jueves, 1 de septiembre de 2005

La dieta DDT


Recién leía en una nota de cierto periódico nacional sobre la Segunda Feria de la Torta, así, sin albur alguno. “¡Santa cachucha!” –pensé yo- aquello es el paraíso para todos los que estamos en vías de una urgentísima dieta rigurosa. Las cifras volvieron a mis ojos en espirales; la idea de una deliciosa, pachoncita, rellenita y mordisqueable megatorta de más de 36 metros de largo me ponía la misma expresión babeante que a Homero Simpson le brota cuando imagina una dona, un chocolate o lo que sea; y el dato de que tan sólo en el Distrito Federal existen mil 500 torterías establecidas puso a mi ardilla mental a hiperventilarse de tan sólo imaginar cuántos de estos amables changarritos abundarán en este estado, en los circunvecinos y en todo el país. Pero la pobre se puso prieta del esfuerzo cuando le ordené hacer un recuento de cuántas tortas me habré comido durante toda mi existencia.

Qué cosa más triste realmente. Hagan sus cuentas, incautos lectores. De niño a uno le ponen en su loncherita de agradables dibujitos una torta por día. Supongamos que todos los recreos de la primaria fueron de a torta, bueno, supongamos que 3 por cada 5 días. Entonces, si en promedio entre vacaciones y puentes los periodos escolares son de 40 semanas, por 6 años, arroja un saldo como de 80 suculentos ejemplares tan sólo en la primaria. Eso sin contar las vacaciones, los días de campo, y los domingos de flojera donde este es el platillo familiar por excelencia. Como ven, las cifras se tornan alarmantes. Eso quiere decir que, poniendo (y exponiendo) al aparato digestivo de Kittotta como ejemplo, en mis 26 años he vivido 1352 semanas y 9490 días aproximadamente, de los cuáles descontamos la primera infancia y los antes contados 6, dan un cuantioso total de ¡Aaaaaaahhhhhhhh! Una asquerosa cantidad que rebasa las 2 mil unidades, por no poner un número más penoso. Ustedes disculpen si las cuentas no coinciden entre sí, pero las matemágicas no fueron hechas para ardillas humanísticas como la mía que sabe bien redactar ensayos y no da una con las raíces cuadradas.

Ante esta depresión numérica y tropical se confirma la imperante necesidad de entrar en riguroso régimen alimenticio, visitar al nutriólogo, hacer ejercicio, forrar la torneada figura con fajas, hules o vendas, y, sobre todo, aplicar la maravillosa dieta DDT. ¡Dejar De Tragar! Ay, si tan sólo se pudiera... Por un lado, la voz de la conciencia sugiere las buenas formas para sentirse saludablemente más feliz y vanidosamente más hermosa, y por otro lado el estómago, que con flechas y a gritos nos indica que la comida va ahí, y que cualquier manjar que por su conducto pase será siempre muy bien recibido.

Rayos. “Las tentaciones, a diferencia de las oportunidades, siempre llaman dos veces” (cito textualmente a un alma compungida que así se presenta en el chat). Y es cierto. La tentación abruma la pureza de la mente, y nos pone en un lugar como nuestro México, en un sitio donde en cada esquina abundan los comercios formales e informales que ofertan ricos y variados taquitos, tamales, y tortas, justo en el lugar donde este alimento de la canasta básica tiene su propia feria, sus propios récords y muchos, muchísimos débiles (y hambrientos) seguidores.

jueves, 25 de agosto de 2005

Ratona de televisión


Si a los hambrientos de conocimiento que visitan frecuentemente los libros se les llama ratones de biblioteca, mi gurú particular, el gran Álvaro Cueva, designó hace algunas entregas de su columna “El pozo de los deseos reprimidos” a los de nuestra especie como ratones de televisión. No podré jamás dejar de negar mi condición de teleadicta. Sería como Pedro negando a Jesús al canto del gallo. Si, soy una ratona de televisión, una consumidora compulsiva de los productos audiovisuales, un ávido personaje necesitado de su dosis diaria de enfrentamiento al monitor.

Lo mejor de todo es que real, real y verdaderamente disfruto horrores degustar de la variedad que ofertas que se me presentan con la magia de mi dedito. El ejercicio del zapping me enloquece, sin que eso signifique que vea la tele a medias o que me disguste ver comerciales, por el contrario, adoro rastrar nuevas campañas publicitarias y hasta los nuevos infomerciales del momento.

Aquellos quienes me han observado apasionarme frente a ella mueren de risa, porque efectivamente me apasiono: grito, sufro, me río, me sorprendo y me enojo, todo puede pasar en un solo programa. Al narrar esto pido que imaginen a la jovial Kittotta al lado de su bella madre mortificadas por el futuro de la protagonista de “Piel de Otoño”, envueltas en la risa loca que produce el hilarante macho que es el marido y pegando de gritos cada vez que alguna situación emocionante nos deja en suspenso al final del capítulo. Imaginen a la jovial Kittotta viendo un partido de basquetbol, beisbol o alguna final importante del futbol peleando con árbitros, jugadores, directores técnicos y hasta con las mascotas. Imaginen que mi despertador es la tele y mi arrullo es la tele.

Es tan banal hablar de este tema que pudiera parecer me lo saqué de la manga. Pero la verdad es que el viboreo es lo mío, como lo cita Marthita Figueroa, y de esta mente brillante (o sea yo) pueden salir comentarios maravillosos que necesitaban esta amplia introducción para externar sus sentires. El primero; y me quejo amargamente, por el hecho de la escasa oportunidad que le dan a las lumbreras que en la televisión abierta pueden revolucionar todo lo ahora existente. Hartan, saturan, no son opción en pocas palabras. Y, para algunos, la programación del cable es el refugio perfecto para saciar estos deleites antes privados.

Claro que entre todo hay cosas rescatables como los soleados anuncios con referencias futbolísticas que son lo de hoy. Los Padrinos Mágicos me han sacado de apuros cuando el tema de plática se me escasea, los horrorosos ochenta me fascina, y ver motocicletas en construcción es toda una revelación, vomité a Jolette con todas sus letras, las historias verdaderas de los ricos y famosos de la farándula me dejan helada y mis ojos se tuercen de la envidia cuando veo programas de turismo que muestran spas de relajación entre velas y cremas. Las recetas de cocina o todo lo que involucre al verbo cocinar me llama la atención; videos, películas, juego Jeppardy en inglés, asisto desde mi mismo asiento a mesas redondas sobre la reencarnación, documentales sobre las guerras, la revaloración de la mujer y un muy largo etcétera. Sin la tele no soy feliz, y sin escribir tampoco, así que aquí nos leemos en el próximo programa... ¡perdón! Columna. ¿A poco no te gusta también ver televisión?

miércoles, 17 de agosto de 2005

Caravana kittacional 2



Cuando uno viaja debe estar dispuesto a verlo y vivirlo todo. Aunque las experiencias no pueden ser demasiadas en una semana de apretadísima agenda, con la familia nunca se sabe. En esta segunda entrega me dispongo a relatar la última parte de mi andar por los centros que retumban la tierra azteca, recorridos en toda clase de democráticos y comunes medios de transporte y no el alfombras mágicas, aclarando el punto por si el incauto lector sospecha que mi persona es gente exquisita que no sabe ni treparse en un pesero.

Una vez sometida a actividades propias de los infantes intrépidos, como correr entre la milpa y jugar sube y baja en una especie de remolque que me dejó carente de todo atractivo visual trasero, el resto de mi estancia en ese pequeño pueblo llamado Alfajayucan, tierra donde mis ramas familiares comenzaron a crecer, fue mucho más grato. El hecho de que la casa donde me hospedé sea también una pastelería lo dice todo: degusté chocolate y pastelillos como si jamás en la vida hubiera probado alguno. Además debo mencionar lo consentida que siempre me hacen sentir en casa de mi tía Chelo, donde mi paquete de salchichas y mi salsa catsup no faltan jamás cuando saben que llego de visita. Al final, una pausa en el tiempo: el silbido del viento que se escucha siempre que estoy en el panteón, saludando a mis abuelos, y la degustación visual de todas las fotografías posesión de mi tío donde en blanco y negro conozco y reconozco a quienes me han hecho ser lo que hoy soy.

Luego de esto volví a la realidad, visitando las tiendas de la gran capital y a toda mi extensa familia para quien amablemente serví de pretexto para armar tremendas comilonas de chalupas y hamburguesas deliciosamente preparadas... Mi siguiente parada volvería a ser otro lejano punto del Distrito Federal, y después, la ciudad de Cuernavaca. Este es uno de los lados de mi familia con los cuáles me identifico más, pues es ahí donde convivo con la única de mis primas quien, junto conmigo, formamos parte de la minoría (muy menor) de mujeres solteras y sin hijos... alborotamos las quinielas sobre quien saldrá primero, muy a nuestro pesar. Resignadamente hecha a la idea de que ahora a donde quiera que vaya tendré que toparme con niños, mi paso por la ciudad de la eterna primavera (que por cierto me recibió con bombo, platillo, truenos y una imparable lluvia) no estuvo exento de ello. Un niño acaparador de la televisión exigió de manera precisa que su tía Kittotta le pusiera “La era de hielo” en el dvd, cosa que en apariencia no podría significar gran esfuerzo, pero encontrar el botón indicado me costó un trabajo de los mil diablos y el nene, convertido ahora en el Chucky de carne y hueso, salió gritándole a su mamá acusando que su tía Kittotta “no sabía poner su película”... Mis ojos fueron balas que penetraron sus calcetincillos de Scooby Doo.

Por si no fuera poco, el fantasma de la varicela me persigue con esta familia: hace años contagié a mi primo 7 años mayor que yo; en la boda de la Chimbomba Valent un niño incubó el virus y lo contagió a diestra y siniestra y ahora que fui la pequeña Pame nos recibió con tremendas manchas en su pancita. ¡Santa Cachucha!. El susto sólo lo frenó una buena dosis de compras en la platería del centro, y así, con tremenda maletota en el brazo, partí hacia mis jarochas tierras. Por fin, la caravana termina y mis vacaciones también... vuelvo a la realidad tras una semana intensa, pero feliz, eso que ni que.

martes, 9 de agosto de 2005

Caravana kittacional


La oleada vacacional que inundó a la mayor parte de la población mexicana en estas semanas me tocó como el "Emily" a Veracruz: sólo de colita. Así, alejada de la efervescencia de las masas por retacar balnearios, centros vacacionales y carreteras, estos días empaqué mis suntuosos ropajes y partí hacia un estructurado itinerario que ni la pareja presidencial sería capaz de seguir. La misión: visitar todas y cada una de mis extensas ramas genealógicas en tan solo una semana. Parece fácil, pero se requiere de un gran esfuerzo. Así pues, besando a la madre que me dio la vida y me despedía con pañuelo blanco en mano, emprendí la travesía a las 4:45 de la madrugada del sábado colmada de bendiciones y pastillitas de paciencia, por si acaso fueran necesarias para sobrevivir a todo lo que me esperaba...

No pretendo que el incauto lector crea que mi familia tiene alguna rareza ni cosa parecida, es sólo que, como le sucede a la gran mayoría de los seres humanos, mi sangre materna es el polo opuesto de mi vena paterna, y el shock de convivir con tales diferencias en tan poco tiempo deja en consecuencia alteraciones emocionales y, en el peor de los casos, sacudidas que lo dejan a uno (o ya lo tienen) bastante atontejado.

La primer parada fue en la ciudad de México. Ahí, mi familia materna me esperaba con los brazos abiertos y yo, con la gorra bien puesta. Lo explicaré de esta manera para no caer en discursos grandilocuentes: mi familia materna alimenta en mí mi parte intelectual, creativa, en cierta manera aspiracional. En mis dos días de estancia hablar de libros y cine fueron motivo perfecto de amenas sobremesas y una excelente desvelada sabatina, y en tan poco tiempo pude platicar con mis 3 primas (todas ellas tan distintas entre sí) y mis tíos, en escenarios distintos: el carro, el mercado, la sala, la cama... la verdad, momentos altamente motivantes. Pero la caravana kittacional debía seguir su curso y una vez aventada en la central de autobuses me tomó hora y media de camino ponerme en el traje de los Valent (mi lado terrenal) para llegar con mucha disposición a conocer y reconocer a los nuevos miembros de este lado de la vena que no deja de procrear.

