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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Líos domésticos, la revancha (o de cómo voy poco a poco convirtiéndome en una señora)


El título obedece a muchas cosas que si han sido fans de las Policromías con anterioridad quizá podrán reconocer. En el caso de que el diagrama de flujo invisible los lleve al NO, entonces explico brevemente que desde hace algunos años tuve a bien narrar una bonita saga de "increíbles" (con énfasis en las comillas) aventuras que me ocurrieron en mi vida de soltera "que se fue a vivir sola para saber lo que se sentía llevar una casa antes de que el universo marital tocara a la puerta". Se incluyeron algunos desastres culinarios (yo tan linda, invitando a mi familia a comer cosas preparadas por mí y bueno, bendito el creador aún viven para contarlo), o la vez que dejé encerrado al buenhombre que me ayudaba con las actividades domésticas (sí, era un señor de lo más amable que por una distracción fatal estuvo horas atrapado en mi ex casa de pitufos y gatos), o cuando se me tapó el lavabo y... hay no, esa mejor no la cuento. Ahora la saga vuelve porque desde hace un poco más de un mes comenzó una nueva etapa de mi existencia que trae, además de muchos cambios, muchas preguntas, millones de dudas y altas dosis de amor,  una oleada de nuevas experiencias de índole hogareño. En resumidas cuentas, me arrejunté con un muchachito (ay, que ahora es más señor que otra cosa), y en esta vida clandestina del pecado están comenzando a pasar muchas cosas, como el hecho de que, tal como lo menciono en el título, también yo estoy convirtiéndome en una [terrible] señora.

Y es que estos líos involucran luchas a muerte con la paciencia y las buenas intenciones. Las mujeres que han tenido la fortuna de haber vivido solas, al menos alguna vez en su vida, entenderán mejor a lo que me refiero. En la vida doméstica que pude conocer como dueña y señora de mi casa de gatos, pitufos y Tokotinas aprendí a llevar el control de una casa que prácticamente habitaba un único ser humano. Nadie más ponía peros u objeciones sobre el orden, el desorden, el canal de la tele, o las decorativas telarañas de las esquinas. Y aclaro, no es que ahora alguien lo haga (a excepción de las telarañas, hagan de cuenta que pertenece a la patrulla antibichos), pero los espacios han cambiado mucho desde entonces. De vivir en un palacio que habitamos mis recuerdos y yo, ahora vivimos en una casita que velozmente se llena de amor, expectativas y cosas compartidas que deben estar en orden para no ocasionar un caos medieval.

La paciencia se enfrenta a las buenas intenciones cuando la contraparte pone todo su esfuerzo en, por ejemplo, tender la cama. Imaginen la escena: él, tratando de agradar en todo a su pareja que es particularmente mamona para semejante menester. Mi paulatina pero evidente transición a señora que todo lo analiza con lupa en mano no ayuda en nada cuando esta inocente alma se esfuerza en acomodar las múltiples almohadas en el orden preciso (sí, soy de esas locas que toma en cuenta hasta el lugar en el que debe ir la etiqueta), o cuando las sábanas no están estiradas de acuerdo a los cánones militares. Para relajar la contienda diré que respiro tranquila al enterarme que no soy parte del cliché de la pasta del dientes, y que en esta casa nadie protesta por las formas que adopta el tubo dentrífico en cuestión al ser apretado. Donde los contrincantes cambian de bando es cuando entramos en materia culinaria. Pese a que el proceso de adaptación no ha sido fácil (ponerse de acuerdo con lo que comemos, sus gustos y mis hábitos, su tipo de súper y mi tipo de súper), hay cosas que fluyen a la perfección, como el hecho delegar funciones: uno cocina los platillos más suculentos, y a la otra le toca la ensalada y hacer el agua. Todo va bien hasta que la chica de las ensaladas decide ser la señora de su casa e intenta preparar la comida. El resultado de este primer arrebato fue un hombre sacado de onda y con tremenda interrogación, una comida hecha a medias, lágrimas, drama, horror, y una mujer que tuvo que salir a caminar para bajarse la frustración de que el platillo deseado no se veía precisamente como la foto del recetario.

