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jueves, 14 de julio de 2016

Sueños transmedia (o cómo sobrevivir al cambio)

Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, totalmente cierto.

Y debe serlo cuando un día amaneces y descubres que el mundo que conociste una noche antes deja de ser lo que era; en un minuto estás enviando algún jocoso tuit desde tu celular y te detienes a mirar con atención que ahora Twitter implementó algo incomprensible llamado "momentos" con un rayito igual de incomprensible como forma de reconocerlo. En un instante estás viviendo tu vida así, casual, hasta que descubres que el tierno Pikachú ha vuelto y no precisamente en forma de fichas, sino que ahora la gente lo mira por todas partes en una realidad paralela a la tuya. ¡¿Pues qué es esto?!



Y es que cuando a uno le mueven el piso y lo invitan obligatoriamente a fuerzas a salirse de sus amadas y familiares zonas de confort, no se sabe para dónde puede ir la vida ni qué tan incierto puede ser el futuro inmediato. Así, justamente en ese punto de mi existencia estoy.

Debo confesar que este post fue concebido en el sueño loco que me tiene despierta desde las 4 am y que no puedo parar de procesar en mi mente, porque no sé si por dimensionar qué afectada puedo estar de mis facultades mentales o porque quizá me parece la cosa más ingeniosa que he concluido en años. Dejen les cuento:

No es un secreto lo embobada que me tienen desde hace muchos meses algunos ingeniosos vloggers (o youtubers) con sus creativos contenidos y la forma en la que nos los presentan. Tengo mis rachas, a algunos los celebro más que a otros, pero cada vez que tengo un nuevo hallazgo suelo ciberperseguirlos en sus redes sociales cual quinceañera stalker enloquecida. Pues bien, mi nuevo hit es una pareja de esposos que viven en Culiacán, Sinaloa, que graban su vida e ilustran algunos momentos relevantes de su día a día, aunque en realidad lo que más me gusta ver es su canal "profesional", llamado Mis Pastelitos. Ella se llama Gris y es una buenaza para hacer repostería, él se llama Charly y no sé si tiene formación de comunicólogo, pero graba, edita y posproduce como los grandes. Han aprendido a trabajar en equipo, y la verdad es que su canal de recetas puede tenerme (entretenerme) frente a la pantalla por horas enteras. Tienen ritmo, buena narrativa, pastelitos que se ve saben al cielo mismo, colores padrísimos, y como cereza del pastel, han logrado hacer de su canal un espacio colectivo, donde los usuarios también tienen participación no nada más con un simple hashtag, sino con fotos y videos que aparecen en la última sección. No todas las estrellas del Youtube tienen estas deferencias.



Descubrí al team de Mis Pastelitos gracias a un video que hicieron con Karla Celis, otra vlogger que sigo morbosamente desde hace casi un año, y desde entonces los empecé a seguir. Nunca imaginé estar hablando de ellos porque, gracias a un maratón que me aventé ayer de sus recetas (arma efectivísima contra el aburrimiento infantil de unas sobrinas que ya salieron de vacaciones), pasé una buena parte de mi noche soñándolos en tremendas travesías culinarias. Sin embargo no es por eso que estoy aquí haciendo esta sesuda y poco interesante reflexión, sino porque quizás en mi mente se mezclaron mi entretenimiento del día con mis lecturas del día e hicieron un mix de tonterías que posiblemente no lo son tanto.

Yo, como la Ratona de Televisión que soy, he estado indagando en el tema de la cultura  transmedia, un fenómeno cada vez más interesante y actual que en resumidas cuentas determina los nuevos planteamientos sobre la producción, promoción y circulación de contenidos "llamando la atención de los choques que acontecen cuando los textos mediáticos se mueven entre esferas comerciales y no comerciales" (Jenkins, Ford & Green, Cultura Transmedia 2013, p. 294). Los autores ocupan continuamente la palabra COLABORACIÓN como uno de los términos claves para comprender lo que está sucediendo con estos nuevos generadores de contenidos en distintas plataformas a las antes conocidas. Mientras tanto, las industrias culturales luchan de todas las formas posibles para insertar sus viejos modelos de negocio en estas novedosas formas de expresión, recurriendo a estrategias como la que señaló hace algunos días el periódico El Financiero en su nota sobre el posicionamiento de Televisa y Televisión Azteca ante las plataformas Over the Top (OTT): alianzas para COEXISTIR.

¿Y por qué les cuento todo este choro mareador en las Policromías si este tema pertenece a otro blog?  Pues porque todo apunta al cambio, y es hasta el momento la forma más clara en la que puedo explicarme lo que está ocurriendo en mi vida, ahora que estoy a menos de una semana de dejar la soltería (aunque ante las leyes de los hombres esto vaya a ocurrir hasta el próximo año). El hecho de que por fin Alejandro y yo vayamos a estar físicamente en el mismo espacio geográfico, luego de dos años de una relación que ha subsistido gracias a la mensajería instantánea y el Facetime, es casi una realidad. Una que me tiene enloquecida de la emoción pero con el nerviosismo suficiente como para mantenerme despierta desde altas horas de la madrugada. Es algo que he pedido tanto, con lo que he soñado desde mi más temprana infancia (lo sé, soy una cursi pero así ha sido la historia), que después de tantos años de espera por fin parece ser un hecho de a deveras. Y si es algo que he pedido con santos y veladoras prendidas, ¿por qué me causa tal nerviosismo? ¿por qué me quita el sueño este cambio tan grande?

En sueños, mi situación es vista como si yo fuera una de estas industrias culturales que eran muy felices siendo ellas las que determinaban qué contenido debía ver la gente, a qué horas y en qué canales. Hagan de cuenta que soy como una suerte de Televisa que ha pasado muchísimos años existiendo de acuerdo a su propia voluntad, sin depender de lo que nadie diga, sin depender de los tiempos ni las voluntades de nadie. Por mucho que tanto en casa como en relaciones anteriores haya tenido que "ceder" en ciertos temas, al final del día nadie me decía qué canal de televisión sintonizar antes de dormir o con cuál despertar, o si mi escritorio estaba estúpidamente lleno de hojas y libros que debía recoger por que alguien más ocuparía ese espacio. No. Así he andado por la vida, feliz como Televisa en ese solitario modelito de industria llamado broadcasting. Pero entonces la cultura transmedia me está enseñando que también existen más modelos, otros que se ajustan a tus tiempos, a tus necesidades, y que viven gracias a su tendencia a la COLABORACIÓN, es decir, a gente emprendedora como Mis Pastelitos pueden trabajar en equipo haciendo cosas interesantes, apareciendo con otros vloggers, presentándonos sus conocimientos profesionales pero también su vida personal sin dejar de ser esposos. ¿O sea, CÓMO? Y si a este ejemplo le sumamos lo que va a ocurrir con Chumel Torres, un vlogger dedicado a hacer una suerte de crítica política mexicana que ahora va saltar de la pantalla del Internet a la pantalla del HBO (la bonita narrativa transmedia, que implica que un mismo universo, en este caso personaje, tenga distintas manifestaciones en distintas pantallas sin perder la línea común. Hagan de cuenta que es el mismo Pokemón en diferentes plataformas)... ¿Qué puede hacer Televisa ante esto? Televisa, que ha estado viviendo en su zona de confort tan feliz tantos años, sin depender de nadie, ahora se ve obligada a hacer ejercicios colaborativos en un afán de COEXISTIR en estos nuevos entornos mediáticos...