Para mi buena fortuna me hice amiga del enemigo de inmediato (escondido tras la piel de una nena de apenas 10 meses, pucherosa y berrinchuda) y entre risas y gestos extraños llegué al paraíso de Michael Jackson donde 6 de mis 8 primas se reunieron con 12 de mis 16 sobrinitos, chicos, grandes, pubertos y bebés donde los temas de plática eran las escuelas, los matrimonios y los pañales. Mundos totalmente opuestos.

Este último reporte lo escribo desde un pequeño punto geográfico donde los moscos masacran despiadadamente. Aunque el lugar es pequeño, para mi es tremendamente inmenso en recuerdos de mi infancia, de la gente que amo, y donde un par de niños incansables que son mis primos (aunque me crean su tía) me han hecho correr por el campo, caminar entre el maizal, cortar duraznos y jugar con cachorritos y pequeños gatitos. En fin, ya después hablaré del resto del itinerario, porque la semana aun no termina y varios camiones esperan desplazarme de un lado a otro con todo y mi cargamento de experiencias. Nos seguimos reportando...

jueves, 28 de julio de 2005

Serendipity

En la vida muchas veces nos topamos con cosas que nos llegan de la nada y de pasito nos representan alguna utilidad. Es como salir al super por una sopa instantánea y en el mismo pasillo aparece de la nada el amor de tu vida eligiendo el mismo sabor de sopa que uno. Según el idioma inglés, existe un término que define este tipo de situaciones: Serendipity, la facultad de hacer descubrimientos felices e inesperados por accidente. Hay incluso una película gringa con este título, y yo recuerdo que de niña fui poseedora de una serie de cuentos ilustrados, cuyo emblema era una dinosauria pequeñita así nombrada, que tal vez me presagió un feliz futuro en el mundo de la lectura.

Eventos serendipitys pueden ocurrirnos más seguido de lo normal, pero tal vez por costumbre solemos llamarlos “casualidades”, aunque el escritor Milan Kundera insista en llamarlos “causalidades”. Puede ser el caso de encontrarse a su “ya saben quien” en el pasillo de las sopas y mostazas, en un vistazo a cámara lenta, con la silueta de la persona apareciendo de entre la luz que deslumbra en el pasillo de enfrente (donde posiblemente prueban la garantía de un foco) y la música de fondo de todos los supers (sólo interrumpida por la mujer gangosa voceando al encargado del departamento de discos), dirigiéndose hacia uno con mirada coqueta, un andar delicado y voz angelical sugiriendo que se conoce el precio del mismo vaso de Maruchan de res que se tiene en la mano; pero también pueden ser otro tipo de eventos fortuitos que le dan a uno una caricia al alma y al corazón. Debe ser eso o es la habilidad inusitada de estar en el momento y lugar adecuados para ser partícipe de burbujeantes sucesos hilarantes dignos de ser platicados.

Mi más reciente ejemplo fue haber asistido a la graduación de la secundaria de una nena que quiero mucho. Desafortunadamente para mi, si hay algo que me horroriza más que pasar el tiempo entre siniestros infantes parlanchines es verme rodeada de la generación RBD que son los pubertos de hoy, con todo y cabelleras pintadas como estos nuevos ídolos de la juventud. Temí que la desgracia me perseguía cuando la cena no llegaba y el maestro de ceremonias (¿en una cena?) nombraba uno por uno a los egresados para darles un pequeño reconocimiento. Fue entonces que la comida llegó, y con ella, el discurso del “elegido” que preparó un sermón digno de una misa en latín. ¡Serendipity! El imberbe, concentrado en la lectura, supongo que no tuvo ocasión de escuchar las cosas que decía. Nos dio cuenta de sus 15 años de existencia, de la “inexperiencia e inmadurez” de su primer año de secundaria y de la cúspide de su sabiduría a un paso de la vida de bachiller. La risa no me paró hasta llegado el segundo despliegue de humor involuntario cuando una mujer, pompones en mano, invitó a los comensales a corear la porra que con tanto orgullo le tributaba a su graduado sobrino. Con el mismo frenesí con el que Chicho el de los “Cachunes” incitaba a estos cantos, la mujer, ajena a todo complejo, protagonizó, sin duda, el mejor momento de la noche.

Si bien puedo confundir los serendipitys con chispazos de humor negro, basta con estar ahí y saber reconocer cuando algo que carece de toda expectativa te ofrece un momento de enorme alegría o de carcajadas sin igual. Y de eso se trata esto de vivir, de encontrar la felicidad (aunque sea instantánea como una sopa) en cualquier pasillo de supermercado o en cualquier rincón del mundo...

jueves, 21 de julio de 2005

Noticias del Imperio

Yo soy Kittotta, humilde intento de escritora de temas banales, egoístas e insignificantes en una columna que malgasta sin sentido. Yo soy Kittotta Valent, descendiente de distinguidas, alharaquientas y extravagantes familias por parte de padre y madre. Yo soy Kittotta Valent, reina absoluta de mis sueños e ideales, emperatriz de mi baño propio, alcaldesa de la azotea donde se ostentan mis aposentos, vecina de tendederos, antenas televisivas y cables de electricidad. Yo soy Kittotta, hija de Don Pipián, nieta de don Efraín y doña Beta, única heredera del bagaje cultural de albures, picardías y el mágico don fregativo que aplico sin distingo de razas, colores y credos. Yo soy Kittotta Valent, Soberana de la ironía y la burla cotidiana, Princesa de la cama de perro y los tapetes roídos por los apestosos súbditos de mi corona. Yo soy Kittotta, prima de muchas mujeres fértiles, hermana de la Chimbomba (Primogénita) Valent que, contagiada por el furor familiar, traerá al mundo en algunos meses al heredero de su corona. Yo soy Kittotta Valent, bruja malvada de los cuentos, acérrima y legendaria enemiga de los infantes latosos... futura tía de uno de ellos.

Las noticias del Imperio que ficticiamente relata María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, fugaz emperatriz de México, en el kilométrico texto de Fernando del Paso, no se comparan con el impacto que sufrí en reinos lejanos al conocer la nueva situación de mi papel dentro de esta familia real. Si bien es cierto que 10 de mis primas y primos me han convertido en tía en 21 ocasiones, el hecho de que sea mi propia hermana quien ahora me tenga en este trance emocional me parece no sólo injusto sino egoísta. Someter la paz y tranquilidad que inundan mis días de juventud por llantos, mamilas y pañales es una idea inconcebible, inaceptable, insoportable.

Desde el principio todo estuvo mal. Las intrigas del destino alinearon a los astros justo para que la noticia fuera difundida cuando mi persona se encontraba bañada en sudor cumpliendo con una misión importante en coatzacoalqueños parajes. Mi sopor se maximizó no en el momento de escuchar la voz de mi hermana en el auricular, sino cuando mi padre sugirió la idea de olvidarme del orden y la quietud a los que estoy acostumbrada. Viajando de regreso, la pesadumbre de estos pensamientos que merodeaban mi cabeza como las moscas en el cabello del niño que huele feo (el personaje amigo de Charlie Brown y Snoopy) se fundió con flash backs que evocaron mis clásicos con los niños, entre los más recientes, la satisfacción de haber ganado unas venciditas con un infame chiquillo que se sentía Rocky III.

Difundido mi estado de pánico, gentiles y queridas amistades han hecho lo imposible por persuadirme de las bondades de nombrarme tía: ver crecer a un niño, el ser ejemplo para él, el que te quiera, el que aprenda de ti... y fue entonces que lo vi todo de otro color. El pequeño Chimbombo no solo me traerá satisfacciones económicas el día de su nacimiento (las apuestas sobre su sexo se perfilan cuantiosas), sino que lo vislumbro como el más cercano heredero de la sabiduría que mis ancestros depositaron en mi... ¡Grandes planes le esperan! Malo, rebelde, rudo, el que le jale las trenzas a las niñas, y sobre todo, lo haré el enemigo público número 1 de ese odioso espécimen morado llamado Barney... ¡Bienvenido Chimbombito, serás lo máximo!

jueves, 7 de julio de 2005

Romántico retorno

Durante este mes de abstinencia verbal, mis muy queridos e incautos lectores, tuve el presentimiento de haber pasado por un torbellino de acontecimientos que, al no tener la oportunidad de compartirlo con ustedes, me remitió al sentimiento que seguramente tuvo el personaje central de la caricatura “Futurama” cuando un día por accidente cae en una congeladora que lo transporta mil años adelante de su presente, sin tener la más remota idea de todo lo que en ese tiempo se perdió. Así que ya se lo imaginarán: mi verborrea está más desatada que nunca, y dar con un tema que celebrara el retorno a este humilde refugio policromado resultó tarea complicada más no imposible, y así, uno de esos días de quehacer andando entre polvo nomás, hurgué en los cajones de mi vida y encontré pasajes que me resulta temerario abordar por tratarse de la paleta más basta en tonos y matices que cualquier pintor del alma pudiera manejar: el amor.

Si bien el lado cursi de quien escribe ha quedado de manifiesto en quizá el 90% de las columnas hasta ahora editadas, el amor es uno de esos temas a los que prefiero dar la vuelta, dejando mi libertad creativa a merced de la ironía y la burla al prójimo. Sin embargo hoy, con el verano flotando por los aires, recuerdo que mi breve currículum sentimental se ha dado por la influencia de la lluvia y el rico calor de estas épocas...

Mi primer concepto del amor cumplió con las expectativas que toda soñadora ochoañera pudiera tener: que el ser amado cayera redondito justo a sus pies. Y así, mi efímero romance de miradas profundas, largos suspiros y muy escasas palabras con un trigueño de ojos color miel floreció y se marchitó cuando, con mi entonada y potente interpretación del Himno Nacional, en plena clausura atestiguada por la multitud envuelta en uniformes rojos y zapatos de goma, un seco estruendo atrajo las miradas hacia mis pies... el príncipe de mi historieta de hadas cayó de boca víctima de un desmayo que lo hizo azotar cual res a punto de cocinar. ¡Los hombres perfectos también se enferman! Cruel desengaño. El asunto murió al cambiar de año, así de rápida fue la situación. Se deshojaba la margarita del amor cuando a mis 10 años tuve una nueva oportunidad de que mis nacientes hormonas debutaran en sociedad, y el castillito que se edificaba con mi vecino de banca escolar (ilustre representante de Cristóbal Colón en festivales otoñales) se ponía más firme que nunca. Ese 14 de febrero las palabras fueron y vinieron en tarjetas escolares, y cuando ya comenzaba a autocantarme la marcha nupcial ¡cuaz! ¡pum! ¡zaz! ¡Bati-cambios de ciudad! Y Kittotta se fue... El tercero en la lista seguramente se aprovechó de mi frágil estado emocional, de la romántica lluvia de cierta tarde de junio, de su sonrisa Colgate y sus ojos color miel y me atrapó cual bicho en telaraña dejándome el mejor recuerdo de un primer beso en plena graduación escolar; el cuarto, un Escorpión hecho y derecho, atlético y varonil pasó más tiempo del que yo hubiera querido en mi mente y corazón y sin embargo todos resultaron la feliz antesala de lo que ni las terapias ni las lecturas de cartas pudieron predecir: el punto común (un Escorpión, trigueño, de ojos color miel) de mi tránsito por los senderos que se bifurcan en el campo del amor. Ha casi 3 años de un experimento que se antoja todavía inacabable, todo aquello que encierra lo que a base de risas, pasión, entrega y emoción se ha edificado sigue siendo mi mejor razón para despertar, para respirar, para vivir mi hoy mejor que ayer...

jueves, 2 de junio de 2005

El mundo zurdo

Mis muy queridos e incautos lectores. En la columna del día de hoy los exhorto a hacer un sencillo ejercicio de observación. Empiecen por ustedes mismos: tómense un momento y tomen conciencia de el uso de sus manos, es decir, con qué mano comen, con cuál abren una puerta, o cualquier otra cosa. Ahora observe a los demás. Ahora tome conciencia de su propio cuerpo y trate de distinguir con cuál de sus ojos ve mejor, qué oído le funciona más, que pie utiliza para patear una lata en la calle o un balón de futbol. Eso, queridos e incautos lectores, son ejercicios muy simples que nos hacen detectar la lateralidad, tanto en nosotros mismos como en los demás.