Me temo que uno de los más terribles líos domésticos que enfrento en este desafío tiene que ver con el compartir. Debido a que por cuestiones logísticas el amable hombre que quiere desposarme (¿lo habrá pensado bien?) llegó a Xalapa a cohabitar conmigo en esta casita de llena amor y cositas que se desparraman por las ventanas, el asunto de compartir se intensifica sobremanera. Y no, de verdad que no me educaron para ser la clásica niña de piñata que se queda con todo el tesoro sin compartir ni un mísero Duvalín (o Nucita, cada quien su presupuesto), pero digamos que en este pequeño espacio solo cabe una tele y las únicas puertas que existen son las del baño y la entrada. Si deseo ir a la cocina doy dos pasos, si quiero llegar al clóset, doy tres. La cama está a un gallo-gallina del estudio y quizá la ventana representa cinco pasos más de esfuerzo. Es decir, no hay para dónde hacerse. Así que por el momento debemos tener acuerdos importantes para decidir quién va a ocupar la computadora o qué es lo que veremos en la tele. Imaginen lo que eso significa para mí. Yo, que en mi casa de gatos tenía 3 televisiones para mí sola (sí, y monitoreaba todo lo que quería de un cuarto para el otro), ahora debo darle un trago de humildad a mis pasiones televisivas y aceptar que hay canales más allá del Home and Health, el Fox Life o el de Tlnovela. Llegan entonces relatos extraterrestres, documentales de conspiraciones políticas y muchas, miles, incontables horas de películas de acción con balas, sangre, muertes y todas esas cosas que simple y sencillamente aborrezco, pero debo aceptar así como a mi me aceptan mis programas de cambios de estilo o los últimos y emocionantes capítulos de El Pecado de Oyuki. 


Por esas mismas cuestiones de espacio la cama king size tuvo que reducirse a matrimonial, en donde debemos caber dos almas y una perrita pulgosa y consentida que a pesar de tomar su tratamiento de flores de Bach para minimizar el cambio, insiste en defender su derecho de cama a toda costa y en todo lugar. Si todo esto no es un lío doméstico entonces no sé qué pueda serlo. Y es que este proceso de ajuste, de reacomodamiento, de asumir esta nueva versión de nosotros mismos en la que nos estamos convirtiendo, tiene tantas cosas complicadas como felices. Ahora que lo pienso, todo el mundo (hasta yo lo estoy haciendo ahora) nos concentramos en lo que cambia, en lo que implica estar acompañado, negociar y ponerse de acuerdo en todo momento y por cualquier circunstancia, pero dejamos del lado lo divertido que puede ser esta experiencia. Sí, divertido, aún pese a que mi lado controlador insiste en ser el líder de esta manada. Hay muchas risas, hay muchas pláticas, hay muchos planes y muchos sueños compartidos. Y también hay muchos retos que ambos, como cualquier pareja que inicia una vida en común, debemos enfrentar de manera personal.

Mi crisis culinaria, esa que relaté renglones atrás y que terminó conmigo llorando como loca en el parque, fue más bien un pretexto para implorar por respuestas que deberé encontrar lentamente: ¿Vivir en pareja me convierte únicamente en "la pareja de"? ¿Seguiré siendo yo? ¿Volveré a tener mis momentos de soledad, indispensables para mi trabajo, para mi creatividad, para mí? ¿Quién rayos soy en este momento? ¿Qué quiero ser? ¿Quién quiero ser? Espero que no todas las mujeres sean tan liosas como quien escribe estas líneas, porque es muy desgastante tanta innata teatralidad. Esto de intensear tiene un único punto de provecho, que es escribir Policromías cargadas de ironía y desahogo, mucho desahogo, que espero los diviertan o quizá, en algunos casos, hasta logren cierta identificación con alguna de las partes.