Y entonces Televisa (o sea yo), que sabía que necesitaba un cambio necesario y radical para seguir con una vida sana y positiva, está por experimentar algo que desconoce y que se antoja como la mismísima dimensión desconocida. ¡Pero ni modo, todo cambia porque es la única constante! Y entonces comprendo que COEXISTIR y COLABORAR (que vienen del CO, que significa unión), no puede ser tan malo. Que un par de esposos pueden ser esposos en su vlog y productor y conductora en otro sin que eso los afecte. Que Chumel podrá ser Chumel con contenidos distintos en una pantalla y en otra, y que YO podré seguir siendo YO aún compartiendo mi espacio, mi cama y mi vida con alguien más. Porque si algo me apanica es convertirme en "la esposa de", "la novia de", "la señora de", y que entonces todo lo que Raquel ha sido se pierda en el camino. Me apanica que el YO que me he construido lo deje, por voluntad propia, perdido en algún cajón que deberé ceder la próxima semana para guardar pantalones y playeras que no son mías. Me quita el sueño la idea de que ese YO, esa Raquel, no sepa cómo sobrevivir a este cambio. Supongo que Televisa tampoco sabe cómo le va a ir en el futuro, ¿o si?

¿Ven lo que pasa cuando el entretenimiento es su objeto de estudio? No lo hagan, por favor, o terminarán escribiendo post tan confusos como éste que, penosamente, me creo es una iluminación divina. O quizá es sólo la falta de sueño y la tormenta garrafal que acaba de azotar en estas tierras.

Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, esto es absoluta y absurdamente cierto.  Seguiré informando.

Sueños transmedia (o cómo sobrevivir al cambio)

Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, totalmente cierto.

Y debe serlo cuando un día amaneces y descubres que el mundo que conociste una noche antes deja de ser lo que era; en un minuto estás enviando algún jocoso tuit desde tu celular y te detienes a mirar con atención que ahora Twitter implementó algo incomprensible llamado "momentos" con un rayito igual de incomprensible como forma de reconocerlo. En un instante estás viviendo tu vida así, casual, hasta que descubres que el tierno Pikachú ha vuelto y no precisamente en forma de fichas, sino que ahora la gente lo mira por todas partes en una realidad paralela a la tuya. ¡¿Pues qué es esto?!



Y es que cuando a uno le mueven el piso y lo invitan obligatoriamente a fuerzas a salirse de sus amadas y familiares zonas de confort, no se sabe para dónde puede ir la vida ni qué tan incierto puede ser el futuro inmediato. Así, justamente en ese punto de mi existencia estoy.

Debo confesar que este post fue concebido en el sueño loco que me tiene despierta desde las 4 am y que no puedo parar de procesar en mi mente, porque no sé si por dimensionar qué afectada puedo estar de mis facultades mentales o porque quizá me parece la cosa más ingeniosa que he concluido en años. Dejen les cuento:

No es un secreto lo embobada que me tienen desde hace muchos meses algunos ingeniosos vloggers (o youtubers) con sus creativos contenidos y la forma en la que nos los presentan. Tengo mis rachas, a algunos los celebro más que a otros, pero cada vez que tengo un nuevo hallazgo suelo ciberperseguirlos en sus redes sociales cual quinceañera stalker enloquecida. Pues bien, mi nuevo hit es una pareja de esposos que viven en Culiacán, Sinaloa, que graban su vida e ilustran algunos momentos relevantes de su día a día, aunque en realidad lo que más me gusta ver es su canal "profesional", llamado Mis Pastelitos. Ella se llama Gris y es una buenaza para hacer repostería, él se llama Charly y no sé si tiene formación de comunicólogo, pero graba, edita y posproduce como los grandes. Han aprendido a trabajar en equipo, y la verdad es que su canal de recetas puede tenerme (entretenerme) frente a la pantalla por horas enteras. Tienen ritmo, buena narrativa, pastelitos que se ve saben al cielo mismo, colores padrísimos, y como cereza del pastel, han logrado hacer de su canal un espacio colectivo, donde los usuarios también tienen participación no nada más con un simple hashtag, sino con fotos y videos que aparecen en la última sección. No todas las estrellas del Youtube tienen estas deferencias.



Descubrí al team de Mis Pastelitos gracias a un video que hicieron con Karla Celis, otra vlogger que sigo morbosamente desde hace casi un año, y desde entonces los empecé a seguir. Nunca imaginé estar hablando de ellos porque, gracias a un maratón que me aventé ayer de sus recetas (arma efectivísima contra el aburrimiento infantil de unas sobrinas que ya salieron de vacaciones), pasé una buena parte de mi noche soñándolos en tremendas travesías culinarias. Sin embargo no es por eso que estoy aquí haciendo esta sesuda y poco interesante reflexión, sino porque quizás en mi mente se mezclaron mi entretenimiento del día con mis lecturas del día e hicieron un mix de tonterías que posiblemente no lo son tanto.

Yo, como la Ratona de Televisión que soy, he estado indagando en el tema de la cultura  transmedia, un fenómeno cada vez más interesante y actual que en resumidas cuentas determina los nuevos planteamientos sobre la producción, promoción y circulación de contenidos "llamando la atención de los choques que acontecen cuando los textos mediáticos se mueven entre esferas comerciales y no comerciales" (Jenkins, Ford & Green, Cultura Transmedia 2013, p. 294). Los autores ocupan continuamente la palabra COLABORACIÓN como uno de los términos claves para comprender lo que está sucediendo con estos nuevos generadores de contenidos en distintas plataformas a las antes conocidas. Mientras tanto, las industrias culturales luchan de todas las formas posibles para insertar sus viejos modelos de negocio en estas novedosas formas de expresión, recurriendo a estrategias como la que señaló hace algunos días el periódico El Financiero en su nota sobre el posicionamiento de Televisa y Televisión Azteca ante las plataformas Over the Top (OTT): alianzas para COEXISTIR.

¿Y por qué les cuento todo este choro mareador en las Policromías si este tema pertenece a otro blog?  Pues porque todo apunta al cambio, y es hasta el momento la forma más clara en la que puedo explicarme lo que está ocurriendo en mi vida, ahora que estoy a menos de una semana de dejar la soltería (aunque ante las leyes de los hombres esto vaya a ocurrir hasta el próximo año). El hecho de que por fin Alejandro y yo vayamos a estar físicamente en el mismo espacio geográfico, luego de dos años de una relación que ha subsistido gracias a la mensajería instantánea y el Facetime, es casi una realidad. Una que me tiene enloquecida de la emoción pero con el nerviosismo suficiente como para mantenerme despierta desde altas horas de la madrugada. Es algo que he pedido tanto, con lo que he soñado desde mi más temprana infancia (lo sé, soy una cursi pero así ha sido la historia), que después de tantos años de espera por fin parece ser un hecho de a deveras. Y si es algo que he pedido con santos y veladoras prendidas, ¿por qué me causa tal nerviosismo? ¿por qué me quita el sueño este cambio tan grande?

En sueños, mi situación es vista como si yo fuera una de estas industrias culturales que eran muy felices siendo ellas las que determinaban qué contenido debía ver la gente, a qué horas y en qué canales. Hagan de cuenta que soy como una suerte de Televisa que ha pasado muchísimos años existiendo de acuerdo a su propia voluntad, sin depender de lo que nadie diga, sin depender de los tiempos ni las voluntades de nadie. Por mucho que tanto en casa como en relaciones anteriores haya tenido que "ceder" en ciertos temas, al final del día nadie me decía qué canal de televisión sintonizar antes de dormir o con cuál despertar, o si mi escritorio estaba estúpidamente lleno de hojas y libros que debía recoger por que alguien más ocuparía ese espacio. No. Así he andado por la vida, feliz como Televisa en ese solitario modelito de industria llamado broadcasting. Pero entonces la cultura transmedia me está enseñando que también existen más modelos, otros que se ajustan a tus tiempos, a tus necesidades, y que viven gracias a su tendencia a la COLABORACIÓN, es decir, a gente emprendedora como Mis Pastelitos pueden trabajar en equipo haciendo cosas interesantes, apareciendo con otros vloggers, presentándonos sus conocimientos profesionales pero también su vida personal sin dejar de ser esposos. ¿O sea, CÓMO? Y si a este ejemplo le sumamos lo que va a ocurrir con Chumel Torres, un vlogger dedicado a hacer una suerte de crítica política mexicana que ahora va saltar de la pantalla del Internet a la pantalla del HBO (la bonita narrativa transmedia, que implica que un mismo universo, en este caso personaje, tenga distintas manifestaciones en distintas pantallas sin perder la línea común. Hagan de cuenta que es el mismo Pokemón en diferentes plataformas)... ¿Qué puede hacer Televisa ante esto? Televisa, que ha estado viviendo en su zona de confort tan feliz tantos años, sin depender de nadie, ahora se ve obligada a hacer ejercicios colaborativos en un afán de COEXISTIR en estos nuevos entornos mediáticos...