Yo empecé a hacer esto desde hace mucho tiempo, no tan a fondo, pero mi aguda sensibilidad hacia la curiosidad y el chisme por lo general me han hecho observar con qué mano escriben las personas que me rodean, y sin querer fui creándome una afición por identificar quién es zurdo y quién diestro. He aprendido que hay movimientos que delatan por completo esta condición, he comprendido que son muchísjmas las personas a mi alrededor que se rigen por su lado izquierdo del cuerpo (el derecho de su cerebro) y, sobre todo, he quedado prendidamente embobada por las capacidades que ellos adquieren. En pocas palabras, adoro a la gente zurda.

Hace poquito platiqué con varias personas zurdas Al principio me costó algo de trabajo comprender que la vida no corre igual para ellos, no al menos en el sentido de los diestros. Sólo por poner un vago ejemplo, las manecillas del reloj, en su caso, deberían girar hacia el lado contrario al habitual porque la lógica en su cerebro es que todo gire hace la izquierda. Anécdotas sobre el aprendizaje de la escritura abundan sobre todo entre los zurdos de más edad, pues antes muchas y muchos maestros nomás no entendían lo traumante que resultaba para un niño obligarlo a que escribiera, recortara o dibujara con una mano que no es con la que hacen el resto de las cosas... En fin.

Lo que más me llamó la atención es que para muchos de ellos el ser zurdo no es la gran cosa. Es decir, están tan acostumbrados a hacerlo todo con esa mano, a cargar todos sus sentidos hacia la izquierda, que ya no dimensionan la diferencia que tienen con los diestros. ¡Pero si es enorme! Yo, por ejemplo, soy una diestra de esas puras. No sé hacer nada con la izquierda, ni tomar un cuchillo, ni escribir correctamente, y abdiqué mis lecciones de piano por no tener la coordinación suficiente para el acompañamiento. Ellos, sin embargo, han tenido la necesidad de habilitar ambas manos para sobrevivir en un injusto mundo culturalmente hecho para diestros, donde los zurdos caen en sobrenombres ofensivos y muy crueles. ¿Y qué resulta de habilitar los dos lados de su cuerpo? Más inteligencia, más sensibilidad, un cierto atractivo propio que realmente no sé describir con palabras, pero que me hace admirar enloquecidamente a cada persona que detecto funciona con la izquierda.

Si no me creen, ejemplos sobran: Bill Gates, Babe Ruth, Maradona, Bart Simpson, Picasso, Da Vinci, Paul McCartney, Miguel Ángel... Hasta Jolette lo es!!! Sean lo que sean, es muy bonito tener conciencia de nuestro propio cuerpo, de como funciona y de lo especiales que somos, ya sea diestros o zurdos.

miércoles, 25 de mayo de 2005

Anti-antro

Las luces eran intensas, la música también. Muchas personas a mi alrededor, vestidas con atuendos “propios” para la ocasión, sentadas y de pie, mantenían sus manos ocupadas con cigarros, vasos, o las actividades corporales propias de la candente juventud. De pronto me encontré en un lugar totalmente ajeno a mi persona, llevada a él con truculentos engaños y con una sensación extraña, como de no ser parte de ello.

Ante situaciones como éstas trato de analizar cuál es realmente mi concepto de diversión. Ya que el acudir a un antro me resulta verdaderamente insufrible, las opciones en cuanto a la manera en la que disfruto de mi latente juventud se agotan, llegando a pensar que soy una prematura viejecita y, entonces, me siento como un cuadrado en el mundo del espiral, sin lograr encajar del todo en lo que el entorno dicta como propio para la gente de mi edad.

No es que toda la vida me haya disgustado el hecho de ir a estos sitios a disfrutar de la música, las luces y el ambiente; las “piñatadas” (o tardeadas) de secundaria fueron en su momento uno de los escapes que mi espíritu encontró para gritar, bailar y aspirar a un momento romántico en medio del humo y el sudor de la masa danzante. Incluso me parece haber comenzado un día de mi cumpleaños junto a mi flota preparatoriana, sin zapatos, en medio de la pista y cantando fervorosa la música que entonces era lo de hoy...Achaco mi cambio radical anti-baile y anti-antro a una muy personal limitante emocional que fue creciendo en mi mente en contra de todo aquello que representara ser vista en público. Sin embargo existe otro asunto que va mucho más allá de la imposibilidad de plática serena en estos lugares: Los espacios corporales.

Ahí les va que según los estudiosos de la comunicación no verbal, la proxémica es aquella disciplina encargada de analizar cómo cada persona determina sus espacios corporales en relación con su entorno en general. Hay a quienes les resulta innato saludar a la gente de beso, darles un afectuoso abrazo o simplemente comunicarse con los demás interactuando con ellos por medio de sus manos. Yo, desde siempre, he entendido que mi proxémica (ahora sé como se llama) ha sido rígida e inamovible y con mucha dificultad permito el contacto físico con mi entorno. Hacer cola en el banco, en el cine o incluso en mi coche son situaciones que me ponen nerviosa pues implican que la gente irrumpa peligrosamente en el espacio que considero mío y que poco tolero sea invadido.

Así pues, la experiencia de acudir a cierto antro citadino se empañó cuando cierta gorda (y miren que yo no vendo piñas), sin ningún respeto por las personas que la veíamos, embarraba con la alegría que producen las copitas de más su enorme trasero en mi espalda, de silla a silla contigua, violando a todas luces mi espacio corporal. Quitando este “detallito” la experiencia no fue del todo mala, pese al hecho de que tenía más de dos años de no hacer algo similar. Claro, la brecha generacional mermó mi espíritu cuando el grupo musical interpretaba las canciones de RBD ante las cuales enmudecí por completo mostrando enorme ignorancia ante lo in que rige a las juventudes de hoy. Gracias a Dios llegó la hora del recuerdo, y mientras yo gritaba desaforada la orda iracunda de pubertos brillaba en su gran silencio... Cosas de la edad.

jueves, 19 de mayo de 2005

La venganza del cumpleaños

Los sentimientos se confunden en esta semana. Se cruzan dos esperados eventos casi en el mismo día, uno excesivamente particular y otro exageradamente popular ante los cuáles mi propia esencia vibra de emoción.

Mi cumpleaños número 26 ha sido un acontecimiento largamente anhelado. En sí, la celebración anual de mi llegada al mundo es algo que acostumbro anunciar con pancartas, bombo y platillo y este año en particular me urgía dejar atrás las 25 primaveras que justo el día de ayer murieron tras una franca agonía. Debo recordar, sobre todo para aquellos incautos y noveles lectores de esta H. columna, que Kittotta es una coleccionista de ideas baratas y absurdas y presume en su basto catálogo la inminente aberración por toda cifra impar que tenga alguna relación en su vida, tal vez por la extraña fijación de que vivir años con terminación par le da una especie de equilibrio espiritual que espera no culminen en tragedia cuando llegue a la década de los 30. En fin... A diferencia de las tradicionales y glamorosas ceremonias que solían acompañar la cuenta regresiva pre-aniversario, este año he dicho simple y llanamente adiós a 365 que tuvieron algunos esporádicos buenos momentos (no muchos) ya que, insistiré hasta el cansancio, el mal karma de lo impar hace que me sienta como cojeando con un sólo pie.

Equilibrio... Según lo narran las leyendas un día llegaría a la Galaxia un individuo, “el Elegido”, cuya misión en la vida consistiría en darle a la Fuerza el equilibrio faltante para que bien y mal quedaran en el mismo nivel de la balanza. Han pasado muchos muchos años y muchas muchas lejanas galaxias de espera para que propios y extraños conozcan la historia del héroe bueno que cae, irremediablemente, seducido hacia el lado Oscuro de la Fuerza.

Si de algo puedo estar cierta es que soy una especie de experta en esto de los villanos y la maldad, y el hecho de que mi cumpleaños y el nacimiento de Darth Vader surjan con tan solo unas horas de diferencia es más que una coincidencia: es una señal. El hecho de que ambos episodios representen, en lo general y en lo particular el elemento de equidad faltante en sus contextos es digno de estudios y análisis en los campos de filosofía y los astros. El hecho de que mi vida haya estado ligada desde siempre con esta historia de ciencia ficción es real y no sólo producto de un hermoso noviazgo con un apasionado fan de la capa negra y la tétrica respiración de semejante villanazo.

Así pues, auguro desde hoy, mis 26 años prometen ser más de lo que espero por varias razones: a) Es un año par; b) Un villano nace a pocas horas de mi aniversario; c) Juan Pablo II, respetable figura de paz y bondad, cumpliría años un día como hoy... sin embargo, y ya que no está con nosotros puedo decir que el hecho de haber reemplazado un símbolo de amor por un perturbado y confundido reflejo del mal es la más clara señal de que por fin mis deseos de emular ejemplares villanas melodramáticas (esas a quienes fascinada he dedicado columnas completas) podrán hacerse realidad.

El equilibrio llega a mí gracias a mis dulces 26 y la mente de un antropólogo visionario y millonario... ¡¡¡La venganza de mi cumpleaños ha llegado al fin!!! No dejen de visitar http://pochacasworld.blogspot.com.

jueves, 12 de mayo de 2005

Soledad

El mundo está lleno de solos. Soledades que van y vienen, soledades que se juntan momentáneamente, que coinciden en las banquetas, en los mercados, en los semáforos en rojo; las soledades que vagan por la vida, con sus torturas propias, con sus alegrías propias; con todo un mundo sobre ellos, un mundo que pesa, un mundo que no se comparte de momento, un mundo de soledades.

La soledad. El mal que nos aqueja a todos en algún momento de nuestro existir.

La soledad, mas la falta de una ilusión, es la fórmula perfecta para una depresión superlativa. Como una ecuación química, estas dos se complementan, se unen, se fusionan y dan un resultado común.

El mundo está lleno de solos, tal como de locos, tal como de racionales. El chiste es que, locos, racionales, grandes eminencias o asesinos prófugos, todos nacimos solos, y solos nos vamos, porque nuestro mundo, nuestra propia existencia, es una soledad constante.

Sí, la que escribe fue una sola más de este mundo. Sola en ser, sola en pensamiento. Sola en medio de una pista, sola como Crusoe en su propia isla. Sí, no me avergüenza decirlo. Quizá me duela decirlo, pero no me da pena... lo he superado poco a poco. Fui una sola que aun no encuentra su acomodo en el mundo, y que aun hoy desconoce su misión en él. Fui una sola rodeada de soledades que nunca frenan su lucha por estar acompañadas. Porque hay quienes comprendemos y asumimos a la soledad como parte de nosotros, como una parte de nuestra propia naturaleza, sin embargo hay quienes nunca lo han entendido, hay quienes no saben estar solos, quienes temen asumir su condición de soledad.

Si, el mundo está lleno de solos. Solos que no saben otra pena que su soledad. Solos que no conocen alegría más grande que su soledad. Solos resignados, solos frustrados, solos por casualidad o por destino, solos porque solos estamos destinados a llegar y a partir. Los solos somos todos porque esta condición viene con nosotros desde el día que en nacemos, como parte de nuestra paquetería, y es cuestión de cada quien saber de qué manera sobrelleva su soledad a lo largo de su vida.

Mi soledad, como tantas otras, se escondía tras la careta de la independencia y la autosufienciencia. Mi soledad, como muchas, se justificaba convenciéndose que más vale sola que mal acompañada. Mi soledad nunca renunciaría a mi condición de eterna vagabunda, de eterna solitaria...

Pero hoy ha llegado el día en que mi soledad, como tantas otras, se ha unido a otra soledad....el sentido de lo que se ha escrito ya no vale más la pena; la tristeza de ser irremediablemente un solitario en busca de otra soledad que lo acompañe se ha ido, y espero que ese sentimiento no termine... que dure para siempre.

jueves, 5 de mayo de 2005

Fe

He imaginado cualquier cantidad de veces la forma en cómo el ser humano es creado. Me da por vislumbrar a un bebé y a “alguien” a su lado que en una gran maleta lo va dotando de sus cualidades, sus defectos, sus virtudes, sus debilidades, sus armas para sobrevivir al mundo... una vez repleta, el bebé es arrojado al mundo con mochila al hombro descendiendo en un suave paracaídas, aterrizando justo donde le fue asignada la misión de su vida.