Esten pendientes porque esta saga  c o n t i n u a r á...

martes, 29 de marzo de 2016

Yo como Britney... ups, ¡lo volví a hacer!

Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando me repetí miles de veces que nunca, jamás lo volvería a hacer. Ese mantra me lo dije una y otra vez al terminar la primavera del año 2009, pero hace un par de años ¡pum! caí de nueva cuenta. Y no, no es que esto sea un vicio al que vuelvo porque la vida no me deja otras opciones (o sí, todo depende del cristal con que se mire), sino que aparentemente reincidir, como acabo de hacerlo este mes, resulta ser el camino idóneo para que un bicho como yo pueda cumplir con su misión de vida.

Mientras escribo esto escucho a Britney, la Britney antes de la rapada, y la papada, y las hamburguesas, los hijitos y los amores locos, cuando envuelta en su traje rojo espacial entonaba "Oops, i did it again... Im not that inocent" con más cara de sensualidad que de tragedia. O sea, ¿qué no se supone que está rompiéndole el corazón a alguien oooootra vez? No se puede ser tan gacho en la vida pues, por andar con esa actitud luego los dioses te castigan con una carrera truncada y una gran panza y... no hay que ser así. A menos de que la canción hable de otra cosa y yo ande inculpando a la exjuvenil estrella (puede ser), pero el asunto es que yo, en efecto, volví a hacer algo que me había prometido no repetir jamás nunca de los nuncas, y no, no lo digo con cara sexy pero, debo reconocerlo, tampoco con cara trágica.

De los creadores de "No lo volveré a hacer versión 2009", y "No lo volveré a hacer nunca jamás versión 2014", este invierno llegó a mi vida una experiencia más de la saga: "Si, lo hice: Volví a dar clases". Resumo: Las habilidades docentes que corren por el ADN de mi familia fueron sabiamente repartidas en la información genética de mi hermana, quien desde los 6 años decidió que su vocación era ser maestra y hoy en día es una admirable profesionista que 5 días a la semana se para frente a un grupo de niñitos ansiosos por aprender de la vida. Puedo decir que yo fui su primera alumna desde los juegos infantiles, lo que me hizo entender que, a) siempre fui una estudiante hiperactiva que deseaba más el recreo que el conocimiento; y b) lo mío lo mío era hablar como una loca, más no jugar (creo que no lo hice ni de broma) a la maestra dedicada y juiciosa. En pocas palabras, siempre supe que la docencia no era lo mío, cosa con la que aprendí a vivir sin ninguna preocupación a decir verdad. Mientras Sandra se preparaba estudiando dos carreras a la vez para ser una brillante maestra, yo vivía mi vida loca.

Pero no fue hasta el 2009 cuando mi querida amiga Eva me invitó a dar clases en la misma universidad donde ella estaba, y yo dije que sí porque mi estado emocional era vulnerable y mi necesidad económica estaba puesta en ahorrar para lo que entonces sería mi boda (que no fue). ¡Qué ciega fui! La cosa más feliz que recuerdo de aquel semestre fue el día del maestro y la rifa en la que me gané 5 mil pesos. Yo iba por la abundancia económica, ¿qué no?. La experiencia fue fatal pero la lana fue una bendición en su momento.

Después, en 2014, recién titulada de la maestría, recibí una feliz invitación para volver a dar clases y juro por Dios que me mira que lo pensé una y otra vez. Lo consulté con la almohada, lo consulté con Tokotina, lo consulté hasta con los gatos que corrían sin razón en el techo de mi antigua casa y en el espíritu de "me voy a quitar la espinita" dije que si. La experiencia fue decepcionante, tanto que lo más relevante que puedo recordar fue el coraje que me dio que en la primera clase un alumno (que después descubrí era un pésimo estudiante), me tomó una foto en plena cátedra. Osea, ¿cómo? ¡que alguien me explique!