Y entonces Televisa (o sea yo), que sabía que necesitaba un cambio necesario y radical para seguir con una vida sana y positiva, está por experimentar algo que desconoce y que se antoja como la mismísima dimensión desconocida. ¡Pero ni modo, todo cambia porque es la única constante! Y entonces comprendo que COEXISTIR y COLABORAR (que vienen del CO, que significa unión), no puede ser tan malo. Que un par de esposos pueden ser esposos en su vlog y productor y conductora en otro sin que eso los afecte. Que Chumel podrá ser Chumel con contenidos distintos en una pantalla y en otra, y que YO podré seguir siendo YO aún compartiendo mi espacio, mi cama y mi vida con alguien más. Porque si algo me apanica es convertirme en "la esposa de", "la novia de", "la señora de", y que entonces todo lo que Raquel ha sido se pierda en el camino. Me apanica que el YO que me he construido lo deje, por voluntad propia, perdido en algún cajón que deberé ceder la próxima semana para guardar pantalones y playeras que no son mías. Me quita el sueño la idea de que ese YO, esa Raquel, no sepa cómo sobrevivir a este cambio. Supongo que Televisa tampoco sabe cómo le va a ir en el futuro, ¿o si?

¿Ven lo que pasa cuando el entretenimiento es su objeto de estudio? No lo hagan, por favor, o terminarán escribiendo post tan confusos como éste que, penosamente, me creo es una iluminación divina. O quizá es sólo la falta de sueño y la tormenta garrafal que acaba de azotar en estas tierras.

Dice la sabiduría popular que lo único realmente constante y permanente en esta vida es el cambio. Irónico, pero al parecer, esto es absoluta y absurdamente cierto.  Seguiré informando.

lunes, 30 de mayo de 2016

La grinch de las bodas y otras celebraciones

Pasó mi cumpleaños, pasaron las campañas electorales, pasaron muchas y muchas malas noticias de Veracruz en los encabezados de los medios nacionales y nadie hace nada. Me refiero a que yo, particularmente, no había tenido mucho ánimo para documentar tan variopintos acontecimientos porque mi mente ha estado en una luna de esas que quizá aún nadie ha decidido colonizar.

El caos general no me es ajeno. Las marchas, las luchas, las búsquedas, las injusticias, las pérdidas, los abusos de todo tipo son esas cosas de las que todo el mundo habla pero que yo prefiero no compartir más que en mis ratos de meditación. La indignación es tal que he aprendido a ser muy cuidadosa con mis palabras y pensamientos, para dedicarle a estos eventos la atención justa, los sentimientos que creo más convenientes. Y es que como sabrán no soy persona combativa, así que las herramientas que ocupo para manejar la indignación son diferentes y por lo tanto, menos comprensibles, quizá. Digo esto porque la siguiente reflexión es totalmente alejada de cualquier asunto que haya ocupado la atención popular, y porque temo ser tachada de frívola o superficial cuando que, me parece, las frivolidades no nos caen tan mal en medio de tanta maldita realidad.

¡Ahí está el asunto del colchón perdido! No quiero dejar de mencionar esto porque es el claro ejemplo de lo que estoy diciendo. El suceso fue así de simple: un chico xalapeño lavó su colchón, lo dejó secar en la calle, un taxista creyó que era desecho, lo trepó a su unidad, y el chico pidió ayuda a la bonita sociedad feisbukera para que su impecable pertenencia le fuera devuelta. ¿El resultado? Una lluvia de memes y de sonrisas que más de un habitante de esta revuelta capital agradeció. La clave fue que el afectado se tomó con muy buen humor la carrilla colectiva, y logró que amigos y desconocidos nos enteráramos del divertido recorrido que vivió su colchón que "tiene azul en la parte de abajo y como doble colchoncito" (como textualmente fue descrito el desaparecido). Eventos virales que quizá duren un sólo día, pero refrescan un poquito el espíritu.

Lo mío no es ni tan jocoso ni tal viral, pero vaya que es algo que me ha hecho pensar en los últimos días: ¿para qué va uno a una boda? ¿Qué tipo de celebración puede ser esta como para estar deseoso de acudir a una? Voy a ser muy sincera: yo ODIO ir a las bodas. Mucho. Y en realidad nunca había profundizado la razón de mi aberración a estas celebraciones, nunca nadie me había preguntado "¿pues a qué vas tu a una boda?". Y entonces pensé que en realidad algunas cosas pueden en teoría tener un significado pero vivirse de manera muy particular para cada persona. En teoría la Navidad es una de las fechas más bonitas y alegres, sin embargo hay un alto índice de gente que o la odia, o no la celebra, o cree que son hipocresías, o tiene algún recuerdo triste. Así las bodas para mí.



No ha sido un secreto para nadie que yo soy un ente asocial que disfruta poco las multitudes, situación que descubrí desde muy temprana edad y no he tenido ningún reparo en difundir. Soy grinch, soy amargada, soy agria como un limón seco cuando se trata de bodas, baby showers o despedidas de solteras. En las bodas (y creo que todo parte desde ahí), prefería ser la que tomaba fotos y video para evitarme la pena de dar un categórico NO cuando querían incluirme en la fila de la víbora de la mar. Entonces sí, iba yo a chambear a las bodas, porque en el momento en el que aprendí a usar una cámara me volví la productora oficial de la familia. Tenía sus ventajas, no lo niego: cuando me hartaba de todos podía irme a buscar un lugar tranquilo so pretexto de "es que la cámara pesa mucho" o "ya me cansé". Pero entiéndame: soy la menor de muchas, muchas, muchas primas que cuando yo apenas me estaba sacando los moquitos de mi nariz ellas ya se estaban casando y teniendo hijitos, así que no tenía mucha elección para negarme a asistir a estas festividades que por lo general resultaban sumamente aburridas para mi. Sin novio, sin amigos (porque era un evento familiar que sucedía siempre alguna ciudad lejana), rodeada de pura familia mayor que yo que solía hablar de lo que hablan todas las familias, asuntos en los que desafortunadamente yo nomás no he tenido cabida (excepto cuando ponían la del Payaso de Rodeo, con esa sí me sentía en ambiente por algunos minutos).

Cuando crecí la cosa cambió y no para bien. Aunque tengo muchas y muy gratas amistades, no puedo decir que pertenezco a ninguna cofradía que ha permanecido junta durante décadas, es decir, yo no tengo a "las amigas de la prepa" o "las amigas de la universidad" refiriéndome a ellas en ningún colectivo. Conservo amistades hechas en la prepa, en la universidad, incluso en la primaria, y si acaso son parte de un grupo es porque algunas de ellas se han conocido y saludado conmigo de pretexto. Así el asunto, debo acotar que de esas selectas amistades, muchas han decidido tomar rumbos en su vida que incluyen quizá la vida en pareja pero no una boda como tal. A lo que voy es a que tampoco puedo decir que ir a una boda me resulta un acontecimiento de amigos porque me parece que solo tres veces en mi vida he tenido esa suerte. Y una de ellas, para mi mala fortuna, implicó circunstancias muy tristes para mí y acudí nada más porque adoro a la pareja que se casó y no podía quedarles mal, pero hay evidencias (malditas fotografías manipuladoras) que dejan ver lo mal que la pasé. Y ni qué decir de la boda de mi hermana, ¡lloré toda la tarde-noche!.