Sin embargo, antes del proceso de envío, el imaginario excursionista es dividido como en un rompecabezas, donde, tal y como si se tratase de un mueble lleno de cajones, se fueran abriendo y cerrando los espacios donde su alma tendrá cabida y desde los cuáles estarán alojados su necesidad de amor, su sensibilidad, su intensidad, su lado negativo, y su fe. Una vez asignados los cajones, el niño se arma nuevamente, se le proporciona su mochila antes mencionada y vuela por los aires con toda su información personal al hombro. Uno llega al mundo y es incapaz de recordar cómo le fueron proporcionadas todas esas características “innatas”. Solo sabemos que vienen con nosotros y lo único que nos queda por hacer es desarrollarlas a sus máximos potenciales.

La fe, así como el amor, es uno de esos cajones que constantemente deben ser llenados. La fe, así como el amor, es uno de esos cajones que sólo se llenan de misteriosas maneras, tras una búsqueda incesante por ese “algo” que nos haga sentir plenos, completos.

Desde que tengo uso de razón la fe de mi familia desemboca en la religión. Ser católica hizo a mis padres educarme con la idea de que un Dios todopoderoso es quien nos llena la maleta de origen y en quien podemos confiar en los momentos de desesperación. Pasé muchos años inconformándome con el hecho de ir a misa los domingos, y cuando tuve las armas ideológicas arremetí terriblemente en contra de la religión y todo lo que con ella tuviera que ver, aunque secretamente nunca dejé de creer en ese “Alguien” superior que en mis innumerables noches de llanto me reconfortaba con su etérea presencia...

En esos tiempos de poca credibilidad muchas señales me cayeron del cielo para ser capaz de entender porqué la gente desahoga su ser entero en aquello que le represente su fuente de fe. Para muchos es la religión, cualquiera que se profese. Para otros son las ciencias, la política o en el más pasional de los casos el futbol. El misterio de la fe es saciar esa necesidad de creer, de confiar, de entregarse, de depositarlo todo en un lugar seguro. Poco importa si las instituciones que los llevan son o no dudosas, poco importa si se es católico, cristiano, budista, panista o americanista... es hecho es creer, y al hacerlo, llenar y llenar el vació cajón de la fe.

Cuando entendí esto fue cuando mi propio ser me pedía desesperadamente depositar mi confianza en “alguien”, dejando al lado eso del opio del pueblo y demás gélidas teorías. Cuando me siento triste, como hoy, sólo me queda aferrarme a ese Ser, sentir que me protege, que escucha, y que con mis ruegos cotidianos las cosas que me afligen se van a mejorar. Mi vacío e imaginario cajón de la fe se llena, con este simple hecho, de esperanza, de ilusión...

miércoles, 27 de abril de 2005

Con licencia para rascar

Estoy segura que los conductores de los coches a mi alrededor se preguntaban por la actitud de aquella chiquilla loca que manejando en plena gran avenida, sufría de un incontenible e inocultable ataque de risa. ¿La razón? Algo exageradamente simple, algo exageradamente cotidiano: Me entró una de esas comezones brutales justo en la planta del pie derecho, ese único pie que lleva el control de la misión cuando se va manejando un vehículo automático. Rascarme en plena vía pública se hubiera visto cual si jugara una complicada reta de Twister: mano derecha al volante amarillo, mano izquierda en el pie derecho azul, pie izquierdo en el pedal verde, un ojo acá, el otro acá y luego la foto de mis extravagancias en la nota roja.

Pero, admitámoslo, este jocoso cuadro es absolutamente verídico... ¿o no? Haciendo memoria las extrañas picazones nos acosan en los momentos menos adecuados, en las situaciones menos esperadas e inclusive en las más vergonzosas y lo peor de todo: cualquier insignificante detonador puede producir la comezón más explosiva. Ejemplificaré.

1.- Por causas de enfermedad. Quien haya padecido varicela podrá entenderme... no es sólo el patético hecho de mirarte en el espejo y ver puntos por todas partes –debajo de esos puntos se esconden tu cara, tus brazos, tu panza-, sino la necesidad que surge de arañar cada parte del cuerpo donde el virus contraataca con saña, furia e iracundia. Así también añado a este rubro la viruela y males parecidos, sin omitir los piojos, liendres, y demás parentelas que lejos de sumirte en la vergüenza pública carcomen la cabeza, la dejan peor que campos en tiempos de guerra, y bueno... lo demás lo dejo a la imaginación.
2.- Piquetes. Los violentos y astutos moscos chupasangre son capaces de aniquilar al cuerpo más frágil o la piel más resistente. De noche, de día, dormido, despierto, hablando, de cabeza...los bichos (sean de cualquier índole, especie y forma) no respetan ninguna parte de la anatomía de los seres humanos. Las picazones surgen de los lugares menos esperados, los más recónditos, lo más oscuros...
3.- Efecto de acción y reacción. Hay una parte en la película “El libro de la Selva” donde el Oso Baloo, en plena demostración tropical de su filosofía de vida, embarra su peludo cuerpo en una palmera cuando la comezón va más allá de él. Yo, al menos, cuando miro esta escena corro a buscar aunque sea una regla que mitigue una inexistente comezón que surge únicamente del efecto de acción y reacción, es decir, ver a alguien que se rasca inmediatamente hace que uno se sienta motivado a rascarse también. Obsérvense... es algo real.
4.- Extras. La ropa ajustada, el polvo pica pica, una costra, una angustia... ¡¡¡todo nos produce comezón!!!!

Así que antes de terminar un par de consejos: nunca, jamás limiten su necesidad de rascarse, estén donde estén, estén con quien estén (libérense, el pudor ha muerto) y segundo, ¡visiten mi blog! http://pochacasworld.blogspot.com/. Tienen todos, pues, su licencia para rascar.

viernes, 15 de abril de 2005

Pero qué es eso?

Todos tenemos a nuestro infantil ser en merodeando en algún rincón del alma. La pequeña Kittotta que llevo dentro sale de su escondite en excesivas dosis cotidianas, así sea para bien o para mal. Una feliz mañana de sábado, echada cual rubicunda vaquilla en una gran cama con ventilador incluido, la televisión me obsequio un célebre y jocoso momento patrocinado por un canal de cable dedicado a las caricaturas del recuerdo, cuando en una aventura de la ardilla Rocky y su amigo, el alce Bullwinkle los villanos pretendían cometer una fechoría disfrazados de un incipiente monstruillo llamado “¡Qué es eso!”, puesto que cada vez que alguien lo veía gritaba horrorizado ¿pero qué es eso? La pequeña Kittotta, en pleno derroche de hilaridad, celebró a carcajadas tan simple chistín.

El espíritu infantil, sin embargo, no suele aparecer únicamente en los momentos alegres como estos. Ante las inminentes tragedias de un mundo que gira a grandes velocidades, mi alma de niña se estremece, se asusta y tiembla por no comprender del todo lo que ocurre. Tal vez por esa falta de comprensión o quizá por intuición, me aferro a creer en las cosas que me permiten darle una explicación a las cosas, así que atribuyo a una sobrecarga de energías negativas todo lo que la humanidad ha vivido durante todo este 2005.

El tsunami y la muerte del Papa sacudieron las emociones de oriente y occidente, de católicos y ateos, de creyentes y escépticos. No, no era una película la imagen de una ola tan alta como un edificio arrasando a su paso con casas, autos, calles, gente. No, tampoco fue una película ver la devoción de millones que lloraron la muerte de una de las últimas figuras más emblemáticas del siglo XX, cuando en medio del silencio sepulcral escuchaban las campanas de su adiós. Cosas como estas son tristes pero explicables; la Naturaleza tiene sus ciclos y hace lo suyo, y ante eso nada se puede hacer.

Pero lo que es de espantarse, lo que da miedo, lo que deprime saber que no es sólo una mala película o alguna joya de la literatura es el poder, el horror, aquello que el hombre hace por voluntad propia en contra del propio hombre. El canal del Congreso el pasado viernes fue el peor –y maratónico- capítulo de la aberrante telenovela “Rumbo a los Pinos”; los intereses que giran en torno al nuevo jerarca del Vaticano, el juicio de Michael Jackson y hasta la boda de Carlos y Camila me parecen situaciones irreales. Eso y más… Sólo pónganse en mi situación, sobre todo aquellos que no tienen hijos: ¿cómo le explican a su yo interno, a su yo infantil lo que está ocurriendo en el mundo? ¿cómo le explican qué es el poder, por qué la gente pelea por él, por qué se lastiman, por que todos lo quieren poseer, por qué se destruyen carreras, familias e incluso vidas con tal de conseguirlo? Un niño no es capaz de dimensionar las proporciones de lo que ocurre actualmente. Mi Kittotta interna tampoco.

Todos tenemos a nuestro infantil ser en merodeando en algún rincón del alma. La pequeña Kittotta que llevo dentro sabe reír a carcajadas y temblar como gelatina cuando algo la aterra, cuando algo que no comprende la alcanza día con día. Y así, cuando ve a los villanos de la humanidad disfrazados del incipiente monstruillo de las caricaturas, sólo se alcanza a preguntar, horrorizada y con un dejo de tristeza ¿Pero… qué es eso?

lunes, 28 de marzo de 2005

Me comí un chapulín

Érase que se era una pequeña princesita que vivía en tierras muy pero muy lejanas. En cierta ocasión, acompañando a su madre al bazar del reino, una gentil vendedora se acercó a ella ofreciéndole de comer un puñado de la extraña comida que contenía su canasta; la princesita aceptó el regalo y, maravillada por aquello que acababa de probar, le preguntó curiosa a la vendedora qué era lo que había comido. La vendedora, casi en susurros, le dijo que era un manjar del reino, y que quien lo probaba no saldría jamás de ahí. Dicho esto, desapareció para siempre.

Historias parecidas se cuentan en muchos lados, sobre todo si hablamos de la magia que inunda la cultura popular particular de cada rincón de nuestro país. Lo que nuestra princesita de cuento probó fue nada más ni nada menos que un rico puñado de chapulines, y la leyenda de que quien los come no sale jamás de Oaxaca tiene más de verídico de lo que pudiera pensarse.

Como ya lo he contado mi itinerante familia recorrió otras tierras antes de asentarse en los bellos parajes veracruzanos. La vida nos llevó a Oaxaca más años de los que se hubiera esperado, y para mi el simple recuerdo de mi infancia me evoca a calles, lugares, detalles específicos de esta ciudad en donde el hoy no es como el ayer. Después de 15 años había vuelto ocasionalmente 2 veces, ambas para saludar a las amistades conservadas, reconocer lo que estaba cambiando, pasear un poco y para recobrar el único recuerdo físico que aun mantenía a la familia con el corazón arraigado en este lugar. Tal vez por eso en más de 6 años no hubo ya razón alguna para querer regresar… hasta ahora.

La añoranza de la ciudad, la búsqueda de mis raíces infantiles y la urgente necesidad de huir de la rutina que carcomía a mi espíritu me motivaron a planear mis vacaciones en pos de una gran aventura. Y así, con ligero equipaje para tan largo viaje, forrada de mapas y un surtido rico en música para el camino, emprendí junto con el amor de mis amores la travesía cómico mágico musical de 4 días en este caluroso rincón mexicano. Las experiencias jocosas las contaré en alguna otra ocasión, porque hubo episodios memorables como el insufrible sujeto-despertador del hotel, el intento de desmayo bajo un sol de 40 grados y el segmento de tropiezos y caídas al más clásico estilo de Juan Topo patrocinadas por unas chanclas de baño. El detalle aquí es el haber llegado a la Oaxaca de ahora con la misma cara de sorpresa del Burro de Shrek entrando al reino Muy muy lejano. El detalle aquí fue darme cuenta que si acaso se me ocurriera platicar con un niño de hoy, con acceso al cable y a una super carretera, se reiría si le contara lo que viví en mis años mozos; sonaría como Kevin Arnold hablando de lo que en mis tiempos significaba que el caricaturas del canal 5 no se veían y que para llegar al DF sufríamos con más de 8 horas de camino, 3 de ellas de pura vomitiva curva…

Aunque hace más de 15 años que salí de ahí, comprendo que la cultura popular no miente: me comí un chapulín y mi corazón jamás ha salido de Oaxaca. Lo compruebo ahora que volví a un lugar tan diferente, tan hermoso, pero, en esencia, en donde todo sigue siendo lo que era, lo que fue, lo que sigue y seguirá siendo para mi… mi niñez.

viernes, 18 de marzo de 2005

100% adicta

No saben de qué manera me remuerde (a veces) la conciencia al ver que por más de un año me he atrevido a malgastar esta columna hablando de mis más penosos y oscuros secretos. Ustedes disculparán, pero en mi muy particular opinión son estos el tipo de cosas que sin querer lo definen a uno en este mundo, y que, también sin querer, nos hacen identificarnos unos con otros en lo más recóndito de nuestras conciencias. Así pues, con este afán de confesión y avalada por mis conocidos antecedentes, me siento con el deber moral de hablar de una de mis más recientes adicciones (felizmente compartida) y de la cuál me deslindo de toda responsabilidad culpando a la sociedad y la temible tendencia de los mass media por haberme permitido caer en las doradas redes del implacable morbo.