Pero entonces llegó el 2016 y las necesidades de mi pobre cochinito ahorrador con anemia, como consecuencia de las decisiones de vida de mandar todo al carajo y ser mi propio jefe, me hicieron tomar medidas desesperadas. Una casualidad de la vida me llevó a ver una publicación en un grupo de Facebook que llamó mi atención, respondí a ella enviando mi CV, y días después me preguntaron si podía dar clases. Y pues ni modo de decir que no, ¿verdad?. Eso sucede cuando uno decreta y el universo responde. Pero aquí el reto de "sacarme la espinita" episodio 2 fue mayor para mis escasas habilidades en la materia: se trató de armar una clase en menos de dos semanas, con duración de 40 horas impartidas de manera express en un mes completo, sobre asuntos teóricos para alumnos de octavo semestre de una carrera que es totalmente práctica. El reto, además de todo, fue venderles a alumnos de la licenciatura de cine que la idea de que la televisión también puede ser una vía de trabajo. ¡Apocalipsis! Es bien sabido en este medio que el gremio cinematográfico no es particularmente amigo de los contenidos televisivos. El reto, entonces, era enorme para mi.

He invertido todo el mes de marzo en armar clases, bajar videos, hacer diapositivas, leer textos, ensayar frente a una Tokotina que o se convierte en la perrita más conocedora de telenovelas de la región o en la mascota con mayor índice de aburrimiento del mundo, y hoy que estoy a dos clases de terminar ya me siento como el clásico meme de fin de cursos, arrastrando la cobija antes de llegar al final. Aunque tengo mucho que decir respecto a esta experiencia guardaré los mejores momentos para otro post (el de hoy es el resultado de procastinar mis quehaceres para la clase de mañana, ¿no se nota?), sí quiero reflexionar esas sabias y populares palabras que dicen "la tercera es la vencida". Esta tercera vez frente a un grupo ha resultado mucho más agradable que las anteriores. Esta tercera vez frente a un grupo, de maneras insospechadas, me ha ayudado a entender que la docencia forma parte de un grupo de actividades en las que gente como yo puede ser capaz de transmitir el conocimiento que adquiere tras tantas horas nalga invertidas en leer y consumir televisión e internet. Esta tercera vez me ha ayudado a entender que lo que digo tiene algún sentido, que puede sembrar algo en alguien (poquito o mucho, eso lo sabremos al fin del semestre), pero que incluso puede ser relevante llevar mi mensaje de amor sobre la tele y las telenovelas en este asunto formativo y de alfabetización mediática. La verdad, no me la he pasado tan tan mal, pese a lo maratónico de este esfuerzo que bendito sea el creador que está en los cielos (no como el pobre Jesucristo del meme que se nos cayó de la cruz en pleno Viacrucis), ya está llegando a su fin.

Mi cara al terminar este post no puede ser la de Britney porque la culpa por no terminar mi material está invadiendo mi ñoño ser, así que nada de bailar con trajes rojos ni pelucas largas por toda mi casa. Pero sí, hay un guiño de satisfacción al decirlo: Ups, ¡lo volví a hacer...! ¡Y creo que me gustó!

jueves, 10 de diciembre de 2015

De cómo "Clarissa lo explica todo" cambió mi vida

Esto podría ser tranquilamente un post publicado en el sitio de la Ratona de TV, ya que el título hace referencia a cierto programa de televisión de los años noventa muy famoso y muy apreciado por quienes tuvimos la fortuna de verlo y que hoy añoramos tanto, que por eso anda rolando en las redes sociales un video titulado "Melissa lo explica todo", donde la actriz Melissa Joan Hart platica muy en el tono del personaje cómo fue la década de los 90 en cuanto a música, moda y tecnología. Como resumen para aquellos que no tienen mucha idea de qué les hablo, Clarissa lo explica todo fue un programa del canal Nickelodeon pensado para un público infantil-juvenil en el que la protagonista platicaba frente a la cámara su día a día como una pre-adolescente y tooooooooodo el mundo de cosas que le ocurrían al respecto.