Después de haber hecho esta emotivísima reflexión, me volví a preguntar: "¿pues a que vas tu a una boda?" y entendí que mi asistencia a un evento de esta magnitud era para acompañar a los celebrantes, para verme distinta a como normalmente me veo (ponerme un vestido ya es en sí mismo un acontecimiento), y también para conocer a la familia del contrayente a quien menos conozco. Nada más. No es para ponerme peda, no es para cantar y bailar hasta las primeras horas del alba. No. Voy, hago acto de presencia, saludo, y listo, me voy.

Pero, ¿qué sucede cuando la que está por casarse SOY YO? Ja, excelente pregunta. Y ni siquiera sabía que era tan necesaria esta retrospectiva para entender por qué el novio quiere una cosa y la novia, otra. Después de algunas acaloradas pláticas (vía Facetime porque pues, no nos queda de otra), el futuro marido y yo nos vimos en la necesidad de rascar en nuestras experiencias para poder llegar a un acuerdo lo más sensato posible respecto al tema. Una parte de este binomio disfruta las bodas porque se divierte, se ríe entre amigos, baila y la pasa increíble, la otra parte básicamente se aburre, come poco, saluda y se va. ¿Cómo conciliar este terrible diferencia? Creo que es algo que sólo el super poder de la wedding planner podrá resolver, y bueno, también el amor porque pues, todo lo que necesitamos es amor, dicen los que saben.

Y ustedes, ¿a qué van a una? ¿por viboreo? ¿por quedar bien? ¿por beber y comer sin freno? ¿por compartir con la pareja casadera?. Sin pena, nadie los va a leer aquí más que yo. Díganme, siquiera para saber si puedo considerarlos en mi feliz evento y con qué intenciones irán (jajajaja, no crean que esto es un truco ni nada por el estilo). Al fin de al cabo los haré pensar en otra cosa que no sean elecciones, triquiñuelas políticas, pobredumbre de sensibilidad entre los que dicen que nos gobiernan, y esas otras cosas horribles que suceden allá afuera, detrás de la ventana. Mejor hablemos de bodas y amarguras y grincheses similares, es más bonito y divertido... ¡capaz que hasta me dan buenos motivos para cambiar mi actitud con estas fiestas!

martes, 29 de marzo de 2016

Yo como Britney... ups, ¡lo volví a hacer!

Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando me repetí miles de veces que nunca, jamás lo volvería a hacer. Ese mantra me lo dije una y otra vez al terminar la primavera del año 2009, pero hace un par de años ¡pum! caí de nueva cuenta. Y no, no es que esto sea un vicio al que vuelvo porque la vida no me deja otras opciones (o sí, todo depende del cristal con que se mire), sino que aparentemente reincidir, como acabo de hacerlo este mes, resulta ser el camino idóneo para que un bicho como yo pueda cumplir con su misión de vida.

Mientras escribo esto escucho a Britney, la Britney antes de la rapada, y la papada, y las hamburguesas, los hijitos y los amores locos, cuando envuelta en su traje rojo espacial entonaba "Oops, i did it again... Im not that inocent" con más cara de sensualidad que de tragedia. O sea, ¿qué no se supone que está rompiéndole el corazón a alguien oooootra vez? No se puede ser tan gacho en la vida pues, por andar con esa actitud luego los dioses te castigan con una carrera truncada y una gran panza y... no hay que ser así. A menos de que la canción hable de otra cosa y yo ande inculpando a la exjuvenil estrella (puede ser), pero el asunto es que yo, en efecto, volví a hacer algo que me había prometido no repetir jamás nunca de los nuncas, y no, no lo digo con cara sexy pero, debo reconocerlo, tampoco con cara trágica.

De los creadores de "No lo volveré a hacer versión 2009", y "No lo volveré a hacer nunca jamás versión 2014", este invierno llegó a mi vida una experiencia más de la saga: "Si, lo hice: Volví a dar clases". Resumo: Las habilidades docentes que corren por el ADN de mi familia fueron sabiamente repartidas en la información genética de mi hermana, quien desde los 6 años decidió que su vocación era ser maestra y hoy en día es una admirable profesionista que 5 días a la semana se para frente a un grupo de niñitos ansiosos por aprender de la vida. Puedo decir que yo fui su primera alumna desde los juegos infantiles, lo que me hizo entender que, a) siempre fui una estudiante hiperactiva que deseaba más el recreo que el conocimiento; y b) lo mío lo mío era hablar como una loca, más no jugar (creo que no lo hice ni de broma) a la maestra dedicada y juiciosa. En pocas palabras, siempre supe que la docencia no era lo mío, cosa con la que aprendí a vivir sin ninguna preocupación a decir verdad. Mientras Sandra se preparaba estudiando dos carreras a la vez para ser una brillante maestra, yo vivía mi vida loca.

Pero no fue hasta el 2009 cuando mi querida amiga Eva me invitó a dar clases en la misma universidad donde ella estaba, y yo dije que sí porque mi estado emocional era vulnerable y mi necesidad económica estaba puesta en ahorrar para lo que entonces sería mi boda (que no fue). ¡Qué ciega fui! La cosa más feliz que recuerdo de aquel semestre fue el día del maestro y la rifa en la que me gané 5 mil pesos. Yo iba por la abundancia económica, ¿qué no?. La experiencia fue fatal pero la lana fue una bendición en su momento.

Después, en 2014, recién titulada de la maestría, recibí una feliz invitación para volver a dar clases y juro por Dios que me mira que lo pensé una y otra vez. Lo consulté con la almohada, lo consulté con Tokotina, lo consulté hasta con los gatos que corrían sin razón en el techo de mi antigua casa y en el espíritu de "me voy a quitar la espinita" dije que si. La experiencia fue decepcionante, tanto que lo más relevante que puedo recordar fue el coraje que me dio que en la primera clase un alumno (que después descubrí era un pésimo estudiante), me tomó una foto en plena cátedra. Osea, ¿cómo? ¡que alguien me explique!

Pero entonces llegó el 2016 y las necesidades de mi pobre cochinito ahorrador con anemia, como consecuencia de las decisiones de vida de mandar todo al carajo y ser mi propio jefe, me hicieron tomar medidas desesperadas. Una casualidad de la vida me llevó a ver una publicación en un grupo de Facebook que llamó mi atención, respondí a ella enviando mi CV, y días después me preguntaron si podía dar clases. Y pues ni modo de decir que no, ¿verdad?. Eso sucede cuando uno decreta y el universo responde. Pero aquí el reto de "sacarme la espinita" episodio 2 fue mayor para mis escasas habilidades en la materia: se trató de armar una clase en menos de dos semanas, con duración de 40 horas impartidas de manera express en un mes completo, sobre asuntos teóricos para alumnos de octavo semestre de una carrera que es totalmente práctica. El reto, además de todo, fue venderles a alumnos de la licenciatura de cine que la idea de que la televisión también puede ser una vía de trabajo. ¡Apocalipsis! Es bien sabido en este medio que el gremio cinematográfico no es particularmente amigo de los contenidos televisivos. El reto, entonces, era enorme para mi.

He invertido todo el mes de marzo en armar clases, bajar videos, hacer diapositivas, leer textos, ensayar frente a una Tokotina que o se convierte en la perrita más conocedora de telenovelas de la región o en la mascota con mayor índice de aburrimiento del mundo, y hoy que estoy a dos clases de terminar ya me siento como el clásico meme de fin de cursos, arrastrando la cobija antes de llegar al final. Aunque tengo mucho que decir respecto a esta experiencia guardaré los mejores momentos para otro post (el de hoy es el resultado de procastinar mis quehaceres para la clase de mañana, ¿no se nota?), sí quiero reflexionar esas sabias y populares palabras que dicen "la tercera es la vencida". Esta tercera vez frente a un grupo ha resultado mucho más agradable que las anteriores. Esta tercera vez frente a un grupo, de maneras insospechadas, me ha ayudado a entender que la docencia forma parte de un grupo de actividades en las que gente como yo puede ser capaz de transmitir el conocimiento que adquiere tras tantas horas nalga invertidas en leer y consumir televisión e internet. Esta tercera vez me ha ayudado a entender que lo que digo tiene algún sentido, que puede sembrar algo en alguien (poquito o mucho, eso lo sabremos al fin del semestre), pero que incluso puede ser relevante llevar mi mensaje de amor sobre la tele y las telenovelas en este asunto formativo y de alfabetización mediática. La verdad, no me la he pasado tan tan mal, pese a lo maratónico de este esfuerzo que bendito sea el creador que está en los cielos (no como el pobre Jesucristo del meme que se nos cayó de la cruz en pleno Viacrucis), ya está llegando a su fin.