No lo puedo evitar. Simplemente no puedo. Es uno de esos irresistibles placeres que estallan con la chispa más incipiente, y, una vez encendida, ya nada sofoca la explosión. No hablo sólo de mirar cual exorcista y sin ninguna clase de pudor cuando pasamos junto a un accidente en la calle, o cuando vemos una pelea de novios o de pubertos rudos… no. Hablo de esa mina de oro que la televisión ha sabido procurar –disfrazada de reality shows- tributándonos joyas ahora clásicas como "Infieles", o "Cambiando Esposas". Bueno, en realidad para mi todo es morbo. He tenido a bien dedicar mi único día de descanso a instalarme al menos unas 3 horas frente a mi amado y ruidoso televisor para deleitarme con un maratón de programas que presentan personas comunes y corrientes remodelando casas, cambiando de peinados, fabricando motocicletas o viviendo en la piel de otro incluyendo su casa, familia y hasta sus perros. Entre semana, en esos dichosos momentos donde el incómodo zapato del día le da paso a unas pachoncitas chanclas moradas, los espías contratados por personas que sospechan una posible infidelidad aportan la información necesaria para que el espectador goce con grotescas y memorables escenas donde la quejosa se enfrenta directamente con el ahora descubierto tramposo al tiempo que desgreña a su infortunada rival. No cabe duda lo saludable que es la risa sobre todo si es provocada por estas situaciones que uno supone son tan ajenas a nuestra propia vida…

Mi lectura diaria de periódico comienza, invariablemente, con la sección de espectáculos (¿qué haríamos sin la farándula que todo lo da sin pedir nada a cambio?). Justo en estos días leía sobre la visita de París Hilton a México y sólo por un momento mi ardillita mental, que en ciertas ocasiones funge como la voz de mi conciencia, detuvo su andar para cuestionarse el porqué una persona como ella acapara primeras planas, principales notas en los programas del corazón y provoca una clase de electrocución entre toda la selecta pléyade de luminarias mexicanas. Acto seguido a mi pregunta, la ardilla retomó el paso en su ruedita imaginaria mientras mi persona recordó el disfrute obtenido al mirar a esta rubia fanática de Hello Kitty intentando lavar un plato, vender una hamburguesa y ordeñar una vaca con una ineptitud sólo digna de una rica y famosa como ella (y uno que otra pariente que yo conozco).

Ahhhh… el morbo… Una de esas cosas que invariablemente, saca a relucir lo más “brillante” de nosotros, no importando el lado de la moneda en donde uno se encuentre…

miércoles, 16 de febrero de 2005

A mi Toto

Toto
Debo, antes de comenzar a escribir cualquier clase de hilaridad, pedir una disculpa a todo el incauto lector (asiduo o casual) que sin deberla ni temerla padeció mis agruras de las últimas semanas. Todos tenemos nuestras rachas, pero parece que el sol solecito ha salido en mi ventana y su resplandor, tras la tormenta, me enseña un alegre arco iris en las cosas que tengo frente a mí y que son capaces de arrancarme la mejor de mis sonrisas. Es como en películas como “El Mago de Oz” donde se pasa del color al blanco y negro según la situación triste o alegre de Dorothy… Por alguna extraña razón esa cinta siempre me llenó de una emoción indescriptible. Tal vez por los zapatos rojos, tal vez por su historia o tal vez porque Toto, el perrito de la protagonista, me recordaba a otro tierno can al que amé con locura en mis años mozos. Si, debió ser eso.

Pochaquito, la primer mascota que vino a invadir mi hogar de alegría y cosas lindas, tuvo a bien regalarme una nueva felicidad cuando lo cruzamos con una linda galana y de esta unión vinieron al mundo 9 pequeños cachorritos, entre ellos uno medio panzón, con un simpático copete y visiblemente sacado de onda. Él fue el elegido para quedarse bajo mi cuidado y, feliz, decidí que sería el pequeño Toto de esta imaginativa Dorothy.

Totito ha ido creciendo sin parecerse en lo absoluto a su geniudo y consentido padre. Él, por el contrario, es grande, tosco, vivaracho, con unos ojos expresivos, nariz rosada y enormes bigotes. Él saluda, da besos, es alegre, juega a lo tosco conmigo sin enojarse ni gruñir, duerme en mi cama todas las noches (ya es Su cama de perro), ronca, hace diversas poses cuando está acostado, es un poco llorón, aspira todo lo que ve a su paso, ladra como un loco, es travieso y a la vez obediente, es tierno, y tiene una cola que me demuestra lo feliz que es, porque se mueve todo el día sin parar (esta navidad mi papá le amarro un pequeño cascabel y aquello parecía una sonaja ambulante).

A pesar de no ser como Pochaco, que siempre ha sido neuras pero tiene algo que inspira demasiada ternurita, tal vez su quietud o en últimas fechas su vejez, para mí es la mascota que siempre deseé. Cuando comemos y dejamos la puerta abierta, siempre está al pendiente para entrar como relámpago a pepenar lo que queda en la mesa. Lo regaño y se sale, pero no he acabado de dar la vuelta cuando con una carita alegre ha vuelto –sigilosamente- a entrar sin que yo me de cuenta. Es educado en las noches y cuando quiere hacer de la pipí llora hasta que lo escucho y lo saco de la recámara; en las noches de frío se pega a mi cuerpo para darnos calorcito y por su culpa mis cobijas suelen oler a perro todo el tiempo, cosa que no a todo el mundo le hace feliz. Pero a mi él, su compañía, su ternura, su fidelidad y su modo de ser, mucho más parecido al mío cuando estoy de buenas, me hacen ser la Kittotta más dichosa de este universo cada vez que despierto y se acerca a darme un tierno besito,

Mi Toto. El arco iris que siempre está ahí aun a pesar de mis agruras, aún a pesar de un mal día o de una infernal tormenta… él, mi Toto, es el Toto perfecto que siempre pidió esta soñadora y aún muy infantil Dorothy de la vida real.

martes, 25 de enero de 2005

Némesis

Debo confesar que no siempre resulta fácil encontrar ese singular acontecimiento que llame mi atención como para desarrollarlo en aproximados 2500 caracteres. Sin embargo, hoy cuando a punto estaba de llenar la hoja en blanco para hablar de cosas jocosas pero intrascendentes, sucedió ese detalle inesperado, ese evento no planeado, esa plática corta sin aparente importancia para los demás, pero de contenido vital para mi.

Némesis es un concepto que hasta hace no mucho escuché aplicado a los villanos de los superhéroes. Némesis era, según la mitología griega, la diosa encargada de castigar a los hombres según sus culpas y merecimientos. Némesis es lo que Lex Luthor a Superman, lo que el gato Tom al pequeño Jerry, lo que el Coyote al Correcaminos… Es la persona que representa, por si misma, una falta de congenialidad, una animadversión, un enorme sentimiento negativo por muy diversas causas. Es, en pocas y muy melodramáticas palabras, el villano de la historia particular de cada quién.

Varios meses en terapia y una tesis inconclusa me llevan a asegurar que para ser feliz en esta vida todos tenemos el derecho de tener a ese antagonista, ese personaje al que simple y sencillamente odiaremos para siempre. Mi caso, como el de quizá muchos, sucedió en mis días de la secundaria. La amistad que desde la primaria conservaba con un chico provocó el celo de una horda de pubertas que veían en él al regalo prometido y a mí como aquella que se estaba despachando su mandado. Nada más falso y nada más complicado hacerlas entender su error. Pero estas treceañeras en flor contaban con una líder… líder que con el paso de los meses terminó siendo mi gran amiga, una persona sumamente cercana a mis afectos, a quien aprendí a conocer y a querer. Pero un buen día pasada la hora del receso, aquella “amiga” comenzó a bombardearme con recados extraños en plena clase de biología. Al primero no le hice caso; al cuarto mensaje hiriente no tuve de otra que salir confundida hacia el baño; ella me siguió, me encerró en aquel cuarto y me gritó que a todas luces yo era una hipócrita baja novios por seguir frecuentando a aquel chico que en ese entonces ya era su galán. Cosa más falsa… Desafortunadamente para mí, el sentimiento de confusión me invadió y me petrifiqué sin nada que decir a mi defensa. El incidente terminó cuando al día siguiente la iracunda puberta se acercó a pedirme perdón por el arranque tonto del que había sido presa. Las palabras que dijo nunca se olvidaron, y creo que en realidad una parte de mi no ha podido evitar que cada que escucho su nombre me retumben mis oídos.

Pocas veces me he vuelto a encontrar con ella, pero desde aquellos años a la fecha no ha faltado toparme con alguien que la conozca, o con una foto suya en el periódico… Esta semana, platicando alegremente con la familia del amor de mis amores, escuché la referencia que hacían sobre alguien que respondía a sus características y, confirmadas mis sospechas, comprendí que mi futura suegra había intercedido por ella para ayudarle a una mejor plaza en su trabajo. Gran berrinche y gran sorpresa al escuchar el nombre de mi temido Némesis en esa casa, lo cuál me hace comprobar con enorme ironía que ese karma, ese antagonista que todos tenemos nos seguirá por siempre y para siempre al infinito… y más allá.

miércoles, 3 de noviembre de 2004

Inteligencias múltiples

Hace algunos días tuve la oportunidad de sentarme y platicar por horas enteras con mi amiga la Sailor, tal como solíamos hacer en nuestros pubertos años de filosofías y reflexiones sobre la vida, el amor y la justicia. Compañeras de flota y aliadas en la defensa del papel de la mujer ante la sociedad de nuestros días, las extensas charlas sostenidas con la Sailor terminan siempre con nuevos conocimientos y muchas lecciones de vida.

La misión que el destino le encomendó no es empresa fácil: lidiar con sus infantes educandos día con día es, a mi juicio, una de esas sentencias optativas que deberían implantar para los criminales y matones más perseguidos del mundo. Sin embargo ella abraza su vocación de forma admirable, dándole a esos kindergarezcos personajitos amor, cuidados y su granito de educación que los irá formando con el paso de los años. Contestando a mi asombrada interrogante sobre cómo trabajar con tanto nene, la Sailor me habló de las inteligencias múltiples, es decir, la denominación que se le da al las capacidades que tiene todo ser humano y las cuáles son identificadas por las gentiles educadoras para así poder “explotar” lo mejor de cada uno. Dicho en otras palabras, aquello es una especie de examen vocacional para saber si se es bueno para el deporte, para el arte, para las ciencias o para la vida social y trabajar sobre ello.

Aquel detalle me quedó muy grabado, sobre todo cuando por azares de la vida uno tiene que hacerla de bateador emergente y las inteligencias múltiples son puestas a prueba. Kittotta es, como todo vago esbozo de artista incomprendida, una persona que gracias a horas de terapia y mucho instinto de autosuperación, un claro ejemplo de amor hacia uno mismo. Kittotta ha aprendido cosas y tiene arranques de Mujer Maravilla versión 2004. La vida profesional sonríe y Kittotta casi siempre supera cada prueba que se pone en su camino. Aun a pesar de ir contra las filosofías que como buena Sailor están casi prohibidas, Kittotta sabe barrer, trapear, lavar y jura que hasta puede pegar botones al ritmo de Bronco a todo volumen. Sin embargo, siempre se tienen debilidades, y las inteligencias múltiples de Kittotta no están exentas de ciertas negaciones… Esta semana, cuando mi señora madre tuvo que ir en auxilio de los necesitados a muchos kilómetros de aquí, me cedió la estafeta real para mantener el hogar firme y de pie, como si nunca se hubiera ido. Esta misión no es sólo el librar a los muebles del polvo o surtir papel higiénico en el baño, también implica proveer de alimentos al jefe de la familia, condición ajena a mis principios feministas, pero irremediablemente necesaria.