Lo increíble al caso es que hoy en día el programa de Clarissa... tiene un significado muy particular para mi y cambió mi vida un 18 de marzo del año 2014, cuando por pura y mera ociosidad subí a mis redes sociales de Ratona de tv una foto con la leyenda "¿A qué serie pertenece esa foto? #trivia #televisión". Entre las personas que contestaron estuvo uno de los mejores amigos de una de mis mejores amigas que vio la publicación y decidió responder. Y ese detalle, señoras y señores, me hizo conocer a la persona a la que más amo en este momento de mi vida.



Después de ese comentario el personaje en cuestión y yo tuvimos un divertido intercambio de tweets sobre cosas de televisión y películas varias, hasta que la hermana de la amiga del amigo que nos sigue a los dos en esa red social de plano nos pidió que armáramos nuestro grupo de chat o algo porque aquello ya era mucho. Así fue como mi amiga abrió su propio grupo de chat con nosotros incluidos, del que paulatinamente se fue saliendo hasta que terminamos nada más nosotros dos platicando por horas enteras. ¿Pero cómo platicando por chat? ¿Qué no era mejor conocerse y ya? ¡Jaaaaa! Eso hubiera sido lo más lógico a no ser porque el personaje en cuestión vive (todavía) a muuuuuchos kilómetros lejos de mi casa. De Xalapa a Villahermosa hay todo un mundo de distancia.

Sin embargo los astros se alinearon (y la curiosidad fue tanta) para que esas vacaciones de Semana Santa, que llegaron a menos de un mes de haber comenzado a platicar, él decidiera venir a disfrutar sus días en esta bonita y tropical capital veracruzana y bueno, de pasito a conocer a la persona detrás de la pantalla de chat. A mi realmente lo que me daba curiosidad era saber cómo podía sostener una conversación de todo el día con alguien sin que terminara harta, loca o chocada, porque eso se me da con una facilidad impresionante. Algo tendría de especial el muchachito que en un mes de tanta charla no había querido ni bloquearlo ni mandarlo al diablo.

Y bueno, vino, pasamos 4 días de momentos muy divertidos y otros francamente muy bochornosos (¿no les ha pasado que cuando quieren quedar bien con alguien se suben al coche, se dan cuenta que dejaron prendidas las luces, se jode su batería y terminan haciendo el oso de la vida?... a mi sí, snif), y lo que resultó de esa visita fueron más llamadas, más visitas y el inicio de una relación que me ha llenado el corazón de felicidad, de emoción, de alegría y de esperanza.

Antes de mis 35 años, debo confesar, me sentía con un vacío muy grande por las experiencias que tuve en el pasado pero sobre todo porque una, ingenuamente, traza su vida de acuerdo a planes que en teoría deben cumplirse al pie de la letra respecto a la edad para casarse, para tener hijos, para vivir una vida plena y feliz. Y antes de mis 35 supe de muchas amigas y conocidas que ya se habían casado, habían tenido hijos y algunas hasta se estaban divorciando, todo un cúmulo de experiencias que llegaron a una edad prudente para ello; ¿y yo? Yo sólo cargaba mi velíz de anécdotas y sentimientos medio marchitados, pero nada más... y temí que así iba a ser para siempre. Entonces un muchachito dos años mayor que yo que también tenía su velíz de anécdotas pero con una actitud mucho más alegre ante la vida, llegó para demostrarme que todo puede cambiar en un segundo, que uno hace cosas tan mecánicas como subir una insignificante trivia en una red social y ¡zas!, todo puede ser diferente así de rápido. Llegó entonces a enseñarme lo que es vivir el amor al día, con planes inmediatos que cambian a la menor provocación (ninguna de nuestras vacaciones hasta la fecha ha salido como lo planeamos), pero con la emoción de estar juntos, pese a todo y contra todo, hasta de la kilométrica distancia.

