domingo, 25 de julio de 2004

Bizarro episodio de una película de adolescentes

Cierta calurosa tarde de verano me tomé la licencia de ejercer mi derecho de juventud para compartir con un par de amigos una película que prometía estar a la altura de mis grandes favoritas de adolescentes. Esta historia relata el ingreso de una chica de 15 años educada en casa y proveniente de África directo a la jungla de la vida escolar. La ingenuidad de Cady, quien desconocía todo lo referente a la temida vida social en años de pubertad, la lleva a ser parte del grupo Plástico, el de las famosas, el de las populares, el de las fresas.

Debo confesar que me divertí mucho y me reí como loca. Al término de la función, luego de millones de calorías y un ataque de vanidad, tuve un tiempo libre para reflexionar sobre lo visto en semejante gloria veraniega. Mientras me reía fui, poco a poco, cayendo a la cuenta de algo terrible: todos, de alguna manera, hemos sido presa fácil de algún estereotipo escolar. Pero cuando caí a la cuenta que yo, en algún momento, también fui una Cady cualquiera, viví un terror sólo sentido en la regadera hitchckoniana de Psicosis.

Tenía 11 años y estaba recién desempacada de otra ciudad. La ñoñez adquirida en toda mi vida escolar causó impacto en la primaria pública a la que entré justo a la mitad de quinto año. Una lindísima niña a que llamaré R, me ofreció el otro asiento de su banca y así mismo me ofreció también su amistad. R me hizo conocer todo aquello que para mi era novedad….El primer día de clases en mi última etapa de educación básica fue como un sueño. Mi salón estaba repleto de diversas personalidades, como el más listo de la generación, los chicos buena onda, y, por supuesto, el grupo de los selectos. Ellas eran niñas candidatas a estrellas juveniles, con mochilas bonitas, ropa de moda y según las leyendas urbanas empezaron a usar sostén desde el 5o. año. Y, por supuesto, se juntaban con los niños más populares, los lindos, los rubios de cara bonita, los consentidos de los maestros. R conocía y se llevaba bien con casi toda la generación, pero por alguna razón no pudo controlar el efecto de este grupo, y al igual que yo, nos dejamos deslumbrar por su brillo.

La historia es triste. Mi corazón latió desde el primer momento por la mejor sonrisa de todo 6o. año. Después de pláticas superficiales y tras algunos telefonemas y pícaras miradas tuvimos una efímera relación sentimental. Lo que yo desconocía era que la líder, la fresa mayor, estaba extrañamente encaprichada con él, el rey del grupo, quien sabiéndose galán a sus escasos 12 años, me tuvo y mantuvo como velita prendida cuando ella, su amor platónico, lo votaba por alguien más. Fui víctima de un destino cruel que me marcó para siempre.

Afortunadamente hace algunos años desperté de esta pesadilla de pubertad, y me reconforta saber que la realidad es mucho más interesante. Hoy yo soy una feliz Kittotta que tiene un buen trabajo y al cariño de mis cariños a mi lado. Hoy sé que R es feliz con su respectivo galán; mi ingrato primer amor se mudó a otra lejana ciudad y el grupo "de plástico" es ahora un grupo de madres solteras, señoras casadas y en el fondo de mi alma, espero que también sean, o sigan siendo, un grupo de mujeres realizadas y felices...

miércoles, 21 de julio de 2004

De que las hay, las hay

Aviso: Algunas de estas palabras han sido escritas en un profundo estado de ira y enojo. Es por ello que todo lo dicho se considera absolutamente válido y, sobre todo, verídico.

Era un día feliz. La mañana alegre, los pajarillos cantando, en el aire se colaban las risas infantiles, de esas que anuncian que el verano ya está aquí. Kittotta se preparaba para una jornada laboral más, siempre de buenas, siempre sonriente… ¡nada podía empañar su dicha! Sin embargo, sucedió. Ante el irreversible hecho de no poseer independencia en ciertos aspectos administrativos, tales como la impresión de documentos o las llamadas telefónicas, Kittotta se vio en la necesidad de solicitar una urgente marcación a cierto número de celular. Así que acudió al temible escritorio de La Secretaria, una de esas mujeres, como tantas y tantas que existen en el mundo, que sabedoras de su poder al teclear unos cuantos numerillos, le hacen a uno la vida de cuadritos, cachitos, añicos si así lo desea su real gana. La señora, visiblemente ocupada en el arte del chisme laboral y el incesante movimiento de hojas cuyo contenido posiblemente desconoce, tomó aquel vale aceptado de llamadas telefónicas (ritual por el que se debe pasar si no se es jefe), y expresó que en pocos minutos realizaría el urgente telefonema.