Mi cara al terminar este post no puede ser la de Britney porque la culpa por no terminar mi material está invadiendo mi ñoño ser, así que nada de bailar con trajes rojos ni pelucas largas por toda mi casa. Pero sí, hay un guiño de satisfacción al decirlo: Ups, ¡lo volví a hacer...! ¡Y creo que me gustó!

jueves, 10 de diciembre de 2015

De cómo "Clarissa lo explica todo" cambió mi vida

Esto podría ser tranquilamente un post publicado en el sitio de la Ratona de TV, ya que el título hace referencia a cierto programa de televisión de los años noventa muy famoso y muy apreciado por quienes tuvimos la fortuna de verlo y que hoy añoramos tanto, que por eso anda rolando en las redes sociales un video titulado "Melissa lo explica todo", donde la actriz Melissa Joan Hart platica muy en el tono del personaje cómo fue la década de los 90 en cuanto a música, moda y tecnología. Como resumen para aquellos que no tienen mucha idea de qué les hablo, Clarissa lo explica todo fue un programa del canal Nickelodeon pensado para un público infantil-juvenil en el que la protagonista platicaba frente a la cámara su día a día como una pre-adolescente y tooooooooodo el mundo de cosas que le ocurrían al respecto.


Lo increíble al caso es que hoy en día el programa de Clarissa... tiene un significado muy particular para mi y cambió mi vida un 18 de marzo del año 2014, cuando por pura y mera ociosidad subí a mis redes sociales de Ratona de tv una foto con la leyenda "¿A qué serie pertenece esa foto? #trivia #televisión". Entre las personas que contestaron estuvo uno de los mejores amigos de una de mis mejores amigas que vio la publicación y decidió responder. Y ese detalle, señoras y señores, me hizo conocer a la persona a la que más amo en este momento de mi vida.



Después de ese comentario el personaje en cuestión y yo tuvimos un divertido intercambio de tweets sobre cosas de televisión y películas varias, hasta que la hermana de la amiga del amigo que nos sigue a los dos en esa red social de plano nos pidió que armáramos nuestro grupo de chat o algo porque aquello ya era mucho. Así fue como mi amiga abrió su propio grupo de chat con nosotros incluidos, del que paulatinamente se fue saliendo hasta que terminamos nada más nosotros dos platicando por horas enteras. ¿Pero cómo platicando por chat? ¿Qué no era mejor conocerse y ya? ¡Jaaaaa! Eso hubiera sido lo más lógico a no ser porque el personaje en cuestión vive (todavía) a muuuuuchos kilómetros lejos de mi casa. De Xalapa a Villahermosa hay todo un mundo de distancia.

Sin embargo los astros se alinearon (y la curiosidad fue tanta) para que esas vacaciones de Semana Santa, que llegaron a menos de un mes de haber comenzado a platicar, él decidiera venir a disfrutar sus días en esta bonita y tropical capital veracruzana y bueno, de pasito a conocer a la persona detrás de la pantalla de chat. A mi realmente lo que me daba curiosidad era saber cómo podía sostener una conversación de todo el día con alguien sin que terminara harta, loca o chocada, porque eso se me da con una facilidad impresionante. Algo tendría de especial el muchachito que en un mes de tanta charla no había querido ni bloquearlo ni mandarlo al diablo.

Y bueno, vino, pasamos 4 días de momentos muy divertidos y otros francamente muy bochornosos (¿no les ha pasado que cuando quieren quedar bien con alguien se suben al coche, se dan cuenta que dejaron prendidas las luces, se jode su batería y terminan haciendo el oso de la vida?... a mi sí, snif), y lo que resultó de esa visita fueron más llamadas, más visitas y el inicio de una relación que me ha llenado el corazón de felicidad, de emoción, de alegría y de esperanza.

Antes de mis 35 años, debo confesar, me sentía con un vacío muy grande por las experiencias que tuve en el pasado pero sobre todo porque una, ingenuamente, traza su vida de acuerdo a planes que en teoría deben cumplirse al pie de la letra respecto a la edad para casarse, para tener hijos, para vivir una vida plena y feliz. Y antes de mis 35 supe de muchas amigas y conocidas que ya se habían casado, habían tenido hijos y algunas hasta se estaban divorciando, todo un cúmulo de experiencias que llegaron a una edad prudente para ello; ¿y yo? Yo sólo cargaba mi velíz de anécdotas y sentimientos medio marchitados, pero nada más... y temí que así iba a ser para siempre. Entonces un muchachito dos años mayor que yo que también tenía su velíz de anécdotas pero con una actitud mucho más alegre ante la vida, llegó para demostrarme que todo puede cambiar en un segundo, que uno hace cosas tan mecánicas como subir una insignificante trivia en una red social y ¡zas!, todo puede ser diferente así de rápido. Llegó entonces a enseñarme lo que es vivir el amor al día, con planes inmediatos que cambian a la menor provocación (ninguna de nuestras vacaciones hasta la fecha ha salido como lo planeamos), pero con la emoción de estar juntos, pese a todo y contra todo, hasta de la kilométrica distancia.

Antes de conocerlo mi vida era todo un plan riguroso y tan estricto que si no se cumplía (como ocurrió) el sentimiento de frustración era mayor a cualquier cosa. Después de estar con él durante más de un año y medio, he aprendido que los planes pueden ser en determinados asuntos donde es importante la constancia y la idea de a dónde se quiere llegar, pero sin estar atado a una idea o un procedimiento específico. Se puede tener un plan de vida en pareja, pero sin que esto implique una férrea visión del color de tus muebles o del viaje perfecto. Se puede y se vale soñar, pero estar con Alejandro me ha enseñado que la realidad puede ser mucho más hermosa que un montón de sueños juntos.



El próximo año será importante para nosotros y me fascina la idea de que nuestro plan de vida en este momento se centre en un proyecto en común y no en una fiesta o ceremonia... esa ni incluida está, jejeje. Me encanta que mis pláticas con él al respecto sean sobre ideas, trabajo, estudios y esfuerzos para algo que nos trae locos de ilusión y no sobre "cuántos invitados serán", "pastel o postre", o cosas de esas. Y no, no tengo absolutamente nada en contra de las bodas, pero la verdad es que jamás han estado en mi lista de cosas favoritas y me parece que construir una pareja es mucho más importante que gastar mis energías en organizar una increíble fiesta. Si algún día vivo una ceremonia así, seguramente es porque antes ya tengo algo mucho más sólido como base, y en esas estamos.

Escribo sobre Clarissa y obviamente escribo sobre Alejandro porque las cosas bonitas también se comparten (aunque yo sea medio celosa al respecto), y porque ya me regañó porque dice que nuuuuunca aparece en mis Policromías. Pochaca ya lo explicó todo. Hecho está.

jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Me hacen un lugarcito?

Hoy estoy escribiendo este reflexivo texto desde un lugar en el que, seguramente, pasé muchas más horas que en todos los otros sitios en los que he estado en mi vida: mi cuarto en la casa de mis padres, que hoy funge más como bodega de cajas y de recuerdos que otra cosa. Estoy aquí, sentada frente a la cama, con los pies en la posición más cómoda que encontraba cuando me sentaba en esta silla a estudiar, a escribir o simplemente a papalotear, mirando esas paredes moradas que durante más de 15 años guardaron todos los secretos de mi vida: mis alegrías, mis tristezas, los cigarros fumados a escondidas. Hoy el panorama de esta habitación es, cómo decirlo... raro. Ahora los sueños se han guardado en cajas colocadas por todas partes. Ahora la cama tiene sobre ella cosas, chunches y alguna que otra porquería que en algún momento deberé revisar a conciencia. Hoy el librero en el que lo mismo convivía Milan Kundera junto con las revistas de Cantinflas Show, se ha convertido en un montón de estantes semi vacíos, con libros mal acomodados porque están esperando su turno para partir de aquí. De pronto sentí unas ganas terribles de volver a vivir aquí, como si nada, pero temo que eso ya es una misión casi imposible.