Debo decir que a estas alturas mi sentimiento de frustración es más grande que el Océano Pacífico. Huevos revueltos que debieron ser estrellados, cosas frías, agua con demasiada azúcar, desastres culinarios de toda índole, trastes sucios y quemados… mi pobre padre merece algo más que la matutina resignación que lo hace pedir “lo que te salga”… Kittotta podrá sentirse la Robotina de la limpieza, cantar como un ángel, ser la policía de la moda y la más amorosa amiga, novia e hija del mundo… pero esta moderna Wonder Woman debe conformarse con salvar a la humanidad sin saber calentar ni un sandwichito, resultado de una de tantas inteligencias limitadas, (o inexistentes) de las que tiene conciencia….

miércoles, 27 de octubre de 2004

Chispas de hilaridad

Siguiendo mi propio consejo de escribir, escribir y escribir lo primero que se venga a la mente, decidí predicar con el ejemplo para todos aquellos que leen esta felicitada columna, y el resultado son estos chispazos que surgieron ante el enfrentamiento con la hoja en blanco…

*El otro día fui a una tienda con el cariño de mis cariños donde, enfrascados en nuestro recorrido obligado en la zona de juguetes, encontramos un osito de peluche chimuelo. Yo me reí como loca de aquel extraño monito y, horas después, un diente se me despostilló dejándome casi como el osito. Ley de Morphy.

*El mencionado diente fue perdido en acción en el momento de realizar una de mis eternas manías: comerme las uñas. La tendencia de llevarme los dedos a la boca empezó desde que recién llegué al mundo (mi archivo fotográfico muestra a una Kittotta bebé con guantecitos de colores para evitar me llevara las manitas hacia curiosa encía). La mala costumbre de morderme y comerme mis uñitas me ha traído numerosos manazos y regaños, mismos que en realidad nunca tuvieron éxito.

*El morderme las uñas es derivado de un mal nervioso que me aqueja, pues soy como un chapulincito que jamás se queda quieto. Ciertas cosas son capaces de alterar mi ya de por sí estado gelatinoso, entre ellas, el tomar café. Un día fui a uno de esos lugares maravillosos donde la comida es rica y ésta bebida caliente puede ingerirse de manera ilimitada. Yo, impactada, tomé una, dos, tres, cuatro, seis y siete tacitas… Qué suerte que estaba en familia, porque al llegar a mi destino me sentía como rehilete en pleno norte tropical. El café y Kittotta son una combinación letal.

*Una de esas actividades por las que siempre he sentido rechazo absoluto es por cocinar. Soy malísima para todo lo que implique entrar al templo del alimento y elaborar algún complicado menester. El cariño de mis cariños sufre amargamente esta negación de habilidad, puesto que hasta un sandiwichito se me quema, y el café, bebida que él consume de manera generosa, es una técnica que definitivamente aun no desarrollo bien al no encontrar el punto medio entre el exceso y el agua de calcetín.

*Me gusta usar calcetines… ¿a ustedes no? Las medias son una de esas prendas absurdas en la vida que solo existen para complicarle a la mujer la vida cotidiana, teniéndose uno que preocupar por si se rompe, por si está chueca, por si queda como look de Gloria Trevi o por si una emergencia natural se ve truncada ante el subir y bajar de esta molesta opresión.

*Hace algunos meses expresé en esta columna mi adquisición de una faja que según la televisión hasta los dientes me blanqueaba de tan maravillosa que era. El saldo, tras varias semanas de constancia y una panza blindada ha sido desastroso… ni una sola talla menos. Las ilusiones de un informercial se esfuman a cada segundo de opresión corporal.

*¡Gracias a todos aquellos que felicitaron a Kittotta!… kittotta@yahoo.com.mx.

domingo, 25 de julio de 2004

Bizarro episodio de una película de adolescentes

Cierta calurosa tarde de verano me tomé la licencia de ejercer mi derecho de juventud para compartir con un par de amigos una película que prometía estar a la altura de mis grandes favoritas de adolescentes. Esta historia relata el ingreso de una chica de 15 años educada en casa y proveniente de África directo a la jungla de la vida escolar. La ingenuidad de Cady, quien desconocía todo lo referente a la temida vida social en años de pubertad, la lleva a ser parte del grupo Plástico, el de las famosas, el de las populares, el de las fresas.

Debo confesar que me divertí mucho y me reí como loca. Al término de la función, luego de millones de calorías y un ataque de vanidad, tuve un tiempo libre para reflexionar sobre lo visto en semejante gloria veraniega. Mientras me reía fui, poco a poco, cayendo a la cuenta de algo terrible: todos, de alguna manera, hemos sido presa fácil de algún estereotipo escolar. Pero cuando caí a la cuenta que yo, en algún momento, también fui una Cady cualquiera, viví un terror sólo sentido en la regadera hitchckoniana de Psicosis.

Tenía 11 años y estaba recién desempacada de otra ciudad. La ñoñez adquirida en toda mi vida escolar causó impacto en la primaria pública a la que entré justo a la mitad de quinto año. Una lindísima niña a que llamaré R, me ofreció el otro asiento de su banca y así mismo me ofreció también su amistad. R me hizo conocer todo aquello que para mi era novedad….El primer día de clases en mi última etapa de educación básica fue como un sueño. Mi salón estaba repleto de diversas personalidades, como el más listo de la generación, los chicos buena onda, y, por supuesto, el grupo de los selectos. Ellas eran niñas candidatas a estrellas juveniles, con mochilas bonitas, ropa de moda y según las leyendas urbanas empezaron a usar sostén desde el 5o. año. Y, por supuesto, se juntaban con los niños más populares, los lindos, los rubios de cara bonita, los consentidos de los maestros. R conocía y se llevaba bien con casi toda la generación, pero por alguna razón no pudo controlar el efecto de este grupo, y al igual que yo, nos dejamos deslumbrar por su brillo.

La historia es triste. Mi corazón latió desde el primer momento por la mejor sonrisa de todo 6o. año. Después de pláticas superficiales y tras algunos telefonemas y pícaras miradas tuvimos una efímera relación sentimental. Lo que yo desconocía era que la líder, la fresa mayor, estaba extrañamente encaprichada con él, el rey del grupo, quien sabiéndose galán a sus escasos 12 años, me tuvo y mantuvo como velita prendida cuando ella, su amor platónico, lo votaba por alguien más. Fui víctima de un destino cruel que me marcó para siempre.

Afortunadamente hace algunos años desperté de esta pesadilla de pubertad, y me reconforta saber que la realidad es mucho más interesante. Hoy yo soy una feliz Kittotta que tiene un buen trabajo y al cariño de mis cariños a mi lado. Hoy sé que R es feliz con su respectivo galán; mi ingrato primer amor se mudó a otra lejana ciudad y el grupo "de plástico" es ahora un grupo de madres solteras, señoras casadas y en el fondo de mi alma, espero que también sean, o sigan siendo, un grupo de mujeres realizadas y felices...

miércoles, 21 de julio de 2004

De que las hay, las hay

Aviso: Algunas de estas palabras han sido escritas en un profundo estado de ira y enojo. Es por ello que todo lo dicho se considera absolutamente válido y, sobre todo, verídico.

Era un día feliz. La mañana alegre, los pajarillos cantando, en el aire se colaban las risas infantiles, de esas que anuncian que el verano ya está aquí. Kittotta se preparaba para una jornada laboral más, siempre de buenas, siempre sonriente… ¡nada podía empañar su dicha! Sin embargo, sucedió. Ante el irreversible hecho de no poseer independencia en ciertos aspectos administrativos, tales como la impresión de documentos o las llamadas telefónicas, Kittotta se vio en la necesidad de solicitar una urgente marcación a cierto número de celular. Así que acudió al temible escritorio de La Secretaria, una de esas mujeres, como tantas y tantas que existen en el mundo, que sabedoras de su poder al teclear unos cuantos numerillos, le hacen a uno la vida de cuadritos, cachitos, añicos si así lo desea su real gana. La señora, visiblemente ocupada en el arte del chisme laboral y el incesante movimiento de hojas cuyo contenido posiblemente desconoce, tomó aquel vale aceptado de llamadas telefónicas (ritual por el que se debe pasar si no se es jefe), y expresó que en pocos minutos realizaría el urgente telefonema.

Kittotta se fue a su changarro, esperando que su extensión sonara con el interlocutor deseado al otro lado de la línea… minutos fueron, minutos vinieron. Kittotta se puso de pie y acudió personalmente al citado escritorio para saber qué había sucedido. “Está fuera del área de servicio” dijo ella. “Al rato vuelvo a marcar”. Pero ese “al rato” jamás sucedió. Tres veces Kittotta repitió la misma operación sin obtener éxito alguno. “Sigue fuera de servicio”… Casualmente, cuando alguien más marcó de otro celular, la llamada entró de manera inmediata y todo llegó a un feliz término (luego de un coraje que dejó a Kittotta haciendo sus ejercicios de respiración evitando algún colapso nervioso).

Por razones como esta, hay miles de secretarias en el mundo que son plenamente odiadas. Si, lo sé. Yo soy una de esas personas que aliento a la maldad femenina e incluso la celebro, pero cuando las cosas de trabajo llegan a terrenos personales, el mundo rosa en el que he vivido donde todos se toman las manos y entonan alegres canciones, simplemente se derrumba con iracunda sobrecarga.

Ante el paso del mercadotécnico “Día de la Secretaria”, reconozco que no vale la pena pensar en tales vilezas de las que seguramente todos hemos sido víctimas. Prefiero traer al papel y a mi mente (y con ellos hacer un mini homenaje) a las mujeres, a las secretarias, que entregadas en cuerpo y alma a su noble quehacer me evocan olores de lápices recién afilados, sonidos incesantes de máquinas de escribir, aroma a café recién preparado, teléfonos amablemente atendidos, atención con una sonrisa al jefe, a la familia del jefe…

Emilia (qpd), Ana, Susana… a todas y cada una de las secretarias que sí nos solucionan los sutiles pero importantes problemas laborales… ¡¡¡feliz día!!!...

martes, 8 de junio de 2004

Cuadro clínico

Sé que el tema del día de hoy no es nada placentero. De hecho incomoda a más de cuatro, pero, de hecho también, es algo tan común como respirar. Y es que cuando uno se enferma, sobre todo con alguno de esos virulentos padecimientos de ocasión… ¡ah que feo se siente! Sin embargo cuando somos niños, o al menos en mi caso, tener una simple gripa es un motivo de fiesta porque aquello indica no desmañanarse, no tener que despegarse de las calientes cobijitas, ver la programación de la tele que uno nunca ve por ir a la escuela, y si se tiene suerte, quedarse con los cuidados y cariños de mamá.

Mi currículum non-sano puede verse de dos maneras: por una parte he sido una Kittotta valerosa que sólo cuenta en su haber con una varicela, una poco seria bronquitis, medias paperas y un indicio nada alarmante de asma. El otro lado de ver esta lista es si se evalúan todos aquellos intentos de migraña, gripas que se instalan con cada chiflón que siente mi cuerpecito (el flu navideño es parte de mi propia idiosincrasia), algunos dolores pre, post y en el mero punto de esos “molestos días”, desmayos desde mis 8 años y todo ese cuadro se complementa regularmente con un irremediable síndrome de Dama de las Camelias, sufriendo cual Margarita Gautier en cada tos que me pone en el lecho de muerte.