Kittotta se fue a su changarro, esperando que su extensión sonara con el interlocutor deseado al otro lado de la línea… minutos fueron, minutos vinieron. Kittotta se puso de pie y acudió personalmente al citado escritorio para saber qué había sucedido. “Está fuera del área de servicio” dijo ella. “Al rato vuelvo a marcar”. Pero ese “al rato” jamás sucedió. Tres veces Kittotta repitió la misma operación sin obtener éxito alguno. “Sigue fuera de servicio”… Casualmente, cuando alguien más marcó de otro celular, la llamada entró de manera inmediata y todo llegó a un feliz término (luego de un coraje que dejó a Kittotta haciendo sus ejercicios de respiración evitando algún colapso nervioso).

Por razones como esta, hay miles de secretarias en el mundo que son plenamente odiadas. Si, lo sé. Yo soy una de esas personas que aliento a la maldad femenina e incluso la celebro, pero cuando las cosas de trabajo llegan a terrenos personales, el mundo rosa en el que he vivido donde todos se toman las manos y entonan alegres canciones, simplemente se derrumba con iracunda sobrecarga.

Ante el paso del mercadotécnico “Día de la Secretaria”, reconozco que no vale la pena pensar en tales vilezas de las que seguramente todos hemos sido víctimas. Prefiero traer al papel y a mi mente (y con ellos hacer un mini homenaje) a las mujeres, a las secretarias, que entregadas en cuerpo y alma a su noble quehacer me evocan olores de lápices recién afilados, sonidos incesantes de máquinas de escribir, aroma a café recién preparado, teléfonos amablemente atendidos, atención con una sonrisa al jefe, a la familia del jefe…

Emilia (qpd), Ana, Susana… a todas y cada una de las secretarias que sí nos solucionan los sutiles pero importantes problemas laborales… ¡¡¡feliz día!!!...

martes, 8 de junio de 2004

Cuadro clínico

Sé que el tema del día de hoy no es nada placentero. De hecho incomoda a más de cuatro, pero, de hecho también, es algo tan común como respirar. Y es que cuando uno se enferma, sobre todo con alguno de esos virulentos padecimientos de ocasión… ¡ah que feo se siente! Sin embargo cuando somos niños, o al menos en mi caso, tener una simple gripa es un motivo de fiesta porque aquello indica no desmañanarse, no tener que despegarse de las calientes cobijitas, ver la programación de la tele que uno nunca ve por ir a la escuela, y si se tiene suerte, quedarse con los cuidados y cariños de mamá.

Mi currículum non-sano puede verse de dos maneras: por una parte he sido una Kittotta valerosa que sólo cuenta en su haber con una varicela, una poco seria bronquitis, medias paperas y un indicio nada alarmante de asma. El otro lado de ver esta lista es si se evalúan todos aquellos intentos de migraña, gripas que se instalan con cada chiflón que siente mi cuerpecito (el flu navideño es parte de mi propia idiosincrasia), algunos dolores pre, post y en el mero punto de esos “molestos días”, desmayos desde mis 8 años y todo ese cuadro se complementa regularmente con un irremediable síndrome de Dama de las Camelias, sufriendo cual Margarita Gautier en cada tos que me pone en el lecho de muerte.

Esta pequeña pero contundente lista se salpica de uno que otro detalle jocoso; por ejemplo, la varicela me atacó en medio de una semana santa que se extendió hasta mi sacrosanto cumpleaños. Aquella ocasión nos visitaron unos queridos parientes, cuyo único primo (8 años mayor que yo) era mi favorito en todo el mundo, y por ello, era literalmente sometido a mis caprichos de niña pequeña. Antes de la manifestación inminente del virus que ya invadía mi ser, y haciendo válido mi papel de primita anfitriona, el pobre Luis Enrique, en vez de pasar las vacaciones normales de todo niño-adolescente de su edad, sufrió mis intrigas para jugar a la comidita, a las muñecas, y a las Barbies, cosa que pudo más con él y rechazó hiriendo profundamente mis infantiles sentimientos. ¿Mi revancha? Pasarle aquel virus que lo mantuvo casi el mismo tiempo que yo en cama, y por supuesto, una burla de por vida ante aquella anécdota.