Hace algunos días me pasó esta misma sensación pero con la casa en la que viví casi 6 años, justo aquella a la que llegué al salir de esta habitación. Vi unas fotografías y me llené de melancolía, tanto que deseé con todas mis fuerzas volver a estar ahí una vez más, tanto que esa noche soñé que regresaba con cajas y perra a vivir de nueva cuenta en ese lugar. Lo curioso no fue eso sino lo que sucedió en el sueño: estando yo desempacando e instalándome, llegaba el casero, que en todos los años de vivir ahí siempre me trató increíblemente bien, gritando que qué tenía que hacer y que me fuera. Yo le insistía que según esto ya había platicado con él para anunciarle mi regreso, pero no, seguía diciendo que yo ya no tenía nada que hacer ahí, así que llegaba con las dos personas que están a su servicio quienes, amablemente, sacaban mis cajas y a mi perra fuera de la casa, mientras yo me veía con toda mi rabia y tristeza gritando que me dejara estar ahí. No es que me sienta Freud pero temo que ese sueño fue cortesía de mi inconsciente que encuentra las más creativas maneras para hacerme entender que mi vida pasada es eso, PASADA, y que los lugares en los que estuve se fueron por algo, porque ya no quepo, porque quizá mis sueños y mis alas son más grandes que esos espacios juntos.

Así que ni aquí, ni allá. Mi pequeño penthouse de la azotea (hice del cuarto de servicio mi cuarto por razones de libertad e independencia, y se volvió entre la familia uno de los sitios más cotizados cuando venían de visita), y mi casita de Pitufos, son parte de mis recuerdos más amados y temo que algo me dice que mi lugar es otro, aunque en este momento no sepa ni dónde está ni cuál es.

Por el momento vivo en otro espacio de casa de mis papás, un lugar confortable, pequeño, adecuado para mis necesidades, pero en el que estoy de manera temporal mientras la vida me define a dónde me llevará. Quizá es por esa razón que no lo siento tan mío, que no he hecho de eso mi hogar... es sólo un lugar y nada más. ¿En dónde cabré? ¿En dónde volveré de nuevo a sentirme como en casa? ¿Me hacen un lugarcito, por mientras, en lo que me entero a dónde me llevarán mis sueños y mis alas?

martes, 11 de agosto de 2015

NanoPyme muy abrazadora

Estoy escuchando música realmente inspiradora, y desafortunadamente las energías no están como para ponerme a trabajar esta noche como era el plan (ya estoy viejecita y de pronto las neuronas no funcionan como antes), pero a falta de ganas de hacer lo que sí debo hacer he preferido escribir porque últimamente este blog anda muy llenito de cosas bonitas y quisiera compartir algunas, nomás por el mero gusto de hacerlo.

Primero, un poco de antecedente:

Yo nunca, nuncamente jamás de los jamaces me consideré una persona workoholic (adicta al trabajo) o demasiado inquieta como para estar metida en mil cosas a la vez. Nada de eso. Mis mejores recuerdos de secundaria, prepa y universidad radican en que fui de lo más pasiva y que tuve la fortuna de ser estudiante de tiempo completo, sin ganas ni necesidad de tomar cursos por la tarde o trabajar en otras cosas... nada de eso. Mis veranos eran increíblemente felices entre los libros que devoraba y mis giras artísticas para saludar a la familia, y eso ocurría mientras, por ejemplo, mi hermana estudiaba una carrera escolarizada y otra en las vacaciones largas. Yo jamás me vi con talento ni aptitudes para atender tantas cosas a la vez, y viví mucho tiempo así hasta que comencé mi vida laboral y algún chip interno que se me fundió fue, lo afirmo con toda seguridad, reemplazado por otro que no era para mi, como en aquel capítulo de los Simpson donde Homero quiere bajar de peso a través de una grabación subliminal pero como ya no había de esas le mandan la de mejorar el vocabulario (ay, amo ese capítulo, el hombre no baja ni un gramo pero habla como representante de la RAE). El caso es que desde 2003 algún hechizo mágico me embrujó y de pronto me han dado ganas de hacer muchas muchísimas cosas, de hecho en mis tiempos libres fue como aprendí a bloguear y a ocupar esta fantástica herramienta hace 10 años. De entonces a la fecha he combinado aquello que en cada etapa me ha apasionado (hacer televisión, trabajar haciendo difusión) con la escritura, las colaboraciones de radio/tele por internet, dar clases (que ya he dicho en este espacio, y no me cansaré de repetir, que definitivamente no es lo mío)... es más, en algunas ocasiones hasta he tenido dos trabajos a la vez, hecho inédito siendo como he sido.

[fin del antecedente]

Pues bien, a mis 36 años de vida me doy cuenta que, en efecto, el hechizo mágico sigue en mí y cada vez hablo mejor castellano que bajar de peso (en serio, este capítulo es la neta, aquí les dejo el clip para quienes no lo han visto). Mis días de pasar horas en la cama mirando al techo regresan de pronto, pero ya nada es como antes. Ahora me descubro muchas veces diciendo "tengo mucho quehacer" y de pronto eso me asusta un poco, porque en teoría estoy en una etapa en la que eso no era parte del plan. Bueno sí. Bueno, ya no sé.



En abril de este año renuncié a mi trabajo porque los planes a futuro me llevaron a tomar esa decisión; hice maletas, regresé a casa de mis papás, y entre las muchas cosas que tenía en mente estaban escribir textos para publicar (y sacarle jugo a la maestría que tantas lágrimas me costó), y también dedicarle mis mañanas, tardes y madrugadas enteras a levantar un proyecto largamente acariciado: mi propia tiendita online. Muchas preguntas surgen respecto a esto porque mi experiencia profesional no está muy ligada con esta actividad, pero tengo ganas y eso es lo que importa.

Desde abril a la fecha he hecho tantas cosas que me asusto. Y me asusto más porque a veces siento que mi capacidad neuronal no es apta para esto y pues, qué pena con la gente que confía en uno y uno sale con sus explicaciones absurdas. Y al final logro terminar las cosas, no sé ni cómo ni por qué pero sucede. Y eso sucede encerradita en mi casa, en piyama, en fachas, en chanclas rosas sin adornos ni chiste alguno que espero pronto puedan subir de categoría y ser reemplazadas por chanclas de Conejitos o de Hello Kitty como todo freelance que se precie de serlo lo amerita, porque hasta en el  calzado de descanso hay clases.

Me encanta cuando vienen mis sobrinas y les digo que están en mi oficina; "¡pero si es tu casa!", me dijo sorprendida Niñita 2 un día. Y me encanta explicarles que mi oficina es mi casa y viceversa. De pronto parecería que no estoy haciendo nada porque por las actividades que solía realizar mucho de mi trabajo siempre era fácilmente monitoreable: cuando trabajaba como asistente/realizadora de tv mis horas laborales resultaban en programas que se podían ver; cuando trabajaba en difusión todo tenía constancia en redes sociales, en fotografías, en blogs. Pero ahora mucho de eso no es tan visible... por el momento.