Antes de conocerlo mi vida era todo un plan riguroso y tan estricto que si no se cumplía (como ocurrió) el sentimiento de frustración era mayor a cualquier cosa. Después de estar con él durante más de un año y medio, he aprendido que los planes pueden ser en determinados asuntos donde es importante la constancia y la idea de a dónde se quiere llegar, pero sin estar atado a una idea o un procedimiento específico. Se puede tener un plan de vida en pareja, pero sin que esto implique una férrea visión del color de tus muebles o del viaje perfecto. Se puede y se vale soñar, pero estar con Alejandro me ha enseñado que la realidad puede ser mucho más hermosa que un montón de sueños juntos.



El próximo año será importante para nosotros y me fascina la idea de que nuestro plan de vida en este momento se centre en un proyecto en común y no en una fiesta o ceremonia... esa ni incluida está, jejeje. Me encanta que mis pláticas con él al respecto sean sobre ideas, trabajo, estudios y esfuerzos para algo que nos trae locos de ilusión y no sobre "cuántos invitados serán", "pastel o postre", o cosas de esas. Y no, no tengo absolutamente nada en contra de las bodas, pero la verdad es que jamás han estado en mi lista de cosas favoritas y me parece que construir una pareja es mucho más importante que gastar mis energías en organizar una increíble fiesta. Si algún día vivo una ceremonia así, seguramente es porque antes ya tengo algo mucho más sólido como base, y en esas estamos.

Escribo sobre Clarissa y obviamente escribo sobre Alejandro porque las cosas bonitas también se comparten (aunque yo sea medio celosa al respecto), y porque ya me regañó porque dice que nuuuuunca aparece en mis Policromías. Pochaca ya lo explicó todo. Hecho está.

sábado, 18 de julio de 2015

Inspiración

Autorretrato, 2015
Hace un par de días escuché a mis sobrinas responder de manera firme y segura al cuestionamiento de "¿y tú qué quieres ser de grande?". Gaby, de 9 años, primero dijo que quería ser pastelera aunque minutos antes confesó que le gustaría trabajar en la televisión (juro que no tuve nada que ver en eso), y Daniela, de 5 años, afirmó que lo suyo lo suyo será ser pizzera y bailarina, en ese orden. Me acordé que cuando yo estaba en ese rango de edad solía contestar una serie de profesiones que hoy en día me parecen poco menos que terribles, tales como veterinaria, maestra de inglés o de kinder. Pero eso cambió cuando comencé a desarrollar un infinito gusto por dibujar y entonces supe que lo mío sería algo que tuviera conexión directa con los trazos y los colores: arquitecta, diseñadora gráfica o lo que fuera donde uno pudiera hacer cualquier garabato. Por supuesto que cuando comencé a escribir supe que lo mío lo mío era eso, y en el instante en el que una buena persona me dio un folleto de la carrera de Ciencias de la Comunicación en mis días de puberta supe que no habría nada más en el mundo que eso, ya que reunía muchos de mis gustos y habilidades descubiertas... y entonces ya no hubo vuelta atrás.

Conforme fui creciendo muchos de mis modestos talentos fueron reforzándose y otros simplemente se guardaron en el cajón de los recuerdos felices. El dibujo fue uno de esos, aunque de alguna forma softwares como Corel Draw e Ilustrator suplieron a la hoja en blanco cuando tuve que aprobar los muchos semestres de Publicidad en la carrera y luego en algunos cuantos encargos laborales. Aunque dejé de hacerlo por el mero placer siempre quedaron algunas reminiscencias, como la locura desatada que me da el ver una caja de colores Prismacolor o un increíble paquete de hermosos plumones (¡y los fantásticos olores, por Dios!). 