Mi primer desmayo de los muchos que tengo en mi haber, fue religiosamente aplastante. Era mi primera comunión, y como se acostumbra cuando la ceremonia es al medio día, mi madre nos mantuvo a las niñas Valent en ayunas para recibir con el espíritu “limpio” por vez primera el cuerpo de Cristo. Mi hermana, piadosa como es, permaneció misa y sermón con los ojos bien abiertos. Yo, irreverente como soy, gozaba distrayéndome con la primera mosca que pasaba. Es por eso que en mi mareo-alarma, cuando le comuniqué que me sentía mal, mi hermana me miró incrédula y no hizo caso. Minutos después mi papá corrió al altar para cachar a la Kittotta que casi rueda por las escaleras más tiesa que una paleta de limón. Todo por tener la pancita vacía.

Mi última gracia ha sido un nunca antes conocido cacarro como quien dice chorrillo. Ahí estaba yo, viendo el pase a la final de las Chivas, harta de estar sentada luego de días de ser la reina del WC, saboreando y comprobando la magia de un buen caldito de pollo… Por todo eso, ¡que viva la salud!

miércoles, 2 de junio de 2004

a Pochaco

Biografía de una mascota consentida (primera parte)
Es de ojos grandes y nariz húmeda. Su caminar es algo raro, jocoso diría yo; se menea de un lado a otro sin conservar una sola línea recta, y a la menor emoción cambia su cansado ondular por una carrera donde, generalmente, termina golpeado por una mesa o dándose contra alguna pared del puro vuelo. Mi cocker (resultado del híbrido entre un papá fino y una madre de dudosa procedencia) es el mejor ejemplo de que toda mascota absorbe el carácter de las personas que lo rodean, así que más que describirlo por todo aquello que lo iguala al resto de los suyos, diré que sus características más bien corresponden a un humano: consentido, refunfuñón, desobediente, sensible a todo su micro-entorno y con una mirada inexplicablemente expresiva.

La historia de mi Pochaco (o Pukacho, por todo responde) es el resultado del adiós a 17 años de dictatorial prohibición al placer de crecer junto a una mascota amable; tal vez por eso demasiado cariño lo ha hecho un viejecito aprehensivo, chiqueado por todos los miembros de la orgullosa familia que lo recibió en medio de fuertes polémicas, enseñándole lo que era la vida de buen perro sirviéndole en bandeja de plata pan, sopita, queso, jitomates, tortillas y demás manjares humanoides.

Desde bebecito no se distinguió por ser uno de esos canes destructores de chanclas, agujetas o calcetines (aunque literalmente devoró al osito que lo acompañó en sus noches de soledad)…su mejor señal de alegría no se limita al meneo constante de su cola, si no que para reafirmar su estado de humor siempre corre en pos de su hedionda y agujereada cobijita. Pero posee también un lado perverso… la desaparición coperfilesca de un pastel de zanahoria, múltiples ataques de histeria al señor cartero y muchas deudas sin pagar gracias a la destrucción de los recibos son parte de los destellos de su alegría de vivir. Aunque no siempre destila tanta emoción. Después de tantos años de convivencia diaria con la familia, resulta obvio que su temperamento no tendría ningún tinte de ternura, así que cuando se sabe molestado, regañado o simplemente, cuando no tiene deseo alguno de salir de su casa de perro, le brota tal instinto que solo se dedica a gruñir rítmicamente (en el mejor de los casos), y cuando de plano se harta amenaza con alguna iracunda mordida, ladrando hasta hartarse.

Tiene, además, una parte actoral muy dentro de él que desarrolla siempre para hacerse el sufrido; llora cuando se encuentra afuera de la casa y quiere entrar, tiembla como gelatina cada vez que se baña, odia secarse, es sumamente nervioso y lo bastante chismoso como para asomarse a la puerta cuando escucha el timbre o cualquier ruido de motor y, a pesar de esto, le gana tanto su lado antisocial como para refugiarse cuando sabe que hay mucha gente invadiendo “sus espacios”.

Este es Pochaco, ejemplar igual de raro como su nombre, cariñoso con los niños, fotogénico, café, de muy mal humor, adorador de la carnaza, glorioso egresado del CEA, pero también, indiscutiblemente, poseedor de dos que tres gracias que lo hacen ser el más consentido de toda familia Valent (y demás anexos).

jueves, 6 de mayo de 2004

Muchos cumpleaños y un funeral

Hace no muchos días me encontraba yo meditando y reflexionando sobre lo lucrativo que debe resultar el mes de mayo para los vendedores de chuchuerías, flores y monadas de igual índole. No sé si para el común de la gente resulte igual, pero al menos para mi la avalancha de mercadotecnia pre-10 de mayo no es suficiente, también debo sumar el día del maestro (que en mi familia abundan) y los muchos cumpleaños que se acumulan en las páginas de mi superpoderosa agendita. Mayo, además, es el mes donde celebro la veintiúnica fecha que espero en cuenta regresiva, tachando los números, comiéndome las uñas: Mi cumpleaños.

