lío doméstico entonces no sé qué pueda serlo. Y es que este proceso de ajuste, de reacomodamiento, de asumir esta nueva versión de nosotros mismos en la que nos estamos convirtiendo, tiene tantas cosas complicadas como felices. Ahora que lo pienso, todo el mundo (hasta yo lo estoy haciendo ahora) nos concentramos en lo que cambia, en lo que implica estar acompañado, negociar y ponerse de acuerdo en todo momento y por cualquier circunstancia, pero dejamos del lado lo divertido que puede ser esta experiencia. Sí, divertido, aún pese a que mi lado controlador insiste en ser el líder de esta manada. Hay muchas risas, hay muchas pláticas, hay muchos planes y muchos sueños compartidos. Y también hay muchos retos que ambos, como cualquier pareja que inicia una vida en común, debemos enfrentar de manera personal.

Mi crisis culinaria, esa que relaté renglones atrás y que terminó conmigo llorando como loca en el parque, fue más bien un pretexto para implorar por respuestas que deberé encontrar lentamente: ¿Vivir en pareja me convierte únicamente en "la pareja de"? ¿Seguiré siendo yo? ¿Volveré a tener mis momentos de soledad, indispensables para mi trabajo, para mi creatividad, para mí? ¿Quién rayos soy en este momento? ¿Qué quiero ser? ¿Quién quiero ser? Espero que no todas las mujeres sean tan liosas como quien escribe estas líneas, porque es muy desgastante tanta innata teatralidad. Esto de intensear tiene un único punto de provecho, que es escribir Policromías cargadas de ironía y desahogo, mucho desahogo, que espero los diviertan o quizá, en algunos casos, hasta logren cierta identificación con alguna de las partes.

Esten pendientes porque esta saga  c o n t i n u a r á...

lunes, 30 de mayo de 2016

La grinch de las bodas y otras celebraciones

Pasó mi cumpleaños, pasaron las campañas electorales, pasaron muchas y muchas malas noticias de Veracruz en los encabezados de los medios nacionales y nadie hace nada. Me refiero a que yo, particularmente, no había tenido mucho ánimo para documentar tan variopintos acontecimientos porque mi mente ha estado en una luna de esas que quizá aún nadie ha decidido colonizar.

El caos general no me es ajeno. Las marchas, las luchas, las búsquedas, las injusticias, las pérdidas, los abusos de todo tipo son esas cosas de las que todo el mundo habla pero que yo prefiero no compartir más que en mis ratos de meditación. La indignación es tal que he aprendido a ser muy cuidadosa con mis palabras y pensamientos, para dedicarle a estos eventos la atención justa, los sentimientos que creo más convenientes. Y es que como sabrán no soy persona combativa, así que las herramientas que ocupo para manejar la indignación son diferentes y por lo tanto, menos comprensibles, quizá. Digo esto porque la siguiente reflexión es totalmente alejada de cualquier asunto que haya ocupado la atención popular, y porque temo ser tachada de frívola o superficial cuando que, me parece, las frivolidades no nos caen tan mal en medio de tanta maldita realidad.

¡Ahí está el asunto del colchón perdido! No quiero dejar de mencionar esto porque es el claro ejemplo de lo que estoy diciendo. El suceso fue así de simple: un chico xalapeño lavó su colchón, lo dejó secar en la calle, un taxista creyó que era desecho, lo trepó a su unidad, y el chico pidió ayuda a la bonita sociedad feisbukera para que su impecable pertenencia le fuera devuelta. ¿El resultado? Una lluvia de memes y de sonrisas que más de un habitante de esta revuelta capital agradeció. La clave fue que el afectado se tomó con muy buen humor la carrilla colectiva, y logró que amigos y desconocidos nos enteráramos del divertido recorrido que vivió su colchón que "tiene azul en la parte de abajo y como doble colchoncito" (como textualmente fue descrito el desaparecido). Eventos virales que quizá duren un sólo día, pero refrescan un poquito el espíritu.

Lo mío no es ni tan jocoso ni tal viral, pero vaya que es algo que me ha hecho pensar en los últimos días: ¿para qué va uno a una boda? ¿Qué tipo de celebración puede ser esta como para estar deseoso de acudir a una? Voy a ser muy sincera: yo ODIO ir a las bodas. Mucho. Y en realidad nunca había profundizado la razón de mi aberración a estas celebraciones, nunca nadie me había preguntado "¿pues a qué vas tu a una boda?". Y entonces pensé que en realidad algunas cosas pueden en teoría tener un significado pero vivirse de manera muy particular para cada persona. En teoría la Navidad es una de las fechas más bonitas y alegres, sin embargo hay un alto índice de gente que o la odia, o no la celebra, o cree que son hipocresías, o tiene algún recuerdo triste. Así las bodas para mí.