No se nota mucho pero sostengo un diploma por participar en un concurso de dibujo.
Eran los ochentas y usaba un muy feo moño. 

El caso es que ahora que estoy en un bonito y divertido momento de pausa en mi vida, que me está permitiendo aprender mucho y redescubrir pasiones empolvadas, el gusanito del dibujo ha vuelto a mis manitas gracias a las redes sociales y a esta nueva manera de trabajar libre, fuera de una oficina o una institución específica. Hurgando durante horas en Instagram y Tumblr he encontrado verdaderas maravillas que me hacen levitar de felicidad, y ahora explicaré por qué:

Digamos que lo que siempre me gustó dibujar no eran precisamente trazos estilo Bob Ross con árboles, mares y parajes naturales; por el contrario, lo mío lo mío eran los muñequitos, los fondos coloreados con crayola, las estrellitas sonrientes, las nubecitas y solecitos con caritas felices... Diría mi novio, mis dibujos de niña de 4 años. Extenar este gusto me hace replantear la pregunta que Christine R. Yano intenta responder en su texto Pink globalization: Hello Kitty´s trek across the Pacific sobre el porqué una estética como la de esta gatita (si, es una niña-gatita, no se confundan) impactó tanto en lo que la autora denomina como la cultura del Cool Cute (en lo que se encierran además Rosita Fresita y los Precious Moments), figuras que son parte de la producción mundial de inocencia mercantilizada cuyo consumo ha tenido una relevancia mayor, como muchos otros objetos similares provenientes de imágenes "lindas", después del 11 de septiembre del 2001. Estos "objetos felices" forman parte de una onda que como parafrasea Yano, es de hecho una actitud adoptada por los individuos para expresar desafío a la autoridad, en un permanente estado de rebelión privada (2013, p. 27). Para que vean que estoy llevando esto a otros niveles de reflexión.

Aunque apenas voy en la introducción de este fantabuloso libro sobre una de las imágenes que adoro mucho muchísimo desde que soy pequeña (la Hello Kitty y en sí todo lo de Sanrio), estoy comenzando resaltar las cosas que más llaman mi atención como el hecho de que este dibujo, que consiste en trazos muy simples como dos óvalos verticales como ojos, uno horizontal como boca-nariz, orejitas, moño y bigotes nada más, corresponde a una estética que los japoneses denominan como mukokuseki, es decir, sin nacionalidad. O sea que alguien de India, de Brasil, de Estados Unidos, de Francia o de México puede (mejor dicho,  podemos) sentir un cierto tipo de identificación porque se trata de formas universales ordenadas de manera simple, por llamarlo de alguna manera. Entonces, regresando al tema, estoy comprendiendo por qué siempre me han hecho click ilustraciones como las de la marca Fulanitos, por ejemplo: imágenes cool cute con las cuáles me identifico por su ternura e inocencia.


Increíble decir cuántas playeras tuve de los Fulanitos como tú :)

Así, mi nuevo hobbie consiste en descubrir y seguir a personas que no tan sólo dibujan bajo este tipo de estética, sino que además están viviendo de ello. Mi niña interna arde en furia porque su sueño dorado pudo en algún momento ser lucrativo, pero me temo que estudié y crecí en la época equivocada para ello. Aún así celebro con locura que hoy en día puedo inspirarme desde mi hogar gracias al trabajo de muchas personas, mujeres sobre todo, que comparten su pasión desde muchas formas posibles, sin importar el idioma o desde qué punto geográfico lo hagan.