El sábado comencé un fin de semana que pretendía iniciar con el desfalco de mi cuenta bancaria en pos de una jornada intensa de compras festivas. Todo estaba planeado; los obsequios estaban mentalmente repartidos entre maestros, cumpleañeros y las dos mamás a las que año con año doy obsequios desde hace una década: mis Raqueles, mi madre y mi abuela materna. El sábado surgió el plan de ir a comer en familia y así fue, comimos un spaghetti y una ensalada marca deliciosos… Doña Raquel I, cariñosamente llamada Doña Raquelito, poco acostumbrada a esos manjares a causa de una rigurosa dieta recomendada por su doctor, literalmente se chupó los dedos de lo feliz que fue al probar algo que sólo los fines de semana tenía la licencia de comer con respectiva moderación. En la comida platicábamos sobre la llamada que a primera hora del domingo teníamos que hacer a la ciudad de México para felicitar a una de mis primas, y comentábamos también sobre la cercanía de los 27 de mi hermana (un día después de su “gallo” laboral, el del maestro), y de mis primeros pero honrosos 25 sólo dos fechas después que el de la Valent primogénita. El sábado terminó, mis papás salieron como hace muchas noches no sucedía, mi hermana y su esposo se quedaron en casa y yo disfruté de los placeres de Morfeo desde mi cómoda camita.

Domingo en la mañana: mi madre sube, alterada, a avisarme que Doña Raquelito sería llevada de emergencia al hospital. Algo falló con el spaghetti y con el viento del norte que sopló y sopló toda la noche. Primer diagnóstico: posible neumonía. Pocas horas después se confirmó. Asustada, vi como viajaba en la ambulancia puesto que la debilidad de su cuerpo no le permitía mantenerse ni sentada. Pasó el tiempo. A las 5 de la tarde la reportaron estable, yo la vi, burlándose como pudo de mi novio y mi cuñado porque su América le ganó a las Chivas este clásico… fue lo último que oí de ella. En mi casa, acompañando a mi papá y esperando noticias de mi hermana o mi madre, quienes harían la guardia nocturna, recibí la llamada donde me informaban de un paro respiratorio del cual no regresaba, y del cual jamás regresó. Como buen trabajo de equipo, la familia Valent se ha movido cada quien en distintas formas: en la funeraria, en la iglesia, haciendo y recibiendo llamadas… todo de acuerdo al grado de valor (o de cobardía) para enfrentar situaciones similares.

Este año temo que me he ahorrado, de ingenua manera, un regalo del 10 de mayo… El regalo más grande que, sin embargo, ella nos pudo dar, fue una muerte tranquila, rápida, sin dolor, sin nada que deberle a la vida. Descanse en paz, allá, junto con mis otros 3 abuelitos, doña Raquelito Bretón Flores.

lunes, 15 de marzo de 2004

Albertina

Doña Albertina y yo
A mi mente llegan, de pronto, dulces recuerdos de mi tierna infancia. Lugares, olores y sabores… muchos son los detonadores que logran ubicarme, en fracción de segundos, en aquellos instantes que evocan en mí los días de mi niñez, como el olor a leña quemada, el canto de las palomas, las cálidas noches estrelladas de verano mientras comía esquites al lado de mis primas o simplemente el verdor de una amigable plantita. Inevitablemente, estas imágenes, también, me remiten a recordar a una de las verdaderas esencias de mi vida, a esa figura que complementa los primeros días de todo niño, a ese icono que algunas veces representa temor o, por el contrario, una fuente inagotable de amor: mi abuelita.

De los pares de estas figuras que por derecho genealógico me correspondía no sólo conocer, sino disfrutar, puedo contar en vida únicamente a la mamá de mi mamá. Todos los demás se han ido sin pedirme permiso y sin decirme a donde van. A mi abuelo paterno, don Efraín, nunca tuve el gusto de verlo con mis propios ojos, pero puedo imaginar lo mucho que mutuamente nos hubiéramos amado. Don Rogelio fue el primero al que vi partir con tristeza a pesar de mi corta edad, y desafortunadamente creo que nunca me permitió conocerlo lo suficiente como para haberlo hecho mi (único) abuelito favorito. De mis abuelas, la única que queda con vida es una mujer callada, retraída, con la que sólo tengo el nombre en común… Y, hace exactamente dos años, en un día como hoy, se fue la mujer que más me consintió, creo que la única que con su sabiduría pudo imaginar la mula bien hecha que sería su nietecita favorita al crecer: doña Albertina.