No ha sido un secreto para nadie que yo soy un ente asocial que disfruta poco las multitudes, situación que descubrí desde muy temprana edad y no he tenido ningún reparo en difundir. Soy grinch, soy amargada, soy agria como un limón seco cuando se trata de bodas, baby showers o despedidas de solteras. En las bodas (y creo que todo parte desde ahí), prefería ser la que tomaba fotos y video para evitarme la pena de dar un categórico NO cuando querían incluirme en la fila de la víbora de la mar. Entonces sí, iba yo a chambear a las bodas, porque en el momento en el que aprendí a usar una cámara me volví la productora oficial de la familia. Tenía sus ventajas, no lo niego: cuando me hartaba de todos podía irme a buscar un lugar tranquilo so pretexto de "es que la cámara pesa mucho" o "ya me cansé". Pero entiéndame: soy la menor de muchas, muchas, muchas primas que cuando yo apenas me estaba sacando los moquitos de mi nariz ellas ya se estaban casando y teniendo hijitos, así que no tenía mucha elección para negarme a asistir a estas festividades que por lo general resultaban sumamente aburridas para mi. Sin novio, sin amigos (porque era un evento familiar que sucedía siempre alguna ciudad lejana), rodeada de pura familia mayor que yo que solía hablar de lo que hablan todas las familias, asuntos en los que desafortunadamente yo nomás no he tenido cabida (excepto cuando ponían la del Payaso de Rodeo, con esa sí me sentía en ambiente por algunos minutos).

Cuando crecí la cosa cambió y no para bien. Aunque tengo muchas y muy gratas amistades, no puedo decir que pertenezco a ninguna cofradía que ha permanecido junta durante décadas, es decir, yo no tengo a "las amigas de la prepa" o "las amigas de la universidad" refiriéndome a ellas en ningún colectivo. Conservo amistades hechas en la prepa, en la universidad, incluso en la primaria, y si acaso son parte de un grupo es porque algunas de ellas se han conocido y saludado conmigo de pretexto. Así el asunto, debo acotar que de esas selectas amistades, muchas han decidido tomar rumbos en su vida que incluyen quizá la vida en pareja pero no una boda como tal. A lo que voy es a que tampoco puedo decir que ir a una boda me resulta un acontecimiento de amigos porque me parece que solo tres veces en mi vida he tenido esa suerte. Y una de ellas, para mi mala fortuna, implicó circunstancias muy tristes para mí y acudí nada más porque adoro a la pareja que se casó y no podía quedarles mal, pero hay evidencias (malditas fotografías manipuladoras) que dejan ver lo mal que la pasé. Y ni qué decir de la boda de mi hermana, ¡lloré toda la tarde-noche!.

Después de haber hecho esta emotivísima reflexión, me volví a preguntar: "¿pues a que vas tu a una boda?" y entendí que mi asistencia a un evento de esta magnitud era para acompañar a los celebrantes, para verme distinta a como normalmente me veo (ponerme un vestido ya es en sí mismo un acontecimiento), y también para conocer a la familia del contrayente a quien menos conozco. Nada más. No es para ponerme peda, no es para cantar y bailar hasta las primeras horas del alba. No. Voy, hago acto de presencia, saludo, y listo, me voy.

Pero, ¿qué sucede cuando la que está por casarse SOY YO? Ja, excelente pregunta. Y ni siquiera sabía que era tan necesaria esta retrospectiva para entender por qué el novio quiere una cosa y la novia, otra. Después de algunas acaloradas pláticas (vía Facetime porque pues, no nos queda de otra), el futuro marido y yo nos vimos en la necesidad de rascar en nuestras experiencias para poder llegar a un acuerdo lo más sensato posible respecto al tema. Una parte de este binomio disfruta las bodas porque se divierte, se ríe entre amigos, baila y la pasa increíble, la otra parte básicamente se aburre, come poco, saluda y se va. ¿Cómo conciliar este terrible diferencia? Creo que es algo que sólo el super poder de la wedding planner podrá resolver, y bueno, también el amor porque pues, todo lo que necesitamos es amor, dicen los que saben.