En estos meses he escrito algunos textos que no han podido ser publicados (eso toma su tiempo, ya lo estoy aprendiendo), trabajo un poco de manera externa (cosa que es monitoreable pero no siempre es muy presumible, jejeje), y el trabajo que se ha llevado el proyecto de mi tiendita es, literalmente, invisible por el momento. Hoy me encontré a una persona muy linda con la que conviví mucho en el pasado y al contarle todo lo que por el momento me ha implicado esto que en mis términos podría considerarse como el proceso de "preproducción", me impresioné. ¡Me di cuenta que en realidad todo el tiempo estoy trabajando! Aprender a ser emprendedora, aprender cómo usar las redes sociales para promover una tienda, aprender de contenidos, aprender a emplear todo correctamente, a darme de alta en el SAT, a cómo tomar las mejores fotos, tutoriales, consumiendo muchos contenidos, elaboración de gráficos, contenidos y más contenidos que puedo ligar con el tema de la tienda y mi propio quehacer profesional... Pfffff. Por supuesto que también es la gana de una de querer hacerlo todo yo solita, por lo que mi amiga me dijo que más que una MiniPyme lo mio suena como una NanoPymeUnipersonal, y me encantó la definición.

Pero días como hoy me tienen así, con mi mente en mi NanoPyme, con trabajos freelance algo pesados, con otros trabajos freelance que tengo que terminar YA, con la fe en mi NanoPyme (¿ven cómo no dejo de pensar en ello), y sobre todo porque por fin este viernes comienzan mis anheladas, acariciadas, esperadas y soñadas vacaciones de verano, con cierto galán que viajará algunos cuantos kilómetros para venir por su doncella, y por la mascota de la doncella, y así disfrutar juntos de un muy merecido descanso. Y al final termino escribiendo en mi blog... ¡bah!

Y como si no fuera suficiente, tengo que alimentar de contenidos mis otros blogs, leer, interactuar en redes, leer, ver televisión (o sea, me tengo que poner al corriente de lo que sucede en mi primera gran pasión de vida)... La verdad es que qué bueno que no tengo hijos, porque a estas alturas ya los hubiera ido a regalar al DIF o alguna causa benéfica, jejeje. Entre mi Tokotina y ese pequeño bebé que es mi NanoPyme estoy lo suficientemente ocupada como para pensar en otra cosa. ¿Y de qué trata mi proyecto/tiendita?

Mi NanoPymeUnipersonalProyectoTiendita es un asunto muy abrazable, segunda gran cosa ilógica porque así como yo nunca fui una persona de muchos quehaceres tampoco soy alguien que ame el contacto físico. En realidad no voy por la vida saludando de beso a la gente ni repartiendo abrazos a la menor provocación, pero quizá mi manera de hacerlo es diferente, y por eso entre muchas otras cosas es que esto fue bautizado como ABRAZOS VERDES.

Mis AbrazosVerdes y sus redes sociales... ¡Síganlas!

Abrazos Verdes es un proyecto que abraza tal cual lo que comenzó siendo La Casa de Poch, es decir, un rinconcito en internet donde poder encontrar productos que fomenten un estilo de vida ecológico y responsable con el medio ambiente, tanto para el consumo de los perritos como ahora también del consumo humano. La verdad me emociona porque más que una venta, esto lo estoy haciendo con mucho amor y con muchas ganas de transmitir lo que en muchos aspectos es un estilo de vida para mi, sin poses ni modas. Desde hace muchos años yo reciclo mis botellas, separo el cartón, reuso el vidrio, levanto las popós de mi Toko en la calle, uso bicarbonato y vinagre para algunas cosas de limpieza, tomo agua en mis botellitas, compro papel biodegradable (servilletas, rollos, etc) o reciclado (para imprimir), etc. Y en realidad eso es lo que quiero transmitir a partir de productos que he encontrado que me han sido súper útiles para contribuir con esto de reducir mi huella ecológica y que, además, lo hacen bonito y atractivo. Mis Abrazos Verdes buscarán tener cosas bonitas para la gente que quiera transmitir amor por el planeta pero, sobre todo, amor por nosotros mismos, porque (sin ningún afán de predicar), creo que el hacer este tipo de conciencia si bien debe de ser una acción hecha pensando en nuestro entorno y quienes viven en él, creo que principalmente nos beneficia a cada uno de nosotros de manera individual y partiendo de esa base es que nos beneficia a nivel colectivo.



Así que de eso tratan mis días. Mis Abrazos están esperando pacientemente para que los pueda sacar a la luz y así brindárselos a todos y cada uno de ustedes para que a sus vez los repartan con sus propios seres queridos, y mientras tanto sigo haciendo cosas aquí y allá. Haciendo como que hago, pues.

Y mientras todo eso ocurre les agradeceré chorros que colaboren con un like, con un me gusta, con un retuit, un comentario o una interacción en las redes sociales tanto de mis Abrazos (FB, Twitter, Instagram, Pinterest) como de mi Casita de Poch, y si les gusta lo que estoy por emprender, lo compartan. Creo en la onda colaborativa que se expande últimamente, y estoy segura que la unión de muchas voluntades logra cosas bien bonitas.



Así las cosas, esta NanoPymeUnipersonal se va a dormir porque mañana tengo mucho quehacer (¡les digo!) y mis ojitos ya no van ni para allá ni para acá.

Los abrazo cibernéticamente y en colores verdes, curiosamente, el tono del chakra del amor.

sábado, 1 de agosto de 2015

MFT 1

Pues comenzaré con esta lista, sin una numeración en particular. Son las cosas que estos días he ido pensando y que, tan sólo de pensarlas, me han inspirado. MFT será el nombre corto de

MY FAVORITE THINGS:

HelloKitty. En todas sus presentaciones soy harto fan de este dibujito que a su vez se traduce en objetos múltiples. Desde que era niña mi mamá me ponía ropa con la Kitty, o quizá por regalo llegué a tener bolsas, salvavidas y algunas otras chácharas. Debo reconocer que las cosas que hoy tengo son en su mayoría, obsequiados, ya que este es un vicio que la gente sigue fomentándome, ¡y lo agradezco muchísimo!



Post its. Simplemente considero que han sido uno de los mejores inventos del hombre en esta Tierra. Los amo en cualquiera de sus formas, tamaños y colores; me han sido de tanta utilidad para lecturas, recordatorios, orden, notas... ¡LOS AMO!

Ver la luna y las estrellas desde la azotea de casa de mis papás. Justo ayer lo hice después de tantos años, salí a media noche a ver la famosa Luna Azul.

Hallazgos. Quizá por ser hija de un Auditor, quizá por mi gusanito de investigadora (y no privada)... el caso es que cuando logro dar con algún hallazgo que parecía nunca iba a descubrir, o simplemente cuando llego a tener un conocimiento nuevo me emociono al límite, y a veces hasta bailo y toda la cosa.



Brincar. Desde niña me gusta mucho brincar. Mi mamá no me dejaba hacerlo en la cama (por supuesto que lo hacía de contrabando), pero me sucede sobre todo cuando estoy contenta. A veces brinco la cuerda, a veces brinco nomás por estirarme, a veces nomás nada. Pero de que me gusta, me encanta.

Ver imágenes bonitas. Antes no sé cómo saciaba este gusto, pero gracias a las redes sociales puedo pasar horas felices y muy dichosas viendo imágenes lindas en Instagram, Pinterest o Tumbrl. Sí, curiosiar en la vida de los demás puede ser muy divertido, pero últimamente me ha dado más placer encontrar a gente que, como yo, prefiere encontrar en los dibujos felices un escape, una oportunidad  para viajar a otras realidades.



Netflix. Una vez me preguntaron que si yo podría vivir sin televisión y contesté que no, que nunca. Me dijeron entonces que si el internet no suplía esa carencia y dije que no, que para mí la tele es la tele y nada ni nadie sería capaz de suplantarlo. Sin embargo el día de hoy puedo decir que sin Netflix mi vida sería espantosa y miserable. Puedo pasar maratones completos embobada, enviciada, o simplemente puedo hacer trama con alguna serie de la que no estoy muy segura y ver los dos primeros y luego los dos últimos. No me culpen, a veces hago eso también con los libros, y bueno, al menos para que cuando me pregunten sepa yo algo al respecto, jejeje.