Mi abuelita era una viejecita que nació, vivió y murió en un pequeño pueblo del estado de Hidalgo. Su vida entera la dedicó a sus plantas, a su familia, a sus animalitos y a su tejido. Era algo cascarrabias (sobre todo cuando sus nietos rompíamos por error sus amadas macetas en nuestros múltiples juegos); era una mujer imparable, con un ritmo de vida que sólo la gente de los pueblos tiene, despertando al amanecer y siendo la última de la casa en dormirse en las noches, era bastante estricta y hacía corajes cada vez que alguien le tomaba una foto. Yo heredé de ella muchas cosas: ciertos rasgos físicos, su amor por los perritos, un par de aretes de oro y su involuntaria “picardía”. Era amante y coleccionista de cazuelas, tan aficionada a las plantas que cada que venía de visita por estos verdes parajes había que detenerle la manita porque también era algo uña (so pretexto de investigar si alguna ramita le pegaba en su casa), cocinaba los frijoles más ricos del mundo, pero, lejos de todo esto, el mejor recuerdo que tengo de ella fue haber pasado a su lado la última navidad de su vida mortal, junto a su camita, escuchándola contarme su historia sentimental con mi abuelito, a su manera, siempre jocosa, olvidándome y olvidándose ella misma de su semblante enfermo, de su cuerpecito reducido a visibles huesitos.

Un día como hoy, pero de hace dos años, recibimos la inevitable noticia de que había partido. Ella ya sufría, así que creo que finalmente fue un alivio para todos… He visitado pocas veces su tumba, sin embargo, siempre la imagino regando sus plantitas, platicándoles para que crezcan, o tejiendo mientras ve la novela y de pronto cae dormida aun con los lentes puestos… Estés donde estés, te extraño mucho abuelita, y te amo aún más.

jueves, 4 de marzo de 2004

Entrevista con Anne Rice

Todos tenemos en nuestra vida, desde pequeños, héroes a los cuáles admiramos, ídolos a los cuales seguimos fielmente en cualquiera que sea su empresa: ya sea en el deporte, en el cine, en los cómics, en la literatura. Ficticios o reales, los seres dignos de nuestra adoración siempre tienen un lugar muy especial en nuestro corazón, es por ello que generalmente uno sueña con llegar a conocerlos (aunque sea de lejesitos) o, en el mejor de los casos, a ser como ellos.

En mis años de pubertad apareció en las marquesinas de los cines el nombre de una película que llegué a ver, en esa época, unas 4 o 5 veces. “Entrevista con el vampiro” me atrajo de inicio por el reparto (claro, con Brad Pitt y Tom Cruise ¿quién no se siente atraída?), sin embargo la trama y todo aquel rollo de los inmortales que tan de moda se había puesto un poco antes con la exhibición de “Drácula”, me dejaron con una curiosidad que de momento, solo se vio despejada gracias a que un amigo me platicó sobre la existencia de las Crónicas Vampíricas, libros sobre los cuales se basaba la película.

Años después logré tener en mis manos “Lestat, el Vampiro”, continuación de aquella primera parte que suponía la cinta. Diabólicamente, devoré ese libro en muy pocos días y no tuve más que seguir buscando frenéticamente las continuaciones, que en total son 5. Si, definitivamente la trama me había impactado, pero no tanto como la mente de la cuál provenían aquellos relatos. Ella es Anne Rice, a quien algunos llaman “la heredera de Stephen King”, uno de los mas respetados escritores de literatura de suspenso contemporáneos. Cuando supe más de la señora Rice gracias a sus biografías en internet, supe que algún día sería como sería, o mínimo, que la tendría que ver en vivo y a todo color.

Y justamente un mes de noviembre, pero de hace 3 años, mientras caminaba por las calles de un país extraño en el que cumplía con un exilio voluntario, vi, a las afueras de una librería, un letrero donde convocaban a todos los fans de Anne Rice a la firma de autógrafos que daría con motivo del lanzamiento de “Merrick”, en aquel entonces su más reciente publicación. Inmediatamente entré a buscar informes y a comprar dicho libro, aunque en realidad preferí comprar una versión arrinconada de “Entrevista con el Vampiro”, con la ventaja de que era el único libro de entre todos en estar traducido al español.