Y ustedes, ¿a qué van a una? ¿por viboreo? ¿por quedar bien? ¿por beber y comer sin freno? ¿por compartir con la pareja casadera?. Sin pena, nadie los va a leer aquí más que yo. Díganme, siquiera para saber si puedo considerarlos en mi feliz evento y con qué intenciones irán (jajajaja, no crean que esto es un truco ni nada por el estilo). Al fin de al cabo los haré pensar en otra cosa que no sean elecciones, triquiñuelas políticas, pobredumbre de sensibilidad entre los que dicen que nos gobiernan, y esas otras cosas horribles que suceden allá afuera, detrás de la ventana. Mejor hablemos de bodas y amarguras y grincheses similares, es más bonito y divertido... ¡capaz que hasta me dan buenos motivos para cambiar mi actitud con estas fiestas!

jueves, 17 de septiembre de 2015

De blogger a vlogger: 10 años de documentar mi vida


Según dan cuenta los archivos, fue un 18 de septiembre de 2005 cuando escribí el primer post de mi recién creado blog Ratona de tv. En aquel entonces tenía dos años de haber comenzado mi vida laboral, y en la segunda cosa que invertí mis bien merecidos salarios fue en una computadora de escritorio (la primera, adivinaron, fue una televisión). Era una maravilla tener mi propio equipo en mi propia recámara, y tener conexión a internet me daba la sensación de que tenía el mundo a mi disposición con tan solo dar click. Así, ociosa, mientras me comunicaba con el mundo por medio de mi Messenger de Hotmail, me divertía por horas explorando con asombro esos sitios personales que solían llamar Bitácoras (después se popularizó como Blog) donde se podían leer los pensamientos, ideas, comentarios, frustraciones, recomendaciones o pendejadas que el dueño de cada sitio exponía ante los demás. Y no sólo eso, sino que además se podía interactuar y dejar comentarios sobre eso que alguien en otro punto geográfico redactó y que uno, sin conocerlo siquiera, tenía frente al monitor. Para mí eso era todo un acontecimiento, que por lo menos tenía un par de años de haber comenzado a emerger.

Recuerdo el primer blog que comencé a seguir: el autor se nombraba El Huevo, y por azares de la vida aún sigo a este personaje pero ahora en su cuenta de Twitter... no sé, era demasiado listo y demasiado sarcástico como para hacerme pasar horas de mucho entretenimiento. Después descubrí a Alma, quien escribía desde Colima asuntos muy personales, a David Moreno desde Yucatán (ahora en Campeche), con quien compartía afinidades televisivas... Y entonces decidí invertir esos múltiples ratos de ocio en crear mi propio espacio. 

Sonaré como abuelita, pero Blogger ya no es lo que era, y en aquel momento uno tenía que aprender lo mínimo de código html (cosillas muy básicas) para poder decorar ese ciberrinconcitopersonal de acuerdo a nuestro propio estilo. Yo entraba a muchos blogs para ver sus aplicaciones y buscar la forma de incrustar contadores, relojes y demás chucherías desde sitios que los generaban de manera gratuita pero siempre en el dichoso código extraño. A fuerza de practicar, de invertir cualquier cantidad de horas nalga, y motivada por exponer mis letras al ancho y largo mundo virtual, mi primer blog quedó listo, y Ratona de TV creó su primer post cuyo interesantísimo contenido era un par de fotos, una de la serie Dawson´s Creek y otra de Beverly Hills 90210 que decía "Duelo de series... ¿Dawson´s Creek o 90210?" Brutal mi primera contribución. 

Poco después fui conociendo esta nueva forma de expresión, comprendiendo que la interacción con otras personas podía resultar muy interesante. Ser un "blogger, es decir, una persona activa en la acción de redactar entradas que se mostraban cronológicamente de manera continua, tenía sus responsabilidades, y si se deseaba ser leído por otras personas era indispensable darse a conocer. El fenómeno era tan extraño que a veces, sin hacer mucho ruido, descubrías que un post cualquiera podía tener visitas de gente totalmente desconocida que por desconocidas razones llegaba a tu sitio. Y así fui emocionándome, contagiándome del ejemplo de otras persona que al igual que yo le entraban a estas novedades tecnológicas, como mi amiga Eva Varona, y conociendo a otras que en aquel momento estaban del otro lado del mundo pero con pasiones igualmente compartidas, como mi querida Cristina. 

Meses después saqué otros dos blogs (estaba picada, lo sé): uno dedicado a mis preciosos perritos Pochaco y Toto (Vida de perros consentidos), con lo cuál pude ser parte por un buen rato de una comunidad increíble con perritos de todo el mundo que, al igual que los míos (o más bien sus dueños), documentaban el día a día por medio de fotografías y textos hermosos. El otro fue este, un sitio que albergó mis Policromías que ya tenían un tiempo de haber comenzado a publicarse. 