Esta pequeña pero contundente lista se salpica de uno que otro detalle jocoso; por ejemplo, la varicela me atacó en medio de una semana santa que se extendió hasta mi sacrosanto cumpleaños. Aquella ocasión nos visitaron unos queridos parientes, cuyo único primo (8 años mayor que yo) era mi favorito en todo el mundo, y por ello, era literalmente sometido a mis caprichos de niña pequeña. Antes de la manifestación inminente del virus que ya invadía mi ser, y haciendo válido mi papel de primita anfitriona, el pobre Luis Enrique, en vez de pasar las vacaciones normales de todo niño-adolescente de su edad, sufrió mis intrigas para jugar a la comidita, a las muñecas, y a las Barbies, cosa que pudo más con él y rechazó hiriendo profundamente mis infantiles sentimientos. ¿Mi revancha? Pasarle aquel virus que lo mantuvo casi el mismo tiempo que yo en cama, y por supuesto, una burla de por vida ante aquella anécdota.

Mi primer desmayo de los muchos que tengo en mi haber, fue religiosamente aplastante. Era mi primera comunión, y como se acostumbra cuando la ceremonia es al medio día, mi madre nos mantuvo a las niñas Valent en ayunas para recibir con el espíritu “limpio” por vez primera el cuerpo de Cristo. Mi hermana, piadosa como es, permaneció misa y sermón con los ojos bien abiertos. Yo, irreverente como soy, gozaba distrayéndome con la primera mosca que pasaba. Es por eso que en mi mareo-alarma, cuando le comuniqué que me sentía mal, mi hermana me miró incrédula y no hizo caso. Minutos después mi papá corrió al altar para cachar a la Kittotta que casi rueda por las escaleras más tiesa que una paleta de limón. Todo por tener la pancita vacía.

Mi última gracia ha sido un nunca antes conocido cacarro como quien dice chorrillo. Ahí estaba yo, viendo el pase a la final de las Chivas, harta de estar sentada luego de días de ser la reina del WC, saboreando y comprobando la magia de un buen caldito de pollo… Por todo eso, ¡que viva la salud!

miércoles, 2 de junio de 2004

a Pochaco

Biografía de una mascota consentida (primera parte)
Es de ojos grandes y nariz húmeda. Su caminar es algo raro, jocoso diría yo; se menea de un lado a otro sin conservar una sola línea recta, y a la menor emoción cambia su cansado ondular por una carrera donde, generalmente, termina golpeado por una mesa o dándose contra alguna pared del puro vuelo. Mi cocker (resultado del híbrido entre un papá fino y una madre de dudosa procedencia) es el mejor ejemplo de que toda mascota absorbe el carácter de las personas que lo rodean, así que más que describirlo por todo aquello que lo iguala al resto de los suyos, diré que sus características más bien corresponden a un humano: consentido, refunfuñón, desobediente, sensible a todo su micro-entorno y con una mirada inexplicablemente expresiva.

La historia de mi Pochaco (o Pukacho, por todo responde) es el resultado del adiós a 17 años de dictatorial prohibición al placer de crecer junto a una mascota amable; tal vez por eso demasiado cariño lo ha hecho un viejecito aprehensivo, chiqueado por todos los miembros de la orgullosa familia que lo recibió en medio de fuertes polémicas, enseñándole lo que era la vida de buen perro sirviéndole en bandeja de plata pan, sopita, queso, jitomates, tortillas y demás manjares humanoides.

Desde bebecito no se distinguió por ser uno de esos canes destructores de chanclas, agujetas o calcetines (aunque literalmente devoró al osito que lo acompañó en sus noches de soledad)…su mejor señal de alegría no se limita al meneo constante de su cola, si no que para reafirmar su estado de humor siempre corre en pos de su hedionda y agujereada cobijita. Pero posee también un lado perverso… la desaparición coperfilesca de un pastel de zanahoria, múltiples ataques de histeria al señor cartero y muchas deudas sin pagar gracias a la destrucción de los recibos son parte de los destellos de su alegría de vivir. Aunque no siempre destila tanta emoción. Después de tantos años de convivencia diaria con la familia, resulta obvio que su temperamento no tendría ningún tinte de ternura, así que cuando se sabe molestado, regañado o simplemente, cuando no tiene deseo alguno de salir de su casa de perro, le brota tal instinto que solo se dedica a gruñir rítmicamente (en el mejor de los casos), y cuando de plano se harta amenaza con alguna iracunda mordida, ladrando hasta hartarse.

Tiene, además, una parte actoral muy dentro de él que desarrolla siempre para hacerse el sufrido; llora cuando se encuentra afuera de la casa y quiere entrar, tiembla como gelatina cada vez que se baña, odia secarse, es sumamente nervioso y lo bastante chismoso como para asomarse a la puerta cuando escucha el timbre o cualquier ruido de motor y, a pesar de esto, le gana tanto su lado antisocial como para refugiarse cuando sabe que hay mucha gente invadiendo “sus espacios”.

Este es Pochaco, ejemplar igual de raro como su nombre, cariñoso con los niños, fotogénico, café, de muy mal humor, adorador de la carnaza, glorioso egresado del CEA, pero también, indiscutiblemente, poseedor de dos que tres gracias que lo hacen ser el más consentido de toda familia Valent (y demás anexos).

jueves, 6 de mayo de 2004

Muchos cumpleaños y un funeral

Hace no muchos días me encontraba yo meditando y reflexionando sobre lo lucrativo que debe resultar el mes de mayo para los vendedores de chuchuerías, flores y monadas de igual índole. No sé si para el común de la gente resulte igual, pero al menos para mi la avalancha de mercadotecnia pre-10 de mayo no es suficiente, también debo sumar el día del maestro (que en mi familia abundan) y los muchos cumpleaños que se acumulan en las páginas de mi superpoderosa agendita. Mayo, además, es el mes donde celebro la veintiúnica fecha que espero en cuenta regresiva, tachando los números, comiéndome las uñas: Mi cumpleaños.

El sábado comencé un fin de semana que pretendía iniciar con el desfalco de mi cuenta bancaria en pos de una jornada intensa de compras festivas. Todo estaba planeado; los obsequios estaban mentalmente repartidos entre maestros, cumpleañeros y las dos mamás a las que año con año doy obsequios desde hace una década: mis Raqueles, mi madre y mi abuela materna. El sábado surgió el plan de ir a comer en familia y así fue, comimos un spaghetti y una ensalada marca deliciosos… Doña Raquel I, cariñosamente llamada Doña Raquelito, poco acostumbrada a esos manjares a causa de una rigurosa dieta recomendada por su doctor, literalmente se chupó los dedos de lo feliz que fue al probar algo que sólo los fines de semana tenía la licencia de comer con respectiva moderación. En la comida platicábamos sobre la llamada que a primera hora del domingo teníamos que hacer a la ciudad de México para felicitar a una de mis primas, y comentábamos también sobre la cercanía de los 27 de mi hermana (un día después de su “gallo” laboral, el del maestro), y de mis primeros pero honrosos 25 sólo dos fechas después que el de la Valent primogénita. El sábado terminó, mis papás salieron como hace muchas noches no sucedía, mi hermana y su esposo se quedaron en casa y yo disfruté de los placeres de Morfeo desde mi cómoda camita.

Domingo en la mañana: mi madre sube, alterada, a avisarme que Doña Raquelito sería llevada de emergencia al hospital. Algo falló con el spaghetti y con el viento del norte que sopló y sopló toda la noche. Primer diagnóstico: posible neumonía. Pocas horas después se confirmó. Asustada, vi como viajaba en la ambulancia puesto que la debilidad de su cuerpo no le permitía mantenerse ni sentada. Pasó el tiempo. A las 5 de la tarde la reportaron estable, yo la vi, burlándose como pudo de mi novio y mi cuñado porque su América le ganó a las Chivas este clásico… fue lo último que oí de ella. En mi casa, acompañando a mi papá y esperando noticias de mi hermana o mi madre, quienes harían la guardia nocturna, recibí la llamada donde me informaban de un paro respiratorio del cual no regresaba, y del cual jamás regresó. Como buen trabajo de equipo, la familia Valent se ha movido cada quien en distintas formas: en la funeraria, en la iglesia, haciendo y recibiendo llamadas… todo de acuerdo al grado de valor (o de cobardía) para enfrentar situaciones similares.

Este año temo que me he ahorrado, de ingenua manera, un regalo del 10 de mayo… El regalo más grande que, sin embargo, ella nos pudo dar, fue una muerte tranquila, rápida, sin dolor, sin nada que deberle a la vida. Descanse en paz, allá, junto con mis otros 3 abuelitos, doña Raquelito Bretón Flores.

lunes, 15 de marzo de 2004

Albertina

Doña Albertina y yo
A mi mente llegan, de pronto, dulces recuerdos de mi tierna infancia. Lugares, olores y sabores… muchos son los detonadores que logran ubicarme, en fracción de segundos, en aquellos instantes que evocan en mí los días de mi niñez, como el olor a leña quemada, el canto de las palomas, las cálidas noches estrelladas de verano mientras comía esquites al lado de mis primas o simplemente el verdor de una amigable plantita. Inevitablemente, estas imágenes, también, me remiten a recordar a una de las verdaderas esencias de mi vida, a esa figura que complementa los primeros días de todo niño, a ese icono que algunas veces representa temor o, por el contrario, una fuente inagotable de amor: mi abuelita.

De los pares de estas figuras que por derecho genealógico me correspondía no sólo conocer, sino disfrutar, puedo contar en vida únicamente a la mamá de mi mamá. Todos los demás se han ido sin pedirme permiso y sin decirme a donde van. A mi abuelo paterno, don Efraín, nunca tuve el gusto de verlo con mis propios ojos, pero puedo imaginar lo mucho que mutuamente nos hubiéramos amado. Don Rogelio fue el primero al que vi partir con tristeza a pesar de mi corta edad, y desafortunadamente creo que nunca me permitió conocerlo lo suficiente como para haberlo hecho mi (único) abuelito favorito. De mis abuelas, la única que queda con vida es una mujer callada, retraída, con la que sólo tengo el nombre en común… Y, hace exactamente dos años, en un día como hoy, se fue la mujer que más me consintió, creo que la única que con su sabiduría pudo imaginar la mula bien hecha que sería su nietecita favorita al crecer: doña Albertina.

Mi abuelita era una viejecita que nació, vivió y murió en un pequeño pueblo del estado de Hidalgo. Su vida entera la dedicó a sus plantas, a su familia, a sus animalitos y a su tejido. Era algo cascarrabias (sobre todo cuando sus nietos rompíamos por error sus amadas macetas en nuestros múltiples juegos); era una mujer imparable, con un ritmo de vida que sólo la gente de los pueblos tiene, despertando al amanecer y siendo la última de la casa en dormirse en las noches, era bastante estricta y hacía corajes cada vez que alguien le tomaba una foto. Yo heredé de ella muchas cosas: ciertos rasgos físicos, su amor por los perritos, un par de aretes de oro y su involuntaria “picardía”. Era amante y coleccionista de cazuelas, tan aficionada a las plantas que cada que venía de visita por estos verdes parajes había que detenerle la manita porque también era algo uña (so pretexto de investigar si alguna ramita le pegaba en su casa), cocinaba los frijoles más ricos del mundo, pero, lejos de todo esto, el mejor recuerdo que tengo de ella fue haber pasado a su lado la última navidad de su vida mortal, junto a su camita, escuchándola contarme su historia sentimental con mi abuelito, a su manera, siempre jocosa, olvidándome y olvidándose ella misma de su semblante enfermo, de su cuerpecito reducido a visibles huesitos.

Un día como hoy, pero de hace dos años, recibimos la inevitable noticia de que había partido. Ella ya sufría, así que creo que finalmente fue un alivio para todos… He visitado pocas veces su tumba, sin embargo, siempre la imagino regando sus plantitas, platicándoles para que crezcan, o tejiendo mientras ve la novela y de pronto cae dormida aun con los lentes puestos… Estés donde estés, te extraño mucho abuelita, y te amo aún más.

jueves, 4 de marzo de 2004

Entrevista con Anne Rice

Todos tenemos en nuestra vida, desde pequeños, héroes a los cuáles admiramos, ídolos a los cuales seguimos fielmente en cualquiera que sea su empresa: ya sea en el deporte, en el cine, en los cómics, en la literatura. Ficticios o reales, los seres dignos de nuestra adoración siempre tienen un lugar muy especial en nuestro corazón, es por ello que generalmente uno sueña con llegar a conocerlos (aunque sea de lejesitos) o, en el mejor de los casos, a ser como ellos.