Y ahí estaba yo, una fría tarde de noviembre, formada en medio de una multitud que parecía un carnaval gótico: mujeres vestidas de negro y larga cabellera, hombres con gabardinas y crucifijos colgados, corsés y terciopelos… y no sólo me encontré fuera de lugar por mi apariencia. Después de hacer horas y horas de fila interminable, una mujer que pasaba preguntando los nombres para escribirlos en un papelito, en un inglés rápido e incomprensible me corrió de mi lugar pues el libro que traía no era el indicado. Sin nada que objetarle y con la mirada de derrota, salí de la fila y me colé entre la multitud a admirar a esa diminuta mujer (pero con una gran mente), amiga de Madonna y fan de la oscuridad, y vi en ella, en sus fans y en sus ojos, aquello que yo alguna vez he querido ser y que tal vez algún día seré… una gran escritora.

Entrevista con Anne Rice

Todos tenemos en nuestra vida, desde pequeños, héroes a los cuáles admiramos, ídolos a los cuales seguimos fielmente en cualquiera que sea su empresa: ya sea en el deporte, en el cine, en los cómics, en la literatura. Ficticios o reales, los seres dignos de nuestra adoración siempre tienen un lugar muy especial en nuestro corazón, es por ello que generalmente uno sueña con llegar a conocerlos (aunque sea de lejesitos) o, en el mejor de los casos, a ser como ellos.

En mis años de pubertad apareció en las marquesinas de los cines el nombre de una película que llegué a ver, en esa época, unas 4 o 5 veces. “Entrevista con el vampiro” me atrajo de inicio por el reparto (claro, con Brad Pitt y Tom Cruise ¿quién no se siente atraída?), sin embargo la trama y todo aquel rollo de los inmortales que tan de moda se había puesto un poco antes con la exhibición de “Drácula”, me dejaron con una curiosidad que de momento, solo se vio despejada gracias a que un amigo me platicó sobre la existencia de las Crónicas Vampíricas, libros sobre los cuales se basaba la película.

Años después logré tener en mis manos “Lestat, el Vampiro”, continuación de aquella primera parte que suponía la cinta. Diabólicamente, devoré ese libro en muy pocos días y no tuve más que seguir buscando frenéticamente las continuaciones, que en total son 5. Si, definitivamente la trama me había impactado, pero no tanto como la mente de la cuál provenían aquellos relatos. Ella es Anne Rice, a quien algunos llaman “la heredera de Stephen King”, uno de los mas respetados escritores de literatura de suspenso contemporáneos. Cuando supe más de la señora Rice gracias a sus biografías en internet, supe que algún día sería como sería, o mínimo, que la tendría que ver en vivo y a todo color.

Y justamente un mes de noviembre, pero de hace 3 años, mientras caminaba por las calles de un país extraño en el que cumplía con un exilio voluntario, vi, a las afueras de una librería, un letrero donde convocaban a todos los fans de Anne Rice a la firma de autógrafos que daría con motivo del lanzamiento de “Merrick”, en aquel entonces su más reciente publicación. Inmediatamente entré a buscar informes y a comprar dicho libro, aunque en realidad preferí comprar una versión arrinconada de “Entrevista con el Vampiro”, con la ventaja de que era el único libro de entre todos en estar traducido al español.

Y ahí estaba yo, una fría tarde de noviembre, formada en medio de una multitud que parecía un carnaval gótico: mujeres vestidas de negro y larga cabellera, hombres con gabardinas y crucifijos colgados, corsés y terciopelos… y no sólo me encontré fuera de lugar por mi apariencia. Después de hacer horas y horas de fila interminable, una mujer que pasaba preguntando los nombres para escribirlos en un papelito, en un inglés rápido e incomprensible me corrió de mi lugar pues el libro que traía no era el indicado. Sin nada que objetarle y con la mirada de derrota, salí de la fila y me colé entre la multitud a admirar a esa diminuta mujer (pero con una gran mente), amiga de Madonna y fan de la oscuridad, y vi en ella, en sus fans y en sus ojos, aquello que yo alguna vez he querido ser y que tal vez algún día seré… una gran escritora.

miércoles, 28 de enero de 2004

Turista Mundial

Hace poco tiempo tuve la oportunidad de tener entre mis manos un par de hojas cuyo contenido, extraído de una de esas monstruosas y molestas cadenas de email, resumía de manera precisa y correcta la agonía que sufrimos las mujeres a la hora de cumplir con una necesidad física, natural y básica en la vida diaria: ir al baño.