Han pasado 10 años y me resulta increíble que esa parte de mi vida personal y profesional ha quedado documentada en estos espacios que cualquier persona (cualquiera interesada, por supuesto) puede leer. Me sorprende ver mis primeras entradas en Ratona de TV y el tipo de textos que puedo subir ahora. 

Increíble y circunstancialmente el pasado 14 de septiembre acabo de estrenarme como Vlogger, así, con V. Vlogger es un término que resume el video blog, es decir, videos que documentan de manera cronológica la vida, las pasiones, intereses, comentarios y pendejadas de la gente. Y las reglas no han variado mucho, sólo que ahora la interacción se da desde muchas otras redes sociales, pero la dinámica de conocer a alguien, de encariñarte con lo que tiene que decir, de comentar y participar en la conversación que se inicia desde un medio audiovisual es igual. 

Gracias a mis nuevas actividades laborales he entendido que ser Vlogger resultará un apoyo fundamental a mis estrategias mercantiles, pero también porque al igual que hace 10 años, el fenómeno de esta manera de expresión me asombra tanto que moría por ser parte de él. Y así, en video, empiezo a dejar constancia de algunos aspectos de mi vida diaria junto con Tokotina (al parecer la gran protagonista) esperando que toda persona afín a mis pasiones e intereses me siga, y me deje un mensajito, una palabra, una interacción. Es increíblemente fantástico cuando eso sucede. 



No pude celebrar de mejor manera mi primera década inmersa en las redes sociales: haciendo la transición de una bitácora a otra, asumiéndome como blogger y luego como vlogger. Velitas, porras, fanfarrias y espantasuegras para festejar semejantes eventos... y miles de gracias a todos aquellos que de manera casual o afectiva han estado en contacto conmigo por estos medios: su comunicación me alimenta y emociona muchísimo. 

¡Feliz cumpleaños a mi!

lunes, 4 de mayo de 2015

La pelea del siglo: Healthy vs. Curvy

A alguien se le ocurrió decir que "La pelea del siglo" fue esa que anunciaron con tanta pompa y circunstancia para el pasado sábado, y que, a decir de los que saben y ven mucho bax (malditas modas lingüísticas tan pegajosas), fue una verdadera cochinada. Yo no veo ni sigo ese deporte, pero sí les puedo decir algo desde el amplio conocimiento que tengo del tema: la pelea del siglo  nunca, nunca se lleva a cabo arriba de un ring, se libra todos los días, cara a cara, sujeto versus el espejo. Y cuando por sujeto entendemos "persona del sexo femenino" la contienda se puede tornar más feroz, más voraz, más despiadada.

Tristemente o no, para muchas mujeres particularmente el mirarse al espejo es una especie de tortura moderna, cuya única juez es, vaya ironía, la misma víctima. Contemplarse en el espejo podría ser la experiencia más fascinante de todas (y no dudo que lo sea para muchas y muchos) si no estuviéramos llenas de expectativas, de convenciones sociales, de juicios acerca de lo que ese espejito debe reflejar, sin considerar lo que realmente uno debe saber ver. Es decir, una ve kilos, grasa, desperfectos, cachetes, lonjas, pelos, y todas esas cosas tan divertidas que el factor externo sumado a una autoestima fluctuante nos arrojan de primer, único y válido vistazo. Nada más allá.

Yo solía ser una niña delgada y enclenque que comía muy pero muy mal hasta que de pronto crecí, me empecé a llenar, luego me empecé a llenar más, y luego ya no supe qué hacer con eso. Hace muchos años estuve en un plan alimenticio que me ayudó muchísimo a aprender a comer verduras y frutas, y aunque desde entonces trato de incluirlas diariamente en mi alimentación, hay otras cosas que seguramente como y que seguramente me impiden eliminar aquello que según el espejo me sobra. Pero como también soy altamente odiosa para eso de las medicinas y las vitaminas, desde que empecé a vivir sola aprendí que puedo prevenirme muchos achaques con una mejor alimentación, así que desde entonces y haciendo uso de la tecnología, he conocido gente a la que sigo que habla de jugos, verduras, detox, vegeterianismo, veganismo, crudiveganismo: la tendencia #Healthy. Aunque tengo mis reservas sobre este tipo de prácticas, no voy a negar que me encanta la idea de que eso que ni con los ojos tuertos comería, como por ejemplo los plátanos manchados y dulces (aaaaawwwwgggggg, ¡la cosa más fea del mundo!), puedan ser el complemento de un licuado delicioso si los metemos al refri un rato y los combinamos con apio, canela y vainilla. "Si no te lo puedes comer, tómatelo", dice una de las tantas gurús sobre tema en sus redes sociales.