Entre los primeros que empecé a seguir fueron Pascal Campion, Rubyetc, Reno Carrillo y Caca de Oruga, estos dos últimos son mexicanos. Después encontré a Cat Plus y supe que no había en el mundo nada más lindo que sus dibujos, trazos tan sencillos y a la vez tan lindos que ilustran momentos, actitudes, sentimientos. Pero estaba en el error, porque entonces llegaron a mis ojos los trabajos de Sask y Kirakiradoodles y nada, créanmelo, NADA, ha vuelto a ser igual. Les juro que sigo a más pero estos que he nombrado son los más representativos para mí.

(Denle click a cada uno de los nombres para conocer su obra)

Sask explica cómo aprender a dibujar una rosa.
CatPlusMouse me tiene cautiva siguiendo el día a día de su embarazo.

A KiraKira también la pueden seguir en Youtube

Si van entrando a los sitios de cada uno de los nombrados, y con los ejemplos expuestos aquí irán entendiendo mi punto.

Sin embargo debo dar una mención especial a Charuca, una chica española que después de mucho trabajo ha logrado hacer de su pasión un estilo de vida que los demás podemos disfrutar. Ella tiene una tienda online donde los protagonistas son sus ilustraciones que decoran lo mismo almohadas, ropa de cama, libretas, organizadores, tazas y demás chucherías. Lo especial con ella, o quizá lo que me ha hecho esta conexión desde hace algunos meses que la encontré por Instagram, es que además de todo es una emprendedora que decidió vivir de lo que ama hacer en medio de un contexto económico, político y social complicado en el que España está saliendo a flote de una crisis como la que México conoce tan bien.

Instagram de Charuca.


¿Y por qué me hace click?
a) Porque la estética de sus dibujos corresponde a esta corriente en la que desde ya me incluyo, lo Cool Cute, que va desde el trazo hasta los colores.
b) Porque todo lo que hace lo comparte desde el amor, frecuencia en la que transito desde hace algunos años ya.
c) Porque yo también estoy aprendiéndole a esto del emprendurismo (no precisamente cobrando por mis dibujos), pero mis planes me están llevando a montar en poco tiempo mi tiendita online a la que le tengo una increíble e impresionante fe, como la que ella transmite.

Además de todo, Charuca comparte desde su blog y de manera generosa sus experiencias al respecto y muchos de sus tips para poder destacar en la inmensidad del cibermundo, el único gran escaparate en el que el comercio digital te permite transitar. Síganla, les juro que no se van a arrepentir.

Y entonces resulta que como mucho de lo que estoy haciendo en este aparente tiempo de mi niniedad (pareciera que ni estudio ni trabajo, sino todo lo contrario), el hecho de pasar horas y horas frente a mis dispositivos no puede entenderse como una pérdida de tiempo, al contrario, puedo decir que estoy llenándome de inspiración para mi vida futura pero sobre todo, recuperando una de mis más lejanas pasiones a la que, ñoñamente, estoy encontrándole un sentido y explicación racional. Entonces tomo mi lapicito y mi tablet, y con las grandiosas aplicaciones disponibles hoy en día le he dado permiso a mi imaginación amoldada a lo cool cute, para que vaya saliendo poco a poco del rincón al que fue confinada. Y aunque parezcan trazos de niña pequeña, me ilusiona en el alma volver a tener esta sensación de antaño, esa que da cuando terminas un dibujo que hiciste sin que nada más pasara por tu cabeza que no fueran los colores combinados o qué otros elementos pondrás.

Las rebeliones privadas no tienen por qué ser todas iguales: no todos tenemos la misma capacidad de indignación, de protesta o de enojo ante la realidad cotidiana. Algunos nos manifestamos de forma diferente, viendo telenovelas (y/o estudiándolas, como es mi caso) o haciendo dibujitos sin patria que logren la identificación de un gran colectivo. Y eso, entre muchas otras cosas, es lo que me está inspirando tremendamente para salir de esta sensación de desencanto en la que muchos de nosotros, particularmente los mexicanos, estamos enfrascados. Mi rebelión HelloKitty, mi rebelión de trazos y objetos felices. Esta soy yo.