Este tema, por muy antiestético que parezca, es uno de los tantos puntos en común que todas las mujeres compartimos. Aquella cadena, acertada en cada punto y cada coma, explica el cómo fuimos educadas para comportarnos en esos momentos de urgencia y necesidad, sobre todo cuando las situaciones son adversas a tal circunstancia, es decir, cuando el baño está sucio, cuando no hay papel higiénico, cuando las medias resultan ser un conflicto existencial, cuando viajamos y el único baño al que tenemos acceso es el campo y su total inmensidad…

Yo sé que muchas veces esto de las necesidades fisiológicas puede ser controlado con el poder de la mente (medida acertada y aceptada cuando la adversidad es más fuerte que tú y el entorno te impide cumplir con tal misión natural), sin embargo debo decir que muchas veces la educación recibida desde los más prematuros años nos llega a traicionar de vez en cuando…

Iré al grano y sin rodeos. Al ser la segunda hija, y luego de que mi madre experimentara años antes con mi hermana, resulté ser objeto para probar y comprobar una “novedosa” solución para decirle adiós al molesto pañal de la manera más rápida y confiable. ¿La solución? Hacer que la niña, en este caso yo, se sentara en la sillita entrenadora solo 5 segundos después de haber ingerido mis sagrados alimentos. Al fomentarme este hábito, según mi suspicaz progenitora, mis problemas con aquel pedazo de tela terminarían, aunque debo confesar que la medida fue tomada más para su descanso que para el mío. Y así sucedió…

Desafortunadamente, muchísimos años después de aplicada aquella psicología, las secuelas permanecen, y durante toda mi vida he tenido la misma mala costumbre, cosa que ahora digo sin ninguna vergüenza porque he aprendido a superarlo. Es más, he hecho de este malhábito (que no sólo radica en mis visitas post-comidas al sanitario, sino en paradas frecuentes a lo largo del día gracias a mi poca retención de líquidos, supongo yo), un deporte, una afición, una especie de turismo. Si, soy una turista. Sobre todo porque, además de la razón crucial de estas visitas, he aprendido a apreciar todos los detalles que rodean al cuarto de baño desde el un sentido estético, claro está. Soy curiosa, y siempre entro a todos esté donde esté: restaurantes, escuelas, casas, hoteles, aviones… creo que sólo los del camión se me han escapado, pero según cuentan las leyendas urbanas no me pierdo de nada bueno.

Sé que estas columnas han sido un escaparate para muchas de mis más impensables confesiones, y sé que esta puede resultar la más terrible de todas, pero estoy segura de que, tal como yo, el mundo está repleto de turistas con mi misma obsesión, sobre todo del sexo femenino. ¿Cuántas de ustedes no lo son?

martes, 2 de diciembre de 2003

La reina de la manada

Tal vez nunca haya encontrado el momento idóneo para confesar un pequeño y turbio secreto con el que cargo desde mis más remotos años de existencia. Puedo decir que fue algo hereditario, puedo justificarme hablando de las condiciones geográficas que imperaban en el lugar donde pasé 9 años de mi niñez, puedo incluso acudir a algún círculo de terapia y autoayuda a desahogar mi pena pero, desafortunadamente, esto de lo que les hablo no es algo que me pese o de lo cual me avergüence. Al contrario.

Desde que tengo uso de razón soy, en todo el extenso sentido de la palabra, una teleadicta. Si, lo soy, y quizá a veces peco de no ser nada selectiva. Series, programas unitarios, noticiarios, revistas matutinas, proyectos culturales, partidos deportivos, caricaturas, reality shows, canales de videos, documentales, programas de chismes… ¡hay tanta variedad! Pero un género que he seguido muchas veces de manera clandestina, muchas otras abiertamente y sin ningún pudor es el de la telenovela. Mientras mi mamá tenia prendida la televisión mientras hacia sus quehaceres de mamá, los cuales acompañaba con ese maravilloso zumbido que emite semejante aportación del siglo XX a la humanidad, yo, escondida detrás de un sillón, me recetaba todas las telenovelas que por mi corta edad me estaba estrictamente prohibido admirar.

Así recuerdo haber visto muchas historias, desde “Marionetas” hasta “La indomable”, pasando por “Bodas de odio”, “Guadalupe”, o “Principessa”. Pero definitivamente la telenovela que marcó mi vida con tinta indeleble fue, sin duda, “Cuna de Lobos”. Creo que no sólo a mi. Toda una generación ha almacenado, en una especie de memoria colectiva, los más terribles gestos de una mujer malvada, sin sentimientos ni escrúpulos, capaz de matar a sangre fría sin sentir el más mínimo remordimiento, y la cuál, para aumentar el temor hacia su persona, era rica, era elegante, era manipuladora y era tuerta.