El asunto con esto es que seguramente mi falta de constancia, mis arranques de pan y galletas, o alguna fuerza poderosa de la naturaleza, me impiden observar el resultado deseado (con todo y que me animo viendo Kilo a kilo y The biggest loser en el Discovery Home and Health), y mis miradas diarias al espejo son una cosa muy pero muy espantosa y traumática. A eso le sumaré que por primera vez en mucho tiempo, en toda mi vida quizá, llevo un ritmo de hacer ejercicio que va en promedio de dos a tres veces por semana desde octubre. Harto cardio, harto kilómetro caminado, y nada, la lonja nomás no desinfla. Y sí, me entra un sentimiento de frustración muy gacho, aunque en realidad sí se que dentro de todo llevo un estilo de vida sano y que mi cuerpo seguramente agradece los jugos, las verduras y el ejercicio... pero estéticamente es otra cosa.

Así que en uno de esos días que hacer, andando entre polvo nomás, mirando las fotos de todas aquellas quienes promueven este estilo de vida y que en sus imágenes lucen delgadas, marcadas, felices y radiantes, me di cuenta que no podía seguir aspirando a eso ni aunque ponga fotos de puerquitos en el refri. No puedo luchar todos los días por ser algo que no soy, que fui, que puedo ser con constancia, pero que hoy no soy. Así pensé que sería bueno cambiar la visión: si soy la gorda entre las flacas, ¿por qué no ser la flaca entre las gordas? Y así me puse a googlear y a investigar más sobre el movimiento #Curvy, es decir, de las blogueras (principalmente españolas las de habla hispana) que a partir de su sitio y sus redes sociales, fomentan el orgullo de portar lonjitas, de ser curvilíneas y de que estar gorda no significa forzosamente que se esté enferma o poco sana. Son chicas que relatan su tortura con una y otra y otra dieta, que también salen a correr, que también comen verduras y jugos, pero su figura sigue envuelta en curvas. Me gustó el concepto, a pesar de leer muchos comentarios negativos al respecto. Yo también comparto algunos, no crean que no. Tampoco creo que sea políticamente incorrecto hablar de los gordos (a tanto llegó el asunto que eliminaron el "me siento gordo" del Facebook, o promovieron el #ImNoAngel), y sinceramente me dio sentimientos encontrados ver las fotos de estas chicas, que principalmente hablan de moda para tallas grandes pero terminan hablando sobre ellas mismas y su día a día, tan llenitas y tan seguras de sí mismas, tanto como lo veo en las delgadas (también tengo mis reservas contra la extrema delgadez).

A mi me quedan claras algunas cosas: no puedes forzarte a ser lo que no eres, pero sí creo que la gordura esconde sentimientos que no has sanado, que mucho es un asunto emocional, y esa es la parte de las dietas y regímenes que nadie te dice. Pero también creo que influyen muchas otras cosas para estar en un determinado peso, independientemente de tu alimentación. Entonces leer y ver a estas chicas hablando incluso de lo que opinan sobre las ineficientes medidas del Estado contra la obesidad o de lo que creen como un plan muy bien armado para fomentar gordos y venderles dietas, aparatos de ejercicio y cosas así (industrias altamente lucrativas, dicen), me parece muy impactante. No se trata de ser modelos, se trata de poder expresarse sobre lo que son por ellas, no por su peso.

Y al final de cuentas, mientras veo en mi Instagram una publicación de Rawvana seguida por una de Misscurvystyle me siento como en medio de un limbo en el que las ideas sobre la salud, la autoaceptación y el no permitir que un número me defina me dejan así como en la pendeja, sin embargo lo que sí agradezco es poder existir en un momento social, cultural y tecnológico que me permita tener acceso a estas visiones particulares del mundo; al final de cuentas tanto las #Healthy como las #Curvy promueven valores positivos que son con los que día a día me quedo: querer a tu cuerpo, alimentarlo sanamente, pero sin privarte ni tener complejos por los muslos grandes (fue tan gratificante leer a todas ellas que usan shorts y se les trepan por el gordito del muslo, ¡y no se los dejan de poner por eso!), y que puedes tener amigos, vestir a la moda e incluso convertirte en líder de opinión sin importar cómo luce la ropa en tu cuerpo.


Y mientras yo, al igual que muchas mujeres sigo luchando contra el espejo, con más ferocidad y astucia que cualquiera de esos sudorosos, feos y millonarios boxeadores, también seguiré leyendo y explorando lo mejor de ambos mundos, esperando al menos que pueda quedarme y aprender lo que mejor me haga sentir, sin enjuiciarme, ni compararme, ni recordarme en aquellos días donde solía ser delgada. ¡Ya no más!