En mis años de pubertad apareció en las marquesinas de los cines el nombre de una película que llegué a ver, en esa época, unas 4 o 5 veces. “Entrevista con el vampiro” me atrajo de inicio por el reparto (claro, con Brad Pitt y Tom Cruise ¿quién no se siente atraída?), sin embargo la trama y todo aquel rollo de los inmortales que tan de moda se había puesto un poco antes con la exhibición de “Drácula”, me dejaron con una curiosidad que de momento, solo se vio despejada gracias a que un amigo me platicó sobre la existencia de las Crónicas Vampíricas, libros sobre los cuales se basaba la película.

Años después logré tener en mis manos “Lestat, el Vampiro”, continuación de aquella primera parte que suponía la cinta. Diabólicamente, devoré ese libro en muy pocos días y no tuve más que seguir buscando frenéticamente las continuaciones, que en total son 5. Si, definitivamente la trama me había impactado, pero no tanto como la mente de la cuál provenían aquellos relatos. Ella es Anne Rice, a quien algunos llaman “la heredera de Stephen King”, uno de los mas respetados escritores de literatura de suspenso contemporáneos. Cuando supe más de la señora Rice gracias a sus biografías en internet, supe que algún día sería como sería, o mínimo, que la tendría que ver en vivo y a todo color.

Y justamente un mes de noviembre, pero de hace 3 años, mientras caminaba por las calles de un país extraño en el que cumplía con un exilio voluntario, vi, a las afueras de una librería, un letrero donde convocaban a todos los fans de Anne Rice a la firma de autógrafos que daría con motivo del lanzamiento de “Merrick”, en aquel entonces su más reciente publicación. Inmediatamente entré a buscar informes y a comprar dicho libro, aunque en realidad preferí comprar una versión arrinconada de “Entrevista con el Vampiro”, con la ventaja de que era el único libro de entre todos en estar traducido al español.

Y ahí estaba yo, una fría tarde de noviembre, formada en medio de una multitud que parecía un carnaval gótico: mujeres vestidas de negro y larga cabellera, hombres con gabardinas y crucifijos colgados, corsés y terciopelos… y no sólo me encontré fuera de lugar por mi apariencia. Después de hacer horas y horas de fila interminable, una mujer que pasaba preguntando los nombres para escribirlos en un papelito, en un inglés rápido e incomprensible me corrió de mi lugar pues el libro que traía no era el indicado. Sin nada que objetarle y con la mirada de derrota, salí de la fila y me colé entre la multitud a admirar a esa diminuta mujer (pero con una gran mente), amiga de Madonna y fan de la oscuridad, y vi en ella, en sus fans y en sus ojos, aquello que yo alguna vez he querido ser y que tal vez algún día seré… una gran escritora.

Entrevista con Anne Rice

Todos tenemos en nuestra vida, desde pequeños, héroes a los cuáles admiramos, ídolos a los cuales seguimos fielmente en cualquiera que sea su empresa: ya sea en el deporte, en el cine, en los cómics, en la literatura. Ficticios o reales, los seres dignos de nuestra adoración siempre tienen un lugar muy especial en nuestro corazón, es por ello que generalmente uno sueña con llegar a conocerlos (aunque sea de lejesitos) o, en el mejor de los casos, a ser como ellos.

En mis años de pubertad apareció en las marquesinas de los cines el nombre de una película que llegué a ver, en esa época, unas 4 o 5 veces. “Entrevista con el vampiro” me atrajo de inicio por el reparto (claro, con Brad Pitt y Tom Cruise ¿quién no se siente atraída?), sin embargo la trama y todo aquel rollo de los inmortales que tan de moda se había puesto un poco antes con la exhibición de “Drácula”, me dejaron con una curiosidad que de momento, solo se vio despejada gracias a que un amigo me platicó sobre la existencia de las Crónicas Vampíricas, libros sobre los cuales se basaba la película.

Años después logré tener en mis manos “Lestat, el Vampiro”, continuación de aquella primera parte que suponía la cinta. Diabólicamente, devoré ese libro en muy pocos días y no tuve más que seguir buscando frenéticamente las continuaciones, que en total son 5. Si, definitivamente la trama me había impactado, pero no tanto como la mente de la cuál provenían aquellos relatos. Ella es Anne Rice, a quien algunos llaman “la heredera de Stephen King”, uno de los mas respetados escritores de literatura de suspenso contemporáneos. Cuando supe más de la señora Rice gracias a sus biografías en internet, supe que algún día sería como sería, o mínimo, que la tendría que ver en vivo y a todo color.

Y justamente un mes de noviembre, pero de hace 3 años, mientras caminaba por las calles de un país extraño en el que cumplía con un exilio voluntario, vi, a las afueras de una librería, un letrero donde convocaban a todos los fans de Anne Rice a la firma de autógrafos que daría con motivo del lanzamiento de “Merrick”, en aquel entonces su más reciente publicación. Inmediatamente entré a buscar informes y a comprar dicho libro, aunque en realidad preferí comprar una versión arrinconada de “Entrevista con el Vampiro”, con la ventaja de que era el único libro de entre todos en estar traducido al español.

Y ahí estaba yo, una fría tarde de noviembre, formada en medio de una multitud que parecía un carnaval gótico: mujeres vestidas de negro y larga cabellera, hombres con gabardinas y crucifijos colgados, corsés y terciopelos… y no sólo me encontré fuera de lugar por mi apariencia. Después de hacer horas y horas de fila interminable, una mujer que pasaba preguntando los nombres para escribirlos en un papelito, en un inglés rápido e incomprensible me corrió de mi lugar pues el libro que traía no era el indicado. Sin nada que objetarle y con la mirada de derrota, salí de la fila y me colé entre la multitud a admirar a esa diminuta mujer (pero con una gran mente), amiga de Madonna y fan de la oscuridad, y vi en ella, en sus fans y en sus ojos, aquello que yo alguna vez he querido ser y que tal vez algún día seré… una gran escritora.

miércoles, 28 de enero de 2004

Turista Mundial

Hace poco tiempo tuve la oportunidad de tener entre mis manos un par de hojas cuyo contenido, extraído de una de esas monstruosas y molestas cadenas de email, resumía de manera precisa y correcta la agonía que sufrimos las mujeres a la hora de cumplir con una necesidad física, natural y básica en la vida diaria: ir al baño.

Este tema, por muy antiestético que parezca, es uno de los tantos puntos en común que todas las mujeres compartimos. Aquella cadena, acertada en cada punto y cada coma, explica el cómo fuimos educadas para comportarnos en esos momentos de urgencia y necesidad, sobre todo cuando las situaciones son adversas a tal circunstancia, es decir, cuando el baño está sucio, cuando no hay papel higiénico, cuando las medias resultan ser un conflicto existencial, cuando viajamos y el único baño al que tenemos acceso es el campo y su total inmensidad…

Yo sé que muchas veces esto de las necesidades fisiológicas puede ser controlado con el poder de la mente (medida acertada y aceptada cuando la adversidad es más fuerte que tú y el entorno te impide cumplir con tal misión natural), sin embargo debo decir que muchas veces la educación recibida desde los más prematuros años nos llega a traicionar de vez en cuando…

Iré al grano y sin rodeos. Al ser la segunda hija, y luego de que mi madre experimentara años antes con mi hermana, resulté ser objeto para probar y comprobar una “novedosa” solución para decirle adiós al molesto pañal de la manera más rápida y confiable. ¿La solución? Hacer que la niña, en este caso yo, se sentara en la sillita entrenadora solo 5 segundos después de haber ingerido mis sagrados alimentos. Al fomentarme este hábito, según mi suspicaz progenitora, mis problemas con aquel pedazo de tela terminarían, aunque debo confesar que la medida fue tomada más para su descanso que para el mío. Y así sucedió…

Desafortunadamente, muchísimos años después de aplicada aquella psicología, las secuelas permanecen, y durante toda mi vida he tenido la misma mala costumbre, cosa que ahora digo sin ninguna vergüenza porque he aprendido a superarlo. Es más, he hecho de este malhábito (que no sólo radica en mis visitas post-comidas al sanitario, sino en paradas frecuentes a lo largo del día gracias a mi poca retención de líquidos, supongo yo), un deporte, una afición, una especie de turismo. Si, soy una turista. Sobre todo porque, además de la razón crucial de estas visitas, he aprendido a apreciar todos los detalles que rodean al cuarto de baño desde el un sentido estético, claro está. Soy curiosa, y siempre entro a todos esté donde esté: restaurantes, escuelas, casas, hoteles, aviones… creo que sólo los del camión se me han escapado, pero según cuentan las leyendas urbanas no me pierdo de nada bueno.

Sé que estas columnas han sido un escaparate para muchas de mis más impensables confesiones, y sé que esta puede resultar la más terrible de todas, pero estoy segura de que, tal como yo, el mundo está repleto de turistas con mi misma obsesión, sobre todo del sexo femenino. ¿Cuántas de ustedes no lo son?

martes, 2 de diciembre de 2003

La reina de la manada

Tal vez nunca haya encontrado el momento idóneo para confesar un pequeño y turbio secreto con el que cargo desde mis más remotos años de existencia. Puedo decir que fue algo hereditario, puedo justificarme hablando de las condiciones geográficas que imperaban en el lugar donde pasé 9 años de mi niñez, puedo incluso acudir a algún círculo de terapia y autoayuda a desahogar mi pena pero, desafortunadamente, esto de lo que les hablo no es algo que me pese o de lo cual me avergüence. Al contrario.

Desde que tengo uso de razón soy, en todo el extenso sentido de la palabra, una teleadicta. Si, lo soy, y quizá a veces peco de no ser nada selectiva. Series, programas unitarios, noticiarios, revistas matutinas, proyectos culturales, partidos deportivos, caricaturas, reality shows, canales de videos, documentales, programas de chismes… ¡hay tanta variedad! Pero un género que he seguido muchas veces de manera clandestina, muchas otras abiertamente y sin ningún pudor es el de la telenovela. Mientras mi mamá tenia prendida la televisión mientras hacia sus quehaceres de mamá, los cuales acompañaba con ese maravilloso zumbido que emite semejante aportación del siglo XX a la humanidad, yo, escondida detrás de un sillón, me recetaba todas las telenovelas que por mi corta edad me estaba estrictamente prohibido admirar.

Así recuerdo haber visto muchas historias, desde “Marionetas” hasta “La indomable”, pasando por “Bodas de odio”, “Guadalupe”, o “Principessa”. Pero definitivamente la telenovela que marcó mi vida con tinta indeleble fue, sin duda, “Cuna de Lobos”. Creo que no sólo a mi. Toda una generación ha almacenado, en una especie de memoria colectiva, los más terribles gestos de una mujer malvada, sin sentimientos ni escrúpulos, capaz de matar a sangre fría sin sentir el más mínimo remordimiento, y la cuál, para aumentar el temor hacia su persona, era rica, era elegante, era manipuladora y era tuerta.

Catalina Creel fue el personaje que llegó a mitad de los años ochentas, y llegó para quedarse. Esa licencia literaria que le permitía llevar un arma en el bolso, disfrazarse para matar a diestra y siniestra, provocar incendios, descomponer aviones provocando accidentes, envenenar despiadadamente a su propio esposo con el jugo de naranja, enterrar cuchillos, tirar a alguien a la alberca al mismo tiempo que arrojaba la podadora… Ayyy Catalina… Una exquisita maldad que inspiró a escritores, actrices, mujeres ricas deseosas de poder y alguno que otro curioso que la toma de pretexto para realizar sus trabajos recepcionales.

Con la autoridad que me dan mis años y años de ser fan del género melodramático, puedo asegurar que “Cuna de Lobos” ha sido el parteaguas que determina la maldad de ahora y la del ayer. También puedo asegurar que no hay nadie que, como personaje, haya podido igualar a una mujer que con un parche simbolizaba algo más que supremacía y poder. Catalina Creel, aquella que me enseñó el verdadero significado de la palabra “maldad”, aquella quien me hizo admirar a las villanas en todo su esplendor, aquella que me enseñó a ver que todos, muy dentro de nuestro ser, llevamos dentro a una Catalina Creel… aunque sea en la cabeza. ¿Acaso no?