Soñar. Todas, TODAS las noches sueño. No hubo mejor cosa en la película de Intensamente que retratar al apartado de los sueños como una productora de cine. Juro por Dios que me mira que los guionistas que habitan en mi mente son la cosa más trabajadora del mundo, y lo cierto es que tengo el hábito de que cada mañana al despertar pienso en lo que soñé para que no se me olvide. No lo anoto, pero debo confesar que todavía recuerdo sueños que tuve de niña.

jueves, 30 de julio de 2015

My favorite things, la lista

La palabra misteriosa de estos días ha sido, sin duda, INSPIRACIÓN. 

El post anterior fue titulado de esa manera, pero en realidad esto ha sido una constante desde hace algunos cuantos días, y les diré por qué:

Como ya les conté mis talentos y pasiones desde que fui una preciosa niñita fueron oscilando entre el dibujo y la escritura; como ya les conté la historia del primero, narraré de veloz manera el segundo. Sucede que empecé a llevar un diario a partir de los 9 años y aunque no tenía nada interesante ni relevante qué decir, me fui creando el hábito de pensar en mi día, resumirlo y así aprender a narrárselo a un posible lector (aunque por supuesto no aspiraba a que nadie estuviera hurgando entre mis cosas, verdad). Eso me sirvió para que cuando ocurrió el gran acontecimiento parteaguas de mi vida tuviera herramientas para, a mis escasos 11 años, pudiera sentarme a escribir cartas y cartas contándole a mis amigas las grandes aventuras de mi terrible mudanza de Oaxaca a Xalapa. Así sucedió hasta que pasaron los años y entendí que esas cartas que muchas veces me daba flojera llevar al correo podían ser cartas para mí misma, y entonces retomé la costumbre de llevar una especie de diario pero que escribía (¿por qué no?) en horas escolares, en mis libretas de la secundaria. 

Con esto de la abejilla ilustradora que me picó semanas atrás me animé a ir a mi recámara-penthouse (era el cuarto de servicio que desde los 13 años adopté como mi cuarto que ahora, por causas de fuerza mayor se ha convertido en bodega), y por andar buscando una libretita con cositas que dibujaba de chamaca, abrí cajones llenos de recuerdos y alguna que otra porquería, desde los cuáles volaron cosas como un folder sobreviviente de aquellos años de secundaria donde están guardadas innumerables hojas arrancadas llenas de palabras, narraciones, cartas, historias, poemas (sí, según yo escribía poemas y canciones), y francamente no tuve el valor de leer nada de eso... aquello apestaba a exceso de drama adolescente de los feos. Sí, siempre he sido medio intensa y no lo niego, pero el tema de este post no es hablar de mis tragedias juveniles, sino que en medio de aquella bola de papeles estaba una lista que hice muchos años después en la que escribí cuáles eran mis 100 cosas favoritas de entonces. Tampoco la quise leer, pero algunas cosas las puedo decir de memoria, y francamente algunas han variado un poco. 

Pero volvamos al tema de la inspiración. Esta etapa de mi vida ha sido emocionante, cargada de ilusiones, pero para una personita aprensiva e intensa como yo estos momentos no siempre resultan tan felices. En menos de un año renuncié a mi trabajo, me mudé de la casa que habité por casi 6 años, volví a la casa de mis padres, he aprendido lo que es trabajar en piyama, he leído sobre lo que me gusta pero sigo sin concentrarme en las novelas, he escrito mucho aunque es la fecha en la que nada se publica y por eso no tengo mucho qué presumirles, he invertido largas y felices horas en echar novio vía Facetime, he dejado de ver telenovelas y he visto más series, y de una vez por todas estoy tomándome en serio esto de ser emprendedora para iniciar mi aventura Pyme, por lo que estoy aprendiendo todo lo que de inicio tengo que aprender respecto a los negocios en línea y cómo usar las redes sociales para ser visible en medio de la inmensidad cibernética. Y en este proceso autodidacta es que me he encontrado con ilustradoras que, además de maravillarme con sus trabajos, me han mostrado "la fórmula" para tener cautivos a sus miles de seguidores, que radica principalmente en compartir algo más que sus gráficos: comparten un pedacito de sus vidas, ya sea de manera escrita, en fotografías o en videos (todo igual de adictivo para mi). 

Una de ellas particularmente me dejó pensando mucho en lo que ahora es este post. Ella hizo un vlog (o sea, una bitácora pero en video), donde decía cuáles eran las 50 cosas que la definían, y mencionó lo que le gusta pero también lo que le disgusta, así que con la misma pasión con la que habla de sus plumones favoritos o de lo feliz que le hace vivir de dibujar, habla de lo que odia o le causa mucho asquito. Y entonces me dejó la sensación de que yo necesito hacer una lista así aunque, ¡ajá!, ya había hecho una que encontré días antes en ese cajón húmedo y polvoriento. Cuando hice esa lista, al igual que la vloggera, estaba en un momento de mi vida lleno de emociones felices. Y me doy cuenta que después tuve la oportunidad de escribir mis Policromías y de hablar abiertamente justamente de muchas de las cosas que me hacían feliz y de las que no. Pero la época de esas columnas terminó y de igual forma se cerraron muchos ciclos de la vida que narré en esos años, y sin darme cuenta construí una muralla alta y muy segura en la cuál resguardé mis emociones, de tal suerte que a muy pocas personas les permití estar al tanto de lo que me iba ocurriendo. Después vino la maestría, la tesis... los pretextos fueron fluyendo de manera natural. Entonces regreso cuánticamente a mi momento actual y me doy cuenta que lo que tanto recomiendan y en lo que tanto énfasis hacen para destacar en las redes sociales, que es el compartir emociones por encima de una marca, es algo que yo ya había hecho pero que ahora me está costando mucho trabajo retomar. Derribar murallas, o al menos quitarle algunos de los más altos tabiquitos no está resultando cosa fácil. 

Y entonces heme aquí, en medio de la noche después de tomar mis dosis diarias de inspiración en Youtube e Instagram, pensando seriamente en la idea de volver a hacer esa lista con 50, 60 o 100 cosas que me recuerden lo que me hace feliz, lo que me apasiona, lo que define a la persona que soy el día de hoy. Pienso en Julie Andrews cantando "My favorite things" en su cuarto antes de ser descubierta por el Capitán Von Trapp y la abejilla loca que ya había empezado a zumbar como loca con la dibujada ahora parece que está bailando un muy alegre cha cha chá. Así que a pesar de que tengo varias redes sociales me parece más natural y cómodo ir registrando esta lista aquí, en mi querido blog, en este espacio que ha albergado historias buenas y malas de mi vida que he sido capaz de compartir con la gente, no sé si mucha o poca, pero con más de las que posiblemente he imaginado. 

Así que la cosa será la siguiente: no me voy a forzar a escribir 5 cosas por día, ni todos los días. Simplemente las iré posteando conforme las vaya sintiendo y quedarán aquí plasmadas, para que el día que se me olviden tenga un más fácil acceso a ellas. 

Parecerá que sólo lo estoy haciendo por un afán mercantil, pero no, esto suena más a proceso interno y de sanación que otra cosa. Quiero hacer extensiva a mi vida la pregunta que hace poco me hizo una persona con la que estoy trabajado cuando dijo: "¿a ti qué te inspira?" Quiero compartir con ustedes la caída de mi muro de Berlín particular que ha divido a la que fui de la que soy, quiero reconciliar estas emociones, y quiero además de compartir mis cosas favoritas y las no tanto en una lista, hacerlo paulatinamente en mi Twitter o Instagram. De cualquier forma un pedacito de esas pasiones que están aflorando con mi proyecto Minipyme tienen la intención de transmitir algunas de esas cosas que son hábitos y un estilo de vida para mí. 

Si quieren acompañarme los invito a que me sigan (si no lo han hecho) en alguna de esas redes además del blog, y que, si les inspira (otra vez esa preciosa palabrita), ustedes también hagan la suya propia por medio de palabras o imágenes. Podremos hacer quizá una bonita comunidad de gente que recupera sus pasiones perdidas y las convierte en sus motores. ¿Lo hacemos juntos?