Catalina Creel fue el personaje que llegó a mitad de los años ochentas, y llegó para quedarse. Esa licencia literaria que le permitía llevar un arma en el bolso, disfrazarse para matar a diestra y siniestra, provocar incendios, descomponer aviones provocando accidentes, envenenar despiadadamente a su propio esposo con el jugo de naranja, enterrar cuchillos, tirar a alguien a la alberca al mismo tiempo que arrojaba la podadora… Ayyy Catalina… Una exquisita maldad que inspiró a escritores, actrices, mujeres ricas deseosas de poder y alguno que otro curioso que la toma de pretexto para realizar sus trabajos recepcionales.

Con la autoridad que me dan mis años y años de ser fan del género melodramático, puedo asegurar que “Cuna de Lobos” ha sido el parteaguas que determina la maldad de ahora y la del ayer. También puedo asegurar que no hay nadie que, como personaje, haya podido igualar a una mujer que con un parche simbolizaba algo más que supremacía y poder. Catalina Creel, aquella que me enseñó el verdadero significado de la palabra “maldad”, aquella quien me hizo admirar a las villanas en todo su esplendor, aquella que me enseñó a ver que todos, muy dentro de nuestro ser, llevamos dentro a una Catalina Creel… aunque sea en la cabeza. ¿Acaso no?

miércoles, 29 de octubre de 2003

Muerta por dentro… pero de pie como un árbol

Hace algunos años conocí a una amiga con la cual me encanta platicar. Un día, al calor de una cajetilla de cigarros mentolados, hablamos sobre nuestra feliz infancia y los éxitos y logros que en ella habíamos alcanzado. Mi amiga me contó sobre su experiencia máxima: ser “Mi bella Dama” en una obra escolar. Lo narraba con tal orgullo que mi única reacción fue la de bajar la mirada y cambiar, abruptamente, el tema de las actuaciones kindergardescas.

Una noche del pasado septiembre, un agradable grupo de personas nos reunimos en una cena donde festejábamos el cumpleaños de mi jefa. Ahí, en medio de la charla, salió el tema de las proezas realizadas en nuestros años de juventud. Las anécdotas resultaron ser de todo tipo (y de todos sabores, como aquella del “juguito de piña”)… sin embargo yo, de nuevo, volví a la remembranza que en esta ocasión no tuve más remedio que contar.

Cuando estaba en tercero de kinder las maestras de mi escuela, en pleno frenesí disneylandesco, tuvieron a bien montar una pequeña e ingeniosa obrita para celebrar la llegada de la primavera. Imagino que luego de una búsqueda exacerbada, las educadoras, comprometidas con su labor formadora no sólo en el ámbito del saber, sino también en artístico, concluyeron que presentar “Blanca Nieves y los siete enanos” resultaría la mejor opción.

Una vez elegido el cuento, se procedió a realizar el casting. Uno de los primeros en obtener su papel fue Ricardito… -¡Ahhhh!- suspiré yo. El hecho de que Ricardito interpretara al Príncipe invitaba a más de cinco nenas a desgreñar a quien fuera con tal de ser “su” Blanca Nieves. Esto, sin embargo, no pasó por las mentes de las agradables “misses”. Supongo que tampoco consideraron las amplias trayectorias que algunas de nosotras ya coleccionábamos a tan corta edad (para ese entonces tenía en mi haber algunas rondas y poemitas exhibidos con mucho éxito). No. Aquello debió haber sido una cuestión de sabotaje, chantaje, extorsión, tal vez alguna amenaza con el robo de quincenas o esquizofrenias de por vida en el salón de clases. Nadie lo sabe. El punto es que Adrianita (aquella pedante escuincla de zapatitos de charol, caireles falsos, calcetas con encaje y faldas escolares cortas, muy cortas) de manera inexplicable, obtuvo el gratísimo placer no sólo de ser la protagonista del minicuento de hadas, sino que, cual si fuera un trofeo altamente codiciado, obtuvo también el honor de ser quien recibiera ese nada fingido beso que Ricardito, en su papel de príncipe, estaba obligado a dar a la somnolienta Blanca Nieves.

Debo mencionar, por otra parte, que finalmente yo si salí en la dichosa obra escolar. No fui la protagonista, pero no quedé fuera de la escena. Puedo incluso decir que mi papel lo representé dignamente, con orgullo, con la fortaleza que el personaje me demandaba. Salí ante decenas de emocionados padres de familia en el humillante papel de árbol: frondoso, verde, acartonado, estático; un árbol que sumamente alejado del lecho donde dormía Blanca Nieves observó triste la escena de aquel beso tan anhelado. Así fue como di por terminados mis sueños de sobresalir en la actuación (y de estar al lado de Ricardito)… muerta por dentro, pero, literalmente, de pie como un árbol.